Suicidio político anunciadoAlfonso Lessa La gestión de la ministra del Interior, Daisy Tourné, no sólo era criticada por la oposición, sino que además se había constituido en una verdadera bomba de tiempo para el gobierno: y cuando más tarde explotara, peores iban a ser sus efectos para el oficialismo.
Por eso el presidente Tabaré Vázquez no dudó un instante en relevarla del cargo el viernes. En realidad la ministra dejó sin margen al mandatario: no podía hacer otra cosa luego de los gruesos insultos y los duros cuestionamientos a la oposición, al propio oficialismo y al Parlamento.
Nadie se salvó de los epítetos de la ministra -maestra de profesión- en el discurso que pronunció el miércoles ante un grupo de jóvenes socialistas.
Fue un verdadero suicidio político largamente anunciado.
Lo del miércoles fue muy grosero, pero no constituyó más que el punto culminante de un largo rosario de actitudes y hechos absolutamente fuera de lo que corresponde a quien tiene la responsabilidad de conducir a la Policía y ocupa el ministerio político por excelencia del gobierno.
El ministro del Interior es quien debe ofrecer las garantías para el normal desarrollo de los acontecimientos en un año electoral, lo cual implica ecuanimidad y equilibrio. Y los dichos de Tourné, la dejaron definitivamente inhabilitada para ello.
Daisy Tourné cayó, en parte, por el estado de situación en materia de seguridad pública, pero por sobre todas las cosas cayó producto de un estilo de actuación personal desajustado al modo de ser de los uruguayos.
Tourné llegó al Ministerio del Interior con un crédito político inusual: dirigentes de todos los sectores respaldaron explícitamente su designación.
Pero Tourné se empeñó en agotar ese crédito: su estilo agresivo, irónico, confrontativo, cargado de acusaciones y no exento de arrogancia, sorprendió a propios y ajenos y comenzó a minar su imagen.
La ausencia de autocrítica y la permanente atribución de responsabilidades a los demás, se fueron transformando en una pesada mochila para el oficialismo. La culpa siempre la tenían los demás: los medios de comunicación, los periodistas, la "derecha" y hasta sus compañeros de partido que presuntamente no defendían su gestión. Y los problemas de estilo, por más que se intente, no se pueden disfrazar de lucha ideológica. Un excesivo afán de protagonismo la expuso públicamente de manera permanente, lo que multiplicó el desgaste natural de quien ejerce una cartera tan complicada.
Y dentro de ese estilo, solía lanzar acusaciones sin sustento. Por ejemplo, le gustaba acusar a la oposición y la "derecha" de meterse en su vida privada, pero nunca especificó quiénes y dónde hacían esas afirmaciones. Y en realidad, al menos entre la dirigencia política y otros actores relevantes, nunca hubo una ofensiva basada en esas acusaciones.
La realidad ha determinado que la seguridad pública constituya hoy el principal problema para los uruguayos. Así lo demuestran las encuestas y así lo expresa cualquier conversación en las esquinas de Montevideo.
Por supuesto que este tema tan duro no puede atribuirse a la gestión de una sola persona, ni a un gobierno. Existen problemas de fondo que responden a realidades de largo plazo. Pero en medio de este panorama, el modo de actuar y comunicarse, el estilo del ministro del Interior, resulta fundamental. Y la designación de Jorge Bruni -un hombre de bajo perfil- como nuevo titular de esa Secretaría, constituye sin duda un reconocimiento de esa situación y de la necesidad de cambiar drásticamente lo que venía ocurriendo.
