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La "Carcel del Pueblo" tupamara
#1
La Carcel del Pueblo

La denominada "Carcel del pueblo", fue una pieza fundamental del andamiaje del grupo sedicioso Tupamaros.
En ella sufrieron torturas e infame cautiverio muchos ciudadanos de nuestro pais.
Considerada dentro de la organizacion terrorista como "inexpugnable", su ubicacion y captura significo un duro golpe para los sediciosos afectanco consecuentmenete su moral y contribuyendo decisivamente a la desarticulacion operativa de los tupamaros.
Fueron protagonistas decisivos del trabajo de inteligencia y de la operacion de captura los efectivos del Batallon "Florida" de Infanteria No. 1 .-

A continuacion una cronica sobre la captura de la carcel que fue publicada en:
http://historico.elpais.com.uy/Suple/Ent.../05/07/16/

El 27 de mayo de 1972, la lista de secuestrados por el MLN llegaba a las 19 personas. El primero había sido el doctor Ulysses Pereira Reverbel, tres años antes. A su captura habían seguido en orden cronológico, la de Gaetano Pellegrini Giampietro, directivo de un banco de plaza y copropietario de la empresa Seusa que en ese momento editaba dos diarios, la del magistrado Daniel Pereyra Manelli, la del asesor de la policía Dan Mitrione (el único asesinado posteriormente), la del técnico estadounidense Claude Fly, la del cónsul de Brasil Aloysio Días Gomide, la del embajador inglés Geoffrey Jackson, la del fiscal de gobierno Guido Berro Oribe, la segunda del propio Pereira Reverbel, la del ex ministro de Ganadería Carlos Frick Davies, la del industrial Jorge Berembau, la del abogado Alfredo Cambón, la del doctor Carlos Maeso, la del industrial Luis Fernández Lladó, la del redactor responsable del diario El Día José Pereyra González, la de Homero Fariña, quien ocupaba el mismo cargo en el diario Acción, la del fotógrafo Nelson Bardesio, la del diputado Héctor Gutiérrez Ruiz y la del industrial Sergio Molaguero.

Salvo Pereira Reverbel, Frick Davies y Molaguero, todos habían sido liberados luego de soportar cautiverios de variada duración.
Ni el ex presidente de UTE Pereira Reverbel ni el ex ministro de Ganadería del gobierno de Pacheco Areco, Frick Davies, sospechaban que aquella madrugada, su suerte iba a cambiar radicalmente. Si de algo estaban seguros, era de que los hechos dramáticos que se sucedían en las calles de la capital, de los cuales estaban enterados a medias, podían conducir a un endurecimiento de su situación de cautividad. Ese mismo mes de mayo, el MLN había sufrido varios reveses al localizar las Fuerzas Armadas una gran cantidad de escondrijos donde guardaban armas, municiones, uniformes policiales y material quirúrgico y como consecuencia de los operativos habían sido detenidos no menos de 150 tupamaros.

Probablemente como forma de demostrar que aún no estaban derrotados, elementos pertenecientes a cuadros del MLN mataron a cuatro policías que estaban haciendo guardia dentro de un jeep frente a la casa del comandante en jefe del Ejército, aunque la versión del MLN minimizó los hechos diciendo que los soldados habían fallecido en un tiroteo y que el coronel Trabal, jefe de Inteligencia, les había puesto un termo y un mate para aparentar que estaban en horario de descanso.

Lo que sucedió aquella madrugada del 26 de mayo tiene un testigo de primera mano: uno de sus protagonistas, el doctor Ulysses Pereira Reverbel, quien relató los detalles en su libro Un secuestro por dentro. "De pronto, me desperté notando que pasaba algo raro. De noche, sólo vigilaba el que estaba de guardia. Sin embargo, había movimientos apresurados que me indicaron que se habían levantado todos. Las luces estaban todas encendidas pero enseguida se apagaron todas, pese a que siempre quedaba una en el lugar donde se hacía la guardia. Inmediatamente oí el ruido del candado que cerraba la puerta del pasillo y entró el encargado con una vela en la mano, acompañado por otro custodia. Puso la vela sobre la mesa del pasillo, abrió el candado de mi celda y entrando con otro custodia me dijo: ‘tranquilo Pereira que vamos a pasar momentos difíciles’. (...) ‘Acuéstese boca abajo que tenemos que atarlo’. (...) Ante estas situaciones, ellos siempre aclaraban que si entraban las fuerzas legales, tenían que matarnos.

Obedecí la indicación. Me ató fuertemente los brazos por detrás de la espalda y ambas piernas entre sí, de inmediato me colocó varios pedazos de cinta adhesiva sobre la boca, de manera que no podía pronunciar palabra. De inmediato fue a la celda del doctor (Frick Davies) donde hizo lo mismo (...) Oí su voz tajante: ‘¡no mueva la cabeza!’ (...) Oía perfectamente que golpeaban en la puerta del ambiente de los custodias, pero éstos guardaban silencio absoluto.
 
‘Abran soy yo, Alberto’. Repetía una y otra vez una voz de hombre intercalada con los golpes. Este hombre era un dirigente tupamaro que habiendo sido detenido decidió colaborar con las Fuerzas Armadas.
 ‘¿Por qué no abren? Es una orden superior’. Saben que deben abrir. Es urgente, traigo una orden superior. Seguía el silencio. Después oí que abrían la puerta porque arrastraba sobre el piso y conocía el ruido. Hablaban en voz baja, por lo que no oía lo que decían. Al rato el encargado llamó a las dos custodias que continuaban vigilándonos.

‘¡Cierren las celdas y vengan!’, reiteró. Así lo hicieron. Casi enseguida que pasaron al otro ambiente oí la voz de ambas, fuerte, a veces gritando: ‘¡Cobardes! ¿Con ustedes vamos a ganar la revolución?’ (...) Subió el tono de la discusión. ‘Hijos de puta. ¿Cómo no vamos a matar a esos tipos?’ Eran siempre las voces de ambas mujeres.

Oí cuando decían: ‘¿Orden superior de quién?’ Sabía perfectamente para qué nos habían atado y amordazado. Dan Mitrione cuando apareció muerto, estaba así. De pronto cesó la discusión y ambas mujeres entraron al pasillo. ‘Voy a mear primero’, dijo una. Oí el ruido que hacía cuando orinaba, aparentemente en un recipiente de lata. Como la guardia tenía un lugar en su ambiente igual que nosotros, para hacer sus necesidades, no sé por qué esta custodia procedió así.

Cuando terminó, abrió la celda del doctor y quitándose la capucha dijo: ‘míreme la cara, usted se va para su casa, pero yo no voy para la mía’. Y comenzó a desatarlo. Casi enseguida entró la otra a mi celda y tirando con fuerza la capucha al suelo, alterada, me dijo: ‘míreme a la cara, vea lo que es un revolucionario y el peligro que corríamos cuando lo cuidábamos’. Procedió a desatarme. Me dijo que debía vestirme con apuro. En un instante estuve vestido. El doctor también. Nos dijeron que saliéramos enseguida. En el otro ambiente estaban los otros dos custodias junto a una persona.
Empezamos a caminar. Cuando salíamos, doblando el cuerpo para pasar por el túnel, uno de los custodias dijo: ‘no salgo, antes de que me torturen, prefiero morir’. El que había entrado con el alias Alberto, me tomó del brazo y me dijo: ‘Pereira, yo le pido que usted me acompañe al cuartel donde me llevan para que haya un testigo de que yo entré vivo. Si no es así, ahora que ustedes están libres me van a matar en el cuartel y después dirán que yo intenté escapar’. (...) Cuando llegué al agujero por el que debía salir, vi a un militar que estaba arriba y le pregunté si podía llevar mis papeles. Me contestó que sí. Regresé a la celda, tomé los borradores y con ellos bajo el brazo volví a salir. Es imposible contar qué sentía en esos momentos. Era demasiado grande la confusión de sentimientos y pensamientos. Era volver a la vida".

Las descripciones aportadas por la prensa rivalizaron durante días en los detalles sórdidos. La casa donde estaba ubicada la llamada "cárcel del pueblo", había sido localizada como consecuencia de una delación del tupamaro Héctor Amodio Pérez, en una casa de la calle Juan Paullier casi Charrúa. Estaba habitada por un matrimonio con cuatro hijas menores y su actitud frente a la vecindad no daba motivo para sospechas. Las niñas iban a la escuela Artigas, a dos cuadras y tenían amiguitas en el barrio. El hombre era un antiguo bancario que ahora trabajaba en una empresa publicitaria y su esposa llevaba una vida común. El hogar era de puertas abiertas y fue justamente esa vida comunitaria y de buenos vecinos la que provocó las mayores sorpresas al descubrirse los hechos. Curiosamente, la casa lindera había sido allanada tres veces, la última, dos días antes. Allí se hallaban establecidos un taller de lustrado de muebles en la planta baja y un mecánico dental en la parte superior.

¿Por qué la insistencia en revisar precisamente ese lugar? ¿Las Fuerzas Armadas ya tenían algún principio de evidencia antes de que el lugar les fuera entregado por Amodio Pérez? Nunca fue aclarado. Lo cierto es que dentro del garaje, debajo de una loza que aparentaba ser la tapa de una cámara séptica, luego de atravesar un conducto y bastante debajo de la superficie, se encontraba lo que las Fuerzas Armadas habían estado buscando durante más de dos años. "A un costado del garaje, levantando una tapa difícil de advertir a la ligera" —escribió el cronista policial de El País, en la edición del 27 de mayo de 1972— "surge un pozo de un metro de profundidad aproximadamente por ochenta centímetros de diámetro. Una vez apoyados los pies en ese pozo, aparece un túnel que recorre cuatro metros por debajo de la casa, en dirección de sus fondos.

Un túnel con paredes de piedra donde únicamente un niño puede andar erguido. Ya entonces cambia totalmente el ambiente. Se comienza a percibir un calor asfixiante que golpea la cara en medio de una oscuridad que obliga a tanteos". Todos los que visitaron el lugar coincidieron en que el lugar estaba bien construido, con paredes de ticholos, aunque su falta de aire, su calor y la suciedad que lo rodeaba, permitían definir al lugar como insalubre e inhumano. "A minutos de estar allí" —decía la crónica antes citada—"cualquier persona comienza a sentir una sensación de enclaustramiento que seguramente resulta demoledora y difícil de soportar. La respiración se dificulta y el aire está invariablemente viciado por impurezas y malos olores. En el primer ambiente vivían los custodias, que disponían de una cocinita, un baño precario y una biblioteca. En los del fondo estaban las celdas, con dos cuchetas mínimas y un sistema de higiene más precario aún". A la derecha del lugar donde vivía la guardia, una gran cantidad de bolsas con tierra apiladas, ya que estaban excavando un túnel de escape hacia la red cloacal que se encontraba a pocos metros de su finalización. Había además un sistema de luces, que se encontraba conectado con la casa de arriba.

"Todo está regado de ropas y utensilios" —detalla el informe del diario El País— "Por encima de todas las cosas hay polvo y la sensación de una carencia total de higiene como de un acostumbramiento a vivir entre la mugre. Se ven muchas ropas tiradas y entre ellas dos prendas femeninas, un sostén y una bombacha que aseveran que la custodia era mixta. En las paredes hay consignas violentas y emblemas de la organización tupamara. (...) La comida no venía de arriba sino que se hacía abajo, en la cocina emplazada frente a la celda de Pereira Reverbel. Enlatados, arroz y otros productos era la dieta substancial en un lugar donde el calor imposibilitaba conservar por más de unas horas cualquier producto.

Hombres y mujeres, estudiantes de otros tiempos, compartían un mismo ambiente lavando sus ropas lo rigurosamente indispensable. La máxima posibilidad de higiene personal la ofrecía una manguera con una ducha en su extremo y un lavamanos. El aire allí abajo llega apenas en pequeñas proporciones y sin duda habría de sumir a todos en un tremendo sopor". No bien los dos prisioneros fueron liberados (esta vez no hubo conferencia de prensa como en su liberación anterior), Pereira Reverbel desmintió rumores que al par que lo señalaban como sometido mentalmente a sus captores, afirmaban que había estado recibiendo un trato preferente a cambio de cocinar y lavar la ropa. El doctor Carlos Frick Davies por su parte, declaró que se encontraba con buen ánimo, que le daban vasodilatadores para su presión alta, que tanto él como Pereira caminaban y hacían gimnasia tres horas por día y que jugaba al ajedrez con los guardias.

Finalmente, se interesó vivamente por la posición de Peñarol en el campeonato y recordó a los periodistas que había sido dirigente de la institución. Al día siguiente, los dos liberados viajaron a sus respectivos establecimientos de campo. Pereira Reverbel a la estancia familiar de Artigas La Escondida, donde estuvo inspeccionando unos viñedos plantados antes de su captura y Frick Davies a la cabaña que lleva su nombre en el departamento de Durazno. Ninguno de los dos hizo declaraciones a la prensa local, según instrucciones de las Fuerzas Conjuntas. Una prima brasileña del presidente de UTE recién llegada de Porto Alegre, le dijo al oído a un periodista: "escriba que está loco por comer cosas dulces. No las prueba hace casi dos años".

Ese mismo día, pasadas 48 horas del descubrimiento de la Cárcel del Pueblo, fue presentado a los diarios, las radios y las cámaras de televisión, Daniel Viglietti, una de las figuras cumbres del canto popular uruguayo. Se encontraba detenido y corría el rumor de que le habían destrozado las manos. Con gesto de quien está siendo expuesto a algo contra su voluntad, Viglietti mostró sus manos sanas y dijo que no había sido objeto de torturas aunque lo habían hecho dormir en un calabozo sin cama ni colchón. Pocos días más tarde, fue puesto en libertad.

No quedaría completo este relato que recuerda el doble secuestro del doctor Ulysses Pereira Reverbel, si además de la versión de su protagonista y la de la prensa nacional, no se expusiera también la opinión del MLN. Para los tupamaros, y esto ha sido plenamente confirmado, el famoso enterradero de la calle Paullier fue descubierto mediante una delación de Héctor Amodio Pérez, quien junto a Mario Píriz Budes (éste en el interior) y a Alicia Rey Morales, compañera del primero, configuró el grupo de integrantes del movimiento que entregó información decisiva a las Fuerzas Armadas a cambio de su liberación.

A partir de diferentes fuentes del MLN, en especial el libro de Samuel Blixen Sendic (Ed. Trilce, 2000, con varias reediciones) los tupamaros tenían entre ojos a Amodio a raíz de distintos faltantes de dinero denunciados por sus propios compañeros, los que en su momento le acarrearon sanciones dentro de la organización. Algunos dirigentes tampoco veían con agrado su modo de vivir, que se aproximaba al modelo pequeño burgués que tanto despreciaban. Le gustaba el whisky importado, fumaba tabaco de pipa holandés y era afecto a la buena ropa.

En 1968, los "viejos" (Fernández Huidobro, Marenales, Sendic, Manera) resolvieron darlo de baja junto a su compañera Alicia Rey Morales. Otros integrantes intercedieron y fue entonces que Sendic y Fernández Huidobro, las dos cabezas más visibles del MLN cometieron el mayor y más inexplicable error de sus vidas: los reintegraron y le dieron a Amodio un puesto de dirección. Desde ese momento adquirió una enorme relevancia en el movimiento y dirigiendo la Columna 15, que era tan fuerte que hasta había adquirido cierta autonomía, participó en casi todas las acciones importantes llevadas a cabo por los tupamaros. Sin embargo, cuatro años después, Alicia Rey fue capturada huyendo por una cloaca y Amodio se derrumbó. Sigamos el testimonio del ex tupamaro Samuel Blixen en su excelente libro Sendic.

"Amodio se ha desplomado tras la caída de su compañera. La dirección descarta toda posibilidad de confiarle la Columna en el exterior. El Bebe plantea que hay que darle de baja y así se resuelve. (...) La decisión de darle la baja al comandante que había llegado a ser el hombre más poderoso en el MLN se mantiene en reserva mientras se dispone su evacuación para el exterior. A las pocas horas, Amodio es detenido junto con Héctor (Rodolfo Wolf) que está ignorante de todo. Pero la dirección sabe que Amodio ha sido capturado en el peor momento, expulsado de la organización y con su compañera presa, desmoralizado y quizás con rencor. (...) Amodio conoce buena parte de la estructura. Algunos de los locales que caen en los días siguientes son ubicados en buena parte debido a informaciones proporcionadas por él. (...)

Pero hay personas e infraestructuras que no conoce porque corresponden al período en que estuvo preso o provienen de antiguas columnas para las que él estaba compartimentado. (...) Amodio no sabe dónde está el local de la cárcel del pueblo, sí sabe que Rodolfo Wolf conoce el lugar. Héctor aguanta la tortura hasta el límite de sus fuerzas y los torturadores temen un ataque al corazón o un intento de suicidio, con lo que perderían preciosa información. Entonces Amodio, que lleva años militando junto con Wolf, lo convence de que es necesario aportar la información, que hay una negociación y que todo depende de que se rescate a los prisioneros con vida. Wolf no sospecha. Mantiene por su jefe el respeto y la admiración surgidos en la intensa militancia en la que ambos se han jugado la vida muchas veces. Y le revela el secreto.

El 27 de mayo el ejército rodea la casa de la calle Juan Paullier; la ama de casa que da cobertura avisa desesperadamente a los cuatro tupamaros que están de custodia en la pieza subterránea ubicada debajo del garaje, que el ejército sabe que allí están los prisioneros y que Amodio quiere hablar con ellos antes de que se cumpla la orden prevista de ejecución en caso de allanamiento".
La liberación de Pereira Reverbel y Frick Davies, escapados por un pelo de ser ejecutados por el MLN por el solo hecho de haber sido descubierta la cárcel del pueblo, se enmarca en lo sucedido en 1972, uno de los años más dramáticos de la segunda mitad del siglo pasado. No fue el único ni el peor. Tiempo habrá para recontar otros.

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"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#2
La verdad sobre "la cárcel del pueblo"
Convertir en museo la "cárcel del pueblo" creada por los tupamaros en los años 60 podría ser una buena idea si se la pone al servicio de la verdad histórica.

23 sep 2014

Adentro de ese calabozo construido bajo lo que parecía ser una inocente casa de familia en la zona del Parque Rodó estuvieron secuestrados políticos, diplomáticos extranjeros y empresarios uruguayos. Montar allí una correcta muestra didáctica serviría para recrear ante los visitantes uno de los instrumentos usados por los tupamaros en su demencial intento de imponer en Uruguay una dictadura de tipo castrista.

[Imagen: carceldelpueblo1.jpg]

Para empezar, convendría difundir la lista de los que allí fueron privados de su libertad durante meses e incluso por más de un año. Seres humanos que padecieron amenazas y maltratos de todo calibre y que en algún caso -el del agrónomo estadounidense Claude Fly- contrajeron enfermedades que tiempo después les causarían la muerte. En un ambiente irrespirable, los secuestrados fueron encerrados en una suerte de jaulas con mínimo espacio para moverse y sometidos a continuas vejaciones. Según relató Fly cuando lo liberaron tras sufrir un infarto "todo el tiempo sentí que estaba por exhalar mi último suspiro". Todo eso ocurrió en democracia, mucho antes del golpe de Estado de 1973.

[Imagen: 03info1.gif]

Hubo otras cárceles similares de los tupamaros, pero la principal fue ésa, la de la calle Juan Paullier, que ellos quisieron presentar como un símbolo de lo que llamaban "justicia revolucionaria". Por eso, el allanamiento de esa casa en mayo de 1972 fue un golpe demoledor para aquella organización clandestina que por entonces estaba en franca retirada. Quienes oficiaban de guardianes de los secuestrados que allí yacían -los ex gobernantes Ulises Pereyra Reverbel y Carlos Frick- se rindieron sin oponer resistencia. Sería bueno que el museo exhibiera las fotos de estas dos víctimas en momentos de su rescate para apreciar su mal estado de salud y las trazas visibles de la brutalidad ejercida sobre ellos por sus captores.

Es sabido que poco o nada se habla de los derechos humanos de esas víctimas de la violencia guerrillera, violados por la locura revolucionaria de aquel movimiento alzado contra las instituciones democráticas. Prueba de ello es que el director del Museo de la Memoria (MUME), Elbio Ferrario, el funcionario encargado de reconvertir la "cárcel del pueblo", sostiene que "los derechos humanos fueron violados por el Estado" y que las acciones de los tupamaros deben calificarse como simples "delitos" comunes. Es decir, niega que ellos hayan violado los derechos humanos, una teoría discutida a nivel internacional en donde la ONU, por ejemplo, entiende que incluso los "grupos insurgentes" deben respetar los derechos fundamentales y el derecho internacional humanitario, según su dictamen en el caso de Sendero Luminoso en Perú.

Tanto o más inquietantes son otros dichos de Ferrario quien explica que los tupamaros surgieron a comienzos de los años 60 ante "la falta de un proyecto de desarrollo por parte de la clase dominante, el rompimiento de la convivencia democrática, las luchas sociales, la represión, la falta de garantías". Es la postura clásica de quienes justifican la violencia guerrillera de aquel tiempo asimilando a una dictadura el Uruguay de los Consejos de Gobierno y de los presidentes Óscar Gestido y Jorge Pacheco Areco. De acuerdo a esa interpretación falaz nuestros valientes castristas vernáculos habrían tomado las armas para derrocar un gobierno tiránico y no para derribar la democracia.

Cuesta creer que un funcionario público inspirado en semejante teoría pueda organizar un museo con un mínimo de neutralidad y respeto por la verdad histórica. Su sesgo político es tan evidente que bajo su conducción el museo-cárcel de la calle Juan Paullier promete transformarse en un escenario de propaganda pro-tupamara. De todos modos, su actitud no es una excepción adentro de una izquierda gobernante que tiende a tergiversar los hechos hasta en los textos de enseñanza y en donde algunos dirigentes aseguran que la dictadura se instaló en Uruguay en la década del 60 y no a partir del 27 de junio de 1973, fecha del golpe de Estado.

De esta manera, lo que podría ser una buena oportunidad de poner el pasado reciente en perspectiva exponiendo los errores y horrores cometidos, amenaza degenerar en otra distorsión intencionada de lo ocurrido en el pasado reciente.

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#3
Relato de Amodio Perez sobre las ultimas horas de la infame Cárcel del Pueblo
Las notas al pie son mías para mayor comprensión del tema

Mientras yo leía las declaraciones, los interrogatorios continuaron. Wolff, que había sido llevado al barracón terminó delatando el plan de fuga que Dubra me había contado a grandes rasgos y Wassen que estaba detenido en el 13 de Infantería, creyó que la Cárcel del Pueblo estaba por caer. 
Durante los interrogatorios a los que fue sometido, solicitó ser conducido a la unidad en que estuvieran detenidos Wolff y Amodio, con la finalidad de consultar con ellos la posible entrega de la “cárcel” y así evitar una matanza inútil más. 

Tenía que convencer a Wolff, que de los tres era el único que conocía su ubicación exacta, por su condición de responsable de esa y las otras cárceles del pueblo. Consultaba conmigo por la relación que manteníamos desde 1968, lo que le daba a él la seguridad de que entendería lo razonable de su planteo: era necesario convencer a los integrantes del local y a los custodios de los secuestrados de que toda resistencia no significaría más que aumentar la suma de muertos que se venía produciendo.

Tanto Wolff como yo entendimos muy razonable su propuesta, máxime cuando Wolff dijo que en la casa había tres criaturas, hijas de los dueños de la casa. Tocaba decidir quién de los tres sería el encargado de la propuesta de rendición. Yo fui descartado enseguida, ya que nada me unía o relacionaba con el local o sus ocupantes. Wassen entendió que debía ser él como proponente y Wolff se propuso por su condición de responsable del local. Esto debió haber sido así, si Cristi (1), al mando del operativo, se hubiese guiado por el sentido común y no por lo que él creyó en esos momentos lo mejor: decidió que fuéramos Wassen y yo, dejando fuera al único que por sus responsabilidades podía tener alguna ascendencia.

Hasta lo que yo pude participar en esa reunión, Wolff le informó a Wassen la dirección exacta y éste la trasladó a los mandos de El Florida. 

Era ya de madrugada del día 27 de mayo cuando un soldado vino a buscarme para llevarme a presencia de Calcagno (2), quien me informó de la decisión de Cristi de ser yo el encargado de la negociación con los custodios de la cárcel del pueblo. Para eso se me hizo vestir un poncho militar y se me proveyó de un casco. Así fui conducido a uno de los “camellos” estacionado en el patio de armas. Allí me encontré con Wassen, equipado como yo. Durante el trayecto hablamos muy poco, aunque Wassen poco a poco comenzó a dar muestras de inseguridad personal. 

Yo traté de convencerlo de que la resolución tomada era la más correcta a nuestro alcance, lo que no evitó su desasosiego, máxime cuando llegamos a la esquina señalada, -Juan Paullier y Charrúa- que ya estaba aboslutamente copada por el ejército.
Fui sacado del camello y a punta de bayoneta fui colocado frente a la ventana del número 1190 de Juan Paullier. Antes de empezar mi parlamento, escuché a Cristi decir que si había resistencia yo debía ser el primero en morir.


Continua.....

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(1) General Esteban Cristi, entonces el comandante de la Division de Ejercito I
(2) Capitan Carlos Calcagno, oficial de inteligencia del Bn Florida
 
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#4
Muy bueno, la verdad es que este individuo parece haber empezado un camino de arrepentimiento o por lo menos sinceramiento. Espero que sirva para desmontar la historia que se escribieron los tupamaros.
"Dormía y soñaba que la vida era alegria, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegria."
Rabindranath Tagore
 
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#5
No es arrepentimiento, a no confundirse.
 
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#6
2da parte del relato de Amodio Perez:

Cuando los soldados se retiraron me quedé parado frente a la ventana, casi en el cordón de la vereda. Dos o tres pasos me separaban de la casa, sobre la que se proyectaba mi sombra, por efecto de los reflectores que me ilumniban desde atrás. La sombra parecía un espantapájaros grotesco. Hoy recuerdo esos momentos y siento lo mismo que entonces: el reconocimiento de que todo había sido inútil y vuelvo a sentir el peso de la derrota y el fracaso. Reconozco que tuve lástima de mí mismo y que por un instante sentí ganas de darme la vuelta y decir NO, NO LO HARE!!!


Pero lo hice. Avancé los dos o tres pasos necesarios y empecé mi monólogo: “compañeros, esto es el final. Todo está perdido. Entréguense y dejen que los secuestrados salgan vivos”. Nadie me respondió pero intuí que había sido escuchado. Pasados unos minutos los militares avanzaron en dirección a la casa y ocuparon toda la vereda. Yo seguí esperando una respuesta que nunca me llegó. De pronto mi sombra también me abandonó. Los reflectores cambiaron la dirección de la luz, que iluminó la puerta de la casa. Ruidos de puerta que se abre y alcancé a ver hombres que salían con los brazos levantados y que eran sacados del lugar casi en el aire.

Poco a poco los militares fueron entrando a la casa. Finalmente, alguien vino por mí y me hizo entrar al comedor. Ahí estaba uno delo carceleros, Tiscornia, y el “Pescado” González, sentados en uno de los sillones, como si fueran amigos. Tiscornia me recibió con palabras que me tranquilizaron: “es lo mejor que pudieron hacer. Cualquier otra cosa era un disparate”. González ordenó a un soldado que me llevara de vuelta al camello que seguía estacionado en la esquina. Salvo el conductor, no había nadie más. Me sentaron en el asiento del medio y el soldado que me acompañó se sentó sobre la parte trasera, de cara a la calle. 

Volvimos al Florida. Allí me esperaba Gómez, que antes de llevarme al barracón me dio un cigarrillo y me ofreció una caña. Le acepté ambas cosas y le pedí pasar al baño. Me condujo por los mismos pasillos que hasta entonces había recorrido a los tumbos, mirando el suelo por debajo de la capucha y agarrado al de adelante de la fila. Había en la actitud de Gómez una mezcla de cumplimiento de su función con rasgos de un humanismo algo primitivo, pero quizás ese primitivismo lo hacía más humano. O quizás fuera mi estado de ánimo que me lo hizo sentir así. 

Cuando llegué al barracón casi amanecía. Apenas había tratado de dormir, cuando nos llegó el desayuno. Pregunté por Wolff pero nadie me pudo decir nada. “Cayó la cárcel del pueblo”, le dije al que tenía más cerca. Rápidamente se corrió la voz y tuve que contestar las preguntas que me llegaron: ¿cuándo y cómo? Expliqué lo mejor que pude y nadie me pidió más explicaciones. 

A la hora de la comida me condujeron al despacho de Calcagno. Te vamos a sacar del barracón, me dijo. Tus compañeros te condenaron a muerte. Pregunté porqué. Por la caída de la cárcel, me contestó. Yo no fui, le argumenté, como si la responsabilidad fuera suya. Qué querés que haga?, no puedo dejar que te maten. Pero si me sacás lo estás confirmando, le respondí. Es la orden que tengo. A partir de ahora estarás en mi cuerto. Me bajaron al primer piso. 

El cuarto de Calcagno estaba siendo modificado, agregándole otra cama. Esta es la tuya, me dijo Calcagno en cuanto llegó. Ordenó a un soldado que le llevara la comida a su cuarto. Traiga para dos, fueron sus palabras. A la orden, le respondieron.

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#7
Nunca me habia enterado con tanto detalle de este episodio.

Es bueno saberlo y propagarlo.

Muchas gracias por el aporte.
 
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