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Tambien es historia militar
Batalla de Trafalgar

[Imagen: 300px-Trafalgar-Auguste_Mayer.jpg]

Tal día como hoy, pero de 1805, la flota hispano francesa es destruida frente al cabo de Trafalgar (Cádiz) por la escuadra británica al mando del Vicealmirante Nelson, que fallece en la batalla . Con esta derrota, las líneas de comunicación entre España y sus colonias quedarán seriamente amenazadas, el dominio español de los mares dará paso al británico y, a la vez, desaparecerá una extraordinaria generación de marinos que –como se demostraría posteriormente – hubieran hecho muchísima falta a la nación durante, al menos, la primera mitad del nefasto siglo XIX español

Todo comenzó cuando Napoleón idea un plan para invadir Inglaterra: mandar una escuadra franco-española a las Indias Occidentales y cuando los ingleses envíen sus fuerzas navales allí, la escuadra debe volver inmediatamente para unirse con otros barcos del Ferrol, Rochefort y Brest, y dirigirse al Canal de la Mancha donde controlará el desembarco en Inglaterra de 160.000 hombres en 2.000 buques de transporte.

La primera fase de la misión se cumple: el almirante francés Villeneuve logra salir de Toulon el 29 de marzo, donde estaba bloqueado por la escuadra al mando de Nelson. La flota francesa la componen 12 navíos de línea: Plutón, Neptuno, Mont Blanc, Atlas, Berwick, Bucentaure, Formidable, Intrépide, Swiftsure, Indomptable y Scipión. Transportan 3.360 hombres de tropa de desembarco al mando de los generales Lauriston y Reille, también lleva consigo 50 cañones de varios calibres, 6 obuses de a 6 pulgadas, 6 morteros de a 12 y 8, con los útiles y municiones a razón de 600 tiros por pieza. El 9 de abril llega a Cádiz y se le incorporan los navíos españoles Argonauta, Terrible, España y Firme y el francés Aigle; esa misma noche salen de Cádiz. El 14 de mayo llegan a la Martinica y el 16 de mayo llega el San Rafael, que había salido de Cádiz con un día de retraso.

El 31 de Mayo toman el islote del Diamante y el 8 de Junio capturan un convoy inglés a la altura de Antigua. Gracias a esta captura Villeneuve se entera que Nelson llegó el 4 a la isla de Barbada, y decide regresar a Europa.
Pero a la vuelta de las Indias Occidentales, la escuadra franco-española se encuentra con Sir Robert Calder y parte de la Flota del Canal, que estaba a la espera de la escuadra; días antes un navío-correo llegó desde Lisboa con la noticia de que la escuadra aliada regresaba a Europa. El encuentro se efectúa a 25 leguas de distancia del cabo Finisterre, pero a pesar de la superioridad numérica, la ineficacia del almirante Villeneuve, que está al mando de la escuadra, permite a los ingleses capturar dos navíos españoles, Firme y San Rafael. 

La escuadra tiene que dirigirse a Vigo, donde entra el 27 de julio, para reparar los barcos y atender a los heridos. Una vez repuestos se encaminan al Ferrol, pero tienen que dejar en Vigo los navíos España, América y Atlas para su reparación y por sus malas propiedades marineras. El Atlas se destina a hospital provisional de 800 individuos.

El 2 de agosto entra Gravina en el Ferrol, pero Villeneuve continúa hacia la Coruña. En el Ferrol la escuadra se refuerza con los navíos que los estaban esperando: Príncipe de Asturias, Neptuno, Monarca, San Agustín, San Fulgencio, San Francisco de Asís, San Juan Nepomuceno, Montañés y San Ildefonso. Villeneuve recibe la noticia de la pronta llegada del contra-almirante francés Lallemand al puerto de Vigo con cinco navíos. Manda a la fragata francesa Didon que avise a Lallemand para que se dirija a Brest, donde tiene orden de Napoleón de ir para unirse a la escuadra que allí se encuentra., pero la fragata Didon es apresada y no llega a contactar con Lallemand. 

Villeneuve decide salir el 13 de agosto, sin esperar a unirse a Lallemand, pero el 15 cambia de rumbo y toma la decisión de ir a Cádiz, teme que en el Canal de la Mancha le esté aguardando una fuerza considerable de barcos enemigos. Llega a Cádiz el 20 de agosto de 1805.
[font=Helvetica, Arial, sans-serif]Napoleón monta en cólera al enterarse, levanta el campamento donde estaban las tropas que debían desembarcar en Inglaterra, y se encamina a Austria. Manda a Villeneuve que salga de Cádiz y se dirija a Cartagena en busca de refuerzos, y de allí que parta a Nápoles. Pero los ingleses ya han bloqueado la salida de Cádiz.

CÁDIZ
El 28 de septiembre se une a la fuerza de bloqueo inglesa Horatio Nelson, que coge el mando de Cuthbert Collingwood. 
En los días siguientes Nelson invita a cenar a todos los capitanes. Estas cenas tienen un carácter informal y en ellas Nelson aprovecha para exponer su plan: dividirá su flota en dos divisiones, una de ellas atravesará la línea del enemigo entre la retaguardia y el centro y se concentrará en el tercio de la retaguardia. La segunda división cortará la línea entre el centro y la vanguardia, concentrándose en los barcos del centro, de esta forma la vanguardia del enemigo tendrá que dar un círculo para volver y auxiliar al resto de la flota. Collingwood dirigirá la división que atacará la retaguardia, y Nelson comandará el ataque por el centro, los demás capitanes tienen total libertad para causar mas daños a la escuadra franco-española. A este plan Nelson lo llamó El Toque de Nelson.

[Imagen: batalla-trafalgar-660x330.jpg]

" Si se descubre la escuadra enemiga al viento en línea de batalla, y que las dos columnas y la división de vanguardia pueden alcanzar esa línea, esta probablemente tendrá tal extensión, que la cabeza no podrá acudir al socorro de la cola. Por tanto es verosímil que haré la señal al segundo comandante de cortarla hacia el duodécimo navío, contando desde la cola, ó por donde pueda, sino puede llegar a esa altura. Yo con mi columna atacaré hacia el centro y la división de vanguardia atacará dos, tres ó cuatro navíos mas arriba del centro, de manera a tener la seguridad de atacar el navío del comandante en jefe de la escuadra enemiga, buque que es preciso apresar a todo trance. El plan general de la escuadra británica debe ser el de estrechar todos los buques enemigos desde el segundo ó tercero mas allá del comandante en jefe (suponiendo a este en el centro) hasta la cola de la línea ". 

Mientras, en Cádiz, Villeneuve no tiene muy claro lo que ha de hacer y el 8 de octubre celebra un consejo a bordo del Bucentaure donde intervienen : Villeneuve, los contra-almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navío Cosmao, Maistral, Villegris y Prigny todos por parte francesa, y los tenientes Gravina y Álava, jefes de escuadra Escaño y Cisneros, y brigadieres Galiano y Churruca, por parte española. 
Desde el principio Villeneuve pretende que la escuadra salga de Cádiz, pero Gravina sensatamente le replica con las siguientes palabras:
" No apruebo, la salida del puerto de la escuadra combinada, porqué está muy avanzada la estación, y los barómetros anuncian mal tiempo, no tardaremos en tener vendaval duro, y por mi parte creo que, la escuadra combinada haría mejor la guerra a los ingleses fondeada en Cádiz, que presentando una batalla decisiva. Ellos tienen con qué reponer las naves que les destrocemos en un combate; pero ni España ni Francia cuentan con los recursos marítimos de guerra que la Inglaterra posee. 

Además: el reciente combate sobre cabo Finisterre ha hecho ver que la escuadra francesa es espectadora pasiva de las desgracias de la nuestra: sus buques han visto que nos apresaban los navíos San Rafael y Firme, y no hicieron ni un movimiento para represarlos, no pudiendo hacerlo los nuestros por las muchas averías que sufrieron de resultas del encuentro, y me temo mucho que en la acción que vamos a tener suceda otro tanto...¿Por qué salir el almirante francés de la bahía de Cádiz?. Aquí obligaríamos á los ingleses á sostener un estrecho bloqueo, otro en Cartagena, donde hay armados fuerzas navales, y sobre Tolón también otro. Para estos bloqueos tendrían que hacer grandes sacrificios: con el sostenimiento de tres escuadras en un invierno que está próximo, y con las averías que forzosamente han de tener, conseguiríamos ventajas equivalentes a un combate".

Este comentario termina convenciendo a todos, y se acuerda permanecer en Cádiz hasta que las fuerzas inglesas disminuyan. 
Nelson ordena atacar todo barco de avituallamiento que se dirige a Cádiz, lo que agrava los problemas de la escuadra, que tiene dificultad de aprovisionarse al estar Andalucía recuperándose de la epidemia de fiebre amarilla que había matado a miles de personas y gran parte del ganado. En cambio la flota de Nelson se prepara minuciosamente para el combate, las tripulaciones diariamente hacen prácticas de tiro, y la comida es generosa para todos. 
Los ingleses sitúan fragatas a pocas leguas de Cádiz para controlar todos los movimientos de la escuadra y así no ser vistos los navíos que forman la flota británica, y evitar que se pueda determinar el número de navíos que la componen. 

Villeneuve recibe una carta del ministro francés Decrés informándole que se tiene que presentar en París y dejar su cargo a Rosilly que se encamina hacia Cádiz para relevarle pero hace caso omiso de tal notificación. Es la segunda vez en menos de un mes que Napoleón trata de retirar el mando a Villenueve
El 17 de octubre Villeneuve recibe información del servicio de inteligencia: 4 buques británicos salían al mediterráneo desde Gibraltar escoltando un convoy, y otros 2 buques se hallaban en Gibraltar reaprovisionándose y sometidos a reparaciones. 
Al día siguiente Villeneuve , pensando que la flota de Nelson se ha debilitado con las bajas de los barcos antes indicados, se decide sacar la escuadra de Cádiz y así intentar conseguir la reconciliación con el emperador.
El 19 hace las convenientes señales para darse al mar toda la escuadra. Está compuesta por 33 navíos mientras que los ingleses tienen 27.

A las 06.00 horas aparece la señal “izad velas y adelante”; al mediodía, con solo 7 barcos fuera, el viento desaparece y reina la calma, es necesario utilizar botes para remolcar el resto de la escuadra. Al mediodía del 20 toda la escuadra se encuentra en mar abierto. En Cádiz se presiente la catástrofe y en la iglesia del Carmen es tal la cantidad de gente que acude a rezar, que se tienen que formar tandas para entrar.

El tiempo que había permanecido la escuadra en Cádiz había restado habilidad en los miembros de las tripulaciones, además los navíos no estaban suficientemente equipados. Los españoles se temen lo peor.
El 19 a las 9'30 horas el Mars repite la señal ' El enemigo empieza a salir del puerto ' , entonces desde el Victory se iza la señal ' Persecución general, sudeste '. Nelson establece un sistema de seguimiento de la escuadra, manda colocar dos fragatas cerca del enemigo para que comuniquen los movimientos al Defence, este al Colossus, este al Mars y por fin desde el Mars al Victory. Las comunicaciones durante la noche se hacen con luces.

Durante el 20, la escuadra se dirige al sur, hacia el estrecho de Gibraltar, alejándose del cabo de Trafalgar. La formación es de 3 columnas, pero muy irregulares debido a la poca experiencia de las tripulaciones. A última hora de la tarde el viento sopla del oeste, lo que permite que los barcos giren y se encaminen directamente al estrecho, pero esta maniobra termina de desordenar la formación. 

A las 19'00 horas en el Redutable se ven luces de señal de los barcos de Nelson, y se le informa a Villeneuve, pero las comunicaciones en la escuadra combinada se hace mediante altavoz y hasta las 20'30 horas no llega el mensaje; Entonces Villeneuve ordena que la escuadra se coloque en línea de batalla.
Al amanecer del día 21, las dos flotas se distinguen claramente. A las 5'45 desde el Victory se transmite el mensaje para que la flota se divida en dos columnas. Entonces el General Gravina pide a Villeneuve permiso para obrar independientemente de la línea con la escuadra de observación que está a sus ordenes, el francés lo desaprueba, previniendo a Gravina que permanezca en la línea de batalla y subordinado a los movimientos generales. Gravina obedece a psar de ser plenamente consciente del error (otro más) de Villenueve

Villeneuve ordena una virada por redondo a un tiempo en toda la línea, el efecto fue hacer la vanguardia retaguardia, y la retaguardia vanguardia. La línea se había roto dejando grandes claros al enemigo. Este movimiento lo realizó Villeneuve para tener Cádiz bajo el viento en el caso de una derrota.
Mientras en el Victory, Nelson está en cubierta vigilando a la escuadra combinada, el cirujano del barco observa que Nelson lleva las condecoraciones cosidas a la chaqueta, siendo un blanco fácil, pero antes de poder comunicárselo a Nelson, este se vuelve al grupo de oficiales para desplegar un mensaje a toda la flota. ' Inglaterra espera que todo hombre cumplirá con su deber ' , y a continuación ' Atacad al enemigo de cerca '. La suerte está echada. La combinada hispanofrancesa va a ser destruida y aniquilada sin remedio

[Imagen: img_la_batalla_de_trafalgar_resumen_corto_1982_600.jpg]

Uno de los episodios mas conocidos de la batalla y que entiendo merece una reseña especial es la intervención del marino español Cosme Damián Churruca, brigadier de la Armada española y reconocido cartógrafo y matemático de la época (el sucesor de Jorge Juan por su gran preparación).
Tal era la determinación de Churruca que, un día antes de entrar en combate, envió una carta a su hermano en la que se despedía diciendo: «Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto». No había duda, para el marino era la victoria o la muerte (aunque más bien parecía esperar la segunda).

El día 21 Churruca obedeció las órdenes de Villeneuve de salir de la seguridad del puerto de Cádiz, en contra de su opinión, pues sabía que la flota inglesa estaba mucho mejor preparada
Ya en batalla, Villeneuve ordenó a su flota formar una extensa hilera para «cañonear» a los navíos enemigos. La armada combinada formó una línea demasiado alargada, y viró sin sentido; la armada inglesa se lanzó en punta de flecha al centro de la formación para romper la línea y fraccionar en dos la escuadra hispano-francesa, ganando así una enorme superioridad

Desde el comienzo, la contienda había dado un vuelco a favor inglés debido a la precaria estrategia de Villeneuve. Y es que, muchos de los barcos aliados se enfrentaron en clara inferioridad numérica a los británicos mientras algunos de sus compañeros todavía no habían entrado en combate. Precisamente eso le sucedió al «San Juan Nepomuceno» de Churruca, al que la ruptura de la línea le obligó a combatir contra nada menos que seis navíos británicos a los que puso en serios aprietos gracias a su habilidad.

[Imagen: 300px-Trafalgar_1200hr-es.svg.png]

Pero, finalmente, el destino fue cruel con el vasco pues, mientras dirigía el combate desde el puesto de mando, una bala de cañón le arrancó la pierna derecha por debajo de la rodilla. Pero ni siquiera una herida tan grave pudo inmovilizar a Churruca, que se mantuvo en su puesto e, incluso, arengó a sus soldados para seguir combatiendo a pesar de que la derrota era segura. «Además, se dice que al perder la piernas y no poder mantenerse en pie ordenó que trajeran un cubo con harina (o con arena en otras versiones) y allí metió el muñón para mantener la estabilidad
Al final, y para desgracia de sus marineros, Churruca acabó muriendo desangrado. De él se dice que no se quejó en ningún momento y se mantuvo estoico hasta el final. De hecho, ordenó clavar la bandera de su barco para que no fuera arriada tras el abordaje inglés. A su vez, dio órdenes antes de fallecer de que nadie se rindiera mientras en su cuerpo hubiera un leve aliento de vida.

Pero de poco le valió, pues, cuando se disipó el humo de los disparos, no había duda: los españoles habían sido derrotados y muchos de sus buques capturados. Los ingleses habían vencido en Trafalgar.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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La caída de Budapest.

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En agosto de 1944 Horthy deseaba abandonar la guerra, por lo que Hitler envió a Otto Skorzeny, quién consiguió el derrocamiento del regente y la entrega del control del país a Ferenc Szalasi y su partido Cruz de Flecha. 
Szalasi se convirtió en Primer Ministro y estableció un gobierno fascista que mantuvo a Hungría en el lado del Eje hasta los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.


El 29 de octubre de 1944, el Segundo Frente Ucraniano de Rodion Malinovsky comenzó su ofensiva contra la ciudad de Budapest. Más de 1.000.000 de hombres se dividieron en dos grupos que atacaron la ciudad. 
El plan era separar a Budapest del resto de las fuerzas alemanas y húngaras. El 7 de noviembre de 1944, las tropas soviéticas entraron en los suburbios del este de Budapest, a 20 kilómetros del casco antiguo. 
El 19 de diciembre, después de una pausa, el Ejército Rojo reanudó su ofensiva. El 26 de diciembre, las tropas soviéticas tomaron una carretera que unía Budapest con Viena, rodeando la ciudad.


Como resultado casi 33,000 soldados alemanes y 37,000 húngaros, así como más de 800,000 civiles, quedaron atrapados. Al negarse a autorizar una retirada, el dictador alemán Adolf Hitler había declarado a Budapest como una ciudad fortaleza (Festung Budapest), que debía ser defendida hasta el último hombre. El 1 de enero los alemanes del IV.SS-Panzerkorps atacaron desde Táta a través de un terreno montañoso al norte de Budapest en un esfuerzo por romper el sitio soviético. 

Simultáneamente, las fuerzas de las Waffen-SS atacaron desde el oeste de Budapest. El 3 de enero, el mando soviético envió cuatro divisiones más para enfrentar la amenaza. Esta acción soviética detuvo la ofensiva cerca de Bicske a menos de 20 kilómetros al norte de Budapest. El 12 de enero, las fuerzas alemanas se vieron obligadas a retirarse.


[Imagen: 22806987316_a0bf53a8dd.jpg]

Mientras tanto, la guerra urbana en Budapest ganaba intensidad. Los suministros se convirtieron en un factor decisivo debido a la pérdida del aeropuerto de Ferihegy justo antes del inicio del sitio, el 27 de diciembre de 1944. Hasta el 9 de enero de 1945, las tropas alemanas pudieron utilizar algunas de las principales avenidas, así como el parque del castillo de Buda como zonas de aterrizaje para aviones y planeadores, aunque estaban bajo el constante fuego de artillería de los soviéticos. Antes de que el Danubio se congelara, algunos suministros podían pasarse en barcazas, al amparo de la oscuridad y la niebla.

Sin embargo, la escasez de alimentos era cada vez más común y los soldados tenían que confiar en encontrar sus propias fuentes de alimentos, algunos incluso recurriendo a comer sus propios caballos. 
Las temperaturas extremas también afectaron a las tropas alemanas y húngaras.
Muy rápidamente, las tropas soviéticas se encontraron en la misma situación que tenían los alemanes en Stalingrado, sus tropas pudieron aprovechar el terreno urbano al depender en gran medida de francotiradores y zapadores para avanzar. Los combates se libraron incluso en las alcantarillas, ya que tanto el Eje como las tropas soviéticas las usaron para el movimiento de las tropas. 
Las tropas del Eje usaban a los habitantes locales como guías en las alcantarillas.


[Imagen: the-royal-palace.jpg]

A diferencia de Pest, construida sobre terreno plano, la ciudad de Buda está construida sobre colinas. Esto permitió a los defensores colocar artillería y fortificaciones por encima de los atacantes, frenando enormemente el avance soviético. La ciudadela principal, la colina Gellért, fue defendida por las tropas de élite de las Waffen-SS que repelieron con éxito varios asaltos soviéticos. Cerca de allí, las fuerzas soviéticas y alemanas luchaban por el cementerio de la ciudad. Las luchas en las tumbas abiertas por las bombas durarían varios días.

El 11 de febrero de 1945, después de seis semanas de lucha, la artillería soviética finalmente pudo dominar toda la ciudad y atacar a los restantes defensores del Eje, concentrados en menos de dos kilómetros cuadrados y sufriendo de desnutrición y enfermedades. Las raciones diarias se redujeron a 150 gramos de pan y carne de caballos sacrificados. 

Sin embargo, los defensores se negaron a rendirse y defendieron todas las calles y casas, luchando contra las tropas y los tanques soviéticos.

Hitler prohibió al comandante alemán, General Karl Pfeffer-Wildenbruch, que abandonara Budapest e intentara escapar del cerco pero éste decidió sacar a los restos de sus tropas de Budapest. En la noche del 11 de febrero, veintiocho mil soldados alemanes y húngaros comenzaron a descender desde la colina del castillo. 
Se movieron en tres oleadas. Con cada ola había miles de civiles. Familias enteras, empujando cochecitos, pisando la nieve y el hielo.


La primera ola logró sorprender a los soldados soviéticos y su gran número les permitió escapar. Las segundas y terceras olas fueron menos afortunadas que las primeras. 
La artillería soviética y las baterías de cohetes cubrieron el área de escape con un resultado mortal. Pero, a pesar de las grandes pérdidas, entre cinco y diez mil personas lograron llegar a las colinas boscosas al noroeste de Budapest y huir hacia Viena. Aproximadamente setecientos soldados alemanes escaparon.

El 13 de febrero de 1945, los defensores restantes se rindieron. Budapest estaba en ruinas, con más del 80 por ciento de sus edificios destruidos o dañados, y edificios históricos como el Parlamento Húngaro y el Castillo en ruinas. Los cinco puentes sobre el Danubio fueron destruidos.

Unos 40.000 civiles murieron, más un número desconocido que lo hizo a causa de la inanición y las enfermedades. Las violaciones masivas de mujeres entre 10 y 70 años de edad fueron comunes. Solo en Budapest se estima que 50,000 fueron violadas por soldados rumanos y del Ejército Rojo.

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“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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"¿Dónde está Steiner?"

[Imagen: 245px-Bundesarchiv_Bild_146-1973-138-14A...teiner.jpg]



Exigió Adolf Hitler cuando su Reich de Mil Años se derrumbó a su alrededor en abril de 1945. "¿Ya está atacando?" El Steiner en cuestión era SS Obergruppenführer und General der Waffen SS Felix Steiner, un hombre que había servido a hitler en la Guardia negra desde 1935. ,,, pero donde estaba steiner ? una pequeña reseña

A fines de enero de 1945, Steiner recibió la tarea de defender Pomerania. Su nuevo comando, el 11º ejército, era un conglomerado de ejércitos agotados y divisiones de las SS que tenían pocas posibilidades de detener el avance ruso en Alemania.,,A mediados de febrero, se le ordenó atacar el 1er Frente bielorruso del mariscal Georgi Zhukov y continuar un avance hasta un punto cerca de Küstrin, donde los ríos Warthe y Oder convergían. Steiner recibió el pedido con una mezcla de rabia e incredulidad. 

Sin pasar por la cadena de mando, telefoneó al Generaloberst (Coronel General) Heinz Guderian, y argumentó en contra del ataque. Steiner le dijo a Guderian que con solo 50,000 hombres y 300 tanques, la operación sería una misión suicida sin éxito . Dijo que un ataque más limitado, que dejaría al 11º Ejército menos vulnerable a un cierto contraataque soviético, lo pondría en una mejor posición para cumplir su misión de defender Pomerania.A medida que la discusión se acaloraba, Steiner gritó en el teléfono: "¡Acepta mi plan o que me releven Guderian gritó: "¡Hazlo a tu manera!" Y luego colgó.

El ataque comenzó el 16 de febrero y empujó al 68 Ejército soviético a retroceder unas ocho millas el primer día. Al día siguiente, el ejército de Steiner dio otro empujón que dejó a decenas de tanques soviéticos ardiendo a su paso. El ataque de Steiner obligó a Zhukov a desviar dos ejércitos de tanques, que se dirigían hacia Berlín, para enfrentar el ataque. Estas nuevas unidades enemigas detuvieron al 11 Ejército, obligándolo a volver a sus posiciones originales. 

[Imagen: uWpiv3ptrKMN0u-J3oiyofW6g6ov91BD35mj5l40...f59fb6cb26]

La victoria limitada de Steiner le dio a Adolf Hitler esperanza. Con sus ejércitos desmoronándose a su alrededor, aquí había un general que todavía podía luchar.. En las próximas semanas, el Führer volvería a llamar a Steiner cuando todas las esperanzas parecieran perdidas.,,,Su comando, ahora designado Armeegruppe Steiner , consistía en unos pocos miles de soldados agotados y un mero puñado de tanques.Esta vez, Steiner recibió la orden de atacar y destrozar la punta de lanza de Zhukov, lo que evitaría que Von Manteuffel quedara rodeado y salvaría Berlín al mismo tiempo. 

Para Steiner, la orden parecía nada menos que una locura... hitler ahora esperaba el ataque, y Steiner no hizo nada. Una y otra vez, Hitler le preguntó a su personal cómo procedía la ofensiva. Cuando descubrió la verdad, se lanzó a una furia ciega, enviando a Heinrici y Generalfeldmarschall Wilhelm Keitel al cuartel general de Steiner para obligarlo a atacar.Steiner se mantuvo firme. "No lo haré", dijo. “Este ataque es una tontería, un asesinato. Haz lo que quieras conmigo.No fue hasta el 27 de abril que Hitler finalmente renunció a Steiner. Ordenó que lo relevaran, pero el general de las SS persuadió a su reemplazo para que lo dejara al mando. 

[Imagen: image054.jpg]

Fue el último desaire de Steiner ante el líder que una vez había servido con tanto gusto. Unos días después, Hitler estaba muerto. Durante la última semana de la guerra, Steiner dirigió su unidad hacia el oeste, rindiéndose a los estadounidenses y salvando a sus hombres de los campos de trabajo soviéticos. Permaneció en cautiverio hasta el 27 de abril de 1948
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El absurdo ataque de Henry Gunther: el soldado que murió en el último minuto de la IGM
«Las hostilidades no pueden cesar hasta que no se produzca la firma», dijo el mariscal Foch dos días antes del armisticio en 1918, provocando la muerte de miles de soldados más. Esta es la historia de los cuatro últimos
I. Viana
Actualizado:07/11/2018 09:59h8

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Las muertes de George Edwin EllisonAugustin TrébuchonGeorge Lawrence PriceHenry Gunther y otros 2.500 soldados más caídos en las últimas seis horas de la Primera Guerra Mundial no tendrían que haberse producido. Eran, a todas luces, innecesarias, puesto que ya nada podían cambiar. «Los hombres que fallecieron o quedaron mutilados en esos últimos instantes sufrieron sin necesidad», escribía el historiador estadounidense Donald Smythe en 1986.

En la mañana del 9 de noviembre de 1918, dos días antes de que se firmara el armisticio, los negociadores alemanes habían llegado al bosque de Compiègne (región de Hauts-de-France, Francia) para encontrarse con el mariscal Ferdinand Foch. «El cansancio de la guerra», titulaba ABC, dando cuenta de las «postreras sacudidas» que estaba dando el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad hasta ese momento: las cifras más pesimistas hablan de 31 millones de fallecidos en cuatro años. Cuando los germanos llegaron al vagón del ferrocarril donde se encontraba el jefe de los ejércitos aliados, era evidente que no llevaban consigo más que el aura de la derrota. «Los vi delante de mí al otro lado de la mesa y dije para mis adentros: “¡He aquí el imperio alemán!”», escribiría más tarde Foch con mucho sarcasmo.



En las trincheras seguían haciéndose prisioneros y muriendo soldados, a pesar de que ya todos en el frente esperaban como agua de mayo que se produjera la maldita firma de una vez. Alemania sabía que con sus últimos ataques a la desesperada ya no podría influir en el resultado del armisticio. De hecho, solo desde agosto, 363.000 de sus hombres habían sido hechos prisioneros por parte de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Bélgica, quienes le habían confiscado, además, más de 6.400 piezas de artillería. eso significaba una cuarta parte de su ejército en el campo de batalla y la mitad de su material de guerra.


La capacidad bélica de los germanos agonizaba. Por eso, nada más llegar al vagón, el representante enviado por Berlín, Matthias Erzberger, solicitó inmediatamente un alto el fuego en el frente occidental al general Foch, con el objetivo de que pudieran negociar los últimos flecos sin presión: «No. Yo represento aquí a los gobiernos aliados, que ya han impuesto sus condiciones. Las hostilidades no pueden cesar hasta que no se produzca la firma», respondió este y los combates continuaron durante dos días más. «La Entente quiere y espera la destrucción del Ejército alemán, y el generalísimo Foch lo intenta con nuevos ataques en masa», apuntaba este periódico.

Los últimos minutos
Durante la noche del 10 al 11 de noviembre de 1918, los delegados alemanes de Compiègne trabajaron sin parar en los últimos detalles. El armisticio se firmó finalmente a las 5.10 de la madrugada. «Una nación de 70 millones sufre, pero no muere», justificó Matthias Erzberger en el vagón, aunque añadió que los puntos que acababan de firmar provocarían el hambre y la anarquía en Alemania. Mientras, Foch enviaba rápidamente un mensaje por telegrama y teléfono a todos los comandantes aliados: «Cesen las hostilidades en todo el frente el 11 de noviembre a las 11 de la mañana, horas francesa».

Aquella firma, sin embargo, no paralizó las batallas al instante en el frente occidental. Desde ese momento hasta la hora en que oficialmente entraba en vigor la paz transcurrieron seis horas en las cuales las órdenes para los oficiales no quedaron lo suficientemente precisas, de modo que cada cual hizo lo que creyó conveniente. El comportamiento de la mayoría de ellos fue el lógico: dejar que pasaran las horas tranquilamente en las trincheras y no arriesgar ninguna vida más. Pero hubo oficiales irresponsables que quisieron aprovechar su última oportunidad para dar un impulso a su carrera militar, aunque corriera la sangre. El mismo futuro presidente de Estados Unidos, Harry Truman, que fue oficial de artillería durante aquella guerra, fue de los que apuró hasta el último momento: «Disparé la batería, según las órdenes, hasta las 10.45. En ese minuto disparé mi último tiro», recordaría años después.

Gunther, en el último minuto
En aquellos 15 minutos entre el último disparo de Truman y las 11 de la mañana se produjeron más bajas innecesarias. Entre ellas, la de Henry Gunther, que tiene el dudoso honor de ser la última víctima oficial de la Gran Guerra, al perder la vida de una manera temeraria y ciertamente estúpida cuando quedaba un solo minuto para que entrara en vigor el alto el fuego.

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Henry Gunther

Se trataba de un soldado estadounidense de 23 años que había sido degradado del rango de sargento durante el conflicto por un hecho bastante desafortunado: el contenido de una carta enviada a unos amigos, en la que criticaba las condiciones en las que se encontraban las tropas en las trincheras y les aconsejaba que no se les ocurriera enrolarse al ejército. Gunther tuvo la mala suerte de que aquella misiva fue interceptada por la censores militares y fue castigado.

Aquello hirió su orgullo de tal manera que en la mañana del 11 de noviembre, armándose de valor, decidió desobedecer las órdenes de su sargento y cargar con su bayoneta para intentar tomar una trinchera enemiga. En su cabeza solo rondaba la idea de volver a hacer méritos para recuperar su rango, ya que consideraba un deshonor lo que le había ocurrido. 

Temía, además, ser considerado un traidor por sus compañeros, ya que era hijo de inmigrantes alemanes. Pero ni estos ni los alemanes, que estaban dejando pasar las horas para entregarse sin que hubiese más víctimas, consiguieron detenerle. Horrorizados, puesto que sabían que la guerra estaba a punto de terminar, avisaron a los estadounidenses para que este regresara a sus líneas e, incluso, dispararon varias veces por encima de su cabeza para asustarle y que volviera con su tropa.
Gunther, sin embargo, siguió avanzando y recibió un disparo que lo mató al instante. El momento de su muerte se registró posteriormente como las 10.59 horas. Curiosamente, se salió con la suya, porque de forma póstuma el Ejército le restauró el grado de sargento.

George Lawrence Price, dos minutos antes
Otra de las muertes sin sentido de aquella noche fue la de George Lawrence Price, la última baja canadiense y uno de los 60.661 compatriotas muertos en la Primera Guerra Mundial. Se produjo mientras los delegados alemanes y el mariscal Foch negociaban a toda velocidad, cuando su compañía recibió la orden de avanzar desde Frameries (al sur de Mons) hasta Havre, para asegurar los puentes que había en el Canal du Centre. Y, ciertamente, no tardaron muchas horas conseguir su objetivo.
En ese momento, Price y un compañero fueron mandados junto a una patrulla a inspeccionar las casas que había al otro lado del canal. Al llegar, sorprendieron a un grupo de soldados alemanes que estaban montando un nido de ametralladoras. Cuando estos se percataron de su presencia, los germanos iniciaron la huida mientras eran cubiertos por el fuego de varios francotiradores, con tan mala suerte, que una bala alcanzó el pecho a Price. Su muerte también fue instantánea. Exactamente a las 10.58 horas.

Trébuchon, en los último diez minutos

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[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Augustin Trébuchon, en una imagen de la Primera Guerra Mundial- AFP
El último soldado francés muerto fue Augustin Trébuchon. Nunca se supo el punto exacto donde fue abatido, pero sí su hora: las 10.50 de la mañana. Se cree que fue abatido en un lugar indeterminado entre el ferrocarril y el río Mosa cerca de Vrigne-Meuse, un pueblo de 350 habitantes de la región de Champaña-Ardenas. El mismo pueblo donde se desarrollaron las últimas hostilidades del frente occidental.
Trébuchon era un campesino del centro de Francia que llevaba luchando en la guerra desde el principio. Había sobrevivido a cuatro años de bombas y ametralladoras, pero no logró aguantar los últimos diez minutos en los que un disparo inesperado le alcanzó en la cabeza matándolo al instante. Poco después, a las 11.00 en punto, sonó la corneta que anunciaba que la guerra había acabado. Él no la escuchó.

Edwin Ellison, noventa minutos antes
Por último, George Edwin Ellison, el último inglés muerto en combate. Otro trágico e irónico final para un soldado raso, puesto que perdió la vida noventa minutos antes del final, en el mismo lugar donde Inglaterra había sufrido su primera derrota del conflicto: la batalla de Mons, el 23 de agosto de 1914.
Ellison estuvo presente en aquel primer varapalo, pero al igual que los anteriores ejemplos, sobrevivió durante cuatro años a varias batallas tan importantes como las de Ypres, Amentières, Loos, Lens o Cambrai. Pero una hora y media antes de que oficialmente se proclamara la paz, este soldado británico cayó abatido por un disparo enemigo, después de que uno de sus superiores ordenara un último y absurdo ataque a las afueras de la localidad belga de Mons. La idea que tenía en la cabeza era recuperar el control de aquella localidad perdida al comienzo de la guerra, como un acto de fuerza simbólico, antes de que entrase en vigor el alto al fuego. 

George Edwin Ellison tenía 40 años. Como contó el novelista y político escocés John Buchan sobre aquellos últimos instantes, tras su experiencia en la Gran Guerra: «Los oficiales tenían el reloj en la mano y las tropas esperaban con la misma gravedad y compostura con las que habían combatido. Cuando faltaban dos minutos para las 11.00, enfrente de la brigada sudafricana, en el punto más oriental al que habían llegado los ejércitos británicos , vieron a un ametrallador alemán que, después de disparar una cinta entera sin parar, se puso de pie junto a su arma, se quitó el casco, se inclinó y se alejó lentamente hacia la retaguardia». Poco después, las manecillas del reloj marcaron la hora esperada. 

Buchan, cuyo hermano había muerto en acción dos años antes, escribió: «Se produjo un segundo de silencio expectante y, después, un curioso sonido como un susurro que los observadores que estaban detrás del frente compararon con el ruido de un viento suave. Era el sonido de los hombres que daban vítores desde los Vosgos hasta el mar».
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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La historia detrás del Soldado desconocido

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El 7 de noviembre de 1920, en estricto secreto, cuatro cuerpos británicos no identificados fueron exhumados de los cementerios temporales del campo de batalla en Ypres, Arras, Asine y Somme.

A ninguno de los soldados que hicieron la excavación se les dijo por qué.

Los cuerpos fueron llevados en ambulancia de campo a Cuartel General  St-Pol-Sur-Ter Noise. Una vez allí, los cuerpos se cubrieron con la bandera de la Unión. Se colocaron guardias y el general de brigada Wyatt y el coronel Gell seleccionaron un cuerpo al azar. Los otros tres fueron regresados a sus tumbas.


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Se seleccionó una Guardia de Honor francesa que se quedó en el ataúd del soldado elegido durante la noche.
En la mañana del 8 de noviembre, un ataúd especialmente diseñado hecho de roble de los campos de Hampton Court llegó y el Guerrero desconocido fue colocado en el interior.
En la parte superior se colocó una espada de cruzados y un escudo en el que estaba inscrito:

"Un guerrero británico que cayó en la GRAN GUERRA de 1914-1918 por el Rey y la patria".

El 9 de noviembre, el Soldado Desconocido fue llevado en un carruaje tirado por caballos a través de la Guardia de Honor y el sonido de las campanas y las llamadas de corneta al muelle.


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Allí, fue saludado por el Mariscal Foch y embarcado en HMS Vernon con destino a Dover. El ataúd estaba en la cubierta cubierto de coronas y rodeado por la Guardia de Honor francesa.

Al llegar a Dover, el soldado desconocido recibió un saludo de diecinueve salvas, algo que normalmente solo estaba reservado para los mariscales de campo.

Un tren especial había sido arreglado y luego fue trasladado a Victoria Station, en Londres.


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Permaneció allí durante la noche y, en la mañana del 11 de noviembre, finalmente lo llevaron a la Abadía de Westminster.

La idea del soldado desconocido fue pensada por un sacerdote llamado David Railton que había servido en la línea del frente durante la Gran Guerra, la bandera de la Unión que había usado como tela de altar mientras que en el frente, era la que había sido colocada sobre el ataúd.

Su intención era que todos los familiares de los 517,773 combatientes cuyos cuerpos no habían sido identificados pudieran creer que el Soldado Desconocido podría muy bien ser su esposo, padre, hermano o hijo perdido ...

Esta es la razón por la que usamos amapolas.

No glorificamos la guerra.

Recordamos, con humildad, los grandes y últimos sacrificios que se hicieron, no solo en esta guerra, sino en cada guerra y conflicto donde nuestro personal de servicio ha luchado, para garantizar la libertad y las libertades que ahora damos por sentadas.

Todos los años, el 11 de noviembre, recordamos al Soldado Desconocido.

A la puesta del sol, y por la mañana, los recordaremos.

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“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Wellington Mark IC. Wikimedia Commons

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Miguel Jorge


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Si tuvieras la mala suerte de encontrarte en una avioneta con el ala ardiendo seguramente pensarías que la mejor opción es saltar en paracaídas. Si encima tienes detrás a un batallón nazi la cosa se complica. Para James Ward la solución estaba muy clara. Debía salir del avión a 4 mil metros de altura para arreglarlo.

Lo ocurrido el 7 de julio de 1941 se cuenta como una de las acciones en el aire más increíbles (y temerarias) que haya realizado el hombre durante un conflicto bélico. La mezcla de valentía y audacia (y posiblemente algo de inconsciencia) del joven soldado fue una proeza digna de la mejor de las ficciones.
Junto a Ward y el resto de la tripulación el gran protagonista de esta historia fue el Vickers Wellington con el que desarrolla la misión en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un bombardero medio bimotor de las fuerzas británicas, una nave de largo alcance cuya fabricación comenzó en la década de 1930.


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Wellington Mark I de la Real Fuerza Aérea de Nueva Zelanda en agosto de 1939. Wikimedia Commons


Su aparición llegó como respuesta a la demanda de un bombardero diurno bimotor que mejorara las prestaciones de los anteriores. De esta forma el Wellington pasó a formar parte de los bombarderos nocturnos durante la primera etapa de la Segunda Guerra Mundial (luego desplazado por aparatos cuatrimotores).


En cuanto a su diseño, muy importante para entender la historia que iba a tener lugar, Ward estaba a bordo de un Wellington Mark IC. Una nave que permitía hasta seis tripulantes con una longitud de poco más de 19 metros. Su velocidad máxima operativa era de 378 km/h y contaba con un techo de vuelo de hasta 5.490 metros. En cuanto al armamento, el bombardero contaba con ametralladoras Browning M1919 de calibre 7,7 mm: 2 en la torreta frontal, 2 en la torreta de cola y 2 en los dorsales. Por último contaba con bombas de hasta 2.000 kg en su arsenal.
Dicen que la Cruz Victoria es la condecoración militar más alta al valor “frente al enemigo” de todas las condecoraciones británicas. Una medalla que sólo se otorga por actos extraordinarios que conllevan un riesgo extremo de la propia vida.
Si los detalles de cada Cruz Victoria otorgada ya eran fascinantes, la de James Ward fue probablemente las más singular de todas.

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Wards en su Vickers Wellington Mark IC. Wikimedia Commons

James Allen Ward nació el 14 de junio de 1919 en Wanganui (Nueva Zelanda), una ciudad en la costa oeste de la isla Norte. Allí asistió a la Universidad donde se formó como profesor, impartiendo clases posteriormente en el Wellington College of Education en 1938. Dos años más tarde, en 1940, se alista en la Royal New Zealand Air Force formando parte de la escuela de pilotos en Wigram y Taieri.
En muy poco tiempo Ward comienza a destacar por su destreza como piloto junto a su amigo Fraser Barron. En enero de 1941 y con la Segunda Guerra Mundial en pleno auge son destinados a Europa. Ambos pilotos acaban estacionados en la base aérea de Lossiemouth (Escocia).


Por aquel entonces Ward tenía 22 años y entró a formar parte del Escuadrón 75. Seis meses después su vida iba a dar un vuelco. Ocurrió el 7 de julio de 1941.
Al acabar el día su nombre estaría grabado en los libros de historia.
Esa mañana la misión estaba clara. A bordo del Wellington Mark IC debían hacer una incursión en la ciudad alemana de Munster. El sargento Ward lo haría como segundo piloto. Según los informes históricos la jornada discurrió sin sobresaltos, el bombardero dejó caer sus bombas sobre la zona seleccionada, realizó un pequeño circuito de reconocimiento sobre la ciudad y comenzó el viaje de regreso a la base.

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Torreta de cola de un Wellington (1942). Wikimedia Commons

Para la tripulación había sido una de las misiones más sencillas que recordaban, prácticamente no se habían encontrado con oposición sobre el objetivo, apenas algo de fuego antiaéreo y luces de búsqueda cuando ya estaban de regreso. Una vez que el piloto estableció el rumbo de vuelta los soldados se relajaron.
Como segundo piloto Ward se encontraba en la pequeña cúpula del navegante, él era el encargado de vigilar el vuelo de regreso ante posibles acercamientos enemigos. De repente, a la altura de la antigua entrada del mar del Norte, en Zuiderzee (noroeste de los Países Bajos), Ward divisa a lo lejos una mancha negra que se va haciendo más y más grande. A los pocos segundos no tiene dudas.


Por aquel entonces Ward tenía 22 años y entró a formar parte del Escuadrón 75. Seis meses después su vida iba a dar un vuelco. Ocurrió el 7 de julio de 1941. Al acabar el día su nombre estaría grabado en los libros de historia.

Se acercaba por la cola del bombardero un Messerschmitt Bf 110, un caza alemán de la Luftwaffe con intenciones muy poco amistosas. Ward intenta comunicarse con el piloto a través de la radio interna, pero este ha dejado de funcionar. Unos segundos más tarde y antes de que el sargento pudiera acercarse al piloto, el bombardero sufre un fuerte golpe en un lado mientras llueve la metralla rojiza que disparan los alemanes.
La primera reacción del capitán y piloto del escuadrón fue la de voltear el avión violentamente hacia abajo para tratar de escapar de la metralla enemiga. En aquellos instantes ningún miembro de la tripulación se había percatado de que el artillero de cola ya había derribado al caza alemán, la culpa, una vez más, se debía al fallo de radio interna que no permitía la comunicación fluida entre ellos.

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Miembro de la tripulación en el interior del Wellington. Wikimedia Commons

Pasados unos segundos de pánico tocaba reevaluar la situación. El ataque, aunque corto, había sido intenso dejando bastantes daños en el aparato. El motor de estribor había sido golpeado y el sistema hidráulico estaba fuera de combate. Como resultado de ello la mitad del tren de aterrizaje se había caído. Dicho de otra forma, no había forma de realizar un aterrizaje “normal”. Por si todo esto no fuera poco, las compuertas de las bombas se habían quedado abiertas y el artillero de cola estaba herido en un pie tras el intercambio.
Pero sin duda lo peor de todo era el fuego que se había formado a través de la superficie superior del ala de estribor (derecha), espacio donde además había una fuga de combustible. En cualquier momento el avión podía explotar y no había tiempo que perder. Lo lógico dada la situación sería saltar y hacer uso de los paracaídas. En cambio Ward y uno de sus compañeros convencieron al resto para optar por un “plan B”.

Unos segundos más tarde y antes de que el sargento pudiera acercarse al piloto, el bombardero sufre un fuerte golpe en un lado mientras llueve la metralla rojiza que disparan los alemanes

Ambos tomaron el extintor de incendios y golpearon con fuerza el lateral del fuselaje que daba al ala en llamas. Lograron hacer un agujero desde el que Ward pretendía llegar hasta la zona dañada. El problema es que el fuego estaba demasiado lejos y aquello implicaba una pirueta bastante difícil de llevar a cabo por un profesional de cine, para Ward sería doblemente difícil.
En ese momento la aeronave había llegado a la costa holandesa y estaban volando en paralelo, esperando para tomar una decisión en función de cómo se desarrollaba el incendio. Parecía, aunque era una suposición de la tripulación, que el fuego estaba cediendo y se mantenía estable, así que deciden que lo mejor será arriesgarse a acabar en un bote en el Mar del Norte antes que terminar en un campo de prisioneros alemán. El bombardero sale al mar y se dirige rumbo a Inglaterra.

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Pequeña cúpula de vigilancia por la que salió Ward. Wikimedia Commons

Unos minutos después parece que el fuego vuelve a intensificarse. Ward era el que se encontraba mas cerca y el que mejor podía evaluar el cariz que estaban tomando las llamas. El piloto cree que existe una posibilidad real de llegar hasta el fuego saliendo desde la pequeña cabina de vigilancia donde se encontraba, luego pasaría por un lado del fuselaje y finalmente llegaría hasta la zona del ala dañada.
Joe, el piloto, piensa que aquello era una locura, pero había una cuerda. Ward pensó que si lo amarraban la cuerda tenía la longitud necesaria para mantenerle unido al bombardero cuando estuviera en el exterior. De esta forma acabaron atando la cuerda al pecho del piloto y este comenzó el heroico intento de apagar el fuego en el ala de un vuelo a 4 mil metros de altura. Como último remedio y si el plan saliera mal, Ward tenía su paracaídas encima.

Deciden que lo mejor será arriesgarse a acabar en un bote en el Mar del Norte antes que terminar en un campo de prisioneros alemán

Dicho y hecho. El hombre se sube y luego se sienta en el borde de la cúpula de la cabina con las piernas aún dentro, calculando cómo iba a llevar a cabo semejante plan. Tras unos breves segundos Ward toma un hacha que había para emergencias, acerca un pie al exterior, saca la pierna, luego la mano con el hacha... y golpea sobre la tela externa que cubría el fuselaje creando un pequeño agujero en el que poder meter el pie en el marco del avión.
Tras ese primer movimiento le siguen otros iguales, todos encaminados a que manos y pies se acerquen hasta la zona del ala dañada a través de este camino improvisado por el lateral del fuselaje. Todo ello, recordamos, mientras el tipo está siendo sujetado de manera un tanto acrobática con una cuerda para no salir despedido.

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Compartimento para las bombas en un Wellington. Wikimedia Commons

Una vez en el exterior el hombre se acerca muy lentamente mientras se aferra a los agujeros que ha creado. Su compañero mantiene la cuerda tensa para que no se caiga. El fuego ardía como un gran chorro de gas y volaba muy cerca del hombro de Ward. El sargento contaba con una sola mano para trabajar mientras con la otra se sostenía al aparato a duras penas. La fuerza del viento provocó que varias veces estuviera a punto de salir despedido. La escena, tremenda y peliculera, era la de Ward tumbado lo más plano que podía sobre el ala. Además el paracaídas le dificultaba el movimiento y el viento lo embestía levantándolo levemente.
Dicho esto, lo peor estaba por llegar. Las ráfagas de viento se volvieron más violentas y Ward comenzó a golpearse con el ala. La corriente del motor empeoró las cosas. Aquello era como estar en un vendaval terrible, solo que el vendaval estaba acompañado de fuego a varios miles de metros del suelo.

Tras unos breves segundos Ward toma un hacha que había para emergencias, acerca un pie al exterior, saca la pierna, luego la mano con el hacha... y golpea sobre la tela externa que cubría el fuselaje

Finalmente Ward llega hasta el fuego y con la tela que servía de funda para los motores inicia el intento desesperado por apagarlo. Unos minutos después lo consigue, aunque con un gran susto. La tela que estaba utilizando para apagar el fuego se infló con una ráfaga de viento y por muy poco no se lo llevó por delante. James Ward había conseguido lo imposible, y aunque el depósito seguía perdiendo combustible calcularon que tendrían suficiente para llegar a casa. Además, Ward había extraído todo el tejido cercano para evitar que el fuego se extendiera desde la toma de combustible.
Con paso lento Ward regresó del ala y logró arrastrarse hasta la parte superior del fuselaje, previo paso para subirse a la pequeña cúpula del vigilancia de la que había partido. Poco después el Wellington llegaba a la costa inglesa, y el ala volvía a incendiarse, aunque esta vez con tiempo suficiente para aterrizar y terminar con éxito una misión con actuación histórica.

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Imagen posterior del Wellington y el ala en el que Ward logró la hazaña. Wikimedia Commons

Ward acabó obteniendo la preciada Cruz Victoria. En agosto de ese mismo año fue convocado en el número 10 de Downing Street por el primer ministro Winston Churchill. Ward resultó ser un tipo increíblemente tímido que se quedó mudó de asombro ante la figura histórica.
Dicen que el propio Churchill tuvo que acercarse y decirle al joven: “Me da la sensación de que esta es una situación muy embarazosa para usted, y que probablemente te sientes cohibido ante mi presencia”. A lo que Ward respondió con la cabeza baja, “sí, señor”. “Pues imagínese lo humilde y torpe que me siento yo al lado suyo”, le replicó Churchill.


Desgraciadamente para el hombre que fue capaz de subirse al ala en llamas de un bombardero dañado por los nazis (y a más de 4 mil metros de altura), la muerte le esperaba pocas semanas después. El 15 de septiembre de 1941 el Wellington en el que iba Ward fue alcanzado por la artillería antiaérea alemana. Ward fallecía en el accidente.
Se trataba de la undécima misión del piloto, la quinta como capitán de la tripulación
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Hundimiento del HMS Britannic
EL HMS BRITANNIC, BUQUE GEMELO DEL TITANIC Y DEL OLYMPIC SE HUNDE EN EL MAR EGEO. LA FANTÁSTICA HISTORIA DE VIOLETA JESSOP

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Tal día como hoy, pero de 1916, en el Canal de Kea (Mar Egeo), el Britannic, buque gemelo del trasanlántico Titanic, golpea con una mina y tras la explosión se hunde en tan sólo 55 minutos a pesar de las formidables medidas de seguridad con las que está dotado. De las 1.125 personas que viajan en el buque, 29 resultan muertas al ser succionados los dos botes salvavidas en que se encuentran por la hélice de babor del gigantesco navío.

El 12 de noviembre de 1916, el Britannic zarpó desde Southampton iniciando su sexto viaje y úlltimo Viaje. Después de haber repostado en Nápoles (Italia) el día 19 de noviembre, el 21 de noviembre mientras cruzaba el canal de Kea (mar Egeo) en el archipiélago griego, a las 8:12 de la mañana hubo una explosión causada por una mina (también se dice que pudo ser causada por un torpedo), 4 millas al oeste de Port St. Nikolo (isla de Kea). Esta explosión causó daños limitados en el lado de estribor. Después de esto hubo una gran explosión interna que causó serios daños en la estructura del barco que comenzó a escorarse por el lado de estribor. 

Pese a ello, el capitán Bartlett había intentado embarrancar en la isla de Kea (que estaba a tres millas de distancia) para salvar el barco, pero el intento no tuvo éxito, y el Britannic se empezó a hundir rápidamente. Se ordenó abandonar el buque y se empezaron a arriar los botes salvavidas. 
A las 9:07, 55 minutos después de la primera explosión, el Britannic se había hundido. Viajaban en el buque 1.125 personas y murieron en el hundimiento 29 de ellas, cuando los dos botes en los que iban (arriados sin el permiso del puente de mando) fueron succionados por el vórtice de la hélice de babor. En uno de estos botes se encontraba Violeta Jessop (que anteriormente había sobrevivido al naufragio del Titanic), que sobrevivió lanzándose al mar antes de que los botes fuesen destrozados por la hélice. 
Las más de 1.000 personas que sobrevivieron al naufragio fueron rescatadas por varios barcos tras el hundimiento. El Britannic fue el barco más grande perdido durante la Primera Guerra Mundial.

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Los restos del Britannic fueron descubiertos el 3 de diciembre de 1975 por el explorador francés Jacques Cousteau, y fueron explorados posteriormente en ese año. El Britannic fue localizado en las coordenadas 37°42′05″N 24°17′02″E / 37.70139, 24.28389 a una profundidad de 120 metros. El pecio es considerado un cementerio de guerra y por tanto su exploración es limitada aunque accesible por buzos. Se encuentra recostado totalmente sobre su lado de estribor, y está relativamente bien conservado. Tiene la proa retorcida a causa del hundimiento, fijada al resto del casco por unas pocas piezas de la cubierta B, y tiene además un gran agujero proyectado hacia afuera que sugiere una gran explosión interna. Los interiores del Britannic están bastante bien conservados, y hoy en día es uno de los mayores transatlánticos hundidos.

En el verano de 1995, durante una expedición filmada por NOVA, Robert Ballard (descubridor de los restos del Titanic), bajó hacia los restos del Britannic con robots submarinos. No exploró el interior del Britannic, pero localizó todas sus chimeneas. En 2003 Carl Spencer dirigió un equipo que entró en el barco. Spencer también descubrió un número de anclas de minas en el fondo del mar, confirmando las anotaciones del submarino alemán U-73 de que el Britannic fue hundido por una única mina. 

Debates acerca del hundimiento
Durante años se generaron muchos debates sobre el hundimiento del HMHS Britannic, sobre todo desde el descubrimiento del barco por Jacques Cousteau, que tras realizar investigaciones demostró que en la parte de proa del Britannic efectivamente había un agujero causado por una explosión, pero ésta parecía haber sido originada desde el interior del barco, en lugar de ser desde fuera hacia dentro, como debería ser si la explosión hubiera sido externa. A raíz de eso, se ha debatido durante tiempo si el Britannic fue torpedeado o si fue un acto de terrorismo llevado a cabo por Alemania, quien buscaba doblegar al orgullo de los marinos ingleses.

La fantástica historia de Violeta Jessop
Como se ha dicho, entre los supervivientes del hundimiento se encontraba la enfermera Violeta Jessop, dándose la sorprendente circunstancia de que 4 años antes, dentre las 20 mujeres de la tripulación del Titanic que se salvaron, estaba Violet Jessop, joven, bella y luchadora. Una mujer a la que la vida deparó un destino extraordinario, pues sobrevivió a los tres accidentes que experimentaron los tres mejores barcos de la naviera White Star o, lo que es lo mismo, quizás los tres mejores barcos de una época. 

[Imagen: Violeta+Jessop3.jpg]

Violeta Jessop salió indemne en 1911 del Olympic, que casi naufragó tras un abordaje fortuito; sobrevivió al hundimiento del Titanic, en 1912, y se salvó del naufragio del Britannic , Tres barcos hermanos, pertenecientes a la Clase Olympic, tres peripecias imponentes y una mujer, Violeta Jessop, para contarlas.
Violet Jessop había nacido el 2 de octubre de 1887 en a Pampa, cerca de Bahía Blanca (Argentina), aunque era irlandesa de sangre y cultura, y murió en Suffolk, Inglaterra, el 5 de mayo de 1971

[Imagen: Violet_jessop_titanic.jpg]
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Ayer se conmemoro un nuevo aniversario del ataque japones a Pearl Harbour en 1941 por lo que les dejo la historia de uno de los acorazados hundidos en el ataque, el West Virginia

[Imagen: USS-West-Virginia-Sank-In-Pearl-Harbor-A...lors-2.jpg]


Una de las víctimas de la flota estadounidense fue el acorazado USS West Virginia. Buque de la clase Colorado, botado en 1921, comisionado en 1923, desplazaba 33.000 toneladas y estaba armado con 8 cañones de 406 mm. Estaba fondeado junto al USS Tennessee y tenía 40 pies ( 12 metros ) de agua bajo su quilla.
El West Virginia fue duramente golpeado por la aviación japonesa. Encajó seis impactos de torpedos, lanzados por los " Kate ". Uno dio en la caja de dirección ( steering gear ) desmantelando el timón; cuatro dieron debajo de la cintura acorazada, abriendo enormes agujeros en el casco; dos de ellos penetraron por los agujeros abiertos por los primeros y explotaron dentro del buque, causando vías de agua catastróficas. 

El último torpedo impactó directamente en la cintura acorazada. ( ésto último requirió el posterior reemplazo de 7 placas de blindaje ). 
También fue impactado por dos grandes bombas de 800 kg. Ninguna de las dos detonó. La primera fue encontrada en la segunda cubierta; la segunda penetró las 4 pulgadas ( 100 mm. ) del techo de la torre tres, y si bien no explotó, destruyó la torre y dos hidroaviones Kingfisher, así como los depósitos de combustible para ellos. Esta gasolina se esparció e hizo ignición, generando una inmensa bola ígnea. 

[Imagen: 980x.jpg]

La tripulación combatió valerosamente los incendios, logrando apagarlos pero no pudiendo evitar que el buque se hunda. A las 2.00 horas P.M. se dio la orden de abandonar el barco, que se posó en el lecho del puerto.
Cinco meses después, el West Virginia fue reflotado, el 17 de mayo de 1942. Durante las reparaciones, los trabajadores encontraron 66 cuerpos de tripulantes que se habían hundido con el buque y siguieron con vida en algunas burbujas de aire que habían quedado dentro de la nave. 

Tres de ellos fueron encontrados en un depósito de víveres, donde sobrevivieron con raciones de combate y agua potable disponible. Según las anotaciones encontradas en un calendario, estos hombres sobrevivieron hasta el 23 de diciembre, muriendo por asfixia cuando el aire se tornó irrespirable. 
Este hecho tuvo gran repercusión en el pueblo estadounidense y fue causa de gran motivación. Los Estados Unidos vengarían a los mártires del West Virginia.

Después de monumentales trabajos de reparación que duraron un año, el 7 de mayo de 1943, exactamente 17 meses después de ser hundido, el USS West Virginia zarpó de Pearl Harbor y se dirigió a Bremerton, Washington, para ser definitivamente remodelado y modernizado.
El 23 de septiembre de 1944 el West Virginia llega al puerto de Pearl Harbor, es recibido con grandes honores y se integra a la flota del Pacífico. El tiempo de la venganza había llegado. Participa en numerosas operaciones : la invasión a Filipinas, la batalla del golfo de Leyte, y los asaltos a Iwo Jima y Okinawa. Gana cinco Battle Stars ( Estrellas de Batalla ) por su actuación. 

El día de la rendición de Japón, estaba en la bahía de Tokyo, junto al USS Missouri, siendo testigo del fin de la guerra y de la derrota de su enemigo.


[Imagen: 56bd40176e97c62f008b6d23-750.jpg]

En la foto, el USS West Virginia en 1944, ya restaurado y modernizado, tres años después de ser izado del fangoso fondo del puerto de Pearl Harbor
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Záitsev, junto a un compañero francotirador en Stalingrado - ABC / Vídeo: La «Muerte blanca», el francotirador que aniquiló a 700 soldados soviéticos

Vasili Záitsev: la verdad oculta tras el duelo más épico entre un francotirador nazi y uno soviético
Durante 1942, en plena batalla de Stalingrado, se sucedió el enfrentamiento entre tiradores de élite más famoso de la Segunda Guerra Mundial. Pero... ¿Fue una gran mentira exagerada por la URSS?
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]Manuel P. Villatoro
@ABC_HistoriaSeguir
Actualizado:09/12/2018 12:34h13


La película «Enemigo a las puertas» hizo famoso al ya de por sí popular Vasili Záitsev, uno de los francotiradores soviéticos más conocidos de la Segunda Guerra Mundial gracias a que acabó con más de dos centenares de enemigos y a que su figura fue engrandecida por elrégimen de Stalin. Además, si por algo es recordado es por haber dado muerte a uno de los mejores tiradores de élite del ejército alemán: el mayor Erwin Konig (también conocido como Konings). Aquella proeza le granjeó la medalla de Héroe de la Unión Soviética.

Sin embargo, la realidad es que algunos historiadores como Antony Beevor afirman que este enfrentamiento no fue más que una burda mentira generada por el comunismo. ¿Realidad o ficción?
La historia oficial del aciago duelo acaecido en el gélido infierno de Stalingrado la escribió de su puño y letra el mismísmo Vasili Záitseven su biografía: « Memorias de un francotirador en Stalingrado». Una obra que el historiador Antony Beevor ha calificado de exagerada y que, en sus palabras, fue hinchada hasta la extenuación por los altos mandos del Comité Central del partido del Camarada Supremo. El francotirador le dedica a este épico combate diez páginas de un texto de poco más de 190. Un capítulo entero que se limita a titular como «El Duelo» y que se desarrolla en un tiempo indeterminado del año 1942.

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Vasili Záitsev

En palabras de Záitsev, la primera vez que tuvo constancia de que habían enviado a un francotirador enemigo para darle caza y acabar con su vida fue durante una noche en la que sus hombres capturaron a un soldado alemán. Este reo fue quien le desveló el secreto después de ser sometido a un más que severo interrogatorio. «Admitió que los mandos de la Wehrmacht estaban seriamente preocupados por los daños infligidos por nuestros francotiradores, y que un tal mayor Konings […] había sido enviado a Stalingrado con el exclusivo propósito de liquidar al, en palabras del prisionero, “gran conejo” ruso», explica en sus memorias.

Las palabras utilizadas por el prisionero germano son importantes. Y es que, el término «Gran conejo» desvela que los oficiales nazis sabían el nombre del francotirador que segaba una y otra vez las vidas de sus hombres. «Záitsev parece sugerir que los nazis conocían su nombre (que significa “conejo”) y bromeaban con ello, aunque también podría ser que, al decir “gran conejo”, el prisionero se refiriera a un “pez gordo”», señalan los traductores de las memorias de Vasili.
En cualquier caso, el mismo francotirador afirma que el tal Konings era el «director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht». Un cargo lo suficientemente destacado como para que nuestro protagonista considerara que estaba causando más de un dolor de cabeza a los germanos.

Dudas iniciales
En sus memorias, Záitsev hace referencia en repetidas ocasiones a las dudas que le surgieron tras conocer la llegada de su némesis. ¿Sería capaz de enfrentarse al tal Konings? ¿Podría darle caza o moriría por culpa de una bala lanzada desde el Kar-98 del nazi?
Y todo ello, a pesar de que sus superiores le demostraban una y otra vez que estaban seguros de su victoria. Un ejemplo de la confianza ciega que despertaba en los mandos soviéticos lo ofreció el comandante de su división, a quien el francotirador llamaba simplemente «el coronel Batiuk». Tras conocer la llegada de Konings, el oficial se limitó a decir lo siguiente: «Un mayor es pan comido para nuestros chicos. Tendrían que haber enviado al “ Führer” en persona. Cazar a esa pájaro habría sido más interesante, ¿verdad, Záitsev? Ahora le toca eliminar a ese superfrancotirador. Tenga cuidado y use la cabeza».

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Un mortero pesado alemán haciendo fuego contra las posiciones soviéticas de Stalingrado. - ABC

Vasili, sin embargo, no compartía esa seguridad: «La noticia me inquietó. Yo estaba tendido, extenuado, y para un francotirador no hay peor enemigo que la fatiga. Un francotirador cansado actúa con prisa y pierde precisión. O cuando suena un disparo, vacila, su confianza en sí mismo se ve erosionada». De hecho, incluso se declaró atemorizado por tener que enfrentarse a un adversario tan versado: «Konings tenía que ser un zorro astuto. Los alemanes no eran precisamente unos aficionados, y además, para llegar a director de la escuela de francotiradores, Herr Konings tenía que haber competido con éxito contra los mejores tiradores de la Wehrmacht».
En un intento de seguir entrenando para enfrentarse al «superfrancotirador», Záitsev intercambió experiencias con multitud de tiradores de élite del Ejército Rojo y siguió perfeccionando sus habilidades. «Cada francotirador tiene sus tácticas y sus técnicas, sus ideas e ingenuidades. Pero todos -ya sean principiantes o veteranos- deben recordar siempre que frente a ellos aguarda un tirador maduro, resuelto, perspicaz y certero. Hay que ser más inteligente que él, atraerlo y, así, confinarlo a un solo punto. ¿Cómo? Es preciso distraerlo, confundir su atención, cambiar de rumbo, exasperarlo con movimientos engañosos y agotarlo hasta que no pueda concentrarse», añade.

«Hasta entonces se había demostrado más habilidoso que nosotros. Su talento empezaba a pasarnos factura»

Con todo, nuestro héroe sabía que se enfrentaba a un soldado mejor preparado que el resto de los tiradores germanos. «Hasta entonces se había demostrado más habilidoso que nosotros. Su talento empezaba a pasarnos factura». No le faltaba razón ya que, en un solo día, Konings fue capaz de volar la mira del fusil de Morózov y de herir Shaikin (dos de los mejores francotiradores a las órdenes de Záitsev). Y todo ello, sin que nadie le viese ni pudiese dirimir dónde se escondía. «Morózov y Shaikin eran tiradores experimentados que se habían destacado en duelos complejos y arduos; el hecho de que hubieran sido derrotados me convencía de que su oponente no podía ser otro que Konings, el maestro de Berlín», completa.
Konings causaba verdadero pavor en Záitsev. De hecho, tan solo una jornada antes del duelo final, el condecorado héroe de la URSS escribió lo siguiente: «Algo me decía que, de ser necesario, un francotirador tan hábil y paciente como Konings podía permanecer una semana entera frente a nosotros sin mover un músculo. Debíamos andar con especial cautela. [...] ¿Quién perdería antes la templanza? ¿Quién vencería a quién?».

Comienza el duelo
«El maestro», como comenzaban a llamarle (más le valdrían haberle tildado de fantasma, pues no se dejó ver más que una vez durante todo este supuesto duelo) sería un blanco difícil de abatir. Pero no imposible.
Como primera medida, Vasili se dirigió junto con Nikolái Kúlikov(otro versado combatiente) a la zona en la que el nazi había vencido a sus dos compañeros. Allí, el enemigo les dio la bienvenida a su modo. «El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar? No, era una trampa: la inclinación del casco era muy poco natural. Lo movía [un] ayudante del francotirador, mientras este esperaba a que yo me delatase. De modo que permanecimos inmóviles hasta la noche», completa nuestro protagonista.

«El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar? No, era una trampa»

La caza se había iniciado para ambos y, como solía afirmar Záitsev, solo aquel que hiciese gala de una paciencia mayor lograría la victoria. Tocaba, así pues, convertirse en una piedra, como al francotirador soviético le gustaba afirmar.
En las horas siguientes, los francotiradores soviéticos se limitaron a no mover ni un músculo para evitar recibir una bala en la mollera. Así, hasta que llegó la noche sin que hubiera rastro de Konings. «¿Dónde estará escondido ese perro sarnoso?», preguntó Kúlikov. Záitsev se limitó a responder: «Ese es el problema. Que no tenemos ni idea». Al final, a ambos no les quedó más remedio que abandonar la zona al abrigo de la oscuridad. El nazi les había ganado la primera batalla.

Encuentro
En los siguientes días, el binomio soviético escudriñó con suma cautela las trincheras enemigas buscando al «maestro», pero fue en balde.
Por su parte, Konings no mostró los dientes hasta la tercera jornada. Su aparición la hizo cuando un comisario político llamado Danilov llegó a la trinchera para saludar a Záitsev y afirmó que había descubierto desde una posición de retaguardia el lugar exacto en el que se hallaba el enemigo. Al levantarse para señalarlo, el alemán le disparó un tiro perfecto que, por suerte para él, únicamente le hirió. «Sólo un francotirador de élite era capaz de hacer un disparo como ese, sólo un especialista podía haber disparado con semejante rapidez y precisión. Sin duda, el alemán era un experto en el arte del camuflaje», afirma Vasili.

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Vasili dirige a sus hombres en Stalingrado - ABC

Ese disparo permitió a Záitsev determinar la zona aproximada desde la que operaba su enemigo y, en base a ello, establecer una serie de lugares en los que se ocultaría. Así pues, intuyó que la más probable sería un escondrijo que había detrás de unos cuantos ladrillos apilados y una chapa metálica. Hasta ese momento, el lugar había pasado desapercibido, por lo que era sin duda un nido de francotirador perfecto. Para corroborar su presentimiento, Vasili ordenó a su compañero que alzara un guante militar atado a un palo por encima de la trinchera y… ¡premio, Konings disparó! «Ahí tenemos a nuestra serpiente», afirmó Kúlikov.
El binomio sabía dónde estaba su oponente, pero la caza debería esperar, pues cayó la noche y, con ella, los bombardeos de la «Luftwaffe» (la fuerza aérea germana). La pareja decidió que la mañana siguiente tampoco sería apropiada, pues la inclinación del sol podría haber hecho que las miras de sus fusiles resplandecieran al sol, lo que habría delatado su posición. Con todo, establecieron mantener en tensión al enemigo de una forma poco sutil. «Cuando el sol se alzó, Kúlikov disparó una bala a ciegas para despertar el interés de nuestro oponente», completa.

El día de la muerte
El final del duelo se retrasó, en palabras de Záitsev, hasta «después del almuerzo». La hora perfecta para los soviéticos debido a que el movimiento del sol impedía que las miras de sus fusiles se reflejasen. «Mientras, los rayos del sol caían sobre la posición de nuestro rival», completa. Esperar fue perfecto ya que, repentinamente, algo brilló bajo el borde de una plancha de hierro ubicada frente a ellos. Era Konings.
Fue entonces cuando el binomio tendió una trampa al «maestro» que le costó la vida. «Kúlikov se quitó el casco y lo levantó despacio, tentando una finta que solo un tirador experto era capaz de ejecutar. El enemigo disparó. Kúlikov se puso en pie, gritó y fingió desplomarse», completa Vasili.

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Ed Harris dio vida a Konings en la película «Enemigo a las puertas»

Konings cayó en la trampa y, a continuación, alzó la cabeza por encima de la plancha de hierro para corroborar si había dado a su presa. Záitsev estaba preparado para responder y dar por concluida la caza. «Apreté el gatillo y la cabeza del nazi desapareció. La mira de su rifle estaba inmóvil y seguía soltando destellos bajo la luz del sol», finaliza en sus memorias el combatiente. Así acabó el duelo más épico entre francotiradores. Un reto que se llevó posteriormente al cine. «La tensión de la caza se había roto. Kúlikov se dio la vuelta en el suelo de la trinchera y prorrumpió en una carcajada histérica», añade.

Caída la noche, Záitsev Kúlikov acudieron a la posición enemiga para recoger el cadáver de Konings y, finalmente, entregaron su documentación a los mandos como prueba. Batiuk les felicitó: «Sabía que cazarían al pájaro de Berlín muchachos». Pero, como todo en la guerra es pasajero, minutos después ya tenía otras órdenes para Vasili. «Ahora, camarada Záitsev, tiene una nueva misión. Mañana se espera un ataque alemán en otro sector. El general Chuikov ha ordenado formar un grupo con los mejores francotiradores para repeler al ejército fascista». El resto, como se suele decir, es historia.

¿Un duelo falso?
¿Realidad o ficción? La verdad sobre este duelo ha sido tratada en repetidas ocasiones por los historiadores expertos en la Segunda Guerra Mundial. Y la conclusión siempre ha sido la misma: a día de hoy es imposible determinar si el mayor Konings (también Erwin Konig) existió o si, por el contrario, fue un invento de la propaganda soviética para engrandecer todavía más la figura de Záitsev. Un francotirador que no fue el que más bajas causó por el bando soviético (ese honor pertenece a Iván Sidorenko, con nada menos que 500 bajas reconocidas), pero que sí fue el más famoso.
«Para el 62º ejército, el taciturno Zaitsev, un pastor de las laderas de los Urales, representaba mucho más que un héroe deportivo. Las noticias de los nuevos puntos añadidos a su marca pasaban de boca en boca por todo el frente», explica Antony Beevor en su obra «Stalingrado».

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Záitsev, durante una entrevista tras la Segunda Guerra Mundial

El reputado historiador es partidario de que, aunque a día de hoy quedan supuestas reliquias que avalan la gesta de este francotirador (una de ellas, la mira del fusil de Konings, que se expone en el museo de las fuerzas armadas de Moscú), el duelo no fue más que una invención de Stalin.
«Algunas fuentes soviéticas aseguran que los alemanes trajeron al jefe de su escuela de francotiradores para cazar a Zaitsev, pero éste los despistó. […] Esta espectacular historia es poco convincente en lo fundamental. Vale la pena advertir que no hay mención en los informes [...], aunque casi todos los aspectos de la actividad de los francotiradores eran descritos con gusto», añade el experto en su obra.
Beevor sustenta sus afirmaciones en textos como el de Vasili Grossman, un periodista que acompañó a Záitsev y a otros tantos francotiradores durante la batalla de Stalingrado (y que declaró estar fascinado con su labor). Este reportero tan solo hace referencia a un duelo entre Vasili y otro tirador de élite enemigo en su obra... que apenas se extendió unos pocos minutos. Así lo describió en su obra « A Writer At War: Vasily Grossman with the Red Army 1941-1945». En sus palabras, el germano se limitó a levantarse de su posición cuando vio una trinchera soviética vacía, momento que aprovechó nuestro pastor de los urales para acabar con su vida.

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Jude Law, en su papel de Vasili Záitsev

Más allá de las palabras del francotirador soviético, este es el único testimonio de su duelo que existe. Con todo, Beevor añade que su figura era necesaria para favorecer la llegada de nuevos francotiradores al Ejército Rojo: «Zaitsev, cuyo nombre significa “liebre”, fue encargado de entrenar a los jóvenes francotiradores, y sus pupilos se hicieron conocidos como zaichata o “lebratos”. Era el inicio del “movimiento de francotiradores” en el 62º ejército. Se organizaron conferencias para difundir su doctrina y el intercambio de ideas sobre la técnica. Los frentes del Don y del sudoeste adoptaron el “movimiento de francotiradores”, y produjeron sus tiradores estrella, tales como el sargento Passar del 21º ejército».
Algunos historiadores han barajado también la posibilidad de que el tal Konings fuese realmente el francotirador germano Heinz Thorvald, otro misterioso personaje que segó presuntamente la vida con más de 400 enemigos y que podría haber sido enviado por el mismísimo Heinrich Himmler para acabar con Záitsev. De este presunto héroe de las fuerzas armadas nazis poco se sabe. «Hay algunas teorías conspirativas que afirman que los nazis destruyeron todos los registros del comandante Erwin Konig a causa de la humillación de perder contra los comunistas "inferiores"», señala David Webb en su libro « The Greatest Snipers Ever, From Simo Hayha to Chris Kyle».
En todo caso, la realidad es que, tras la liberación de Stalingrado, Vasili fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y recibió (entre otras condecoraciones) dos órdenes de Lenin y dos órdenes de la Bandera Roja.

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Las enseñanzas de Vasili Záitsev

1-«Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos a tu presa» (se la dijo su abuelo cuando era pequeño).

2-«Usa cada bala a conciencia. Aprende a disparar y no yerres nunca» (se la dijo su padre durante su infancia, posteriormente él se la transmitió a sus alumnos).

3-«Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra, para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno. Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear». (enseñanza de cazador que aplicó en el campo de batalla).

4-«Disparar sobre un soldado que está construyendo una trinchera es como jugar al billar. Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas ahora, mientras te da la espalda, él y la pala caerán al foso. Pero si esperas y le das cuando está de cara, la pala se quedará arriba, a este lado del terraplén. Así, cuando su compañero vaya a recogerla, podrás abatirle a él también».

5-«Por lo general, los francotiradores nazis toman posiciones dentro de sus propias líneas defensivas, mientras que los nuestros se apostan en el límite de la línea del frente».

6-«Con la experiencia aprendí dos cosas esenciales: observar atentamente y tener templanza».

7-«Si malgastamos balas con la pescadilla los peces gordos nunca asomarán la cabeza».

8-«Sabes si se ha afeitado, puedes ver la expresión de su rostro, canturrea. Y mientras tu hombre se frota la frente o inclina la cabeza para ponerse bien el casco, buscas el mejor punto para que la bala haga impacto; no tiene ni la menor idea de que le quedan solo unos segundos de vida». (sobre el momento en el que hacía los disparos).
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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