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Batallas y protagonistas de nuestro Ejercito.
#21
Magistral discurso del comandante Manini sobre la batalla de El Catalan de la que se cumplen doscientos años este pasado cuatro de enero.
Una de las batallas mas sangrientas de nuestra historia, mas de 400 artiguistas murieron en esta batalla que fue derrota para las armas de nuestro general y marcaron el comienzo del fin de su epopeya.
Presten particular atencion al mensaje artiguista a partir del minuto 20 del video.



“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#22
[Imagen: General_Fructuoso_Rivera.gif]

Melo, 13 de Enero de 1854.
Muerte del General Rivera.

Tras el derrumbe del gobierno del Presidente Giró, en Setiembre de 1853, se formó un gobierno provisorio , el Triunvirato que integraban el coronel Venancio Flores y los generales Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera. Este último, exiliado en Brasil desde 1847, al caer el gobierno de Giró vivía en Yaguarón y a principios de enero de 1854, con 69 años de edad ,se puso en viaje para ocupar su puesto en el gobierno. En el transcurso de ese viaje, el 13 de enero , la muerte le sorprendió en el humilde rancho del paisano Bartolo Silva, en las costas del arroyo Conventos cerca de la ciudad de Melo.

El gobierno dispuso que sus restos fueran traídos a Montevideo e inhumados en la Iglesia Matriz.
Cuenta la leyenda que su cuerpo fué sumergido en aguardiente de caña, para su conservación, mientras era trasladado a Montevideo, aguardiente que durante el viaje se atrevieron a beber, según esta misma leyenda , los soldados que integraban la custodia .
Fructuoso Rivera , primer Presidente de la República, fue sepultado en la Catedral de Montevideo junto a la fosa del General Lavalleja.

Lavalleja, Jefe de los Treinta y Tres en 1825, había muerto repentinamente en Casa de Gobierno a los pocos días de instalado el gobierno provisorio.
En pocos meses el Triunvirato desaparece y queda el entonces coronel Venancio Flores a cargo del gobierno.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#23
BATALLA DE TACUAREMBÓ

La Batalla de Tacuarembó marcó el fin de la lucha de los ejércitos Artigistas en territorio Oriental, razón por la cual este luctuoso hecho militar merece no solamente nuestro respetuoso recuerdo por los caídos en combate, sino que además corresponde ser analizado para comprender mejor el antes y el después del mismo.


Como es sabido, cabe señalar que la Revolución Oriental se había iniciado en 1811, a partir de los hechos de febrero de ese año, destacándose entre ellos la adhesión de José Artigas a la Revolución de Mayo de 1810, cruzando desde Colonia hacia Buenos Aires a tales efectos el 15 de febrero. Dos semanas después, el día 28, sucedía el Grito de Asencio (la Admirable Alarma), liderada por los caudillos Pedro Viera y Venancio Benavídez. Semanas después, el 11 de abril, Artigas ya estaba en Mercedes pronunciando su célebre Proclama, y un mes más tarde se encontraba en las inmediaciones de Canelones, acampando allí con sus tropas, para 6 días después, el 18 de mayo, librar exitosamente la Batalla de las Piedras. Con estos hechos se inició un proceso revolucionario de casi diez años liderado de manera ejemplar e incansable por el Jefe de los Orientales.

El resultado de la Batalla de Tacuarembó fue el golpe de gracia a una situación que se venía complicando severamente desde la ocupación portuguesa iniciada en 1816 – 1817 al mando de Carlos Lecor. Los ejércitos Artiguistas resistieron durante más de tres años con una abismal inferioridad de armamentos y de tropas, una desigualdad de fuerzas que se intentó equilibrar con determinación, sacrificio y heroísmo, sumados a la inteligencia, estrategia militar y poder de convocatoria de José Artigas. 
Pero ya el año 1819 transcurrió agregando adversidades a Artigas, quien intentaba una y otra vez con sus fieles oficiales y tropas contrarrestar la ofensiva y la dominación portuguesa. Solamente a fines de ese año, el 14 de diciembre, pareció cambiar la suerte, cuando Artigas logró derrotar a las fuerzas portuguesas al mando del brigadier Abreu en la Batalla de Santa María. Al replegarse hacia territorio oriental, Artigas decidió trasladarse con unos 200 hombres a Mataojo a salvaguardar a las familias allí acampadas, así como reunir más caballadas, mientras el grueso de su ejército al mando del Coronel Andrés De La Torre (Andrés Latorre) enfrentó algunos combates en ese mes y el siguiente, alguno con resultados inciertos o incluso perjudiciales, como el de Paso de Belarmino. Así pues, alrededor de 2000 hombres al mando de Latorre terminaron acampando cerca del 20 de enero a orillas de las nacientes del Río Tacuarembó, donde sería el escenario de la trágica Batalla del día 22, que se ubica próximo a Paso Ataques (cerca de la Estación de ferrocarril Ataques), en el actual Departamento de Rivera. Paradójicamente, el nombre de este Departamento homenajea al militar que le dio la espalda a Artigas luego de ese amargo momento, cuando éste más lo necesitaba, siendo ésta deserción el hecho culminante que obligó al Prócer a repasar el Río Uruguay hacia las provincias argentinas para intentar los apoyos para recomponer su diezmado ejército.

Pero detengámonos a analizar la Batalla de Tacuarembó y reflexionar acerca de ella.
Hay diferentes versiones acerca del lugar exacto, así como opiniones muy discutibles acerca de la estrategia militar. Deseo afirmar categóricamente que no debe existir duda alguna: la Batalla de Tacuarembó sucedió en el lugar indicado en el párrafo anterior (no en puntas del Tacuarembó Chico como afirman equivocadamente algunos historiadores), y por otra parte, es una gran injusticia señalar, como se ha hecho alguna vez, que el Coronel Andrés Latorre podía haber sido un mal estratega y que esto influyera en el resultado de la batalla. Latorre, valiente jefe Artiguista que honraba su prestigio, coraje y lealtad con cerca de veinte cicatrices de heridas de combate, decidió acampar sus tropas en ambas márgenes del Río, de muy escasa profundidad en esa zona. 
No hay un error estratégico visible en esta decisión, totalmente necesaria para el descanso de sus hombres. 
 
Ciertamente, ocurrió un evento meteorológico imprevisto que no sólo por sí mismo, sino más bien por sus consecuencias, dificultó abruptamente el escenario: en los días previos a la batalla, llovió copiosamente en el lugar mencionado, o sea la cuenca de las nacientes del Río Tacuarembó. Quienes conocemos la zona, sabemos que a las lluvias intensas le siguen unas rápidas crecidas del nivel del agua, inundando las áreas contiguas. 
Fue lo que sucedió entre el 20 o el 21 de enero de 1820. Llovió fuertemente y creció el río y arroyos, aislando las tropas que estaban de uno y otro lado. Pero la derrota, con o sin lluvia, seguramente habría sido inevitable. 

Veamos por qué.
Los portugueses fueron derrotados por Artigas en Santa María el 14 de diciembre de 1819. El 22 de diciembre partió desde Porto Alegre un fuerte contingente militar al mando del Conde de Figueiras (José Maria Rita de Castelo Branco Correia da Cunha Vasconcelos e Sousa, vaya nombre!), para socorrer y apoyar al derrotado brigadier Abreu.

Figueiras y más de 3000 hombres, con muy buen armamento, buscaron a los indomables ejércitos de Artigas, hasta sorprenderlos en la neblina de la madrugada del 22 de enero, en medio de la creciente y del barro. 
Fue un golpe de suerte a favor de los portugueses, que éstos aprovecharon sin piedad. 
Los soldados al mando de Latorre y sus segundos oficiales (Pantaleón Sotelo, Manuel Cairé, Faustino Tejera, Ramón de Cáceres, Segundo Aguiar, Pablo Bulnes y José Llupes,  etc.), no tuvieron tiempo de ni siquiera vestirse, calzarse y tomar sus armas, menos aún de montar a caballo, y fueron masacrados en su mayoría aún en el valeroso intento de defenderse.

El bravo Pantaleón Sotelo fue herido de muerte mientras luchaba y arengaba a sus tropas, y muchos no tuvieron otra opción que huir, incluso descalzos, para evitar una muerte inútil y cruel. Tales fueron los casos de Latorre, de Cáceres, que llegaron días después al campamento de Mataojo, distante unas 20 leguas, llevando la desastrosa noticia a Artigas. 
De todas maneras, aunque no hubiera existido la dificultad adicional causada por las lluvias previas, la superioridad militar del enemigo era descomunal, no sólo en número sino más aún en armamentos. 
Por lo tanto, sería muy difícil, totalmente improbable, que hubiera arrojado un resultado favorable. El desastre de ese amargo día era una realidad que golpearía más tarde o más temprano, y que por cierto se venía posponiendo durante más de tres años a fuerza de coraje e insistencia.

Era el comienzo del fin. Pero la determinación del jefe de los Orientales era inquebrantable, y no estaba dispuesto a abandonar la lucha. Escribió a Fructuoso Rivera, que se encontraba con algunas tropas en la zona de Cerro Largo, dándole instrucciones de reunir más hombres para reorganizar la lucha y la resistencia al poderoso invasor portugués. Entonces sucedió lo que Artigas menos esperaba: su amigo “Don Frutos”, como él llamaba a Rivera, se negó a continuar la lucha, accediendo a pactar con el enemigo, pasándose a filas portuguesas en marzo de ese año.
Sin más ejército que unos pocos centenares de hombres, Artigas no tuvo más alternativa que cruzar el Río Uruguay para reunir más tropas, pues aún así no estaba dispuesto a desistir. Recordemos aquella célebre frase “Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones”, de Artigas al jefe portugués Lecor.

Pero las cosas empeorarían más aún para Artigas, pues allá enfrentó una feroz persecución de uno de sus ex oficiales, el entrerriano Francisco “Pancho” Ramírez (apodado justamente “El Traidor”), el cual se convirtió en su más acérrimo enemigo. 
José Artigas tenía un gran prestigio en las provincias de las cuales había sido su Protector, y mantenía su fuerte poder de convocatoria, y con su liderazgo reunió centenas de hombres en su intento de recomponer su ejército, pero una amarga sucesión de combates con las tropas de Ramírez, con resultados casi todos adversos, obligó a Artigas a replegarse cada vez más hacia el norte, internándose finalmente en la provincia de Misiones, con “el traidor” pisándole los talones, hasta llegar a la orilla del Río Paraná el 5 de setiembre de ese año.   

Ese día marca el inicio del exilio del Prócer, quien sin otra opción, debió cruzar el Paraná ingresando a territorio paraguayo. Antes de hacerlo, recordando a sus oficiales presos en la Isla das Cobras, cerca de Río de Janeiro (Juan A. Lavalleja, Manuel Artigas, Leonardo Olivera, Otorgués, Andresito, etc.), Artigas pidió un voluntario para la arriesgada misión de llevar dinero para lograr la liberación de los mismos. 
El sargento Francisco de los Santos (conocido luego como “El Chasque de Artigas”), dio un paso al frente y se ofreció para hacerlo. Artigas le entregó los 4000 patacones que restaban de su ejército, más 25 onzas de oro de su propiedad, y el Chasque partió al galope a través de la selva, cumpliendo su misión y llegando a destino meses después. 

Tanto este acto de desprendimiento de Artigas, preocupado más por la suerte de sus compañeros de lucha que por sí mismo, así como la valentía y honradez de Francisco de los Santos, merecen nuestro recuerdo y homenaje.

Momentos después Artigas cruzó el Río, siendo detenido por soldados paraguayos que lo condujeron hasta Asunción, donde fue recluido en el Convento de la Merced a la espera de la resolución sobre su destino por parte del dictador de Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, quien finalmente ordenó el confinamiento de Artigas  a un lejano y aislado poblado en la selva, San Isidro Labrador de Curuguaty, distante unos 400 kilómetros, sitio donde quedó custodiado por más de dos décadas hasta después de la muerte del gobernante paraguayo.

Y un detalle anecdotario muy interesante: el bravo coronel Andrés Latorre, (que era tío materno de Juan Antonio Lavalleja), luego de que Artigas cruzara al Paraguay, se refugió, exiliado, en Santa Fé, y esperó allí durante tres años a que Artigas retornara para continuar la lucha por la libertad de su Patria. 
Un ejemplo de lealtad y patriotismo inconmensurable, pero lo que no sabía Latorre es que Artigas había sido confinado, preso en la selva, en el inicio de un forzado exilio que sólo finalizaría con su muerte el 23 de setiembre de 1850 en Ibiray, en las afueras de Asunción del Paraguay.
 
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#24
22 de Enero de 1820
Batalla de Tacuarembó.

La batalla de Tacuarembó librada el 22 de Enero de 1820 , marcó el fin de la lucha de los ejércitos artiguistas en territorio oriental.
 El resultado de la Batalla de Tacuarembó significó el golpe de gracia a una situación dificil de sostener desde que las fuerzas portuguesas al mando de Lecor, con la connivencia de Buenos Aires , invadieran la Banda Oriental.
Ocurrido el 22 de enero de 1820 entre las tropas independentistas de Artigas, comandadas por Andres Latorre, y las portuguesas, comandadas por Jose de Castelo Branco Correia, 1er conde de Figueira capitán general de la Capitania General de San Pedro del Rio Grande do Sul.
El resultado de la batalla fue una aplastante derrota de las fuerzas artiguistas, poniendo fin a la resistencia contra la invasion luso-brasileña de 1816.

ANTECEDENTES
Los ejércitos artiguistas resistieron al invasor durante más de tres años en inferioridad de armamentos y de tropas. El 14 de diciembre de 1819 pareció cambiar la suerte, cuando Artigas logró derrotar a las fuerzas portuguesas al mando del brigadier Abreu en la Batalla de Santa María. Tras esta batalla, al replegarse hacia territorio oriental, Artigas decidió trasladarse con unos 200 hombres a Mataojo a salvaguardar a las familias allí acampadas, así como a reunir más caballadas.

Mientras tanto el grueso del ejército artiguista, unos 2000 hombres al mando del Coronel Andrés Latorre, libró algunos enfrentamientos menores y acampó el 20 de Enero a orillas de las nacientes del Río Tacuarembó. Este sería el escenario de la trágica batalla del día 22, próximo a Paso Ataques (cerca de la Estación de ferrocarril Ataques), en el actual Departamento de Rivera, en el triángulo que conforman las desembocaduras de los arroyos Valiente y Aurora en el río Tacusrembó.

Hay quien señala que el Coronel Andrés Latorre podía haber incurrido en un error estratégico y que esto influyó en el resultado de la batalla. Latorre, valiente jefe artiguista que honraba su prestigio y coraje con numerosas cicatrices de heridas recibidas en combate, decidió acampar sus tropas en ambas márgenes del río, de muy escasa profundidad en esa zona. Esa decision si bien era necesaria para el descanso de sus hombres es señalada como un error desde el punto de vista estratégico.

En los dias previos a la batalla llovió intensamente y como consecuencia se dificultó abruptamente el escenario en donde se habrían de desarrollar los hechos. A las copiosas lluvias le siguieron unas rápidas crecidas del nivel del agua en la cuenca del río inundando las áreas contiguas. Las fuerte lluvias del 20 y 21 de Enero hicieron crecer río y arroyos, aislando las tropas que estaban de uno y otro lado. No obstante es probable que la derrota, con o sin lluvia, habría sido inevitable dada la disparidad de las fuerzas que se enfrentaban.

Los portugueses dirigidos por el brigadier Abreu habían sido derrotados por Artigas en Santa María el 14 de diciembre de 1819. El 22 de diciembre partió desde Porto Alegre, al mando del Conde de Figueiras, un fuerte y bien armado ejército , para unirse a las fuerzas del derrotado brigadier Abreu.
Figueiras con sus más de 3000 hombres, muy bien pertrechados buscaron a los indomables ejércitos de Artigas, hasta sorprenderlos en la madrugada del 22 de enero, en medio de la creciente del río y del barro.

El 22 de enero de 1820 el conde Figueira, al frente de 3000 hombres, atacó el campamento de Latorre por sorpresa a las 8 de la mañana y derrotó a las fuerzas artiguistas. Los patriotas que se encontraban acampando con unos 2000 hombres, en su mayoría indios de las antiguas misiones jesuíticas. Fueron sorprendidos por el enemigo mientras dormían. Prácticamente no hubo batalla, sino desbandada general. Los vencedores se llevaron 5400 caballos

El factor sorpresa fue clave y los portugueses lo aprovecharon sin piedad. Los soldados al mando de Latorre y sus oficiales (Pantaleón Sotelo, Manuel Cairé, Faustino Tejera, Ramón de Cáceres, Segundo Aguiar, Pablo Bulnes y José Llupes), no tuvieron tiempo de tomar sus armas, menos aún de montar a caballo, y fueron masacrados en su valeroso intento de defenderse.
Pantaleón Sotelo fue herido de muerte mientras luchaba tras arengar a sus tropas, y muchos otros no tuvieron otra opción que huir, para evitar una muerte inútil y cruel. Tales fueron los casos de Latorre y Cáceres, que llegaron días después al campamento de Mataojo, distante unas 20 leguas, llevando la desastrosa noticia a Artigas.

Ramón de Cáceres, quien estaba en la orilla opuesta del río lo narraba así:
"Tan fuimos sorprendidos, que no había montado más que un escuadrón de servicio. Cuando entraron las columnas portuguesas a galopar por el campamento y aquellos pobres soldados no tuvieron otro arbitro que echarse al agua para salvarse a nado, nosotros, en la margen opuesta, veíamos aquel desastroso sin poderlo remediar, y su presencia no servia sino para desmoralizarnos. No hallaron los portugueses con quien pelear, porque ya se había producido la más espantosa derrota".

La batalla de Tacuarembó puso definitivo fin a la resistencia oriental. El desastre de Tacuarembó fue el último enfrentamiento entre orientales y portugueses en el curso de la invasión.

CONSECUENCIAS
La determinación del jefe de los Orientales era inquebrantable, y no estaba dispuesto a abandonar la lucha. Escribió a Fructuoso Rivera, que se encontraba con algunas tropas en la zona de Cerro Largo, dándole instrucciones de reunir más hombres para reorganizar la lucha y la resistencia al poderoso invasor portugués.

Entonces sucedió lo que Artigas menos esperaba: su amigo “Don Frutos”, como él llamaba a Rivera, se negó a continuar la lucha, accediendo a pactar con el enemigo, pasándose a filas portuguesas en marzo de ese año.

[Imagen: 44372806.jpg]
Monolito que recuerda la batalla
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#25
 Batalla de Ituzaingó, 20 de febrero de 1827

La Batalla de Ituzaingó fue una total sorpresa para las tropas brasileñas, que hasta el día anterior perseguían a las fuerzas conjuntas argentino-orientales.
El río Santa María separaba el territorio montañoso (donde las caballadas aliadas poco valor táctico tenían) de los terrenos más llanos con buenos pastizales al sur de su cauce. El ejército aliado republicano buscaba campos con forraje adecuado, pero la imposibilidad de vadear el río por estar crecido obligó a efectuar una contramarcha de veinte  kilometros en la noche previa a la batalla recorriendo un camino ascendente que permitía posicionar al ejército aliado en igualdad de condiciones con el oponente.

A las dos de la mañana del 20 de febrero de 1827, luego de un breve intervalo, el ejército imperial bajo el mando del marqués de Barbacena reanudó su marcha en persecución del ejército republicano. Barbacena estaba convencido de que iba a sorprender a Alvear en pleno cruce del Río Santa María y que en su camino a lo sumo enfrentaría algún destacamento de retaguardia.

Las informaciones que había recibido el marqués de las partidas de vanguardia del mariscal Abreu confirmaron esta opinión. Para su sorpresa, alrededor de las cinco de la mañana, encontró su marcha interrumpida por las avanzadas del ejército republicano que no sólo incluían la división de Lavalleja, sino también el batallón Nº5 de infantería. Esta sorpresa lo disgustó sobremanera y se arrepintió de haber seguido las sugerencias del mariscal Brown de marchar durante la noche. Ni él ni Brown esperaban que “o inimigo tivesse deste lado do rio todas as suas forças reunidas.” Luego de una junta, los jefes imperiales decidieron entonces arrollar esta oposición y continuar la marcha hacia el Paso del Rosario. Poco tiempo les tomó percatarse que no sería posible cumplir ese objetivo.  

[Imagen: batalla-de-ituzaingo-libro-raro-1977-map...2015-F.jpg]

Estaba a punto de comenzar la batalla más importante que hasta entonces había visto el continente americano. Sólo las planicies de Ayacucho habían sido testigo de un enfrentamiento de semejante magnitud. Cerca de 15.000 hombres se enfrentarían en un campo de casi 25 hectáreas de extensión.

Las versiones sobre lo que ocurrió ese día son variadas y en muchos casos contradictorias, lo cual no es inusual en la historia de la guerra. Sin embargo, podemos confirmar algunos datos con cierto grado de certeza. Primero, ambos ejércitos se divisaron alrededor de las cinco y media de la mañana, y dos horas más tarde, luego de algunas escaramuzas, comenzó la batalla propiamente dicha con un cañoneo del ejército imperial.

Segundo, hacia las dos de la tarde terminó la acción principal cuando la primera división del ejército imperial comenzó a retirarse siguiendo las órdenes de su general en jefe. Tercero, la segunda división imperial al mando del brigadier Callado inició su retirada algo más tarde y por otro camino. Cuarto, en su retirada, ambas divisiones imperiales fueron hostilizadas y perseguidas por distintas fracciones del ejército republicano hasta alrededor de las cinco de la tarde. Quinto, Alvear fue el vencedor y sus fuerzas quedaron en control del campo de batalla.

[Imagen: ituzai2.jpg]

Lo que no está tan claro es la secuencia de eventos entre las seis de la mañana y las cinco de la tarde. El panorama no se aclara con la lectura de los partes escritos por los jefes de ambos ejércitos o las memorias de quienes participaron en la batalla, cuyas versiones son parciales y muchas veces contradictorias. Como bien observó Mitre, “cada actor, según el papel que desempeña en el combate, no sabe ni más ni menos que lo que permite abarcar la vista desde la posición que ocupa en el terreno; y eso mismo lo interpreta a su criterio y todos los criterios no son iguales.”[iii] Incluso entre los estudiosos del tema existen serias divergencias respecto al orden y relevancia que tuvieron distintas acciones. Sin embargo, de la lectura de todo lo que se ha escrito sobre el tema y del reconocimiento visual del campo de batalla que realizó el autor se pueden reconstruir algunos de sus aspectos más salientes.

Tacticas empleadas
Ituzaingó fue una batalla de múltiples contrastes. A la táctica y gran táctica europea que intentaban aplicar Alvear y Brown, se contraponía el estilo de guerra “gaucha” de jinete contra jinete, en el que la infantería y la artillería jugaban un papel secundario.

Este era el estilo de guerra que Lavalleja, Abreu, Gonçalves y sus milicias estaban acostumbrados y que utilizarían sin mucho efecto durante la contienda. En cuanto a las tácticas europeas, desde la batalla de las Pirámides hasta la de Waterloo había quedado establecido fuera de toda duda que un cuerpo de infantería bien entrenado y disciplinado, una vez formado en cuadro, podía rechazar los embates de la caballería. Sólo cuando era sorprendida durante su marcha o cuando sufría el fuego certero de la artillería, la infantería era vulnerable a las cargas de los jinetes enemigos.
Estas consideraciones tácticas fueron relevantes el 20 de febrero de 1827. Salvando las enormes distancias, en los campos de Ituzaingó se enfrentaron los estilos de guerra de Napoleón y Wellington, como doce años antes lo habían hecho en Waterloo. Alvear estaba más cercano al primero, tanto por sus ideas sobre la organización del ejército como por sus concepciones tácticas y estratégicas. Por formación y experiencia personal Brown y los principales jefes del ejército imperial estaban más influidos por el segundo. Sin embargo, ambos estilos fueron forzosamente adaptados a las particulares circunstancias locales.

Aunque también preponderante en caballería, el ejército imperial llegó al campo de batalla con cinco batallones de infantería bien entrenados y disciplinados que presentarían un desafío para la caballería republicana. La mayoría de los gauchos orientales, valientes pero con escasa instrucción militar, nunca antes habían enfrentado un rival semejante.
Los combates de Sarandí y Rincón habían sido choques de caballería entre milicias irregulares. Incluso los regimientos de caballería más fogueados del ejército republicano, con excepción de algunos veteranos de Napoleón que revistaban en ellos, jamás habían enfrentado una infantería tan bien entrenada como la que encontrarían en esta batalla.
 La infantería española era notoriamente débil, como lo demostró en la guerra peninsular, y su actuación durante las guerras de la independencia no fue mucho más brillante. En contraste, los cuadros de infantería portugueses e ingleses habían demostrado en numerosas ocasiones ser inexpugnables ante las cargas de la caballería de Napoleón, considerada entonces la mejor del mundo.
El ejército imperial había heredado del portugués la doctrina táctica de Wellington, que había sido impuesta por Beresford y otros oficiales del ejército inglés como Brown. Además, a diferencia de los batallones republicanos, de reciente creación y compuestos principalmente de reclutas con pocos meses de instrucción, los del ejército imperial tenían años de adiestramiento. Por ejemplo, el batallón Nº27 de Caçadores, compuesto enteramente de tropas alemanas, había sido creado a fines de 1824 y desde entonces se entrenaba en sus cuarteles en Río de Janeiro.

En el esquema napoleónico una batalla seguía básicamente cinco etapas: primero la artillería “ablandaba” la infantería enemiga con un fuerte cañoneo; luego los voltigeros y tiradores de infantería ligera comenzaban sus “guerrillas” intentando desbaratar las formaciones del enemigo; una vez logrado este objetivo, la caballería pesada cargaba para destrozarlas; a esta carga de caballería seguía un ataque de la infantería con las bayonetas caladas. En la etapa final toda la caballería se lanzaba a la persecución del enemigo.

La coordinación de las tres armas requería disciplina, entrenamiento y obediencia de los jefes subalternos y soldados, ingredientes que no estarían presentes en su justa medida en el ejército republicano. Napoleón siempre favorecía la ofensiva en su batallas. En contraste, la doctrina de Wellington en la que se habían entrenado los jefes portugueses e ingleses que acompañaban a Barbacena, favorecía la adopción de posiciones defensivas y el uso de la infantería.

Sin embargo, la preponderancia de caballería en ambos ejércitos, requeriría una modificación al esquema de batalla utilizado en aquella época en Europa. En Ituzaingó, las cargas de caballería se convertirían en el elemento decisivo del combate. Contrariamente a la imagen que tenemos hoy en día sobre una carga de caballería –en desorden, al galope tendido con el sable desenvainado– la táctica de la época requería cargas en perfecta formación, que se iniciaban al trote y que sólo en sus últimos instantes se lanzaban a todo galope.

La velocidad de la carga debía ser progresiva de modo que al caer sobre el enemigo tuviera su mayor fuerza. “Por ejemplo,” explicaba Alvear, “si un cuerpo de caballería tiene que ir al enemigo de la distancia de 600 pasos, hará el primer tercio al trote, el segundo a un galope corto y el último tercio a un galope largo, que dejará a los 50 pasos del enemigo para caer sobre él a la carrera, de rienda suelta.”

El éxito de la carga dependía en gran medida del orden y la disciplina de los jinetes y de la infantería que pretendían arrollar. Obviamente cuanto mayor la velocidad, más difícil era para los primeros mantener su formación. En su fase final, a todo galope, la carga inevitablemente se desordenaba, pero la excitación de los caballos y los jinetes a veces lograba amedrentar a los infantes enemigos, cuya única defensa era el fusil y su bayoneta (y veces uno o más cañones).

Pero si la infantería se mantenía en cuadro era casi siempre invencible. Sólo cuando era sorprendida en una marcha de flanco, o si se hallaba desplegada y sin tiempo para formar cuadros, y la distancia era corta, era recomendable una carga a todo galope.En estos casos la caballería casi siempre salía victoriosa.  

La batalla
En la mañana del 20 de febrero de 1827, el ejército imperial llegó al campo de batalla con no menos de 7.000 hombres agrupados en dos divisiones de infantería y caballería y dos brigadas de caballería ligera.
La artillería al mando del coronel Fernandes Madeira incluía once cañones de calibre seis, un obús de seis pulgadas, y una compañía de granaderos alemanes a cargo de los cohetes “Congreve”.

La primera división al mando del brigadier Barreto estaba compuesta de una brigada de infantería y dos brigadas de caballería. La brigada de infantería estaba comandada por el coronel Manuel Leitao Bandeira, un veterano de origen portugués, y se componía de tres batallones cuyos efectivos sumaban al menos 1.600 hombres. En esta brigada marchaba el batallón Nº27 de alemanes, que era comandado por un experimentado oficial inglés.

La segunda división imperial era mandada por el brigadier Callado y se componía de dos batallones de infantería, Nº13 y Nº18, con alrededor de mil efectivos y dos brigadas de caballería con 1.350 jinetes. A estas fuerzas, se agregaban dos brigada de caballería ligera, una al mando del brigadier Abreu y la otra al mando del coronel Bento Gonçalves. El mariscal de campo Gustavo Henrique Brown, quien tendría a cargo la dirección táctica del ejército imperial durante la batalla, estableció su posición de mando con la primera división.

Ituzaingó fue una batalla bastante pareja en lo que se refiere al número de combatientes. El ejército imperial tenía casi el doble de efectivos de infantería y era algo inferior en caballería y en artillería. Esta paridad se debió únicamente a la ausencia de la brigada de Bento Manoel, que luego del combate de Ombú se había replegado al norte del Ibicuí y que ese día se hallaba a ocho leguas del campo de batalla. La decisión de no esperar u ordenar la reunión de estas fuerzas antes de presentar combate fue tomada por Barbacena y sus generales, porque engañados por Alvear se convencieron de que su victoria era segura.

Sigue.....
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#26
28 de Febrero de 1811
GRITO DE ASENCIO





[Imagen: Grito_de_Asencio.jpg]

La admirable alarma


Todos, desde el más humilde peón, hasta los curas,,desde los hombres "sueltos",hasta los esclavos y los indios guaraníes,charrúas o minuanes, todos se integraron al contingente que formaron el ejército libertador....
Los movimientos revolucionarios comenzaron en Diciembre de 1810 cuando Justo Correa se enteró de la probable presencia de tropas a las órdenes del porteño Martín Rodríguez, entonces comenzó a convocar paisanos. En Enero de 1811,Pedro Viera se sumó con 28 hombres.El 23 de Febrero hizo lo mismo Venancio Benavídez.

El 24 llegó la noticia de la declaración de guerra entre Buenos Aires y Montevideo. El 26 los orientales escondidos en los montes del Arroyo Asencio, ya sumaban 300.

Al amanecer del día 28, Pedro Viera desplegó sus fuerzas en Mercedes e intimó a los "godos" a la rendición.Los españoles no ofrecieron ninguna resistencia. Esos fueron los primeros pasos de nuestra emancipación.
Artigas llamó a este hecho "LA ADMIRABLE ALARMA"
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#27
La batalla de Ituzaingo (2da. parte)
Los Orientales en la batalla

Cubrirían la marcha del Ejército Republicano, los Orientales que al mando de Lavalleja formaban el Primer Cuerpo. Este, después de atravesado el río Tacuarembó, tenía por misión hacer una demostración ofensiva sobre Santa Ana, a fin de confundir a Barbacena sobre la verdadera dirección de marcha del grueso, que continuaría avanzando por Aceguá, después de pasar a la margen izquierda del Río Negro por el Paso de Arriera.

Son los Orientales de Lavalleja, los primeros que entran en Bagé; y luego se mantienen al frente, cubriendo la instalación del grueso del Ejército Republicano, el que teniendo prevista una detención ordinaria, para continuar al día siguiente a las cuatro de la mañana la sucesiva etapa ofensiva por el camino a San Gabriel, por el cual habría de encontrar al núcleo enemigo conducido por Barbacena, se vio obligado a permanecer inactivo durante cinco días consecutivos, a causa de un furioso e incesante temporal de agua y viento; circunstancia providencial que aprovecha el generalísimo brasileño, para salir indemne de tan delicada situación, marchando a marcha forzadas, por caminos casi intransitables y arroyos desbordados, hasta vadear las puntas del río Camacuá, último obstáculo natural, debiendo hacerlo:
la artillería en balsas improvisadas con cueros de vacunos, la caballería a nado, y la infantería con el agua a la altura del pecho y las municiones portadas sobre la cabeza.
El plan de Alvear, quedó aquí, lamentablemente fracasado.
El plan de Barbacena, se coronó con el más feliz de los éxitos.


 Internado en las escabrosidades de la Sierra de Camacuá, donde se le reunió después el núcleo de Brown y otras tropas menores, pudo considerarse a salvo.
La satisfacción y seguridad del Marqués de Barbacena se desprenden de los términos de una comunicación al Superior, cuando le dice: "¿Qué hará ahora Alvear? ¿Atacar? Las ventajas en este momento están de nuestra parte. ¿Esperar que nosotros ataquemos? También tenemos ventajas; pues mientras, irán aumentando nuestras fuerzas y recursos y disminuyendo, los de ellos".


A su vez, el General Alvear, contemplativo, e impotente para solucionar una operación de ataque a la Sierra, dice: "Reconociendo la buena posición que había tomado el contrario, tuve la destreza de no atacarlo en ella. En este estado era preciso maniobrar (......), para engañar a los imperiales y obligarlos a salir de la Sierra". (Exposición, etc.).


 Alvear decidió moverse en dirección a la Villa de San Gabriel. Y también aquí, son los Orientales los primeros que entran a la Villa. Es un destacamento de más de 100 hombres mandados por Ramón de Cáceres y Felipe Caballero, constituidos en "partida exploradora". (Memorias del Coronel Ramón de Cáceres. Archivo General de la Nación).



Entre tanto, el Primer Cuerpo de Lavalleja, el de los Orientales, que fue flanguardia ofensiva sobre Santa Ana y vanguardia hasta Bagé y Camacuá, tendrá ahora la difícil misión de cubrir la retaguardia. Es decir, siempre interpuestos entre ambos ejércitos contendientes.
Barbacena marcha en pos de los Republicanos.


En la tarde del 19 de febrero, todo el Ejército Republicano está escombrado frente a raso del Rosario. Una extraordinaria crecida impide el pasaje de la artillería y parques.
El Escuadrón de Coraceros al mando de nuestro valiente Anacleto Medina, ha cruzado a nado para reconocer la orilla opuesta y repasado en la misma forma.
Para la caballería de la Independencia, nunca fueron obstáculo los ríos crecidos.
Esa misma tarde, a poco después del medio día, el Ejército Imperial acampaba a unos 16 a 18 kilómetros del Paso.


El cansancio de sus hombres y ganado, y la extenuación de las boyadas del parque, fueron causas para que los republicanos se libraran de ser copados en informe aglomeración, en un bajo cubierto de zanjas y matorrales.
Pero los consejos del Coronel Garzón, de por sí y en representación del Coronel Ventura Alegre, según certificación extendida por Alvear (10 de enero de 1837) reforzaron la inspiración de éste, en el sentido de abandonar la cesta y aproximarse esa misma noche a las alturas dominantes del Paso, dejando en buena hora, lo que llamaría "el llano traidor de la margen del Santa María". (Carta de Alvear a Garzón fechada el 3 de mayo de 1832).


 Para asegurar, al día siguiente, el escurrimiento de contramarcha del ejército, que esa noche debería descansar encolumnado sobre las pendientes de la margen, se hizo adelantar una fuerza que pernoctaría en las alturas próximas.
Y he aquí que otra vez los Orientales pasan a ocupar posiciones adelantadas, acompañados por el Batallón 5º de Infantería y una batería de artillería.
Parece ser que una desobediencia de Lavalleja, dio a los Orientales el honor de ser los primeros en comenzar la batalla; como otra desobediencia, los colocaría en condiciones de ser los últimos en dejar al enemigo ya en retirada.


 Veamos lo ocurrido; el General Alvear ha dicho a este respecto: "Al caer el día (se refiere al día 19) todo el ejército se preparó a marchar; a la oración se puso en camino, contramarchó y fue a buscar a su contrario; (.....) todo se había previsto y todo estaba preparado. Sin embargo, el General Lavalleja, por una fatalidad inconcebible, a pesar de la orden que se le había comunicado, de venir a recibirla en persona del General en Jefe luego que estuviese su cuerpo en movimiento, no lo hizo así; de lo que resultó, contra las intenciones del General en Jefe que se pusiese delante del tercer cuerpo. Cuando el Ejército hizo alto, el General despachó en persona al Jefe dcl Estado Mayor para que diese la orden al General Lavalleja de ponerse a la derecha de aquel Cuerpo, a cierta distancia. El General Lavalleja no obedeció esta orden. "Por esta circunstancia -sigue diciendo Alvear- el General, Lavalleja se encontró en donde debía estar el General Paz y el bravo Brandzen. De aquí provino que el General en Jefe empezase la batalla con el General Lavalleja, cuando su plan era comenzar con el segundo Cuerpo, mandado por aquellos jefes. Las tropas del primero y segundo cuerpo eran todas valientes, todas iguales, pero los jefes del segundo son tácticos, maniobreros; y el General Lavalleja. . .


 Así, con puntos suspensivos, termina Alvear este párrafo de su Exposición contestando el Mensaje del Gobierno, en el que se le hacen muy graves cargos por su actuación en el comando del Ejército.
Es un tanto condenable, que el General Alvear haya dejado en suspenso la calificación a Lavalleja, dando lugar a que cada lector acomode la que primero o mejor le venga a mientes.
Nosotros no vamos a sutilizar el parangón planteado; pero sí, habremos de proclamar por notorio, que Lavalleja, moldeado en las rudas campañas artiguistas, fue siempre un oficial de presa; ardoroso, audaz, atropellador, que tenía el defecto, -que tal vez fuera virtud en aquellos tiempos,- de no saber medir el peligro cuando se enfrentaba al enemigo.
Y si en Ituzaingó, los Republicanos no hubieran hecho derroche de esas extraordinarias calidades guerreras, muy otro habría sido el resultado final de la batalla.


Sigue.....
 
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#28
19 de marzo de 1817
Batalla de Paso Cuello

Inicio de la resistencia artiguista al invasor
[Imagen: 1200px-BATALLA_DE_PASO_CUELLO.jpg]
Batalla de Paso Cuello. Cuadro de Ángel "Lito" Saibene.

Se conoce como Batalla de Paso Cuello al enfrentamiento bélico ocurrido el 19 de marzo de 1817 entre el ejército invasor portugués y las milicias de artiguistas, en el límite de los departamentos de Canelones y Florida.
El episodio fue precedido en unos días por la toma de la Villa de Guadalupe por parte de los portugueses, hecho que según consta en crónicas de la época, provocó el vaciamiento absoluto del lugar por parte de sus pobladores, que marcharon a buscar refugio tras las líneas del ejército oriental, acampado a pocos kilómetros, a orillas del rio Santa Lucia.
Durante el año 1816, la Provincia Oriental fue invadida por el ejército portugués liderado por el general Carlos Federico Lecor, ocupando Cerro Largo, Santa Teresa y Maldonado, pese a la importante resistencia sostenida por las fuerzas artiguistas.

 Los portugueses avanzaban con más de 12.000 hombres, en su mayoría veteranos de las guerras napoleónicas en Europa, perfectamente armados y pertrechados.
Para enero de 1817, y ante la inminente invasión de Montevideo, las fuerzas orientales al mando del delegado de Artigas Miguel Barreiro, se ven obligadas a abandonar la plaza y retirarse hacia Canelones, estableciendo el cuartel general durante unos días en la Villa de Guadalupe y luego en el Paso Cuello del rio Sta Lucia.

El ejército portugués acampó en las inmediaciones de la capital y los delegados del cabildo que quedaron van a su encuentro para hacen entrega de la llave de Montevideo. Es así como comienza un período en el que los orientales desarrollan la llamada guerra de recursos, que consistía en despojar a los portugueses de cualquier producto existente fuera de la fortaleza que sirviera para su sustento, tratando de debilitar de esta manera al ejército invasor. Esta guerra de recursos fue acompañada por fuertes guerrillas, que además atacaban las partidas portuguesas provocando no solamente la escasez de alimentos sino que también importantes bajas.

Todas estas acciones fueron planificadas y dirigidas desde el cuartel general establecido en el Paso Cuello, en este lugar quedan acampando durante un mes y medio, un contingente aproximado de 1000 hombres quienes formaban el ejercito de la resistencia, junto con los 400 hombres liderados por Juan Antonio Lavalleja que se encontraban acampados en la zona de en Toledo.

Luego de varios meses de asedio por parte de las guerrillas orientales donde Lavalleja tiene un valiente rol fundamental, el General Lecor congrega a 5000 soldados en el cuartel portugués establecido en la quinta de Casavalle, organizando una campaña militar para enfrentar la resistencia oriental. El ejército portugués invade la Villa Guadalupe o de los Canelones, no sin antes recibir una fuerte resistencia por parte de sus pobladores. El pueblo de Canelones es abandonado por completo y dejado vacío, mostrando la fidelidad de la población al general Artigas que a modo de segundo éxodo se retiran rumbo al Paso Cuello.

En estos hechos toman un rol fundamental y determinante las mujeres, quienes se hicieron cargo de la seguridad de los niños y los mayores, además de arrear el ganado para no permitir a los invasores que se lo apropien. Invadida la Villa de Guadalupe, el General Lecor manda a saquear la estancia de los Artigas en Sauce, saliendo luego con 2500 soldados a enfrentar la resistencia oriental establecida en el Paso de Cuello en el río Santa Lucía. Al medio día del día 19 de marzo de 1817 los portugueses llegan al paso momentos en los cuales comienza la batalla, que se extenderá hasta la noche. 550 orientales armados esperaban defender la posición en la barranca del río y del resto del cuartel general y la población de Villa Guadalupe que a modo de éxodo cruzaba el Santa Lucía con el objetivo de alcanzar refugio en el interior del territorio.

Además de los 2.500 soldados fuertemente armados, los portugueses contaban con 5 cañones que abrieron fuego durante toda la batalla, los que fueron contestados por una reducida artillería del lado de los artiguistas. Esta feroz y heroica batalla de más de 5 horas, posibilitó la defensa del pueblo oriental de la Villa de Guadalupe y encontró a importantes hombres de nuestra historia resistiendo a la invasión extranjera. Como resultado de ella el objetivo de aquellos artiguistas se cumplió con creces. Aquí perecieron más de 100 artiguistas y 50 portugueses. Posteriormente, desde Purificación, el general Artigas, acompañado de los Charrúas, decide “bajar” a la capital para fortalecer la resistencia, culminando estos hechos con un sitio a Montevideo.

En Paso de Cuello convergen diversos y notorios hombres de la historia de la Provincia Oriental y luego el Estado uruguayo: Miguel Barreiro, Tomás García de Zúñiga, Fructuoso Rivera, Juan Antonio Lavalleja, Manuel Francisco Artigas, Joaquín Suarez, Fernando Otorgues, Pedro Bermúdez, Rufino Bauzá, Manuel Oribe, Ignacio Oribe o Fray José Benito Lamas
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#29
JEFE DEL EJÉRCITO
Evocación a Artigas para defender a los débiles
El comandante en jefe del Ejército general Guido Manini Ríos pidió evocar la gesta artiguista para ayudar a "los que hoy no tienen oportunidad ni esperanza para salir de su situación de marginalidad y de pobreza", y conseguir así "sacar este país adelante".

20 mar 2017
Manini Ríos habló ayer en el acto de conmemoración de la Batalla de Paso Cuello, un enfrentamiento bélico ocurrido el 19 de marzo de 1817 entre el ejército invasor portugués y las milicias de la resistencia artiguista, en el límite de los departamentos de Canelones y Florida.

"En este lugar cayeron hace hoy dos siglos más de 100 orientales. El mayor homenaje que podemos hacer a esos 100 muertos es recoger la bandera por la que ellos murieron, la bandera artiguista que hoy, en el siglo XXI sigue vigente", dijo el comandante en jefe.

Y agregó que "es la bandera de la defensa de la libertad de los pueblos, es la bandera de la defensa de los más frágiles, de los más débiles, los más infelices, aquellos que hoy no tienen oportunidad ni esperanza para salir de su situación de marginalidad y de pobreza".

"Ojalá —concluyó— que el sacrificio de los habitantes de la Villa de Guadalupe y de los caídos en este paso hace dos siglos, nos estimule a todos a encontrar un verdadero camino artiguista para sacar este país adelante", resumió el jefe militar, ante autoridades departamentales.

Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#30
Eso ya es un discurso político, no se si es correcto.
 
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