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La Guerra de la Triple Alianza
#41
El Licenciado Del Pino Menk debe de ser de lo historiadores que mas sabe sobre la Guerra de la Triple Alianza ademas de ser un experto uniformologo.
La conferencia es abierta todos los que quieran acercarse al museo militar de Soriano Y Paraguay el viernes 21 a las 1830 hrs.

[Imagen: JKv2UCE.jpg]

Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#42
Batalla de Boquerón del Sauce, Guerra de la Triple Alianza

Aquí nuestra infantería escribió una pagina de gloria y valor frente al vivo fuego del enemigo y el héroe máximo de la misma rindió su vida al asaltar las trincheras paraguayas, el Coronel León de Palleja


Descripcion de la batalla


Cruenta Batalla librada por los aliados contra SOLANO LÓPEZ durante la Guerra con Paraguay, donde son derrotados por las fuerzas paraguayas y obligados a retirarse, dejando gran número de sus efectivos muertos en el campo de esta batalla, que fue escenario de una de los más duros enfrentamientos que se produjeron en esta contienda, especialmente recordado por la heroica muerte que allí encontró el jefe del Batallón Florida, de la División Oriental, el Coronel LEÓN DE PALLEJA, militar de origen español y veterano de las Guerras Carlistas, uno de los oficiales más profesionales y capaces del Ejército Uruguayo.

El 18 de julio de 1866, habiendo dejado 30 kilómteros  sur el caudaloso río Paraná, efectivos del Ejército Aliado, avanzaron hacia el Norte, por el camino de la margen oriental del río Paraguay, en busca del enemigo, con la intención de desalojarlo de sus posiciones, en el Boquerón del Sauce, donde se hallaban fuertemente atrincherados.
Las vanguardia del Ejército Paraguayo, al mando del Mariscal SOLANO LÓPEZ, para llegar a ese lugar, se había internado por sinuosos senderos selváticos que sólo ellos conocían, confluyendo hacia un punto de emboscada donde el camino torcía al Este conformando un “boquerón” (una abertura grande en la espesura del monte), vía que tenía unos cuarenta metros de ancho, encajonada entre muros de árboles enmarañados que le daban un aspecto sombrío y premonitorio de desastre. 

Allí esperaban a los aliados protegidos por un foso en una trinchera resguardada con un alto parapeto y defendida por un gran número de fusileros paraguayos, que contaban además, con el apoyo de 3 piezas de su Artillería.

Los efectivos aliados, compuestos por el Batallón Florida de la Brigada de Infantería Oriental, al mando del Coronel LEÓN DE PALLEJA, reforzado con dos Batallones de la Guardia Nacional de Argentina y una Compañía de Zapadores de Brasil, finalmente logran tomar contacto con el enemigo Y decididos a atacar, recorrieron  a “paso ligero” los cuatrocientos metros de aquella calle del infierno orillando los dos lados del camino, bajo nutrido fuego de metralla por el frente y por los flancos y el impacto directo de la Artillería, cuyas granadas estallaban causando grandes estragos entre los atacantes.
 
Pero tanto coraje no alcanzó y las tropas aliadas, luego de ser repetidamente rechazadas en sus ataques, debieron desistir y emprender el repliegue. Y allí surgió en toda su dimensión las capacidades profesionales y el coraje del Coronel DE PALLEJA, porque estando al frente de sus hombres en la primera línea, no se apercibió de la orden de retirada y siguió combatiendo hasta que comprendió lo peligroso de su situación. Ordenó entonces el repliegue y supo conducir a sus hombres en una retirada ordenada, siempre combatiendo, hasta que él mismo se vio rodeados por el enemigo.
 
De  pronto un disparo hecho casi a quemarropa, impacta en este bravo Coronel. Herido de muerte, cae de su caballo ante la angustia de sus oficiales y tropa del Florida, que habiendo acudido rápidamente, aunque no a tiempo para salvarlo, estuvieron junto a él, para acompañarlo con su respeto y afecto en los últimos instantes de vida. 
Ignorando la cercana presencia del enemigo y aún bajo fuego, todo el Batallón Florida, viendo a su jefe caído, formó en cuadro y le rindió homenaje presentando armas, protagonizando un acto de valor sin precedentes, para testimoniar lo que su jefe representaba para ellos.
 
A partir de entonces es que el recuerdo de nuestro héroe y su coraje ante la muerte vuelve a la vida, cuando los sones de la “Diana de León de Palleja”, creada para rendir honores al Patrono de la Infantería Oriental, se escuchan para festejar el Día de la Reina de las Batallas y para enmarcar el juramento de fidelidad a la Patria, que los cadetes de Escuela Militar de Uruguay prestan en ocasión de su egreso como Oficiales, mientras las salvas de cañón llevan a todos los confines de América, el mensaje de respeto y amor de un pueblo libre y valeroso, a uno de esos soldados que lo hicieron libre y valeroso.

[Imagen: BoqueronSauceBlog-2.jpg]
La imagen mas conocida de la batalla, cuando los hombres del Florida rescatan el cuerpo de su jefe y le rinden honores en plena batalla

[Imagen: images?q=tbn:ANd9GcTsa0cD82Ue1zpi5-KVnAh...yj2QLDiHBY]
El cuerpo de Palleja es trasladado a retaguardia por sus hombres
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#43
El 18 de julio de 1866, en los Campos Paraguayos de Boquerón del Sauce, se registraba uno de los episodios más recordados de nuestra historia militar… 

El Jefe de la Infantería Oriental, Cnel. León de Palleja caía en combate al frente de sus hombres y éstos formaron y le rindieron honores bajo el fuego enemigo… La devoción que aquellos rudos soldados demostraron a su Jefe muerto, el desprecio por sus propias vidas para rendirle el homenaje póstumo, nos mueve hoy a una profunda reflexión... aquel hombre que llevó a sus subalternos a ese gesto sublime, era la encarnación del verdadero Jefe, el que dirige con acierto a sus soldados en el peligro, el que vela por su preparación e instrucción, por su alimentación y equipamiento, el que siempre se preocupa por su situación personal, el que ríe y llora con ellos, el que sabe ser duro y estricto cuando hay que serlo, pero también condescendiente y amigo cuando ellos son afectados por las vicisitudes de la vida… 

Al igual que nuestro inmortal caudillo el Gral. Artigas, Palleja fue un verdadero Jefe, paternal y digno, que se ganó el respeto de propios y ajenos y, por sobre todo, el cariño y la veneración de sus subalternos…
Más de un siglo y medio ha pasado desde entonces, y cada 18 de julio los infantes evocan aquel hecho singular, buscando rescatar los valores de aquel ejemplar Jefe, sabedores de que sólo ganándose el respeto que da una vida de compromiso, de renunciamientos y de servicio a una causa superior, podrán satisfacer su vocación de soldados…

La infantería ha sido, es y será pilar fundamental de nuestro Ejército Nacional… sus integrantes han dado, a lo largo de nuestra historia, sobradas muestras de profesionalismo, lealtad y valor, lo que adquiere especial importancia en los tiempos que vivimos, en que resulta esencial redoblar esfuerzos para continuar con nuestra inexorable marcha tras las banderas de lucha que algún día enarbolaron nuestros antepasados, que no son otras que aquellas tendientes a lograr el respeto a nuestra soberanía e integridad territorial, asegurando a todos los orientales condiciones de vida dignas.

Integrantes del Arma de Infantería: 
Conscientes de la hora histórica que nos toca vivir y de que nuestra Institución es cada vez más la esperanza de los más desesperados, frente a quienes buscan nuestro debilitamiento y destrucción nuestra respuesta será siempre la de la cohesión, el compromiso y la total entrega a la Institución… que el ejemplo de aquel Jefe singular que un día como hoy entraba en la eternidad, que el espíritu de aquellos hombres que en lejanas tierras nos dieron una lección de hombría y heroísmo, que el recuerdo de quienes nos precedieron y todo lo dieron por una Patria libre, nos continúen marcando el camino a transitar y nos permita abrirnos paso a pesar de todas las dificultades en el cumplimiento de nuestra misión histórica.

Que siempre haya un infante a la altura de tales soldados, dispuestos a darlo todo por su Arma, su Ejército y su Patria…
Ex Comandante en Jefe del Ejército,
General de Ejército
GUIDO MANINI RÍOS

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#44
ANA RIBEIRO 
Clarines del pasado 

Cuando nuestros libros de Historia tratan del Paraguay es para mencionar los treinta años finales de la vida de José Artigas (1820-1850), repartidos entre Curuguaty y Asunción, o para referirse a la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). 
Ni la Guerra del Chaco, ni la Provincia Gigante del Paraguay como la unidad territorial primera de toda la región rioplatense, ni la rica experiencia jesuita y misionera, ni la larga dictadura de Stroessner. 
La Guerra y Artigas son los temas que concitan la atención de algunos (pocos) historiadores y ensayistas uruguayos. Lo notable es la relación que hay entre estos dos hechos, aparentemente distantes e inconexos. 

Guerra Guazú la llaman los paraguayos, porque para ellos fue, por sobre cualquier otro rasgo, grande: en pérdidas humanas, territoriales y materiales; en dolor. 
Desde el primer momento se registraron crónicas sobre la participación de los contingentes uruguayos. Entre ellas se destacaron las páginas en que León de Palleja describió la dureza con que el territorio paraguayo recibía a los extranjeros: "Ha hecho hoy un día infernal. Un viento fuertísimo del nordeste levantaba nubes de arena y tierra y los traía sobre el campamento dejándonos ciegos. 
Todos estábamos cubiertos de tierra de pies a cabeza; nubes de moscas y hasta un calor sofocante, han hecho que pasáramos un día de los más crueles que puede imaginarse. 
La tropa, a causa de las bombas, hay que tenerla en las zapas, la arena los tapa y los sofoca". 

Por su parte, el coronel Cándido Róbido dejó un retrato de la resistencia ofrecida por los hombres de aquel territorio, al describir crudamente la batalla de Yatay: "Los paraguayos pelearon como unos tigres y se defendieron como leones, pero a pesar de eso los vencimos y el que no murió fue herido o prisionero, siendo pocos los que pudieron pasar a nado a una isla del Uruguay. 
Nuestra marcha, puede decirse, fue sobre cadáveres, pues estos infelices, dignos de defender mejor causa, difícilmente se rendían, había que matarlos". 

En 1885, el General Máximo Santos, que había peleado en Paraguay, decidió devolver los trofeos de guerra, porque entendió que esas escopetas, lanzas y banderas, rotas y manchadas de sangre, estaban expuestas al escarnio público. "Sentí pena, rubor, remordimiento" -explicó porque "esos trofeos podían haber significado para nosotros una gloria, pero en las condiciones actuales de pueblo a pueblo, no representaban sino una hiriente vanidad póstuma". 

Los trofeos fueron devueltos en 1885, registrándose devolución de banderas remanentes también en 1915 y 1930. Todas las veces provocaron en los paraguayos una enorme manifestación colectiva de emoción. Una concurrencia masiva de viudas, huérfanos, viejos soldados, niños. 
Una invariable cadena de vivas al Paraguay y al Uruguay, en profundo agradecimiento. 

El mismo Máximo Santos que devolvía los trofeos era el que iniciaba la deconstrucción de la leyenda negra antiartiguista creada desde la historiografía argentina por plumas como las de Mitre, el Deán Funes. Comenzó prohibiendo el uso del libro de Francisco Berra, un muy buen escritor argentino radicado en Uruguay, que era muy crítico con el caudillo oriental. 
Continuó luego con elogios y homenajes varios, que exaltaron la visión política, la obra, el valor militar y la representación plástica de Artigas, hasta darle el rostro que Blanes ideó para el caudillo del cual no habían daguerrotipos. 

Culminó proyectando un gran monumento que recién adquirió forma cuatro décadas más tarde, con el gigante de imponente cabalgadura proyectado por el escultor Zanelli. 
De tal forma se relacionaron los dos hechos, que en las visitas cívicas que se intercambiaban Uruguay y Paraguay, unos agradecían el asilo brindado al prócer nacional y otros la devolución de los viejos símbolos. 
Esos gestos le dieron entidad y reconocimiento a los paraguayos, a los cuales se les elogió lo que señalara Cándido Róbido: que pelearon como tigres. 

A ellos eso les valió de factor identitario, mientras que a los uruguayos, ese enemigo dignificado por su heroísmo y gratificado mínimamente con el gesto simbólico de devolución de los trofeos, les permitió tomar distancia respecto a un episodio incómodo para la memoria. 
A los intelectuales principistas, que tanto participarían en las polémicas que fueron encumbrando y rescatando el nombre de Artigas, ese "alivio" argumental les permitió mantener diferentes matices de opinión. 

Porque algunos entendían que la guerra había sido una necesaria misión civilizadora, como fundamentó en nombre del partido colorado el diputado Julio María Sosa, para quien la Triple Alianza representaba la civilización y el progreso y un acto de autodefensa del Uruguay ante el intento del Mariscal López por imponernos "toda la barbarie de un alma indígena". 
Mientras que otros - como lo haría Luis Alberto de Herrera- pensaban que había sido un "tremendo desastre" de graves consecuencias, "porque aniquilando al Paraguay perdimos un hermano y un aliado natural en las eventualidades futuras". 

Sin embargo, desde ambas posiciones políticas sobre la Guerra Guazú se evocaba a Artigas. El General Santos devolvió las ensangrentadas banderas, pero alineó la memoria del pasado en línea recta, estableciendo continuidad entre la gesta de Artigas, la Guerra Grande librada contra el tirano Rosas y la Guerra de la Triple Alianza contra el tirano Francisco Solano López. 
Mientas que L. A. de Herrera reclamaba justicia para los paraguayos señalando un claro camino a seguir: el mismo que Artigas en el pasado, el ensamble entre la "patria chica" y la "patria grande" americana. 
Lo curioso es cómo, en nuestro relato histórico se fue diluyendo la gratitud por el asilo brindado a Artigas en Paraguay, convirtiéndolo en un período de cárcel y castigo del héroe, que se engrandece en el sufrimiento de no poder regresar. Aunque más no sea para explicar ese cambio historiográfico, los tiempos actuales nos obligan a mirar a Paraguay con mayor detención. Nos lo debemos.

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