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La muerte del General Fructuoso Rivera, Melo , 13 de Enero de 1854.
#1
Melo, 13 de Enero de 1854.
Muerte del General Rivera.

Tras el derrumbe del gobierno del Presidente Giró, en Setiembre de 1853, se formó un gobierno provisorio , el Triunvirato que integraban el coronel Venancio Flores y los generales Juan Antonio Lavalleja y  Fructuoso Rivera. Este último,  exiliado en Brasil desde 1847,   al caer el gobierno de Giró vivía en Yaguarón y  a principios de enero de 1854, con 69 años de edad ,se  puso en viaje para ocupar su puesto en el gobierno. En el transcurso de ese  viaje, el 13 de enero , la muerte le sorprendió en el  humilde rancho del paisano Bartolo Silva, en las costas del arroyo  Conventos cerca de la ciudad de Melo. 
El  gobierno dispuso que sus restos fueran traídos a Montevideo e inhumados en la Iglesia Matriz. 
Cuenta  la  leyenda que su cuerpo fué  sumergido en  aguardiente de caña,  para su conservación, mientras   era   trasladado  a Montevideo, aguardiente que durante el viaje se atrevieron a beber, según esta misma  leyenda , los   soldados que integraban la custodia .
Fructuoso Rivera , primer Presidente de la República, fue sepultado en la Catedral de Montevideo junto a la fosa del General Lavalleja.
Lavalleja, Jefe de los Treinta y Tres en 1825,  había muerto  repentinamente en Casa de Gobierno el 22 de Octubre de 1853, a los pocos días de instalado el gobierno provisorio.
En pocos meses el Triunvirato desaparece  y queda el entonces coronel  Venancio Flores a cargo del gobierno.


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#2
" ¡ EL GENERAL  HA MUERTO !"...

Una escena poco conocida y que recrea la muerte del General Fructuoso Rivera, el día 13 de enero de 1854, en el rancho de Bartolo Silva a orillas del arroyo Conventos (Cerro Largo) y a escasa distancia de la "Villa de Melo".-
El hombre barbado que se encuentra a la derecha del dibujo, era el Coronel Brígido Silveira (caudillo colorado del Departamento de Lavalleja) que estaba asignado con un grupo de militares "de línea" a custodiar al General Rivera.-
Quien aparece a los pies de la cama del fallecido,  era el Coronel "Manduca" Carabajal (en realidad Manuel de Brun Carabajal) colorado y al igual que Brígido Silveira, caudillo también en Lavalleja, quien era el segundo al mando de los militares que custodiaban a Rivera.-
Los historiadores manejan dos hipótesis de la llegada del General con su escolta al rancho de Bartolomé Silva (Bartolo), a caballo y procedente de Yaguarón.-
Sabido es que Rivera viajaba hacia Montevideo, con el fin de integrar un triunvirato de gobierno, que a esa altura ya no era tal, dado que había fallecido el General Lavalleja (uno de sus integrantes) y quedaba solo el General Venancio Flores- de los tres elegidos- para regir los destinos del país. Pero también sabía el caudillo oriental, que sus días estaban contados a causa de la tuberculosis pulmonar contraída en la prisión de la "Fortaleza de Santa Cruz" (Bahía de Río de Janeiro-Brasil).-
Cuentan que se arrimó al rancho de Bartolo, porque éste, era uno de los tantos expertos de la campaña oriental en curar con "tratamientos con agua fría"; mientras que otros, opinan que buscó reparo en el rancho antes aludido, dado que María del Carmen Silva (hermana de Bartolo), era una de las tantas amantes que tenía el General Rivera (con dos mellizos en haber: Cayetano y Fructuoso) y que lógicamente la relación afectiva con el dueño de casa era muy fluida.-
También se comenta que Rivera, al llegar al rancho de Bartolo en la tardecita del día 12 de enero de 1854, desmontó y se sentó en un banco de ceibo, debajo de un árbol cercano, pero, dando la espalda hacia la "Villa de Melo".....
Es que el General, no estaba muy bien visto en la Villa, donde era recordado por sus sitios "a sangre y fuego" en 1844 y 1845 (contra el cantón militar que mandaba el Coronel Dionisio Coronel) y además por una famosa "estaqueadura" que le había mandado propinar al Escribano Nicasio Guerrero (de gran ascendencia en el centro poblado) y que a raíz de ese castigo, el profesional, quedaría de por vida, con serios problemas motrices para desplazarse.-
El General Fructuoso Rivera, murió a las 6 y 10 de la mañana del día 13 de enero de 1854 y tras ser visto por el Dr. Navarrete quien certificó su deceso, el Coronel Brígido Silveira, despachó de inmediato un chasque con destino a Montevideo, comunicando la novedad al General Venancio Flores y pidiéndole órdenes con respecto a su situación.-
No obstante Silveira y sus hombres, consiguieron una gran caja de hojalata, la llenaron con todo el alcohol disponible y cuando se les terminó echaron mano a la caña blanca, para completar gran parte de la capacidad de la caja. Luego introdujeron el cuerpo del General desnudo en el interior de la misma, taponearon todo escape con algodón y luego pusieron esta caja de hojalata, dentro de otra de madera, que se cerró herméticamente.-
Consiguieron toda la tela posible de merino negro en la "Villa de Melo", colocaron el "improvisado ataúd" en un carruaje que consiguieron, lo taparon todo de negro y el Coronel Silveira, dispuso que toda la tropa portara luto y designó cuatro lanceros de custodia para el carruaje.-
Así se pusieron en marcha hacia Montevideo y en la mañana del día 17 de enero de 1854, sobre un gajo del arroyo Mansavillagra (Departamento de Florida), se encontraron a su vez con otra carruaje que procedente de Montevideo, traía a los Coroneles Santiago Labandera (medio yerno del fallecido) y Manuel Freire (uno de los 33 Orientales) conjuntamente con el Dr. Enrique Muñoz y doña Bernardina Fragoso de Rivera, quien sabía de que su esposo estaba grave, pero desconocía de que éste, había fallecido.-
Al ver acercarse aquel carruaje todo tapado de negro, con cuatro lanceros escoltando su marcha, dos oficiales detrás (Brígido Silveira y Manduca Carabajal) y 30 hombres más, de la tropa asignada a la custodia del General, doña Bernardina, no tuvo dudas en que aquel vehículo conducía un muerto.-
Y sus dudas se aventaron totalmente, cuando al acercarse el mismo, el Coronel Silveira, adelantó su caballo y le gritó a doña Bernardina: -  ¡ EL GENERAL HA MUERTO !....
Descansaron viajeros y caballos todo ese día y el 18, en horas de la mañana arrancaron a trote parejo rumbo a la ciudad de Montevideo.-
En la tardecita del 19 de enero, hicieron su ingreso en la capital y el cuerpo fue velado en la Iglesia San Agustín de la Unión, la misma donde tiempo después fue depositado el cuerpo del General Manuel Oribe.-
Gracias al cuidado dispuesto en Cerro Largo, por el Coronel Silveira, el cadáver se conservó sin descomponerse a pesar del intenso y sofocante calor.-
A las 7 de la mañana del día 20, el cortejo fúnebre partió de la Iglesia de San Agustín, escoltado por la fuerza militar que venía de Cerro Largo hacia el centro de la ciudad y al llegar frente a la Plaza Cagancha se les unió otra fuerza militar al mando del General César Díaz.-
Así llegaron a la casa de la calle Rincón (propiedad del General Rivera) próximo a la hora 11, donde se encontrabaqn el Dr. Francisco Araucho, el General Venancio Flores y el General José María Paz ("El Manco Paz").-
Luego de los discursos de rigor el poeta Francisco Acuña de Figueroa, improvisó una poesía y terminada la parte protocolar, cargaron el féretro a pulso: los Generales Anacleto Medina y José María Paz, luego el Jefe de la Armada Argentina Almirante José Muratore y los Coroneles: Manuel Freire, Velazco, Possolo, Acosta, Espinosa, Dupuy, Tajes y Labandera (que era casado con una hija adoptiva del General Rivera).-
Al arribar a la Catedral Metropolitana, fue depositado en un sepulcro abierto al costado de donde ya descansaba el General Juan Antonio Lavalleja (fallecido el 22 de octubre de 1853, en la Casa de Gobierno, a causa de un accidente vascular encefálico)......
Anda una leyenda circulando entre los años, que dice que indios guaraníes que constituían la fuerza militar que custodiaba a Rivera, durante el viaje a Montevideo, bebieron del alcohol y de la caña blanca de la caja de hojalata, buscando según sus ritos ancestrales "adquirir los poderes que el muerto, había tenido en vida"....
Lo que sí no es leyenda, es que al frente del Gobierno quiérase o no, quedó el General Venancio Flores, un militar colorado, que había sido lugarteniente de Rivera, que se escapó por un pelo que lo degollaran en la "Batalla de India Muerta" el 27 de marzo de 1845 y que además de haberse vuelto dictador, se convirtió en aliado militar de Argentina y de Brasil, poniendo en juego en forma alevosa y categórica, la soberanía de la Patria.-

(Fuente: Internet y el libro: MANSAVILLAGRA- CRÓNICA HISTÓRICA DEL PAGO- Edición año 1969- del historiador Alcides Olivera).-

Texto: Jorge Muniz.-
Vergara, 27 de julio del 2018.-


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#3
El general José Fructuoso Rivera y Toscana fallece un día como hoy, 13 de enero de 1854 en un rancho de su amigo Bartolo Silva,a orillas del Arroyo Conventos en Melo.

[Imagen: 37890567_2053261814746584_4311201731213000704_n.jpg]
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#4
SALSIPUEDES
Por Oscar Padrón Favre

11 de abril del año 1831

Salsipuedes fue el desenlace fatal de un proceso de reducción forzosa de las tolderías -en las cuales vivían también muchísimos elementos no charrúas perseguidos por la justicia que de no haber estallado la Revolución habría finalizado alrededor del año 1809, 1810. 
Los líderes de las pocas tolderías que quedaban por entonces no supieron ver que un tiempo se había terminado, rechazando, incluso, los últimos ofrecimientos de tierras que recibieron. 
La decisión que llevó a Salsipuedes fue tomada por el Poder Ejecutivo y la Asamblea General de la época. Tal era el consenso que existía sobre la necesidad de la empresa por fuertes razones de carácter interno y externo. Pero al contrario de lo que se nos dijo siempre, con Salsipuedes no desaparecieron los indígenas. 
Podemos estimar que cuando nació el Estado Oriental vivían por lo menos alrededor de 15.000 indígenas o descendientes directos, en su mayoría como vecinos del medio rural. De esos, de los que realmente jugaron un papel decisivo y progresista en nuestra historia y cultura, poblando los pagos, trabajando la tierra y formando familias, nunca se habló o se les levantó monumentos.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#5
El Charruismo
Por Julio María Sanguinetti


Desde hace un tiempo asistimos en el país a una floración de iniciativas destinadas a la exaltación de la tribu charrúa. No hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma, ni el nombre de un poblado o una región, ni aun un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente les describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y les enfrentó a la sociedad hispano-criolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos.

Su leyenda se adentró en el imaginario colectivo, en tiempos en que la afirmación de la identidad nacional reclamaba de mitología. Hoy, a dos siglos casi de existencia independiente, parecería llegada la hora de que la historia supere el mito, pero desgraciadamente, como en tantas otras cosas, venimos involucionando.
El charruismo, como lo dice Oscar Padrón Favre, se basa en ocultamientos sustanciales, como el de la etnia guaraní misionera, esa sí fundamental en la construcción de nuestra sociedad, desde las murallas montevideanas, por ella levantadas, hasta la formación de nuestro ejército; desde la toponimia del país hasta su presencia en el quehacer de trabajo de esa gente que formó nuestro pueblo criollo.


Resulta hasta ridículo explicar a los extranjeros que la palabra “Uruguay”, tanto como todas las de nuestra geografía, no proviene de los idealizados charrúas sino de la lengua guaraní. Se olvida también -quizás lo más importante a la luz del debate- que en nuestra vida republicana nadie quiso eliminar a los charrúas como personas sino barrer su toldería, modo de vida incompatible con la vida criolla, refugio de delincuentes, constante aliado del invasor portugués y del “bandeirante” traficante de esclavos, que procuraba allí la gente para secuestrar niños guaraníes o mujeres blancas y venderlas en Brasil.


Fueron innúmeros los episodios de ese largo enfrentamiento en la etapa colonial. Recuérdese el del Yi, en 1702, acaso el mayor, en que el ejército guaraní, al mando de los padres jesuitas, mató -según su versión- a 500 guerreros, destruyó una toldería y envió a “cristianar” a las mujeres y niñas. Más tarde, y luego de un período de asaltos y treguas, en 1749, ante la noticia de una conspiración, el Gobernador de Buenos Aires, José de Andonaegui, llegó a cabo una campaña que terminó con la mayoría de esa población, que básicamente instalaba sus tolderías en Entre Ríos desde la fundación de Santa Fe (1573) y la aparición del ganado. Los jesuitas intentaron repetidamente civilizar a quienes sobrevivieron, pero sin éxito. De modo que el tema del enfrentamiento con los charrúas es un “choque de civilizaciones” que no se puede reducir a una mera batalla final, en Salsipuedes, cuando quedaban en nuestro territorio unos pocos cientos de ellos.


Es verdad que en el período revolucionario hubo charrúas que se asociaron a la revolución artiguista, como también es verdad que en otras ocasiones, en que les convino, se juntaron con sus viejos aliados portugueses. Precisamente, para combatirlos fue que se había creado, en 1797, el cuerpo de Blandengues de la Frontera de Montevideo donde revistó nuestro prócer, Don José, nieto de Don Juan Martín Artigas, que había sido honrado con honores luego de un exitoso enfrentamiento con ellos. No olvidemos que cuando la dominación brasileña, Rivera le propuso a Lecor un plan de reducción de los charrúas, tratando de preservar sus vidas. Y que, ya instalado el gobierno provisorio de Lavalleja, el 24 de febrero de 1830, éste dio a Rivera la orden de atacarlos, para no dejar “a estos malvados a sus inclinaciones naturales y no conociendo freno alguno que los contenga”. Organizada la República, le tocó a Rivera librar en 1831 la tan discutida campaña, aprobada por la unanimidad del Parlamento, sin una voz en contra, dado el clamor del vecindario de la campaña.


Tan poco “genocida” fue el choque de Salsipuedes, que murieron, según se supone, unos 40 charrúas y 300 fueron hechos prisioneros y enviados a Montevideo. Y los que sobrevivieron organizados dieron muerte, poco después, a Bernabé Rivera, principalísima figura del ejército patrio y sobrino del Presidente. Sin olvidar que el ejército nacional llevaba en sus filas un grueso de soldados guaraníes, eternos rivales de los charrúas.


De modo que Salsipuedes fue, simplemente, un enfrentamiento entre tantos. Choque final, sí, para la toldería, modo de vida que estuvo condenado desde el primer día en que se afincó la civilización española en nuestras tierras.
Es doloroso por el país que se use la historia de modo abusivo, fundamentalmente para denostar al General Rivera, a quien el país le debe los mayores esfuerzos en la lucha por la independencia. Como ha escrito Lincoln Maiztegui, Salsipuedes le tocó a Rivera, como le hubiera correspondido a Lavalleja, a Oribe o a Garzón si hubieran estado en la Presidencia en ese momento.


Que miremos con respeto a ese pueblo charrúa es lo debido. Que lo glorifiquemos poco menos que como origen de nuestra sociedad, es algo peor que un clamoroso error histórico. Es una definición reaccionaria de un trasnochado nacionalismo romántico, que ubica al país en la mirada más primitiva de su pasado, atándolo a la violencia y al rencor por la sangre que derraman las civilizaciones en su proceso fundacional y no a los magníficos esfuerzos de tantos patriotas para consolidar la paz y abrir las rutas del progreso.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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