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Tambien es historia militar
En cuanto pueda les subo algo interesante sobre los aviadores de Biafra
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UB-65: la verdadera historia del submarino «maldito» de la Primera Guerra Mundial
Un siglo después, el misterio sigue rodeando a este buque alemán que, según la leyenda, acabó con la vida de decenas de marinos en circunstancias inexplicables
I.Viana
Madrid Actualizado:19/07/2018 16:31h2




Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Alemania poseía 29 submarinos desplegados entre el mar del Norte y el Báltico dedicados a tareas defensivas. Un número que fue en aumento cuando estos demostraron su poder como arma de combate. En febrero de 1917 ya contaba con 105 listos para entrar en acción y capacidad para suministrar otros 120 para reemplazar a los hundidos. Pero a ninguno de ellos le ha rodeado tanto el misterio como al UB-65, a través de una serie de historias sobre el extraño e inexplicable destino su tripulación que, aun hoy, siguen dándode por ciertas.

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Dibujo publicado en ABC: 
«La guerra europea. Buque de guerra inglés torpedeado por un submarino alemán»- ABC

Según cuenta la leyenda, los trágicos sucesos de este submarino «maldito» comenzaron antes de ser botado al mar en los astilleros de Brujas (Bélgica). Su primera víctima habría sido uno de los operarios que trabajaba en cubierta, que fue aplastado por una viga de la cubierta a la que se le soltaron las cadenas. Poco después, cuando fue lanzado al agua por primera vez, en 1917, otros tres tripulantes fallecieron asfixiados en la sala de máquinas por los gases del motor mientras comprobaban la maniobrabilidad del buque. Nadie pudo explicar por qué no salieron tranquilamente, pues les habría dado tiempo de sobra.

La realidad de este modelo de submarino en la guerra era bien distinta. En los tres primeros meses de 1917, los U-Boote habían hundido ya más de un millón de toneladas enemigas. Y durante el mes de abril, otras 881.000, una cifra récord que hizo temer a Gran Bretaña por la victoria de los alemanes. Era un arma eficaz, pero el relato que trascendió décadas después sobre el UB-65 era otro. No hay más que leer el siguiente incidente, cuando supuestamente realizaba unas maniobras conjuntas junto a otros submarinos de la misma clase. Antes de ordenar su primera inmersión, el comandante Martin Schelle mandó a varios marinos a que comprobaran, cerraran y aseguraran todas las escotillas del buque. Dos obedecieron, pero el tercero reaccionó de forma inesperada. Sin decir una sola palabra, se dirigió a la cubierta y se arrojó a las hélices por la borda, donde murió descuartizado.

El extraño suicidio

Sin tiempo para guardar el más mínimo luto, cuenta la leyenda que, inmediatamente después, se produjo la inmersión hasta los diez metros de profundidad. En ese momento, el submarino, sin embargo, se hundió de repente hasta el fondo. La tripulación entró en pánico al ver que la presión hizo crujir las paredes de la nave y el agua comenzó a filtrarse e inundar algunos pasillos. Habría estado 12 horas en las profundidades, mientras el oxígeno se agotaba y sin encontrar una explicación a lo sucedido para poder solucionarlo. La tragedia parecía inevitable, cuando, de repente, el sumergible comenzó a ascender. Salió a la superficie justo a tiempo para salvar de la asfixia a toda la tripulación, aunque dos miembros fallecieron, supuestamente, a causa de los daños sufridos en los pulmones.

Las autoridades militares ordenaron trasladar el submarino a los astilleros para su inmediata supervisión. Según el relato, no encontraron ninguna avería. A pesar de esta concatenación de infortunios, se impusieron las necesidades del esfuerzo bélico alemán y la nave fue declarada apta para el servicio. Todo parecía recobrar la normalidad en torno al submarino «maldito» y se ordenó que fuera cargado de torpedos. La tranquilidad duró poco, porque el oficial y los ocho marineros encargados de transportar las bombas también habrían muerto cuando una de ellas explotó.


[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Un submarino alemán en las playas francesas de Calais, en septiembre de 1917- ABC

Parte de la tripulación se negó a embarcar y prefirieron enfrentarse a un consejo de guerra, alegando que el submarino estaba embrujado. Este fue enviado de nuevo a los astilleros para su reparación, en un trayecto en el que se produjo otro incidente que entra ya en el plano de lo paranormal. Uno de los marinos encargados del supuesto traslado aseguró, presa del pánico, haber visto a uno de sus compañeros muertos sobre la cubierta que le miraba fijamente con los brazos cruzados. En ese momento, la nave entera era ya presa del miedo. Uno de los marineros capturados al intentar huir aseguró que también había visto a a su compañero fallecido observándole. Una confesión a lo que habría seguido otro suicidio en extrañas circunstancias.

A pesar de todos estos sucesos, el submarino UB-65 recibió la orden de partir hacia el estrecho de Dover. Un viaje en el que, según la leyenda, parte de la tripulación seguía viendo a los «fantasmas» de los marinos. Cuando llegaron al puerto de Brujas, el temor a la maldición era tan grande que los marinos prefirieron salir corriendo de la nave a pesar de los bombardeos aéreos. Uno de los que huyeron era, supuestamente, el mismo comandante, que moriría ametrallado al salir a la cubierta.

El confuso final
Con el paso del tiempo, muchos de estos sucesos fueron dados por ciertos, quizá por la confusión que hubo durante muchos años en entorno a su destrucción. La leyenda cuenta que, cuatro meses antes de que finalizara la Primera Guerra Mundial, el 10 de julio de 1918, el buque fue descubierto por el submarino estadounidense AL-2 en la costa occidental de Irlanda. Y que, cuando se disponía a torpedearlo, el UB-65 explotó misteriosamente sin que los norteamericanos llegasen a disparar, con sus 37 tripulantes dentro.
Según los datos publicados por la web especializada en este modelo de submarinos, www.uboat.net, la causa que se registró poco después es que el UB-65 desapareció como consecuencia de la «explosión prematura de uno de sus torpedos». Una versión que podría coincidir con la leyenda, pero luego aclara que realmente estuvo en activo al menos hasta el 14 de julio, ya que en esa fecha hundió al velero portugués María José frente a la isla de Lundy. Y luego subraya: «Desaparecido a causa de un accidente (muerte marítima) cerca de Padstow (Cornualles, Inglaterra), el 14 de julio de 1918 o después. 37 muertos (todos perdidos)». Según el cuaderno de bitácora del submarino AL-2, tras el impacto de uno de sus proyectiles observaron al UB-65 semihundido durante unos minutos. Y que después se produjo una fuerte explosión que lo arrastró hasta el fondo marino.

Lo cierto es que, en 2004, el Channel 4 británico organizó una expedición submarina para identificar a un buque de la Primera Guerra Mundial hundido en aguas inglesas. El estudio realizado por el arqueólogo Innes McCartney y el historiador Axel Niestlé confirmó que se trataba del UB-65, pero no mostró indicios claros de que hubiera sido atacado. Con los datos recabados, otros expertos apoyaron la tesis de que el submarino se había hundido como consecuencia de un accidente. Por otra parte, los investigadores George Behe y Michael Goss aseguraron que versión sobre el impacto de un torpedo enemigo fue inventada por el periodista Héctor Charles Bywater (1884-1940), bajo el seudónimo del Doctor Hecht.

La historia de fantasmas
En lo que respecta a la historia de los fantasmas tampoco hay un consenso claro. La versión más conocida de esta fábula de la Gran Guerra se publicó por primera vez en julio de 1962, en la revista «Blackwood’s». El responsable original es, supuestamente, G. A. Minto, un autor del que sabemos muy poco y que, según parece, empezó a escribir una vez jubilado, tras una vida dedicada a la función pública. Otros achacan su autoría al escritor neoyorquino Charles Berlitz, fallecido en 2003, famoso por sus libros sobre fenómenos paranormales y de cuya obra «El triángulo de las Bermudas» se vendieron cerca de veinte millones de ejemplares. Aunque nunca llegó a esclarecerse del todo, lo cierto es que durante los años 60 y 70, «El fantasma del UB-65» ya aparecía en numerosas antologías, tebeos e, incluso, libros ilustrados para niños. De esta forma adquirió una apariencia de realidad. Pero el hecho de que su primer y único comandante fuera Martin Schelle, un oficial de 29 años, demuestra que este no murió en la pasarela del submarino huyendo de la maldición, sino junto con los otros 36 tripulantes en el accidente del 10 de julio de 1918.
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25.10.1799.- LA FRAGATA HMS "HERMIONE" (EL BARCO DEL INFIERNO). 

Una historia de tiranía, traición y aventura



[Imagen: Hermione_cutting-Thomas_Whitcombe-217058.JPG]





La noche del 22 de septiembre de 1797, mientras el “Hermione” navegaba al oeste de Puerto Rico, parte de la tripulación desde las baterías comenzó a lanzar balas hacia la cubierta. El primer teniente bajó a investigar la causa del disturbio, súbitamente lo hirieron en el brazo con un tomahawk, luego lo golpearon, le cortaron la garganta y lo lanzaron al agua. El capitán, al oír el ruido, salió a cubierta. Repentinamente lo hirieron y tuvo que replegarse en su cabina. Violentamente entraron a la cabina tres amotinados, uno de ellos lo apuñaló y por una de las ventanas lo arrojó al mar. Fue cuando estalló la algarabía de todos los amotinados

De manera similar procedieron con los demás oficiales; cortando e hiriendo a sus víctimas de la manera más cruel y violenta. El caso del “Hermione” fue uno de los levantamientos más sangrientos de la Historia de la Armada Británica; asesinaron al capitán y a nueve de sus oficiales a machetazos y hachazos para luego tirarlos por la borda
El origen de la rebeldía a bordo fue el exceso de tiranía y brutalidad de su capitán, Hugh Pigot, que a los veintisiete se había convertido en el capitán más cruel y en uno de los peores de la historia de la Armada británica.


Cuando Pigot asumió el mando de su primera fragata a los veinticinco años de edad, ejercía sobre sus marineros un dominio absoluto. Los reglamentos de la armada concedían al capitán la potestad de azotar a sus tripulantes y, bajo ciertas circunstancias, de condenarlos a muerte. No era una exageración decir que a bordo de su pequeño mundo, un capitán de navío era un “señor sólo superado por Dios”.

El orden y la disciplina eran necesarios para una tripulación naval. Pero así como a un padre responsable no se le ocurriría insultar y castigar a su hijo incesantemente, un capitán de navío juicioso tampoco tiranizaba a sus hombres con insultos y azotes constantes. Hugh Pigot se convirtió en un déspota aficionado a azotar a sus hombres, por infracciones que incluían la embriaguez, el desdén, el incumplimiento del deber, la suciedad, la desobediencia y el hurto, por ser el último en descender de la jarcia o no correr a cubierta de inmediato cuando se le ordenaba. Los marineros llamaban al “Hermione”: “barco del infierno” y no tardó mucho en convertirse un nido de resentimiento y odio hacia el capitán.


El día anterior al motín, mientras la tripulación se encontraba en sus faenas, el capitán llamó diciendo que azotaría al último hombre que subiera a los palos. Los marineros, sabiendo que el capitán cumpliría su palabra, hicieron todo lo posible por evitar el castigo: Dos de ellos, por la posición en la que se encontraban, no pudieron alcanzar el aparejo del palo mayor, las fuerzas les fallaron y cayeron. En la caída ambos murieron. Pigot observó los cuerpos con desdén y ordenó que echaran por la borda a “esos marineros de agua dulce”. Esta muestra de indiferencia cruel selló el destino del capitán Hugh Pigot.

Un día después de la muerte de los dos marineros, los tripulantes más resentidos se reunieron alrededor de un cubo de ron en el castillo de proa, bebieron y discutieron sobre lo que debían hacer. Fue entonces cuando pasaron a la acción. Al terminar la noche, habían echado por la borda muertos o moribundos al capitán, a tres tenientes, al sobrecargo, al cirujano, al asistente del capitán, a un guardiamarina, al patrón y al teniente de infantería de marina.
Después de soltar a los demás oficiales en un bote con provisiones, los amotinados llevaron el “Hermione” a La Guaira, en la actual Venezuela. Apostaban a que los españoles los recibirían como desertores y serían Bienvenidos al entregar uno de los navíos de guerra de la Armada Británica. Al llegar a la colonia española, los amotinados sólo exigieron que se les dejara libres. Los marineros que no habían formado parte del motín pidieron ser tomados como prisioneros de guerra para evitar que se les ahorcara en el futuro.

La opinión pública se enteró de lo tirano que había sido el capitán, y en un principio comprendió y justificó el motín, pero después de saberse la crueldad en la matanza indiscriminada de los oficiales, la misma opinión pública se enardeció y exigió tomar medidas contundentes y perseguir a los amotinados del “Hermione” donde fuese.
En consecuencia, la Armada española y la Armada británica estuvieron durante diez años a la caza de los fugitivos. Lograron atrapar a treinta y tres amotinados, veinticuatro murieron en la horca y uno fue a dar a una colonia penal. Pero de un modo u otro, más de cien tripulantes del “Hermione” lograron esquivar a las autoridades y evitar el juicio.

Entretanto, el “Hermione” en manos españolas constituía una incómoda presencia para los británicos y además era un símbolo de "un motín triunfante", algo que detestaba cualquier capitán británico.

En 1799, dos años después del motín, el capitán Edward Hamilton logró recuperar el “Hermione”, al que los españoles habían rebautizado con el nombre de Santa Cecilia. En la noche 25 de octubre de 1799, seis botes y lanchas procedentes de la Surprise asaltaron la fragata. La sorpresa fue total para los españoles; los escasos soldados de guardia fueron fácilmente arrollados, el capitán Hamilton y sus hombres se apoderaron del alcázar del barco y cerraron las escotillas, dejando a la tripulación -aún somnolienta- encerrada.


A partir de allí los británicos se limitaron a pegar tiros y sablazos a los encerrados. Esto explica porque los españoles sufrieron 119 muertos y 57 heridos, y los ingleses no tuvieron una sola baja, únicamente 12 heridos, entre ellos el capitán Hamilton. El Hermione/Santa Cecilia tuvo otro cambio de nombre y pasó a llamarse Retaliación y Retribución (“Represalia” y “castigo”). Finalmente, en 1805 sería desguazada
Así acabó esta truculenta historia de tiranía, traición y aventura
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La odisea del solitario acorazado confederado que desarboló a una flota «yankee» de madera
Con 80 metros de eslora y capacidad para 320 tripulantes, el «ironclad» imponía con su mera presencia, sin que se pudieran intuir desde fuera los graves fallos estructurales que le hacían lento e iban a acelerar su final en cuanto entrara en combate
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]César Cervera
@C_Cervera_MSeguir
Actualizado:08/09/2018 11:43h3




Lo sorprendente de la Guerra de Secesión americana no es por qué perdió el Sur, sino cómo lograron aguantar tanto tiempo en pie, a pesar de que las infraestructuras, el tejido industrial y los mejores recursos militares se encontraban en el Norte. Las soluciones ingeniosas y el talento de algunos de sus generales, véase la campaña de Robert E. Lee, sostuvieron durante cuatro años un conflicto que, por cifras, podría haber acabado en menos de un año. Es el caso del uso de «ironclads», barcos acorazados, para contrarrestar la desproporción de medios navales a disposición de los ejércitos de Abraham Lincoln. «[...] una nave como esta (un barco acorazado) podría recorrer toda la costa de los Estados Unidos, impedir todo tipo de bloqueo y enfrentarse, con una posibilidad de éxito favorable, a la totalidad de su flota», apuntó Stephen Russell Mallory, secretario de Marina confederada.

Un barco contra toda una flota, proponía. Y el 21 de abril de 1861, los confederados se hicieron con los astilleros de la Armada de Gosport, en Portsmouth (Virginia), cayendo en sus manos todo lo necesario para fabricar un «ironclad». Valiéndose de los restos hundidos de una fragata a vapor llamada «USS Merrimack», los ingenieros sudistas reflotaron el barco, rebajaron el nivel de su cubierta inferior y establecieron un blindaje de 61 centímetros de madera y 10 centímetros de hierro. El ángulo inclinado de su casamata (el refugio acorazado situado en la cubierta) estaba pensado también con fines defensivos, para desviar todos los disparos.

Su punto fuerte, no en vano, estaba en su potencia ofensivo. Como explica John V. Quartein en un artículo publicado en la Revista Desperta Ferro (Nº. 2 de Historia Moderna), el acorazado contaba con los mejores cañones pesados disponibles: una batería de costado de 6 Dahlgrens de ánima lisa de 9 pulgadas, dos cañones navales Brooke de ánima estriada de 6,4 pulgadas y otro Brooke de ánima estriada de 7 pulgadas montado en una plataforma giratoria a cada extremo de la casamata. En previsión de que habría carencia de munición, los confederados colocaron un ariete de hierro forjado de 680 kilogramos con el que «cargar a otros barcos como si fuera una bayoneta de la infantería».

[Imagen: CSSVirginia1862.2.ws.jpg]


El «CSS Virginia» contra el mundo


Tras numerosos retrasos, el 17 de febrero de 1862, el arma definitiva de los confederados fue fletado con el nombre «CSS Virginia». Con 80 metros de eslora y capacidad para 320 tripulantes, el acorazado imponía con su mera presencia, sin que se pudieran intuir desde fuera los graves fallos estructurales que le hacían lento e iban a acelerar su final en cuanto entrara en combate. Así y todo, el capitán a su mando, Flanklin Buchanan, descrito por los suyos como «tan indómito y valeroso como Nelson», buscó rápidamente un objetivo con el que mostrar el poder ofensivo del acorazado. Solo un mes de salir de los astilleros, el 8 de marzo, el «CSS Virginia» puso rumbo al cabo de Newport News, dispuesto a luchar contra todo lo que se pusiera en su camino.

Ya durante esta travesía Buchanan se percató de lo lento y poco maniobrable que era el acorazado, con un calado tan profundo que en algunos tramos tuvo que ser remolcado por otro barco confederado. El «CSS Raleigh» y el «CSS Beaufort», dos importantes buques de la flota confederada, acompañaron al «ironclad» en esta aventura y fueron testigos de su entrada triunfal en el cabo de Newport News. Cayó con estrépito sobre dos barcos unionistas allí estacionados, el «USS Congress», de 52 cañones, y el «USS Cumberland», de 24 cañones. El «Congress» se defendió como pudo, pero todas las balas rebotaron en el acorazado como «guijarros»; y al final fue una bala roja (balas calentadas previamente) la que incendió a esta fragata. Herida de muerte, el barco unionista quedó varado y terminaría rendido y hundido esa jornada.

Del mismo modo, las contramedidas del «USS Cumberland» se mostraron insuficientes cuando el acorazado confederado embistió a la corbeta en un costado. Al comenzarse a hundirse la corbeta, el «CSS Virginia», con su espolón enganchado, tuvo que poner a sus motores al máximo para evitar irse con ella, lo cual al final logró «dejando el aguijón en la herida». El placaje con el espolón y los disparos de «balas y obuses que atravesaban los costados de madera del “Cumberland” como si fueran de papel…» dejaron un balance de 121 muertos en la corbeta, que pronto se fue a pique. Sin mencionar dos transportes de la Unión destruidos en la costa y un tercero capturado.

Así las cosas, el «CSS Virginia» registró importantes daños tras este primer combate. Los enemigos apuntaron en sus disparos al único punto que parecía realmente vulnerable, esto es, las portezuelas de los cañones, con el objetivo de que algún cañonazo entrara en la casamata. Varias portezuelas quedaron arrancadas y el comodoro Buchananfue herido en un muslo cuando disparaba a la orilla desde lo alto de la casamata, aunque al final del día el «Virginia» era, sin lugar a dudas, dueño y señor del cabo. Catesby ap Roger Jones, oficial ejecutivo del herido Buchanan, asumió el mando y se enfrentó a una nueva amenaza en la tarde de ese 9 de marzo. Otros tres veleros de la Unión, el «USS Roanoke»el «USS St. Lawrence» y el «USS Minnesota», trataron de sumarse a la lucha procedentes de dos fuertes cercanos. Sin embargo, quedaron encallados en el peor momento, lo que aprovechó el acorazado para bombardear a estas fragatas a distancia.

«Una tapa de barril flotante»
Al amanecer del día siguiente, el «Virginia» y varios barcos confederados de apoyo se percataron de que una de las fragata de la Unión aún seguía encallada donde la noche anterior. Estaba el acorazado a punto de destruir el «USS Minnesota» inmóvil, luego de impactarle dos obuses de lleno, cuando la llegada de un invitado inesperado puso fin a la marcha imperial del destartalado «ironclad». El ingeniero jefe del «Virginia» describiría la irrupción del «USS Monitor», un precario acorazado de la Unión, como «una tapa de barril flotante con una caja de queso encima [...] y audazmente nos hizo frente».

[Imagen: uss-monitor-large-56a61c385f9b58b7d0dff705.jpg]

El «USS Monitor» era un acorazado de menor tamaño, menos blindaje y una artillería más limitada que su rival, pero su mayor velocidad y su innovador diseño, a cargo del inventor sueco-norteamericano John Ericsson, le hacían un enemigo rocoso. Si el acorazado confederado tenía su punto fuerte en su blindaje, el original diseño del «ironclad» le daba una fortaleza casi indestructible. Virtualmente estaba sumergido en el agua, pues solo su torreta giratoria –equipada con un cañón dahlgren de ánima lisa de 11 pulgadas– y la cabina del piloto sobresalían de la cubierta. En este sentido, la torreta tenía 20 centímetros de blindaje de hierro, más que el blindaje de su rival, y su giro a vapor ofrecía una puntería asombrosa para unos proyectiles capaces de traspasar las placas de metal del acorazado confederado. El oficial al frente del «USS Monitor», el teniente John Lorimer Worden, era tan intrépido como el diseño de la nave, descrita por uno de sus oficiales como «la más extraña que jamás había visto».

Cuando se produjo el inesperado choque entre el «USS Monitor» y el «Virginia»el acorazado de la Unión pagó a su némesis con la misma moneda que este había empleado contra los barcos de madera. Los sudistas iban equipados con proyectiles y balas rojas en previsión a luchar contra veleros, no contra acorazados, por lo que todos sus disparos a distancia fracasaron incluso cuando apuntaron a las portezuelas de sus cañones, como el día anterior habían hecho contra él. Y si sus enemigos al menos habían destrozado sus portezuelas, en el caso de los disparos al «USS Monitor» se logró poco, pues la torreta giratoria se movía demasiado rápido. La otra baza ofensiva del barco confederado, placar con su espolón, resultó también imposible, dada la mayor velocidad del «Monitor».

[Imagen: THE_CSS_VIRGINIA_AND_THE_USS_MONITOR_reg.jpg]


No obstante, en el interior de el «Monitor» también se vivieron problemas derivados de utilizar tecnología experimental en un combate real, como relata Sumner Beese en su texto «CS Ironclad Virginia y US Ironclad Monitor» (1996). El sistema de giro de la torreta no funcionó bien debido a que el agua oxidó el mecanismo y, además, la comunicación entre la cabina del piloto y la torreta también supuso un problema a la hora de acertar en su potente pero único disparo.
La llegada del acorazado confederado salvó al encallado «Minnesota» de ser hundido, no así de un remolcador que acudió a ayudarlo y recibió un disparo en la caldera que resultó crítico. Pero lo que no logró fue penetrar en la gruesa piel del «Virginia», ni siquiera cuando una fuga de agua –provocada por la rotura el día de antes del espolón– afectó a sus motores y le inmovilizó durante varias horas. Para cuando pudo liberarse el «ironclad» confederado, Roger Jonesordenó embestir al «Monitor», al cual golpeó de refilón, en una maniobra kamikaze que dejaron más dañado aún los motores del «Virginia».

[Imagen: Grand-March-1.jpg]

El final de una breve rivalidad
Al igual que en una pelea entre topos, los dos acorazados siguieron disparándose sin acierto varias horas más. En un momento dado fue el propio «Monitor» quien cargó contra la hélice del «Virginia» y también falló. Lejos de su objetivo, el acorazado de la Unión quedó a merced de los cañones confederados y sufrió un disparo a bocajarro en la cabina del piloto, justo cuando Worden miraba desde dentro. El teniente al mando de la nave quedó cegado y tuvo que delegar el mando, en un momento de indecisión que hubiera bastado al «Virginia» para tomar definitivamente a su presa original, el «Minesota», sino fuera por el cambio de mareas. El pesado acorazado puso rumbo al río Elizabeth sin haber acabado su propósito. El reemplazo de Worden decidió no seguirle.
El empate entre ambos acorazados favoreció, a nivel general, al «Virginia», pues había tomado a esas alturas con bastante facilidad Hampton Roads y barrido del cabo a las fragatas de madera que allí se encontraban. Su maniobra, además, retrasó las operaciones que el general de la Unión George Brinton McClellan llevaba a cabo en tierra y contribuyeron a su posterior derrota. Con muy poco los confederados infligieron un alto daño en la flota enemiga. Otra cosa es que el «Monitor» se revelara como una suerte de kriptonita para aquel acorazado que la Marina sudista había estimado decisivo. Mientras existieran ambos, ninguno de los dos bandos podrían cobrar ventaja en lo que a lucha acorazada se refería. Cada uno retrataba mejor que nada los puntos fuertes de cada bando: el ingenio y la modernidad de los unionistas; frente al aprovechamiento de los recursos sudistas.
No en vano, ninguno de los dos sobrevivió a 1862. El «Virginia» sería hundido por su propia tripulación en mayo de ese año, con el fin de evitar que cayera en manos enemigas cuando se perdió la ciudad de Norfolk. Su enorme calado, inadecuado para la navegación del río James, forzó esta decisión. Y en el caso de su némesis norteño, el «Monitor», pereció a causa de una tormenta el 31 de diciembre en el cabo Hatteras.
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¡Muy interesante artículo!
 
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EL PILOTO JAPONES NOBUO FUJITA DESPEGA CON SU AVIÓN DESDE UN SUBMARINO Y LANZA BOMBAS INCENDIARIAS SOBRE LOS BOSQUES DE OREGÓN

[Imagen: redwoods_nobuo_fujita_2.jpg]

Tal día como hoy, pero de 1942, el sargento especialista y aviador de la Armada Imperial japonesa Nobuo Fujita, de 31 años, despega desde un avión en la cubierta de un submarino que ha navegado desde Japón hasta la costa oeste de EE.UU., con el objetivo de incendiar los grandes bosques del parque nacional del monte Emily, en Oregón mediante el uso de bombas incendiarias, como respuesta al osado bombardeo de Tokio por los B-25 de James Doolittle en abril pasado. Tras volar entre la neblina y lanzar sobre un denso bosque la primera de las seis bombas de 76 kilos, que al detonar dispersan 520 bolitas incendiarias en un área de unos 90 metros cuadrados, ve el brillo de la explosión y llamas. Pensando que la misión ha sido un éxito, regresa al submarino. La realidad es que sólo quema 7 árboles porque ha llovido y los bosques están húmedos. El día 29, Fujita volverá a atacar, esta vez de noche, con idéntico resultado, aunque de vuelta al sumergible, estará convencido de haber provocado un buen incendio por lo que pondrán rumbo de vuelta a Japón

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Roosevelt no podía quitarse de la cabeza como devolver a los japoneses el ataque recibido y en su propio territorio, pero tan solo cuatro meses después, 16 bombarderos B-25 lograron lanzar sus bombas sobre Tokyo, aunque sólo 16 toneladas lograron impactar en la capital, produciendo relativamente pocos daños. Pero el daño moral fue enorme y la sensación de invulnerabilidad desapareció por completo. Además la hazaña de Doolittle, jefe de la escuadra, les hizo ver a los japoneses que quizás la guerra no se iba a ganar tan fácilmente.


Pero los militares y políticos japoneses tomaron nota del daño moral que produjo en la población ver sobrevolar aviones americanos y decidieron pagarles con la misma moneda. El problema era que no podían acercase con un portaaviones a las costas americanas sin correr el grandísimo riesgo de que fuera hundido. Así que si el único barco que se podía acercar los suficiente era un submarino: ¿por qué no llevar un avión transportado en un submarino?.


De modo que se decidió mandar un submarino con un pequeño hidroavión y se montó una catapulta para darle el impulso necesario.
Sólo faltaba el piloto y el elegido fue Nobuo Fujita, que tuvo el honor de ser el primero en bombardear territorio americano, hazaña que nadie volvería a repetir hasta el 11-S
El 15 de Agosto de 1942 empezó el periplo de Fujita, que sin imaginarlo para nada, se extendería mucho más allá del propio final de la guerra. Durante casi un mes, Fujita y su avión se embarcaron en un submarino I- 25 japonés y recorrieron miles de millas por el Oceano Pacífico hasta acercarse a las costas norteamericanas.


[Imagen: I_19_SUBMARINE_KIT.JPG.jpeg]

Finalmente, la mañana del 9 de septiembre de 1942 el sargento especialista y aviador de la Armada Imperial japonesa trepaba a la carlinga de su aeroplano, con cierta dificultad, pues ceñía una espada de samurái y era muy consciente de que estaba haciendo historia.
Era una operación arriesgada: hacer despegar un avión desde la cubierta de un submarino tras haber navegado desde Japón hasta la costa oeste de EE UU y sobrevolar en solitario 80 kilómetros de territorio enemigo hasta los grandes bosques del parque nacional del monte Emily. Iba a ser una respuesta al osado bombardeo de Tokio por los B-52 de Jimmy Doolittle en abril. El plan, basado en el uso agresivo de la aviación embarcada en submarinos (los japoneses eran los únicos que disponían de esa innovación: un total de 41 de sus sumergibles portaban hidroaviones desmontados y estibados en un hangar a tal efecto), lo había ideado el propio Fujita en su tiempo libre, aunque su proyecto original era atacar el canal de Panamá. El joven aviador se quedó de una pieza cuando en julio de 1942 fue requerido por el cuartel general de la Armada para una reunión secreta en torno a su plan en la que estaba presente nada menos que el príncipe Takamatsu, el hermano pequeño de la Sagrada Grulla, el emperador Hiro Hito, "Fujita, vamos a enviarle a bombardear el continente americano", le dijeron. A lo que el piloto contestó doblándose por la cintura con un lacónico y marcial: "¡Hai!".


Nacido en 1911, Nobuo Fujita, pequeño y nervudo, se alistó en la Armada Imperial en 1932 y, prendado de los aeroplanos y de la mística del vuelo como muchos otros jóvenes de la época, consiguió hacerse aviador de la marina, un destino entonces exclusivísimo, una pequeña hermandad de pilotos de élite que por un tiempo reinaron en los cielos de Asia. Fujita fue piloto de pruebas, y parece que excelente, todo un natural flyer, y luego lo enviaron no a portaaviones, sino a submarinos -un destino extravagante para un aviador en cualquier otra armada-. 


Embarcado en el I-25 durante la II Guerra Mundial, vivió aventuras sin cuento realizando atrevidos vuelos de reconocimiento desde el sumergible con su aparato, en puro estilo de vuelo nocturno, orientándose por la luz de los faros costeros (incluso voló sobre los puertos de Sidney, Melbourne y Auckland). Su aeroplano era el pequeño hidroavión Yokosuka E14Y (denominado Glenn por los aliados), que se lanzaba desde una rampa en cubierta y que los operarios montaban en una hora. Su velocidad de crucero era de 135 kilómetros por hora, tenía una autonomía de cinco horas y, por toda defensa, una ametralladora de 7,7 milímetros.

[Imagen: E14Y-Fujita.jpg]

Aquel 9-S en la costa de Estados Unidos, tras colocarse las antiparras típicas de los pilotos japoneses en forma de ojos de gato, despegar con el buen augurio del sol naciente que se espejeaba en sus alas y escuchar los "¡banzai!" de rigor de la tripulación del I-25, Fujita y su observador, Shoji Okuda (que moriría posteriormente durante la guerra), volaron entre neblina y lanzaron sobre un denso bosque la primera de las seis bombas de 76 kilos, que dispersaban al detonar 520 bolitas incendiarias en un área de 90 metros cuadrados. Vieron el brillo de la explosión y llamas. Vecinos del pueblecito de Brookings y guardabosques siguieron con lógica preocupación las evoluciones del avioncito japonés, y se dio la alarma, incluso al FBI. 


Los fuegos se extinguieron por sí mismos. Fujita volvió a atacar el día 29, esta vez de noche, con el mismo resultado. De regreso al sumergible, salieron por piernas convencidos de que habían montado u buen lío, lo cual, dicho sea de paso, parece ser que era el único fin perseguido por el alto mando japonés.

EL RETORNO DE FUJITA
Después de la guerra Fujita se convirtió en un hombre de negocios y en 1962 se produjo un hecho curioso: los habitantes de Brookings invitaron a Fujita a una visita oficial.
Fujita quedó sorprendido por la cordialidad que recibió en su visita y fue tal su agradecimiento que donó su espada sanurai al pueblo, pese a ser un recuerdo familiar.
Sus palabras fueron: “el modo más noble que tiene un samurai de desear paz y amistada es entregar su espada a su antiguo enemigo.
La espada fue colocada en el despacho del alcalde de la localidad, donde sigue en la actualidad.


[Imagen: mccash-fujita-sword-1962-1800.jpg]

En 1990 regresó a Brookings con su nieta. Fue la última vez que acudió.
En 1997 Fujita fallecía a los 85 años de edad, siendo despedido con todos los honores en Japón donde quedaron la mitad de sus cenizas; la otra mitad se esparció por los bosques de Brookings desde un hidroavión
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Mi victoria fue salir vivo de Belchite
  • Joaquín, 97 años, es memoria aún viva de la Guerra Civil
  • Combatió en el bando franquista y su hermano, a unos kilómetros, en el republicano
  • 'No le deseo la guerra a nadie'
  • Crónica revela su diario ("No fue un sueño") del sitio y la batalla de Belchite

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Joaquín, camino de los 98 años, con su uniforme militar y diversas condecoraciones de guerra. JESÚS DOMINGUEZ

EDUARDO DEL CAMPO
Actualizado: 30/03/2014 09:28 horas
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Joaquín Moreno Miranda, que el 16 de agosto cumplirá 98 años, se levanta del sillón y se dirige a la biblioteca de su piso de Málaga, con vistas lejanas al mar. Quiere regalarnos el libro que editó para su familia en 2002 con sus recuerdos de la batalla de Belchite. ¡No, no se moleste! Nos había traído un ejemplar hace un minuto. Se le había olvidado. No puede recordar lo sucedido en este instante, pero retiene su juventud con la dolorosa inmediatez de lo ocurrido ayer mismo. Le contamos que este martes 1 de abril se cumplen 75 años del final de la Guerra Civil española. «No se la deseo a nadie», dice con sus ojos claros de nube.

Sus memorias de Belchite, que Crónica divulga por primera vez, se titulan No fue un sueño. Qué más quisiera él que lo hubiera sido. «La guerra civil es terrible, inhumana, porque ahí se matan hermanos contra hermanos». Él y su hermano mayor, Luis, podrían haberse matado sin saberlo. Joaquín se alistó voluntario en el bando sublevado, mientras que Luis hizo la guerra en el bando rojo porque le cogió haciendo la mili en Barcelona.
Un día Luis estuvo en el pueblo de Azuara, a pocos kilómetros de donde Joaquín, al otro lado del frente, resistía el avance republicano hacia Zaragoza. Se calcula que en 14 días del sitio de Belchite, del 25 de agosto al 7 de septiembre de 1937, murieron 5.000 personas de ambos bandos. De los 3.000 nacionales de la guarnición, más 2.000 civiles, sólo escaparon unos pocos. Él fue uno de ellos.


 No fue un sueño.
«...La guerra ha terminado», recita Joaquín Moreno el final del parte de la victoria franquista. Le cogió en la recién ocupada Valencia, como teniente de un tabor de tropas marroquíes del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas Alhucemas nº 5 de Melilla. Había sobrevivido a las batallas de Belchite, Teruel y el Ebro, herido por lo menos tres veces. Le ayudó la suerte, pero también las ganas de vivir y su buen humor, como el que exhibe al levantar dos dedos ante el fotógrafo: una V que para él no es la de la Victoria sino la de estar Vivo. Haber salido vivo de Belchite.


Nació en 1916 en el pueblo riojano de Aldeanueva del Ebro, tierra de su madre, Justa, pero se crió en Zaragoza, donde su padre, Narciso, era obrero ferroviario. Con 12 años lo pusieron a trabajar en una tienda de loza usando la identidad falsa de su hermano Luis, de 14. De noche, estudiaba Comercio. Vivían en el barrio obrero de San José, «con muchos anarquistas». Él, como su padre, era católico practicante y dice que por eso se alistó en la 2ª Bandera de la Falange en Zaragoza cuando el golpe del Movimiento Nacional. Tenía 20 años.


En sus memorias, donde se oculta bajo el seudónimo de Lucas, recuerda la tranquilidad inicial en las trincheras, «esperando ilusionados en este maldito juego de la contienda salir incólumes y poder contar algún día a sus nietos que ellos habían estado en una guerra». La falsa paz del frente de Aragón acaba con la ofensiva para tomar Zaragoza. En su camino, el ejército republicano sitia Belchite. Sin apenas agua, quedan aislados en el centro del pueblo, luchando casa por casa entre el hedor de los cadáveres que se pudren bajo un sol asfixiante.


Cuenta en sus memorias que el 29 de agosto su amigo Dionisio se ofrece voluntario para recoger víveres que ha lanzado un avión propio.
«Dionisio llega hasta uno de los bultos e intenta enseguida regresar con él. Al incorporarse un poco, una ráfaga de ametralladoras le hiere y a pesar de ello, se arrastra sin soltar su presa. Avanza lentamente, pero unos pasos más adelante, queda inerte junto al envase que traía. Unas ráfagas posteriores hacen rebotar su cuerpo, pero ya al bueno de Dionisio no le importa ninguna».
Ese mismo día hieren a Joaquín (Lucas en el relato).


Lleno de heridas
«El enemigo se ha infiltrado lentamente entre las ruinas e intenta ocupar lo que resta de una casa medio derruida, cerca de la calle Mayor, pero que por su situación puede batir fácilmente el edificio donde se halla la Comandancia. Hay que ir a desalojarlos. Y allí va Lucas con dos compañeros. Entrando por la parte trasera les atacan con bombas de mano (...). Pero la sorpresa y las bajas que les producen les obligan a desalojar a toda prisa las ruinas.


De resultas de la refriega, Lucas ha sido herido en la mano izquierda, espalda y pierna derecha (...)».
Lo curan y sigue combatiendo. Escribe del 1 de septiembre: «En una pared, milagrosamente en pie y en el hueco de lo que fue un balcón, allí, colgado como una piltrafa, con la cara desprendida, los ojos fuera de las órbitas, está lo que queda de su buen amigo Fernando. Lo reconoce pero a pesar de todo Lucas tiene que seguir, no es posible detenerse para recoger los restos de su buen compañero (...). Y continúa la guerra creando víctimas. No importa del bando que sean».


Del 2 de septiembre, anota: «Al caer la tarde, Lucas penetra en una casa medio derruida. Busca agua. Y cuando husmea entre los escombros, le parece oír unos tenues quejidos. Entre las sombras ve un cuerpo caído. Por el uniforme observa que es enemigo y que parece pedir ayuda. Lucas intenta incorporarlo. Le ofrece de su cantimplora un poco de agua, que aquél bebe con ansia. Pero al instante dobla la cabeza y queda exangüe. A Lucas parece humedecérsele los ojos, deja el cuerpo suavemente en el suelo y sale precipitadamente al exterior, donde continúa la danza trágica del combate fratricida».


El 3 de septiembre. «Un soldado gallego, amigo de Lucas, agradable y simpático, ha quedado como un pelele clavado en la pared, sujeto por un grueso trozo de metralla del tubo del mortero que le ha atravesado la cabeza. Varios cadáveres rodean la base del arma, entre ellos el del alcalde, Ramón Alfonso Trallero. Y a Lucas no le quedan ni lágrimas para expresar su dolor».


El 5 de septiembre los sitiados reciben por radio la orden de huir. Se agrupan en la plaza de la Comandancia unas 550 personas, entre mujeres, civiles y militares, dispuestos a intentar romper el cerco. Tras cuatro intentos frustrados, los supervivientes se lanzan por el camino de la vieja cárcel. «Como posesos, lanzando bombas de mano de las que les quedan de las suministradas por la aviación, se logra asaltar el primer parapeto y se llega a la calle San Juan (...).


Lucas no se ha separado de su Comandante [Joaquín de Santa Pau], y al saltar el último obstáculo y caer en una especie de regata seca de la acequia Becú, oye que le grita: "¡¡Cuidado!!". Una ráfaga de ametralladora rompe el silencio, al tiempo que como un relámpago frío de muerte parece azotar el rostro de Lucas, que por otra parte cree adivinar, más que ver, la penumbra verdosa de los olivos cercanos. Y corre, corre, a guarecerse entre ellos».


En la escapada, muere su amigo Paco y el jefe Santa Pau. De su cuadrilla, sólo quedan Álvaro y él. El grupo camina campo a través en medio de la noche sin luna en busca de sus líneas. Están extenuados, heridos y sedientos. Álvaro le deja un monedero para que lo use de recipiente. «A duras penas mea unas gotas que en seguida se las echa en la boca con fruición. El sabor es desagradable pero percibe que le ha servido para aliviar un poco la sequedad que le ahogaba».
Al alba encuentran un pozo de agua corrompida y pestilente que les sabe a vida. Allí les rodean unos soldados. «No sabía si eran rojos o azules. Le dije a uno que se acercaba, ¿de dónde eres?, y él dice, "¡De Burgos!". No se me olvida».


Le enseñamos un listado histórico con los nombres de 170 fusilados en los días posteriores, defensores de Belchite. Hay jornaleros, militares, un juez, una ama de casa. Vecinos de la zona. Mira la lista. «Yo tuve mucha suerte».
Franco alimentó la leyenda y trató como héroes a los resistentes de Belchite. Recuerda que su amigo Álvarez Franco y él escribieron «con mucha cara» una carta al Generalísimo exponiéndole que eran supervivientes del asedio y que querían estudiar para sargento pero no les dejaban. «A los 15 días vino a buscarnos un coche del Estado Mayor y nos llevaron a la academia de Jerez de la Frontera. Yo saqué el número 1 y mi amigo el 2».


Como sargento y luego teniente, destinado a los Regulares de Melilla combatió en las batallas de Teruel y el Ebro, en Gandesa. Enseña una cicatriz en la muñeca izquierda y cuenta que una bala enemiga se la atravesó. En otro incidente, una esquirla le hirió el ojo izquierdo, que lagrimea más desde entonces. A su hermano Luis lo reencontró tras la guerra por mediación de la Cruz Roja Internacional. Fue a buscarlo a la estación de Vitoria a su regreso en tren desde Francia. No sufrió represalias. Seguro que ayudó mucho que quien fue a recoger al vencido vistiera uniforme de oficial del bando vencedor.


Las tropas franquistas recuperaron el «pueblo mártir» en la ofensiva del 10 de marzo de 1938. Volvió poco después, para rescatar objetos que había escondido, y luego hacia 1960, con sus hijos, visita de la que conserva las fotos que hizo. Franco ordenó dejar el pueblo en ruinas como recuerdo de la guerra y ejemplo propagandístico de la ferocidad de las «hordas rojas». Presos republicanos usados como esclavos construyeron al lado un nuevo Belchite. Pasado el tiempo, las ruinas, agravadas por la erosión y el abandono, han cobrado un valor testimonial desnudo de reivindicaciones sectarias. El veterano dedica sus memorias a todos los que murieron allí.


La muerte de Isabel
«Hay que ver el ángulo más bonito en la fealdad de la vida. La noche es oscura, pero también amanece», aconseja esta tarde a sus visitantes. Aunque confiesa que la reciente muerte de Isabel, en diciembre, tras 74 años juntos, lo ha golpeado como la peor herida de guerra. «Eso me ha matado. La añoro. Me he quedado vacío». Enseguida repite que ha sido afortunado. Tiene dos hijos y una hija, 11 nietos, seis bisnietos. Tras la guerra, continuó la carrera castrense, pero en la administración, como capitán de Oficinas Militares. En Melilla conoció a Isabel, cerca del cuartel de sus Regulares en Segangán, protectorado español de Marruecos. Se retiró en Málaga como comandante.


Su conciencia está tranquila. «He disparado mucho, pero tengo la satisfacción de no haber cazado a nadie. No me he recreado en matar». Recuerda a un brigadista belga preso al que dio de comer, o a varios maquis en la posguerra a los que dejó escapar con un «Anda, vete, vete, vete a tu pueblo». «He sido un hombre de paz. Me ha gustado ser hombre antes que militar. No he tenido enemigos. Al revés, he tenido más amigos de izquierda que de derecha. He sido un militar demócrata, liberal (...). No se puede llegar al extremismo de matar a otro señor porque piense diferente a ti».


¿Teme que pueda repetirse? «No creo que vuelva a haber una guerra civil, la gente es más sensata». Y preguntado por los familiares que aún buscan, 75 años después, a miles de fusilados republicanos que siguen desaparecidos, responde que es «lógico» que el Estado les ayude a identificar los restos. «Hay que facilitarles saber el final de sus familiares. Que sepan dónde están».
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Que impresionante testimonio. Excelente aporte
 
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