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Tambien es historia militar
De cómo la URSS liquidó al camarada Beria, el torturador favorito de Stalin
El 26 de junio de 1953 fue detenido, por «manejos criminales a favor del capitalismo extranjero», tras una reunión en el Kremlin con Nikita Khruschev y el mariscal Georgi Zhukov, héroe de la Segunda Guerra Mundial. Su ejecución está envuelta en la máxima oscuridad soviética
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]CÉSAR CERVERA
@C_Cervera_M

[Imagen: lavrentiy-beria_3-t.jpg]

Para definir la labor de Lavrenti Beria en la URSS lo más sencillo sería decir que era para Stalin lo que Himmler para Hitler, esto es, la figura más oscura de un régimen de por sí opaco. El propio Stalin así se lo aseguró a Roosevelt en la Conferencia de Yalta. Tal vez por eso ni uno ni otro sobrevivieron mucho tiempo a la muerte de sus sangrientos «benefactores». Tras la muerte de Stalin en 1953, quedó sellada la suerte de Beria, comisario del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) durante 15 años y torturador favorito del dictador. Irónicamente, el último gran proceso estalinista le tuvo a él como víctima.
Georgiano como Stalin, el rápido ascenso de Beria dentro del Partido Comunista se explica por su afinidad con el todopoderoso dictador y por sus discretos encantos. Como oficial de la Checa en Georgia, ayudó a reprimir los levantamientos de los mencheviques georgianos, entre 1920 y 1924; y participó en la ejecución de diez mil «enemigos del pueblo» elegidos entre los hombres más destacados del país. Condecorado con la Orden de la Bandera Roja y la jefatura caucásica de la OGPU (la policía política) por su trabajo, era cuestión de tiempo que diera el salto a Moscú.

El político comunista entró en contacto directo con Stalin en diciembre de 1934 durante la fiesta de cumpleaños del líder soviético. El fechazo fue instanáneo.
Georgia, el nexo entre los represores'

La Gran Purga, que vivió su momento álgido en torno a 1934, sirvió a Stalin para que cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético, socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos, juzgados y, finalmente, desterrados, encarcelados o ejecutados en los campos de concentración gulags. A Beria, por su parte, la política de terror le sirvió para saldar cuentas con los disidentes georgianos y demostrar en la región de Transcaucasia que podía ser un excelente asesino. En junio de 1937 declararía en un discurso dirigido a sus compatriotas:

«Que nuestros enemigos sepan que cualquiera que levante la mano contra la voluntad del pueblo, y contra la voluntad del Partido de Lenin y Stalin, será aplastado y destruido sin misericordia».
[Imagen: lavrentiy-Beria-kloH--220x220@abc.jpg]
Fotografía de Beria, al inicio de su carrera política

La Purga permitió a Beria poner sobre la mesa su siniestro talento y, por razones obvias, dejó numerosas oportunidades políticas en forma de puestos vacantes. En 1938, Stalin colocó al georgiano al frente de la policía política de la URSS, la NKVD, la encargada de perseguir la disidencia. Su antecesor, Nikolái Yezhov, había conducido a la muerte a cientos de miles de rusos y había conducido la purga a una fase fuera de control. Poco después de abandonar el puesto, él mismo fue purgado.

En un cargo con una corta esperanza de vida, Beria se convirtió con intrigas y adulación en el torturador favorito y más longevo de Stalin. Y no lo hizo solo. La llegada de Beria al NKVD coincidió con la enésima purga dentro de este organismo y en el Ejército Rojo, hasta completar los puestos ejecutivos con personajes, a cada cual más tenebroso, provenientes sobre todo del Cáucaso.

Si bien la etapa de Beria al frente de la NKVD disminuyó la persecución interna (liberó a 100.000 personas de los campos de concentración), las purgas en las poblaciones contra los polacos, los rutenios (ciudadanos de Ucrania occidental), los moldavos, los lituanos, los letones y los estonios se dispararon con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1940 y 1941, unos 170.000 habitantes de países bálticos fueron enviados a campos soviéticos.
En años posteriores, la deportación alcanzó hasta al 10% de la población de las antiguas repúblicas bálticas, unas 250.000 personas, incluidos funcionarios e intelectuales.

Asimismo, la masacre de Katyn inauguró en 1940 el desmantelamiento de toda la estructura nacional polaca. Cuatro millones de polacos de la parte que anexionó Stalin fueron consignados a Gulag, de los que apenas uno de cada tres sobrevivió para ser repatriado tras la muerte de Stalin. Beria fue el artífice de este silencioso desmantelamiento de Polonia.

Cada división de infantería contaba con una compañía del NKVD, que asesinaba allí misma a los soldados que no se mostraran lo suficientemente patrióticos

Otra de sus tareas en la Segunda Guerra Mundial fue la de velar porque se ejecutara correctamente la Orden 227 de Stalin, la que planteaba que los comandantes y soldados soviéticos que durante la batalla escaparan a la retaguardia fueran considerados desertores intencionados y traidores a su país. Cada división de infantería contaba con una compañía del NKVD, que asesinaba allí mismo a los soldados que no se mostraran lo suficientemente patrióticos. Además estos agentes debían vigilar a la tropa para sorprender cualquier actitud derrotista, o comentarios que pudiesen minar la moral.
 
En vísperas de la Guerra Fría, Beria desplegó la red de espionaje soviética e incluso supervisó en persona el Proyecto soviético de la bomba atómica. A su etapa al frente de la operación, cuya información se valió de datos filtrados del programa nuclear de los Estados Unidos, se le debe que la Unión Soviética dispusiera de su propia bomba en 1949. En lo referido a la carrera por conquistar el espacio se le atribuye la creación del principal centro educativo y científico soviético en Siberia para impulsar el envío del primer hombre más allá de la atmósfera.

La minuciosa labor de georgiano al frente de la NKVD fue premiada con una serie de cargos políticos. En marzo de 1939, empezó a ejercer como miembro no oficial del Politburó y, dos años después, fue designado Comisario General de la Seguridad Estatal, el rango más alto dentro de la policía soviética. También ostentó los cargos de ministro del Interior (1942) y vicepresidente del Gobierno (1946). Pero, como todo lo que sube usando sangre, también puede bajar pagando el mismo precio.

El final de Stalin es el ocaso de Beria
Cuando Stalin dio los primero síntomas de debilidad física sus subordinados iniciaron una guerra subterránea para situarse en la primera línea de sucesión. La camarilla formada por los líderes comunistas en Leningrado escenificó el aumento de su influencia en la ofensiva contra el Comité Judío Antifascista de 1946, cuando prominentes judíos cercanos a Beria fueron arrestados.

Del mismo modo la purga desencadenada en 1951 contra los partidarios de Beria en Georgia estuvo destinada a recortar su poder antes de lanzarse contra la cabeza pensante. Dos pruebas de que, probablemente, el propio Stalin había retirado su favor a la vieja guardia bolchevique y a su querido camarada, a quien la esposa del dictador odiaba por su fama de violador y degenerado. Entre la difamación y la realidad, se cuenta que gustaba de pasearse en su coche oficial para secuestrar jóvenes al azar en plena calle y luego forzarlas.

[Imagen: beria-funeral-kloH--510x349@abc.JPG]
Imagen los grandes líderes soviéticos en el funeral de Stalin

El 13 de enero de 1953 se inició una persecución contra doctores estatales, en su mayoría judíos, acusados de intentar envenenar a varios líderes soviéticos, entre ellos Stalin, en lo que sería llamado el «Complot de los Médicos». Como consecuencia 37 doctores, 17 de ellos judíos fueron arrestados, mientras que la paranoia antisemita se extendió por todo el país. A finales de enero de 1953, el secretario privado de Stalin desapareció sin dejar rastro y, el 15 de febrero, el jefe de sus guardaespaldas fue ejecutado bajo extrañas circunstancias. Todo apuntaba a que una nueva gran purga estaba en curso, con Beria en la diana, cuando el derrumbe físico de Stalin paró la bala.

La noche del 28 de febrero de 1953, Josef Stalin celebró una reunión en Kúntsevo con su círculo de hombres de confianza, entre ellos Beria. En dicho encuentro los invitados vieron una película y se retiraron a altas horas de la madrugada. El dictador sufrió lo que aparentemente fue una embolia antes de acostarse. Una vez descubierto al dictador tendido sobre el suelo de su habitación, Lavrenti Beria fue el primero en asistirle, pero lo hizo al parecer con cierta parsimonia. Proclama la leyenda negra que no convocó a los doctores hasta pasadas 24 horas del ataque, lo que unido a otros movimientos sospechosos llevó a Nikita Jrushchov a afirmar en sus memorias que el georgiano envenenó a Stalin. El propio Beria habría presumido más tarde ante Vyacheslav Molotov de que: «¡Yo me lo cargué! ¡Os salvé a todos la vida!».

«¡Camaradas, qué hora tan maravillosa! ¡Somos libres!, por fin ha muerto el tirano»

Pero el que Beria fuera o no el asesino no quita que se mostrara más que satisfecho con la muerte del dictador. Según el testimonio de Panteleimon Ponomarenko, embajador en Polonia, cuando todos creyeron que Stalin había fallecido, «de pronto Beria se puso a gritar en tono alborozado: “¡Camaradas, qué hora tan maravillosa! ¡Somos libres!, por fin ha muerto el tirano.”
De repente vimos que Stalin abría un ojo. Beria cayó de rodillas llorando y pidió perdón en medio de una crisis de histeria. “Querido Iosip, usted sabe lo fiel que le he sido. Créame, volveré a serle fiel de nuevo.” Stalin no pronunció una palabra, lentamente cerró un ojo y I luego el otro».

Un conjura al estilo romano
Beria apenas aguantó seis meses como hombre fuerte del nuevo régimen, a pesar de presentarse como un reformador y un partidario de finiquitar el aparato estalinista. La primera de estas reformas limitó los poderes de la Policía política para acabar con la autonomía que había gozado en la época estalinista. Aprovechando la reorganización, el ministerio de Seguridad del Estado fue fusionado con el del Interior y Beria colocado al frente del nuevo departamento; mientras Gueorgui Malenkov, sucesor oficial de Stalin, se hacía cargo de la presidencia del Consejo de Ministros.

En esas mismas fechas, además, fueron liberados y rehabilitados los médicos del Kremlin perseguidos, a lo que Beria anunció que el «Complot de los médicos» había sido un engaño y que las confesiones de los acusados habían sido arrancadas mediante tortura. Claro que aquello era lo que él llevaba haciendo 15 años.

[Imagen: stalin-portada-kloH-U213595872172z5H-220x310@abc.JPG]
Portada de ABC anunciando la muerte de Stalin

Sus enemigos se valieron de un levantamiento anticomunista obrero en Alemania Oriental, en junio de 1953, para desalojarlo del cargo. El 26 de junio fue detenido, por «manejos criminales a favor del capitalismo extranjero», tras una reunión en el Kremlin con Nikita Khruschev y el mariscal Georgi Zhukov, héroe de la Segunda Guerra Mundial. En medio de este Presidium, Khruschev tomó la palabra en una intervención que estaba fuera del orden del día para acusar al georgiano de estar en nómina de la inteligencia británica. Aturdido por la emboscada, Beria preguntó a Khruschev: «¿Qué está pasando, Nikita?».

Malenkov, hasta entonces aliado del georgiano, temió que Beria fuera a escapar de la sala y presionó un botón secreto en su escritorio para que un grupo de militares armados entrara a arrestrarle. El superministro contaba con la fidelidad de buena parte de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado, por eso los conspiradores tuvieron que esperar hasta la noche para sacar a Beria escondido en un baúl del Kremlin. Mientras tanto, tropas regulares del Ejército Rojo fueron trasladadas a Moscú para sustituir a las unidades del Ministerio del Interior, fieles al georgiano, en caso de que trataran de liberarle.

En la hipótesis opuesta, el hijo del «Himmler» soviético sostuvo siempre que su padre fue ejecutado el mismo día que le apresaron en el Kremlin

La Corte Suprema condenó a muerte a Beria en una causa que abarcó 50 tomos, de modo que el 23 de diciembre fue ejecutado con un disparo en la frente. Según la esposa del teniente general encargado de ejecutar la sentencia, Beria pidió misericordia de rodillas: «Esto ofendió a mi marido, ya que no era esta una gracia que había mostrado a los demás, y no podía esperar ahora que la tuviesen con él». Beria y su camarilla de incondicionales fueron ejecutado en el último de los grandes procesos estalinistas, poco antes de que se cumpliera el primer aniversario de la muerte de Stalin.

O al menos eso sostiene la versión oficial. Lo cierto es que se sabe poco de las circunstancias de su muerte y no faltaron teorías que situaron a Beria en distintos puntos del globo dando esquinazo al sistema de espionaje que contribuyó a crear. Al igual que Hitler, muchos conspiranoicos aún creen que se refugió en Sudamérica a vivir y morir en silencio sus últimos años.

En la hipótesis opuesta, el hijo del «Himmler» soviético sostuvo siempre que su padre fue ejecutado el mismo día que le apresaron en el Kremlin. Antes de morir en 2000, Sergo Beria Lavrentevich escribió un libro justificando la actuación de su padre y haciendo responsable de sus crímenes únicamente Stalin. Además, presentó ante el Tribunal Supremo de Rusia una solicitud para la rehabilitación de su padre, alegando que fue víctima de una persecución política, pero fue denegada.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Este articulo viene justo a sumar a la discusion sobre el bombardeo atomico a Hiroshima y Nagasaki, leea por favor el final de la nota

Así pervirtió Japón el código samurái para que miles de sus soldados se inmolaran en la IIGM
ABC HISTORIA recomienda «La Última Isla» (Afronta Editorial), la primera obra publicada por David López Cabia. Autor de libros y artículos de historia bélica, este escritor desvela a ABC los rincones más oscuros de la mente de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial en pleno aniversario del comienzo de la batalla de Okinawa
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]Manuel P. Villatoro
@ABC_HistoriaSeguir
Actualizado:01/04/2018 18:08h8


El fanatismo ha sido una práctica habitual durante la historia militar. Ya en la Hispania de Viriato y Escipión existían unidades celtíberas que -según algunas fuentes clásicas- se inmolaban si su líder caía en batalla. Otro tanto sucedió posteriormente en Constantinopla con la Guardia Varega (un grupo de combatientes que juraban la máxima lealtad al emperador) o, en nuestras tierras, con los almohades (una dinastía bereber que buscaba implantar la versión más radical de la religión musulmana). Sin embargo, hablar de extremismo evoca irremediablemente una imagen que se hizo tristemente popular durante la Segunda Guerra Mundial: la de un caza japonés lanzándose de bruces contra un buque aliado para gloria de su emperador.

La pequeña pantalla ha hecho que esta sea la instantánea que nace en nuestra mente al hablar de fanatismo. La de los famosos kamikazes (algunos de los cuales recibían solo 40 horas de entrenamiento para poner término a su misión). Pero este sacrificio -considerado un orgullo para los pilotos de los cazas nipones- es solo la punta del iceberg del Bushido, un modelo de conducta basado en las antiguas creencias de los guerreros samuráis. Y es que, para esta casta militar la humillación que traía consigo no combatir de forma valerosa en batalla (y ser capturado por ello) era tal que únicamente podía borrarse con el «seppuku»: un suicidio ritualizado con una gran consideración social que permitía al afectado dejar el mundo terrenal con el honor impoluto.

Esta idea se pervirtió hasta tal punto en la Segunda Guerra Mundial que, cuando el Imperio del Sol Naciente empezó a perder terreno ante el gigante estadounidense, se hizo tristemente habitual ver a combatientes nipones inmolarse poniéndose granadas en la cabeza clavándose un cuchillo en las entrañas. Los militares pasaron de la idea medieval de mostrar una ferviente lealtad a un señor, a ser auténticos fanáticos. De combatir con gallardía, a entender el valor como luchar de forma temeraria e irracional. Dicha mentalidad quedó perfectamente representada en la Guerra del Pacífico, el enfrentamiento que se produjo entre Japón y Estados Unidos tras el ataque de Pearl Harbour y que terminó, cuatro años después, con la capitulación del emperador. Y también en la batalla de Okinawa(iniciada el 1 de abril de 1945), donde se quitaron la vida 25.000 nipones.


A su vez, queda plasmada de forma perfecta en «La última isla» (Afronta Editorial). La primera de las dos novelas históricas que el escritor David López Cabia, especializado en la Segunda Guerra Mundial, ha escrito desde que comenzó su carrera como autor. En sus líneas se hacen varias referencias al Bushido, pues en base a dicho código de honor los japoneses defendieron hasta la muerte las islas que los americanos ansiaban conquistar en su camino hacia Japón. Esta obra se adentra además en la Guerra del Pacífico de la mano de dos curiosos personajes ficticios. El primero de ellos es Jack Eames, un marine hastiado de la contienda y poco amante de las balas. Su particular compañero es Kento Saito, un soldado japonés que -desde las primeras páginas- muestra sus dudas sobre la mentalidad nipona y busca sobrevivir al conflicto.
[Imagen: ULTIMA-ISLA-kTvG-U218832380420cE-450x380@abc.jpg]
«La última isla»

Título: «La última isla».

Páginas: 328.

Autor: David López Cabia.

Sinopsis: Okinawa, 1945, la Segunda Guerra Mundial está en su fase final. El Imperio de Japón se desmorona y los marines de Estados Unidos avanzan de isla en isla, dispuestos a llegar hasta Tokio. En este desolador escenario, Jack Eames, un desesperado y hastiado infante de marina estadounidense, y Kento Saito, un soldado japonés dispuesto a burlar a la muerte, luchan por su supervivencia.


Origen y perversión
El Bushido, ese antiguo código en base al que cientos de soldados se dejaron la vida por el emperador, no tiene un origen claro. Más bien debe entenderse como una serie de normas forjadas con diferentes mimbres llegados del budismo, la escuela zen, el confucionismo y el sintoismo. Esta amalgama de ideas dio como resultado un reglamento que mostraba el verdadero camino que debían seguir los samuráis (la élite militar y política de la época) para vivir de forma recta y honorable. Las recopilaciones de estas normas fueron varias, pero destacan dos a lo largo de la historia: la realizada en el XVII por el erudito confuciano Taira Shigesuke (el «Bushido Shoshinshu») y la llevada a cabo en el XIX por Inazo Nitobé, catedrático de la Universidad Imperial de Tokio.
David López Cabia, autor de «La última isla», explica claramente a este diario el origen de dichas normas: «El “bushido” era un código por el cual se regían los samuráis. En el origen de esta guía moral de principios tiene un gran peso la religión, en concreto el budismo zen. Esta serie de preceptos morales establecían cómo debía comportarse todo samurái. La abnegación, la lealtad, el manejo de la espada, la devoción hacia la figura del emperador y el desprecio por una muerte deshonrosa lo eran todo para los guerreros japoneses. El código del Bushido era mucho más que un conjunto de normas, era toda una filosofía de vida. Como su propio nombre indica era un auténtico camino para el guerrero, interiorizar este código era fundamental para ser un hombre de honor».
A pesar de que las reglas de los samuráis descritas por Shigesuke y Nitobé son extensas, se pueden resumir principalmente en una: un samurái luchaba por la defensa de su honor el juramento de lealtad hecho a su emperador. Ya en la presentación del «Bushido Shoshinshu» se determina que un guerrero debía «pensar en la muerte en todo momento, de día y de noche» debido a que toda vida humana es como «el rocío del anochecer y la escarcha del amanecer». Es decir, «frágil y efímera». Según estas creencias, un guerrero tenía que ser consciente de que, tarde o temprano, moriría de una forma u otra. ¿Con qué objetivos? Principalmente, para saber que, en el momento de dejar este mundo, sería recordado por sus «deberes de lealtad y piedad filial».
[Imagen: kamikaze-japones-kTvG-U21883238042sOE-510x600@abc.jpg]
Dos interesantes fotografías de la guerra en aguas del pacífico, en las que pueden contemplarse los efectos del ataque de un avión suicida japonés contra un portaaviones británico- ABC

Por descontado, en esta obra se prima el valor del combatiente. «En el camino del guerrero, tres son las cosas esenciales: lealtadsentido del deber valor», añade Shigesuke en su obra. A su vez, estas creencias cargan contra los «cobardes y derrochadores» («desperdiciar la vida de esa manera es propio de mentes débiles e inmaduras, incapaces de soportar y tolerar nada») y abogan por el respeto al enemigo en batalla. No en vano, en la obra de Nitobé se afirma que la benevolencia, la compasión, el amor, la magnanimidad y la simpatía eran «virtudes supremas, los más altos de todos los atributos del alma humana».

El Bushido de Nitobé, no obstante, hace referencia también al ya mencionado «seppuku». Aunque también critica que se lleve a cabo esta práctica como un acto extremista: «En el “seppuku” normal no hay nada que se parezca al fanatismo, ni a la locura, ni a la excitación: la más absoluta sangre fría era necesaria para su realización». Para el autor, este acto era el más vivo ejemplo de una muerte «racional». Su descripción no deja lugar a equívoco: «No era un simple acto de suicidio. Se trataba de una institución legal y ritual. Invención de la Edad Media, era una práctica por medio de la cual los guerreros podían lavar sus faltas, excusarse de sus errores, evitar la deshonra, salvar a sus amigos o probar su sinceridad. El acto de perder la vida era como una purificación».

Toda esta ideología, no obstante, fue adulterada a mediados del siglo XX. Apenas unos años después de que Nitobé llevase a cabo su recopilación. La época era propicia. No en vano, Japón se había ganado el odio de la comunidad internacional tras ocupar Manchuria en 1931 y entrar en guerra con China siete primaveras después. En ese clima de tensión hacia el Imperio del Sol Naciente se volvió a editar el Bushido como una forma de dar valor a la imagen de Japón. En palabras del historiador Yuki Tanaka, los oficiales nipones comenzaron entonces a tergiversar las enseñanzas de lo samuráis para favorecer que los soldados combatieran hasta la muerte.

[Imagen: soldados-japoneses-kTvG--510x286@abc.jpg]
Soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial- ABC

Así pues, y mientras el ejército de los Estados Unidos se dirigía hacia Japón conquistando isla tras isla, se generalizaron los suicidios entre los japoneses. Se trivializó el «seppuku» de una forma obscena llegando hasta el punto de que no eran pocos los oficiales que se daban muerte por causas tan absurdas como trabarse al declamar alguna de las premisas del Bushido. Y eso los menos sanguinarios, ya que muchos otros solo consintieron matarse después de decapitar «honrosamente» a sus hombres. Tampoco faltaron los soldados que, ante el riesgo de ser capturados (todo un deshonor, según creían) ubicaban una granada activada sobre su cabeza o se abrazaban a ella. Se pasó, como bien explica la autora Iris Chang en su obra «La violación de Nanking», de «lealtad a obediencia ciega» y de «valor a violencia imprudente».

Un ejemplo de estas prácticas quedó patente en la tragedia de Marpi Point (Saipán). Aquel día, según varios autores, se expresó «el horror del Bushido». En esta región, unos 8.000 militares se quitaron la vida ante la presunta deshonra que les suponía ser capturados. Con todo, quizá las peores prácticas llevadas a cabo en nombre del Bushido fueron las vejaciones a prisioneros. Y es que, durante la Segunda Guerra Mundial los nipones entendían que los reos que se habían rendido no merecían ningún respeto por haber faltado a su honor.

[Imagen: kamikaze-ka8E--540x285@abc.jpg]
Los «kamikazes de Okinawa» (Pablo M. Díez)

Entre abril y junio de 1945, ya al final de la contienda, alrededor de 200.000 personas murieron en estas islas situadas al sur del archipiélago nipón durante su conquista por parte del Ejército de Estados Unidos, que sufrió 12.520 bajas. Entre las víctimas japonesas destacan los más de 94.000 civiles que perdieron sus vidas en tan atroz baño de sangre, de los cuales el 25 por ciento optó por suicidarse antes que rendirse ante el enemigo.

Según recuerdan supervivientes como Masahide Ota, que ya tiene 82 años y fue gobernador de Okinawa entre 1990 y 1998, «los soldados japoneses nos dieron dos granadas de mano: una para lanzársela a los americanos y otra para hacerla estallar en nuestras manos antes de caer prisioneros».

De esta manera, las irreductibles tropas del imperio del Sol Naciente querían asegurarse de que la población civil también iba a luchar hasta el final, llegando incluso a sacrificarse para evitar el deshonor de la derrota. No en vano, algunas de las proclamas de aquella época recopiladas por los historiadores instaban a «los soldados y civiles a vivir y morir juntos».

«El Ejército nos dijo que si las mujeres caíamos prisioneras, los americanos iban a violarnos, por lo que no debíamos permitirles que nos capturaran», explicó al periódico local «Ryukyu Shimbun» Sumie Oshiro, que tenía 25 años cuando intentó inmolarse junto a cuatro amigas haciendo detonar una granada. Afortunadamente para ellas, la bomba falló y pudieron vivir no sólo para contarlo, sino también para rechazar los nuevos planes de estudios del Ejecutivo japonés.

Sólo en el islote de Zanami, donde había 404 civiles, se suicidaron 180, mientras que en Tokashiki los hombres mataron a sus esposas e hijos, por lo que 329 cadáveres fueron encontrados junto a las anillas de las granadas activadas.
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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El matarratas que facilitó la invasión de la Europa de los nazis
El cuerpo de una víctima de un veneno fue usado, en la operación «Carne picada», para engañar al Alto Mando Alemán y enmascarar un gran ataque en Sicilia
PEDRO GARGANTILLA
Actualizado:20/04/2018 21:19h2

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[Imagen: resizer-kDmC--1240x698@abc.jpg]
  • El submarino «Seraph», protagonista de diversas misiones secretas en el Norte de África. La más conocida de todas ellas, la del Mayor Martin, conocido como «el hombre que nunca existió», una treta para engañar a los alemanes sobre el verdadero punto donde se produciría el desembarco del frente sur, que finalmente se produjo en Sicilia - ABC
En la primavera de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, se llevó a cabo una de las acciones militares más espectaculares: la operación «Carne picada». El cerebro de la misma fue el capitán de corbeta Ewen Montague (1901-1985), de la Royal Navy.
Los aliados crearon la falsa identidad de un oficial británico –el comandante William Martin- miembro del cuartel general de las Operaciones Combinadas, que supuestamente actuaría de enlace secreto entre el Estado Mayor inglés y el comandante de las fuerzas aliadas en el norte de África.
En su maletín personal introdujeron una misiva en la que, de forma expresa, se aludía a Cerdeña como objetivo del desembarco a realizar de forma inmediata por la fuerza naval aliada. En el maletín incluyeron, además, algunas pertenencias: un juego de llaves, fotos, cartas de amor, entradas de teatro, la factura de alojamiento de un club londinense…

La operación estaba lista, bueno… tan sólo faltaba un pequeño detalle, necesitaban a alguien que estuviese dispuesto a hacerse pasar por William Martin y se resignase a ser apresado por los nazis.
Un cadáver entra en acción
Para solventar este «pequeño problemilla técnico» decidieron matar a William Martin, el comandante debía ser víctima de un accidente aéreo y el cadáver, junto con la información, debería ser capturado por las tropas teutonas. Ahora restaba buscar a alguien que no le importase dejarse matar.
Un patólogo inglés –el doctor Bernard Spilsbury- facilitó la solución a tan espinoso asunto: bastaría con encontrar el cadáver de un hombre joven fallecido a consecuencia de una neumoníacomplicada con líquido a nivel de la pleura (derrame pleural). De esta forma, cuando le hicieran la autopsia el forense pensaría que había muerto ahogado al caer al mar.

El azar quiso que poco tiempo después un joven de 34 años falleciese a consecuencia de una neumonía con derrame pleural tras la inhalación de un rodenticida. Estos compuestos diseñados para acabar con las ratas pueden ser tóxicos para el ser humano al tocarlos o al inhalarlos, y la exposición a una única dosis de rodenticida puede tener efectos graves para nuestro organismo.
Tras «conseguir la autorización» de la familia, vistieron al cadáver con un uniforme de la Royal Navy, le trasladaron hasta Holy Loch (Escocia) en donde fue embarcado en el submarino HMS Seraph. Desde allí, pusieron rumbo al estrecho de Gibraltar. Por todos era sabido que nuestro país -oficialmente neutral- simpatizaba con las potencias del Eje, por lo que era bastante plausible que las autoridades españolas no tuvieran el más mínimo reparo en facilitar la información contenida en el maletín a las tropas alemanas.

El submarino navegó hasta una posición situada a una milla al sur de Huelva y allí, en la madrugada del 30 de abril de 1943 liberaron al cadáver, esposado al maletín a una de sus muñecas. Fue descubierto tres horas después por un pescador onubense, que lo recogió y lo llevó a puerto. Las autoridades competentes ordenaron realizar la autopsia, en la que se concluyó que el joven había muerto ahogado, probablemente en un accidente aéreo en la zona del estrecho.
El 14 de mayo las autoridades españolas entregaron el maletín con los documentos al Agregado Naval Británico. Previamente, los agentes de la Abwehr (inteligencia alemana) habían recibido fotografías de los documentos que portaba el maletín. Las imágenes fueron enviadas urgentemente a Berlín y evaluadas por la inteligencia alemana.

El Alto Mando quedó tan convencido de la autenticidad de los documentos que se ordenó reforzar inmediatamente Córcega y Cerdeña, y enviar al Mariscal Rommel a Atenas. Esto permitió a los aliados desembarcar a sus anchas en Sicilia, era el 9 de agosto de 1943. Suponía el comienzo del fin de la pesadilla nazi, y todo gracias al «hombre que nunca existió».
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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El Canal de Suez, la ruta petrolera por la que casi estalla una Tercera Guerra Mundial
Durante el conflicto armado en el Sinaí, el presidente norteamericano Eisenhower enviaría la primera Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas; buscando una salida hacia la paz para evitar el avance de la URSS
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]Eugenia Miras
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MadridActualizado:24/04/2018 14:34h1


[Imagen: nasser-egipto-kKCC--1240x698@abc.JPG]


Velar por la paz debería ser la máxima de las prioridades gubernamentales, aquí, en China, Estados Unidos y en toda esa desgraciada lista de países que cuenten con un arsenal suficiente para carbonizar a toda la humanidad. Sin embargo, ese nirvana sobrepasa los límites de la utopía. Sin perder el ánimo, en la Historia también existen referentes que han contribuido al «desarme» y que además han servido de contención para evitar mayores carnicerías.

El presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower (1953-1961), era tan norteamericano como el actual; y sin embargo durante la Guerra del Sinaí, (conocida también como la Crisis del Canal de Suez), se comportó como un ser humano. El gobernante destacaría por la ya olvidada pero valiente participación durante el conflicto, cuando decidió bloquear las fuerzas de sus amigos occidentales en Oriente; recriminando sus actos y enviando la primera Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas al Sinaí.

Israel, Francia y Reino Unido decidieron invadir Egipto para derrocar a Nasser y así mantener su costosa hegemonía en la ruta petrolera.Pero como el presidente egipcio no se doblegó ante el despliegue militar de este trío dinámico, acribillaron a cientos de miles de soldados y civiles.

En el marco de la Guerra Fría, y sin importarle si regresaba con menos aliados y más enemigos; decidió parar este conflicto -a pesar del berrinche de sus viejos correligionarios-, el cual pudo desatarse en ese fantasma que hasta la fecha nos ronda: la Tercera Guerra Mundial.
«A Gran Bretaña y Francia, propietarias de la compañía del Canal, les dio un pasmo. Nasser les acababa de birlar el Canal de Suez, ese próspero negocio que consistía en cobrar una pasta a cada barco que pasara del Mediterráneo al mar Rojo sin necesidad de rodear África. El mundo se puso de los nervios, porque se dio por hecho que si los egipcios gestionaban el Canal de Suez, el tráfico de barcos quedaría bajo mínimos y se produciría un desabastecimiento petrolífero. Nada de eso ocurrió», escribió en su libro «Menudas historias de la Historia».
Petróleo, la misma historia de siempre

A finales del siglo XIX el imperialismo británico y francés encontraron en el Canal de Suez la fuente de la eterna abundancia: el petróleo y cualquiera de sus expresiones lucrativas.
De esta manera, Francia y el Reino Unido decidieron apostar todas sus esperanzas capitalistas, financiando esta nueva empresa: la Compañía de Canal de Suez; la cual comenzaría a estar operativa desde 1869.

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[Imagen: franco-nasser-kKCC--220x220@abc.JPG]             Francisco Franco y Nasser - ABC

Egipto pasaría a convertirse en un punto estratégico vital para el enriquecimiento y expansionismo hacia Oriente Medio. Pues la gran importancia geográfica de este país lo haría muy desgraciado; pues el Canal del Suez, sería el motivo por el cual casi se rompe la cuerda floja de la que pendía la seguridad internacional durante la Guerra Fría.
Quien tuviera el control de Egipto, podría ejercer su hegemonía sobre el mundo. Sin embargo, tenían que conformarse con los derechos sobre el Canal de Suez; que ya era bastante. De esta manera, lo que significó la ruta principal destinada al transporte de petróleo -desde el Golfo Pérsico a Occidente-; también fue un sinónimo de un severo conflicto armado, donde (británicos, franceses e israelíes) masacraron a los egipcios en su estado más vulnerable.

Francia, Reino Unido e Israel cantaban, reían y eran felices hasta que un buen día -pero malo para esta alianza tripartitaGamal Abdel Nasser tomó la presidencia del país. El gobernante -que tenía fama ya de ser bastante intransigente-, decidió expropiar la empresa y nacionalizarla -argumentando que era parte de Egipto-, con el secreto a voces de la interminable fuente de odio entre esta nación e Israel (en la cual la patria de Nasser, salió desventurada de la primera guerra árabe-israelí).
«La tarde del 26 de julio de 1956 debía hacer un calor sofocante en Alejandría, pero esto es irrelevante, porque los egipcios están acostumbrados. 

Sin embargo, en la plaza Mohamed Alí subió la temperatura de golpe cuando Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, en mitad de un discurso aparentemente intrascendente, soltó un bombazo. Dijo Nasser: «Yo, hoy en nombre del pueblo, tomo el canal de Suez. A partir de esta tarde el canal será egipcio y estará dirigido por egipcios», relató Nieves Concostrina.

Sin embargo mientras la carrera armantística alcanzaba una velocidad de vértigo a causa de la bipolarización mundial. El presidente estadounidense Eisenhower se vio obligado a intervenir pacíficamente enviando una primera Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas -los futuros Cascos Azules-.

La Guerra del Sinaí pudo tener un desastroso desenlace, en el cual la seguridad internacional estaba severamente comprometida. Sin embargo, la prudencia de Eisenhower permitio que Occidente terminase el siglo sin despertar entre el eco de las bombas.
Hay que destacar que Nasser no tenía intención de dejar vulnerables a los inversores franceses y británicos. Lo único que quería era bloquear la actividad comercial de los judíos -a quienes tenían en poca estima tras la derrota militar en la primera guerra árabe-israelí-, además de refrescar la memoria a los imperialistas sobre una vieja promesa de construcción de la Presa de Asúan. Pero como se retractaron de financiar el proyecto, Nasser decidió nacionalizar el Canal de Suez, para poder costearlo.

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[Imagen: nasser-egipto-dictador-kKCC--220x220@abc.JPG]            Gama Abdel Nasser - ABC
Sin pensar en las consecuencias, los imperialistas se lanzaron al asedio, masacrando a Egipto. Y mientras Estados Unidos trataba de buscar una salida hacia la paz, Francia y Gran Bretaña estaban ciegos por la cólera; se aliarían con Israel, el eterno enemigo; firmando un pacto secreto «Sèvres», donde se comprometía al pueblo judío a ensuciarse las manos también.

Sumado a las ansias por una solución amistosa, Estados Unidos no tenía ganas de acercar a la URSS hasta la zona de conflicto -quizás en un descuido, el Canal de Suez terminaba siendo soviético -; quien había amenazado con pasarse por allí para auxiliar a Nasser.
«En los planes posteriores de Nasser estaba alcanzar un acuerdo con Gran Bretaña y Francia para indemnizarles hasta que expiraran los derechos de explotación del Canal, pero con una condición: los barcos israelíes no podrían pasar», añadió Concostrina.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Combate en Bahia San Carlos (Malvinas)

Cuando el teniente 1°  Carlos Daniel  Esteban trepó hasta la cima y se llevó los prismáticos de campaña a los ojos, vio el escalofriante espectáculo que se abría paso en la bruma: fragatas, destructores, helicópteros y lanchones iniciaban el masivo desembarco. Era el Día D en el estrecho San Carlos, y la treta del teniente primero Esteban había sido un éxito: una vez tomado el pueblo y requisadas prolijamente las viviendas en busca de radios, armas y vehículos, había permitido que los isleños continuaran con su rutina y había escondido a su tropa. De lejos y con aquellas apacibles chimeneas humeantes, parecía un acceso despejado; si los ingleses no hubieran caído en la trampa su estrategia hubiese sido distinta: los comandos habrían llegado por la noche y habrían asesinado a los soldados argentinos.

En ese momento, Esteban hizo un cálculo correcto: había en aquellas costas cinco mil hombres, y él disponía de solo cuarenta efectivos. Nadie le hubiera reprochado seguir la lógica, que consistía en dar por radio la "alerta temprana" a sus superiores, y luego rendirse con honor. Pero aquel muchacho de 28 años que estaba a cargo de la Compañía C hizo lo inesperado: avisó y presentó batalla. Su proeza está en los libros de la historia militar de la Argentina y de Inglaterra; nadie conocía muy bien, sin embargo, lo que pensaba íntimamente durante esa guerra maldita. Carlos Esteban se había recibido en Córdoba de licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Sabía a esas alturas que Galtieri no sabía, y que esa conflagración era un enorme error estratégico. Estaban destinados a perder, pero no podía contárselo a nadie. Tal vez no le hubiera desagradado a Borges relatar la parábola de un valiente que aun reconociendo la futilidad trágica de su sacrificio, carga todo el tiempo con su secreto escepticismo y realiza a su vez una hazaña heroica.

Esteban, sus oficiales y aquella antología de conscriptos de la clase 62 que habían sido entrenados hasta la fatiga formaron parte del discretísimo operativo de reconquista de las islas Malvinas, y más tarde rodearon Darwin y redujeron a una población dócil que los esperaba con banderas blancas. El jefe de esa localidad se llamaba Hardcastle, y mientras tomaban el té en su casa, Esteban advirtió con un estremecimiento que su propia mujer posaba en un retrato con la hija del flemático anfitrión: habían estudiado juntas en un colegio bilingüe de La Cumbre. Se le antojó que esa asombrosa casualidad podía ser una señal del destino. A veces se alejaba del campamento para llorar, extrañaba mucho a su esposa y a su pequeño hijo; creía que nunca iba a volver a verlos. Después se recuperaba y echaba una arenga a sus bravos, a quienes todos cuidaban con esmero y con quienes compartían penurias sin distingos. Esa actitud fue tan ejemplar que años más tarde el Pentágono envió una psiquiatra para determinar por qué entre ese puñado de reclutas no se habían producido ulteriores suicidios ni secuelas graves, ni denuncias ni maltratos, y en qué había consistido la fórmula mágica de sus líderes.


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El destacamento de San Carlos: La Compañía C de l Regimiento 25 . en Primera Fila de Izquierda a Derecha Teniente Esteban, Teniente Estevez, Subteniente Gomez Centurión y subteniente Reyes

El 1° de mayo la Inteligencia les anticipó que sufrirían un ataque de aviación, y se refugiaron en los acantilados; hubo ocho horas de bombardeo y de guerra aérea con varios muertos, pero ellos salieron ilesos. Les dieron una nueva misión: marchar a la zona norte y controlar el estrecho por el que podía colarse la segunda flota más poderosa de Occidente. Es precisamente allí donde sucede el legendario combate de San Carlos, que comienza cuando Esteban baja la colina, se comunica con la comandancia y prepara a los gritos el repliegue. El primer Sea King surge entonces de la nada, y Esteban ordena cuerpo a tierra y silencio absoluto. A los cien metros, da orden de abrir fuego: los fusiles tronaron, las balas sacaron chispas del fuselaje y el helicóptero se bamboleó, empezó a largar humo y aterrizó de manera brusca. Sin pérdida de tiempo, el teniente dispuso un cambio de posición. Justo en ese momento un Gazelle con un sistema de cohetes se les vino encima. Lo atendieron con la misma fusilería. El aparato se sacudió en el aire, la cabina estalló en mil pedazos y el piloto, mal herido, intentó escapar hacia la desembocadura; su máquina cayó en el río y comenzó a hundirse.

Los británicos, desde la cabecera, empezaron a dispararles con morteros. Ellos cruzaron otra cuchilla y un Gazelle idéntico quiso cortarles el paso: "Repetimos la concentración de fuego y se desplomó totalmente en llamas -recuerda Esteban-. No hubo chance de que se salvara nadie de la tripulación". En esa mañana de sangre, el efecto sorpresa y la adrenalina jugaban a favor de los perdedores. Que siguieron moviéndose, ahora para ganar altura. El tercer Gazelle se presentó en sociedad apretando los gatillos, pero dibujaba un blanco perfecto: proyectiles de FAL le dieron una dura bienvenida y lo sacaron de circulación. Fue en ese instante en que se abrió una extraña tregua. Cuatro helicópteros que costaban veinte millones de dólares habían sido derribados en veinte minutos. Los ingleses, sorprendidos, hacían el control de daños y evaluaban la insólita situación, y la Fuerza Aérea Argentina preparaba un ataque para impedir la avanzada. Esteban sabía que la infantería inglesa los buscaría por cielo y tierra para eliminarlos. Los consideraban unos fascinerosos. Era hora de partir.

Lo que sigue es una ardua aventura que Hollywood no hubiera desaprovechado: los cuarenta y dos, considerados ya "desaparecidos en acción", caminaron tres días y tres noches por la turba y el frío. En el libro Bravo 25 se revelan sus peripecias: encontraron una casa vacía con algunos pocos alimentos donde a veces sonaba el teléfono en vano, pernoctaron al abrigo de las ventiscas y fueron acechados -mientras aguardaban escondidos y con aliento cortado- por un helicóptero que dio varias vueltas a su alrededor sin decidirse a destruirla o a marcharse. Anduvieron bajo el sol pálido hasta el agotamiento, dieron con un caserío kelper, lo coparon a punta de pistola porque creían que los miembros de las Falklands Defense Force pasaban datos a la cabecera de playa y enviaron dos estafetas en Land Rover a dar la buena nueva al Ejército. Tras incontables peligros, los rescataron, y en Puerto Argentino fueron recibidos con algarabía.

Mohamed Alí Seineldín estaba particularmente exaltado. Esteban le relataba el despliegue impresionante que había visto en el estrecho, pero el teniente coronel parecía sordo a los datos; confiaba en la Virgen: cuando lleguen los piratas -decía- ella producirá una tormenta y los hundirá El Delirio místico del futuro Jefe Carapintada contradecía el informe técnico de Esteban, que seguía guardándose su amargo y exacto diagnóstico; a las pocas horas solicitó permiso para regresar a Darwin y participar de la defensa final, con susCompanía. Allí su jefe acordó la rendición tras una intensa y desigual refriega. Esteban y sus oficiales eran tratados con deferencia y admiración por el enemigo, aunque nunca quisieron privilegios: compartieron con los soldados rasos sus mismas incomodidades.

Al regresar a la patria, toda la "compañía de oro" fue condecorada, y el áspero informe Rattenbach la dejó a salvo de todo cuestionamiento,  a diferencia del "Lagarto" Aztiz.  La Compañía C lucho sola contra un desembarco en proporción de 400 a 1:  ni en el mítico Combate de El Alamo hubo una disparidad igual. Esteban está retirado y es hoy director del Departamento UADE Business School: en su posgrado enseña escenarios estratégicos, planeamiento, negociación política y derecho diplomático. Pocos saben quién es ese profesor sesenton afable. Mayo contiene las efemérides de lo que estrategas militares denominan el "combate de San Lorenzo del siglo XX". Escasas o quizá ninguna escuela dará cuenta, sin embargo, de esta historia callada por nuestra estupidez y nuestra mala conciencia. Esta fue derrota sí , pero como las Termópilas una derrota verdaderamente sublime.

[Imagen: esteba10.gif]
Esteban y Vazquez con la medalla al La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate

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