Un insumo más, para la necesaria discusión del polémico tema.
EL OBSERVADOR 02/06/12
Militares y policías.EDITORIAL
Autor: MAIZTEGUI CASAS, LINCOLN -
"Los militares no servimos para atender temas de seguridad pública. Ni es nuestra función, ni estamos educados adecuadamente para ello. La razón de ser de la institución armada es la defensa de la Patria, de la soberanía nacional en toda la extensión del concepto; eso, sabemos hacerlo. Gobernar no, como ya quedó demostrado en tiempos del gobierno de facto. Tampoco tenemos la idoneidad suficiente como para encarar los aspectos derivados de la proliferación de la delincuencia; para eso está la Policía. Ponernos a represores del delito equivale a distorsionar las cosas, y los resultados no pueden ser buenos". Estas palabras, casi textuales, me las decía, hace poco, un jerarca militar, de claras convicciones democráticas. Y yo creo que tiene toda la razón del mundo. Las ideas que está manejando el sistema político -gobierno y parte de la oposición- al respecto me parecen altamente peligrosas. Claro, la situación se explica por la incontenible ola de atracos, asesinatos y rapiñas que asuela actualmente nuestra sociedad, y ante la sublevante incapacidad del cuerpo policial de reprimirla o contenerla. Habría que hablar también, al abordar este tema, de la actitud casi sistemáticamente permisiva de la Justicia Penal, que no sé si atribuir a carencias legales o a una torcida sensibilidad de algunos magistrados respecto a los derechos respectivos de ciudadanos y criminales; pero no pretendo, en esta ocasión, referirme a ello; ya lo he hecho muchas veces, y no sin temores. El nudo del problema, más allá de la causas sociales profundas que están en su fundamento -y que habrá que atender, por cierto de mejor manera en la que lo está haciendo el actual gobierno-, reside en la señalada inefectividad de los cuerpos policiales. Las consecuencias están a la vista, y no pueden ser más preocupantes. Ante semejante drama, se alzan voces que proponen encargar a los militares algunas tareas de colaboración en la garantía de la seguridad pública. A mí esta posibilidad me causa una grave preocupación, por razones que cualquier lector medianamente culto comprenderá de inmediato. El propio concepto de "seguridad" está en el centro del debate. ¿O no nos acordamos ya de las tesis de la dictadura respecto a lo que sus jerarcas entendían por tal? Los dictadores, más allá de las buenas intenciones que algunos tuvieran, otorgaron al término "seguridad" un alcance mucho mayor que el que surge de los textos constitucionales; según este, era función de las Fuerzas Armadas garantizar no solo la protección de la ciudadanía ante el delito, sino la difusión del avance de ideologías que consideraban antinacionales, la represión de los delitos económicos y hasta la buena marcha general de la economía. Las consecuencias fueron nefastas para todos, incluso para ellos. Los tiempos son distintos, por cierto, y sería ofender gratuitamente el carácter del Ejército el sospechar siquiera de que podrían poner en cuestión la estabilidad de las instituciones. Pero extender las responsabilidades de la institución hasta comprometerla en tareas de orden público podría ser el primer paso hacia una realidad que todos, por encima de banderías políticas, rechazamos de manera unívoca. Lo voy a decir abiertamente y sin anestesia: el militar está educado para matar, que es lo que se hace en la guerra; la Policía, en cambio, debe saber reprimir con el mínimo de daño posible a la vida y los derechos de las personas. Ambas instituciones disponen de armas, que les concede como privilegio necesario el marco jurídico, pero es lo único que tienen en común. Por consiguiente, entiendo que el gobierno -este o los que vengan- debe trabajar en el sentido de hacer más efectiva la acción de los agentes policiales y dejar a los militares en su hábitat normal, que son los cuarteles. Ya lo decía el ex presidente Jorge Pacheco Areco: "Sacar a los militares es fácil, pero después ¿quién los vuelve a meter?". Hago mías sus palabras; creo, con toda convicción, que dejarse llevar por la extrema urgencia de la realidad nos llevaría a caer nuevamente en un trágico error.