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Tambien es historia militar
#91
Qué se siente al matar: un soldado alemán recuerda el desgarrador momento en el que lo hizo en la Primera Guerra Mundial

Redacción BBC Mundo
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[Imagen: _98848015_1.jpg]Derechos de autor de la imagen Getty Images Image caption Soldados alemanes disparan desde una trinchera en el Frente Oriental durante la Primera Guerra Mundial.

Stefan Westmann fue uno de los 65 millones de hombres movilizados para luchar en la Primera Guerra Mundial.

En los archivos de la BBC, encontramos las palabras de este soldado alemán, para quien no fue fácil reconciliarse con el acto de matar.
Su experiencia fue trágicamente común. Sin embargo, durante muchos años, este tipo de testimonios rara vez fueron grabados o expresados en público.

[Imagen: _98727834_464x2_line.jpg]
Frente a nosotros teníamos las trincheras francesas. Un día recibimos órdenes de atacarla.
Mis camaradas caían a mi izquierda y a mi derecha. Luego me enfrenté con un cabo francés. Él tenía su bayoneta lista y yo la mía.


Por un momento sentí el temor de la muerte y en una fracción de segundo me di cuenta de que él buscaba acabar con mi vida, así como yo buscaba acabar con la suya.
[Imagen: _98848016_2.jpg]Derechos de autor de la imagen Getty Images Image caption Un soldado alemán junto con soldados británicos durante el armisticio acordado en la navidad de 1915.

Fui más rápido que él. Logré quitarle su rifle y le clavé la mía en el pecho.
Él cayó y se puso la mano en el lugar donde lo herí y luego yo le volví a clavar mi arma. Le salió sangre de la boca y murió.
Me sentí físicamente enfermo, casi vomito. Mis rodillas temblaban y me sentí francamente avergonzado de mí mismo.
Mis camaradas estaban absolutamente imperturbados por lo que había ocurrido.
Uno se jactó de haber matado con la cola de su rifle, otro había estrangulado a un capitán francés. Un tercero había golpeado a alguien en la cabeza con su pala.

Eran hombres comunes, como yo, personas normales que jamás hubieran pensado en lastimar a nadie.
Pero yo tenía frente a mí a un soldado francés muerto y cómo me hubiera gustado que hubiera alzado su mano… yo le hubiera dado un apretón y hubiéramos sido los más grandes amigos.
[Imagen: _98848017_3.jpg]Derechos de autor de la imagen Getty Images Image caption Unos 10 millones de soldados perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial, uno de los conflictos más letales de la historia.

Porque él era como yo, solo que usaba el uniforme de otra nación, hablaba otro idioma.
Pero era un hombre que tenía madre y padre y quizás una familia.
Me despertaba a veces de noche empapado en sudor porque veía los ojos de mi adversario caído y trataba de convencerme: ¿qué me hubiera pasado a mí si no hubiera hundido primero mi bayoneta en su vientre?
¿Qué hacía que nosotros, los soldados, nos apuñaláramos unos a otros, nos estranguláramos, atacáramos al otro como un perro loco?
¿Qué hacía que nosotros, que no teníamos nada personal contra ellos, los combatiéramos hasta la muerte?
¡Después de todo, éramos personas civilizadas!
Pero yo siento que esa cultura de la que estábamos tan orgullosos es solo un barniz muy fino que se salta apenas entramos en contacto con cosas crueles como una guerra.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#92
"Shōichi Yokoi, el último soldado del Emperador en Guam"

[Imagen: Shouichi_yokoi.jpg]

El 11 de diciembre de 1941, cuatro días después del ataque a Pearl Harbor, las fuerzas de desembarco de la Marina Imperial ocuparon la isla de Guam, la mayor del archipiélago de las Marianas, una antigua colonia española de soberanía estadounidense desde la guerra de 1898. Los japoneses la convirtieron en una importante base aeronaval, con dos campos de aviación y un fondeadero para la flota en la bahía de Apra. Durante la campaña de las Marianas, a mediados de 1944, la posibilidad de utilizarla como punto de apoyo para operaciones posteriores hizo de Guam uno de los principales objetivos estadounidenses.

El 21 de julio de 1944 los marines desembarcaron en el sur de la isla. Durante los primeros días de la batalla se tuvieron que enfrentar a una resistencia encarnizada. Los japoneses lanzaban continuos contraataques, muchos de ellos nocturnos, tratando de infiltrarse entre las líneas enemigas. Pero poco a poco se fue imponiendo la superioridad numérica y material estadounidense. Su control del mar y el aire impedía a los japoneses recibir refuerzos y suministros. Casi sin alimentos ni municiones, los supervivientes fueron empujados lentamente hacia el norte por las fuerzas norteamericanas.

La batalla se dio por finalizada el 10 de agosto de 1944. Desde ese momento hasta el final de la guerra, Guam se convirtió en una importante base de operaciones que dejaba al alcance de los bombarderos B-29 el archipiélago japonés y otros objetivos en las Ryukyu, Formosa y las Filipinas. Los norteamericanos construyeron cinco grandes bases aéreas y convirtieron la bahía de Apra en un puerto refugio para la US Navy. En poco tiempo la isla se llenó con miles de soldados, marineros, personal de la Fuerza Aérea y trabajadores estadounidenses.

Igual que ocurrió en muchas otras islas del Pacífico, cientos de soldados japoneses supervivientes de la batalla se negaron a rendirse y se ocultaron en las junglas del interior. La actividad guerrillera en Guam continuó hasta el final de la guerra, e incluso se prolongó en los meses posteriores. El 8 de diciembre de 1945, cuatro meses después de la rendición de Japón, tres marines murieron en una emboscada. En marzo de 1946 otros seis estadounidenses murieron en combates con guerrilleros. Con el paso del tiempo la resistencia disminuyó hasta desaparecer por completo. Los japoneses que no se rindieron acabaron muertos, víctimas del hambre, las enfermedades o los animales venenosos.

El 12 de mayo de 1948 dos soldados japoneses abandonaron la jungla y se entregaron a la policía de Guam. Todos pensaron que aquellos serían los últimos supervivientes. Hasta mayo de 1960, cuando dos leñadores isleños capturaron al cabo Bunzo Minagawa. Pocos días después el sargento Mashashi Ito se entregaba a los norteamericanos. Durante dieciséis años Minagawa e Ito habían sobrevivido juntos en la jungla, sin ningún contacto con el resto de la humanidad. Estaban convencidos de que la guerra continuaba.
Pero Ito y Minagawa tampoco iban a ser los últimos de Guam.

[Imagen: ShoichiYokoi_7.jpg]

Shōichi Yokoi nació en marzo de 1915 en un pueblo de la prefectura de Aichi, en Honshū. Trabajó como sastre hasta que en 1941, con 26 años, fue reclutado por el Ejército Imperial. Inicialmente le destinaron a la 29ª División de Infantería, desplegada en Manchuria. En febrero de 1943 le transfirieron al 38º Regimiento, una de las unidades que iban a ser enviadas para reforzar la defensa de las Marianas. Así fue como Yokoi llegó a Guam, la isla en la que pasaría gran parte de su vida.

En julio de 1944, tras quedar aislados por el avance estadounidense, Yokoi y otros ocho soldados se adentraron en la selva. Formaban uno de los muchos grupos en los que se dividieron las fuerzas japonesas antes de dispersarse. Sus órdenes eran permanecer en la retaguardia enemiga esperando el desembarco que iniciaría la reconquista japonesa de la isla. A medida que pasaban los meses, fueron perdiendo la esperanza de que el contraataque llegase algún día. Al principio se las arreglaban bastante bien, pero cuando comenzaron a quedarse sin suministros básicos la situación se volvió dramática. En ese punto tuvieron que decidir qué hacer: "Teníamos opiniones tan diferentes sobre esta cuestión que dentro del grupo estallaron acaloradas discusiones.

Yo estaba en desacuerdo con aquellos soñadores que pasaban sus días pensando únicamente en el rescate. Yo insistía en que teníamos que hacernos cargo de nuestras propias vidas si no queríamos morir de hambre. Sin embargo, no teníamos ninguna experiencia real en la selva, y ni siquiera podíamos ponernos de acuerdo sobre la manera de encontrar comida. Me puse del lado de los que pensaban que deberíamos comer lo mismo que comían los animales. Incluso los pueblos primitivos saben instintivamente lo que es comestible y lo que no, así que sentí que debíamos confiar en nuestros instintos".

Poco a poco sus compañeros fueron muriendo o abandonando el grupo. Después de dispersarse completamente, Yokoi acabó teniendo contacto esporádico tan solo con otros dos japoneses. Ambos desaparecían durante largas temporadas, y Yokoi, que era el de mayor edad, se preocupaba por ellos, pero siempre acababan regresando. Un día, en torno a 1964, les vio por última vez. Los siguientes ocho años Shōichi Yokoi estuvo completamente solo.

La búsqueda diaria de comida ocupaba casi todo su tiempo. En los primeros años, aún en compañía de otros soldados, robaban y mataban ganado de los isleños, pero poco a poco fueron adentrándose cada vez más en la selva por miedo a las patrullas estadounidenses. Acabaron en lo más profundo de la jungla, alimentándose de caracoles, ranas, ratas y anguilas. Averiguaron que incluso podían comer serpientes si les quitaban el veneno. Yokoi aprendió a construir trampas con juncos para capturar camarones y anguilas de río. Su experiencia como sastre le sirvió para fabricar ropa, mantas y bolsas a base de fibras extraídas de la corteza de algunos árboles. Dormía en un refugio subterráneo, una pequeña cueva que él mismo excavó y apuntaló con cañas de bambú.

[Imagen: wwii1018.jpg]

Tenía mucho cuidado de no dejar ninguna señal que indicase que alguien vivía allí. Siempre que se desplazaba, borraba tras él todas sus huellas. Era una rutina dura, pero mantenerse siempre ocupado le ayudaba a no pensar demasiado en su situación ni en su familia. Los años que pasó en soledad fueron una lucha constante por no caer en la desesperación y la locura.

La noche del 24 de enero de 1972 dos cazadores chamorros (así se denomina a los nativos de las Marianas) llamados Jesús Dueñas y Manuel de Gracia descubrieron a un hombre esquelético y andrajoso revisando una trampa para camarones en un recodo del río Talofofo, al este de la isla. Se dirigieron a él con curiosidad, creyendo que se trataba de un habitante de una aldea cercana. Hacía ocho años que Yokoi no estaba cerca de otros seres humanos, y cuando vio a aquellos dos hombres armados aproximándose a él tuvo un ataque de pánico. Se abalanzó sobre uno de los cazadores, intentando arrebatarle el fusil, pero los muchos años de deficiente alimentación le habían debilitado tanto que el hombre rechazó su ataque con facilidad. Entonces Yokoi huyó, tratando de esconderse en la maleza. Los hombres le persiguieron y le alcanzaron a pocos metros del agujero que le servía de hogar.

Después de reducirle, decidieron entregarle a la policía. Mientras le sacaban a rastras de la jungla, Yokoi les suplicaba a gritos que le matasen allí mismo. En el Ejército le habían enseñado que ser hecho prisionero era la mayor deshonra en la que podía caer un soldado japonés. Sus captores le condujeron hasta un cuartel de la policía de Guam. "Cuando me llevaron ante un oficial, me preguntó '¿nihonjin?' (¿Japonés?) y le respondí 'Hai' (Sí). Esa fue toda nuestra conversación".

Al golpe emocional que le supuso haber sido hecho prisionero se le sumó otro aún más devastador: la noticia de que la guerra había terminado con el Emperador solicitando la rendición incondicional. Había visto folletos y recortes de periódico que anunciaban el fin de la guerra, pero siempre los consideró propaganda enemiga. Sospechaba que Japón había sido derrotado, pero lo que nunca imaginó fue que la derrota hubiese sido de aquella magnitud: "No lo sabía con seguridad, pero lo supuse. De repente, dejaron de sobrevolarnos aviones japoneses, solo americanos. Japón es un país pequeño, así que supuse que habíamos perdido la guerra. Pero yo no habría esperado una derrota absoluta. Pensé en algo así como una paz de compromiso.

Eso se habría adaptado mejor a nuestra mentalidad. Y luego, cuando comenzó la guerra de Vietnam, pude ver los modernos bombarderos B-52 y pensé que había estallado una nueva guerra entre estadounidenses y japoneses. Lo que yo no podía entender era qué interés podía tener Estados Unidos en un pequeño país como Japón". Su estado físico era todo lo bueno que podía ser a sus casi 57 años y tras 28 viviendo en un agujero en la tierra y alimentándose de sapos, ratas y serpientes. Los médicos que le examinaron llegaron a la conclusión de que solo un hombre con una gran fortaleza física y mental podía haber sobrevivido a semejante odisea.

El primer encuentro con sus compatriotas no fue demasiado cordial: "Cuando se conoció la noticia de que un bicho raro como yo había aparecido en la isla de Guam, los principales periódicos japoneses enviaron allí a sus reporteros más cercanos. Llegaron directamente desde sus camas en Hawai, vistiendo camisas hawaianas, y no quisieron entender que lo que yo quería era dormir, no contarles historias. Y no podían dejar de jadear y quejarse del calor. Al final les grité: '¡Maldita sea! ¿Son ustedes americanos o japoneses?'. Al oír esto, se sintieron avergonzados y se calmaron".

Dos semanas después de su rescate en la selva, Shōichi Yokoi volvió a casa. En el aeropuerto internacional de Haneda miles de personas le esperaban para darle un recibimiento apoteósico. "Estoy un poco avergonzado, pero he vuelto", fueron sus primeras palabras a la prensa cuando pisó suelo japonés. Aquella frase, difundida por los medios de comunicación, se convirtió en un dicho popular en Japón.

[Imagen: Shoichi%2BYokoi%2Bhome.jpg]

La vuelta a la vida cotidiana no fue fácil. La prensa le asediaba, continuamente aparecía en la televisión y la radio, y era invitado con frecuencia a dar conferencias en universidades y escuelas de todo el país. Nunca llegó acostumbrarse del todo a la vida moderna. Los avances tecnológicos y el progreso económico que había experimentado su país en aquellos años no le causaban la más mínima impresión. Se convirtió en un defensor de la austeridad y la vida sencilla en contacto con la naturaleza. Cuando los medios de comunicación le dieron un respiro, se casó y se instaló en una zona rural de la Prefectura de Aichi, su tierra natal.

Shōichi Yokoi murió de un ataque al corazón en septiembre de 1997, a los 82 años. Fue enterrado en un cementerio de Nagoya, bajo una lápida con su nombre que su madre había mandado hacer en 1955.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#93
Entre la locura y el sentido del honor!!
"Dormía y soñaba que la vida era alegria, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegria."
Rabindranath Tagore
 
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#94
La «Muerte blanca», el francotirador desfigurado que aniquiló a 700 soldados soviéticos
El finlandés Simo Häyhä es conocido por ser uno de los tiradores de élites más letales de la Historia
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]Manuel P. Villatoro
@ABC_Historia
16/09/2016 00:54h Actualizado:03/12/2017 16:34h79

[Imagen: simo-hayha-kaP--620x349@abc.jpg] 
Vídeo: La historia Simo Häyhä, el francotirador que parecía un fantasma - Wikimedia

«Hice lo que me ordenaron de la mejor forma que supe». Esta sencilla frase fue la que salió de los labios del francotirador Simo Häyhä cuando, ya anciano, le preguntaron cómo se sentía tras haber acabado con más de 700 soviéticos (entre 505 y 542 de ellos, acreditados y con su fusil) en la denominada Guerra de Invierno.
Más allá de los problemas éticos, lo cierto es que dichas muertes permitieron a este finlandés -apodado la «Muerte blanca» por sus enemigos- convertirse en uno de los tiradores de élite más letales de la historia. Y todo ello, en los apenas 100 días en los que el diminuto ejército de su país tuvo en jaque a la gigantesca maquinaria militar de Stalin.
Aunque es verdad que no logró aniquilar con un solo disparo a cuatro enemigos como sí hizo hace poco un soldado británico con cuatro miembros de Daesh, lo cierto es que Simo (cuya cara acabó desfigurada por un disparo) murió en 2002 sabiendo que entraría en los libros de historia como uno de los mejores francotiradores del mundo.

Primeros pasos
Simo Häyhä, el futuro tormento de los soviéticos, vino al mundo en el pueblo de Rautjärvi el 17 de diciembre de 1905. Al menos, así lo afirman los divulgadores históricos Vesa Nenye, Peter Munter y Toni Wirtanen en su obra «Finland at War: The Winter War 1939-40». Y es que, atendiendo a las fuentes a las que se recurra, este militar pudo haber nacido en un amplio abanico de fechas.
«Haya fue el segundo hijo más joven de una familia de ocho. Estudió gramática en la escuela y, muy pronto, comenzó a ayudar a sus padres en la granja familiar. Sus hobbys siempre incluyeron el esquí, disparar, cazar y jugar al Pesapallo, la versión finlandesa del baseball», explican los autores. El destino quiso además que la aldea en la que vivía estuviese sumamente cerca de la frontera con los rusos, los mismos a los que luego asesinaría a decenas.
Como señalan estos expertos en su obra, Häyhä ingresó a la edad de 17 años (fecha discutida, pues se ha extendido que fue a los 25) en la Guardia Civil Finlandesa (Suojeluskunta), un cuerpo que provenía de la vieja Guardia Blanca que había combatido en la guerra civil del país contra la denominada Guardia Roja. En este cuerpo, nuestro héroe pasó horas y horas al aire libre perfeccionando su puntería. Ese número incontable de disparos, unido a su talento natural, le convirtieron en uno de los mejores tiradores de su unidad.
[Imagen: simo6-kaP--510x286@abc.jpg]
La ◄Muerte blanca», durante su infancia- ABC

«Fue un experto tirador. Ganó competiciones acertando seis veces en un minuto a un pequeño objetivo ubicado a 150 metros de distancia», añaden los divulgadores históricos. Entre 1925 y 1927 (cuando apenas contaba 20 años y sumaba 1,52 metros de altura), llevó a cabo el servicio militar obligatorio de su país en el Batallón Ciclista.
Posteriormente fue ascendido a cabo después de cumplimentar el curso de suboficiales. Apenas unos meses después superó las pruebas para convertirse en francotirador. Sin embargo, terminó retirándose a la granja familiar para tener una VIDA tranquila. Al menos, hasta que comenzó la Guerra de Invierno.

Una guerra gélida
Para entender cómo un granjero de Finlandia terminó siendo uno de los francotiradores más letales de la historia es necesario retroceder en el tiempo hasta el año 1939, poco después de que Hitler y Stalin se repartiesen la conquistada Polonia mediante un tratado político. Para entonces el líder soviético ya se había anexionado también Lituania, Letonia y Estonia, y andaba más que ansioso por expandirse por otros territorios presentes en Europa.
Así fue como sus ojos se tornaron hacia Finlandia, una región que -de estar bajo su poder- le garantizaría una salida directa al mar Báltico y, además, le permitiría desplazar sus fronteras lejos de Leningrado (demasiado cerca de los posibles enemigos).

[Imagen: guerra1-kaP--510x286@abc.jpg]
Tropas finlandesas defienden su país ante los soviéticos- Wikimedia

Por pedir que no quede, debió pensar el líder soviético. Así que, demostrando tener más tez que espalda, invitó a una delegación de Finlandia al Kremlin el 14 de octubre de 1939 para convencer a sus integrantes de que lo mejor que podían hacer era aceptar la hoz y el martillo. Algo que, como explica el historiador y periodista Jesús Hernández en su obra «Breve historia de la Segunda Guerra Mundial», terminó haciendo entre «amenazas y compensaciones».
Los emisarios regresaron a su país y, un mes después, declinaron la oferta de la URSS. Como dicta la lógica, preferían mantener sus fronteras tal y como estaban.

[Imagen: infanteria1-kaP--510x286@abc.jpg]
La infantería soviética cruza un río finlandés- Wikimedia

Si los finlandeses tardaron un mes en responder, A Stalin no le ocupó ni unas pocas horas decidir qué hacer. «Sin previa declaración de guerra, el Ejército Rojo atacó Finlandia el 30 de noviembre de 1939. Al contrario de lo que hicieron los polacos, ellos se retiraron a una sólida línea defensiva desde la que poder rechazar a los rusos», determina Hernández.

Aquella jornada, el Séptimo Ejército ruso avanzó hacia la frontera para penetrar en el territorio de su nuevo enemigo. A su vez, el Ejército Rojo tampoco tardó en movilizar sus numerosos carros de combate, como bien explica Chris Bellamy (profesor de Ciencia y Doctrina Militar) en su obra «Guerra absoluta».
Los fantasmas de Finlandia
A partir de ese momento comenzó la denominada Guerra de Invierno. Una contienda destinada a ser un paseo militar para el gigantesco ejército de Stalin. Sin embargo, el Ejército Rojo encontró en aquellas gélidas tierras un escollo que sus -en muchos casos- inexpertas tropas no pudieron sortear: la determinación de las tropas locales.

«La resistencia finlandesa fue feroz y la actuación soviética, pese a su abrumadora mayoría numérica, fue pésima. Muchas de las unidades soviéticas desplegadas inicialmente eran de Asia Central [...] y no estaban entrenadas ni equipadas para la guerra invernal», señala el popular historiador Martin H. Folly en su «Atlas de la Segunda Guerra Mundial».
Además, el Ejército Rojo se encontró con el letal fusil de la «Muerte blanca» quien, junto a sus compañeros finlandeses, sabía que su país tenía el invierno como potencial aliado. «La falta de preparación del ejército soviético para combatir en el invierno se debió en parte a estimaciones sumamente optimistas sobre la duración de la campaña», explica Bellamy.

[Imagen: muerte5-kaP--510x286@abc.jpg]
Simo, en una de sus primeras fotografías- ABC

No en vano, el mismísimo mariscal soviético Voronov señaló en una ocasión lo duro que le había resultado a sus hombres combatir en una región llena de nieve a unas temperaturas tan bajas: «Las tropas estaban mal preparadas para operaciones en bosques y para enfrentarse a temperaturas bajo cero. […] En el clima gélido de Finlandia, los mecanismos de las armas semiautomáticas fallaron».
La «Muerte blanca» y el ejército finlandés, además, usaron un tipo de combate muy característico durante la Guerra de Invierno: el de la guerra de guerrillas. Así, mientras que los rusos apostaban por mover sus gigantescos contingentes de infantería por carreteras concurridas, los defensores prefirieron esconderse en los bosques y atacar solo cuando les era propicio. Y no era mala idea, pues el Ejército Rojo tenía 100 soldados por cada uno finés.

«Moviéndose por estrechos senderos en los bosques o esquiando silenciosamente, las tropas finlandesas caían como fantasmas sobre los aterrorizados soldados rusos, para poco después esfumarse en la niebla. Ante la falta de armamento adecuado, los fineses recurrieron a la imaginación para destruir los tanques enemigos, inventando el artefacto incendiario que sería luego conocido como “cóctel molotov”», explica Hernández.

Al ataque
Cuando comenzó la contienda, Häyhä decidió reincorporarse al ejército finlandés para luchar contra los soviéticos. Y a partir de ese punto logró ganarse el apodo de la «Muerte blanca». Ya no solo porque aniquilaba a cualquier ruso que se pusiera frente al cañón de su fusil, sino porque solía acudir a la batalla vestido como un auténtico fantasma. Es decir, con abrigo blanco, una máscara del mismo color que le cubría casi la totalidad de la cara, y unos guantes a juego. Este aspecto espectral (junto a la cantidad de bajas que produjo) le llevó a ser uno de los francotiradores más temidos por los hombres de Stalin.

Häyhä amaba disparar a temperaturas bajas (entre 20 y 40 grados bajo cero, según varios historiadores) poniéndose un trozo de nieve en la boca para evitar que su aliento desvelase su posición. Ese no era el único «truco» que usaba para evitar que le detectasen. Además, solía compactar la nieve que había frente suyo para que no se desprendiese y delatase el lugar exacto en el que se había escondido y, por descontado, para apoyar sobre ella el arma y no errar el disparo.

[Imagen: muerte4-kaP--510x286@abc.jpg]
El francotirador, junto a sus compañeros- ABC

Finalmente, y tal y como se explica en «The Redwood Stumper 2010: The Newsletter of the Redwood Gun Club», nuestro protagonista odiaba disparar con mira telescópica por dos causas. La primera era que la luz del sol que se reflejaba en el cristal podía delatar dónde se encontraba. La segunda, que las lentas solían romperse debido al frío. Por todo ello, utilizaba las alzas metálicas del rifle.
Todos estos trucos le permitieron sumar un total de 505 bajas acreditadas con su fusil de francotirador. Con todo, y como suele suceder, algunos divulgadores históricos como Robert A. Sadowski elevan este número de fallecidos hasta 542. A todos estos cadáveres hay que sumar otras 200 víctimas (estas no cinfirmadas) mediante el subfusil que usaba en las distancias cortas (un total que, nuevamente, algunos expertos elevan hasta 300). Lo que es totalmente contrastable es que logró aniquilar a todos estos soviéticos en un total de 100 días. Algo que se determina en «Finland at War: The Winter War 1939/40».

Sus armas favoritas
Hayha, como explicó después de la guerra, solía acudir a la batalla con dos armas.
1-Fusil Mosin Nagant M28
El fusil Mosin Nagant tenía una gran tradición como arma destacada en el ejército ruso desde principios del siglo XX. Su gran producción hizo que muchos de ellos se vendieran a Finlandia en los años 20. No obstante, en este país se prefirió usar un modelo con un cañón más pesado que el que estaba en servicio por entonces en el ejército soviético. Habitualmente, los francotiradores compatriotas de nuestro protagonista utilizaban el modelo 28/33 para acabar con sus víctimas. Sin embargo, Hayha prefería disparar con su viejo M28 por considerarlo más fiable que el resto y porque su pequeña mira era más difícil de detectar.

2-Suomi M-31 SMG
Su arma de apoyo para las distancias cortas. Este subfusil fue adoptado por el ejército del país en 1931 con el nombre de Suomi KP-Modelo 1931, o simplemente KP-31 (Konepistooli o «pistola automática» 31). Su fabricación cesó en 1944, pero en la Guerra de Invierno demostró ser muy efectivo. Destaca que esta arma sirvió de inspiración a los soviéticos para crear sus famosas PPD y PPSch, las cuales se hicieron muy famosas en la Segunda Guerra Mundial. El que nos atañe era un artilugio efectivo y fiable, pero caro de fabricar.

Kollaa no se rinde
Una de las contiendas en las que nuestro protagonista causó más bajas fue en la batalla de Kollaa, una posición ubicada cerca de la frontera de Finlandia y la Unión Soviética. Tras el comienzo de la Guerra de Invierno, los rusos movilizaron su 56ª División hasta esta región el 7 de diciembre de 1939 a sabiendas de que, si la arrasaban, podrían acabar con una buena parte del ejército defensor.
«En el frente de Kolla usó su viejo fusil de la Guardia Civil finlandesa. Un fusil que siempre había llevado consigo durante la guerra»

Sin embargo, los fineses no estaban dispuestos a permitirlo. Así pues, se encomendó su defensa al Coronel Teittinen, quien tuvo que enfrentarse en las primeras semanas con un único regimiento a cuatro divisiones enemigas. Y todo ello, apoyándose en unas construciones precarias formadas básicamente por zanjas excavadas a mano en el territorio.
Como era típico en los soviéticos, su táctica inicial fue lanzarse a las bravas contra las defensas finlandesas. Algo que podría haber salido bien gracias a su superioridad numérica pero que falló gracias al conocimiento del terreno de los defensores. Al final, el 34 Regimiento de Infantería (en el que se encontraba Häyhä) fue enviado a la zona. En esta batalla, el francotirador aniquiló a un total de entre 200 y 500 enemigos (atendiendo siempre a las diferentes fuentes) durante varias semanas.

«En el frente de Kolla usó su viejo fusil de la Guardia Civil finlandesa. Un fusil que siempre había llevado consigo durante la guerra. Aunque él no contaba las bajas que realizaba, sus camaradas sí. A principios de Diciembre ya había acabado con 51 soldados enemigos en apenas tres días», añaden los tres expertos en su obra.

[Imagen: muerte2-kaP--510x286@abc.jpg]
Simo (derecha) junto al coronel de su unidad

Sus números fueron tan increíbles, que en principio sus oficiales no se los creyeron. Por ello, Teittinen ordenó a un oficial que siguiese de cerca a Simo y contase él mismo las bajas que realizaba. «Cuando Häyhä rondaba cerca de 200, y después de haber mantenido un duelo particularmente épico con un francotirador enemigo, el oficial regresó a dar parte de ello. Posteriormente fue ascendido a sargento», destacan.
Durante la batalla de Kollaa (una zona en la que se generalizó el lema «No pasarán» por parte de los defensores) quedó claro que, a pesar de enfrentarse a un gigantesco ejército soviético, los finlandeses estaban decididos a no ceder ni un palmo de terreno.

Así se corroboró también en la batalla de la «Colina de la muerte», acaecida en este frente. En ella, 32 militares locales lograron resistir el ataque de 4.000 soldados del Ejército Rojo. Y no solo eso sino que, cuando hubo que contar las bajas, solo tuvieron que lamentar la muerte de 4 de sus compañeros, por más de 400 contrarios. Al final de la guerra, Kollaa todavía era finlandesa.

El tiro de gracia
En las semanas posteriores ningún fusil soviético pudo acabar con Simo. Tampoco los bombazos disparados por la artillería que Stalin enviaba contra él. Parecía inmune a las balas. Pero ese espejismo acabó pronto. En marzo de 1940 se demostró que, por muy héroe que fuera, también podía recibir heridas. «El 6 de marzo de 1940 recibió un disparo en la cara de una bala explosiva. El cartucho entró por la parte superior de su labio y le perforó la mejilla», se explica en «Finland at War: The Winter War 1939-40».

El impacto le destrozó el lado izquierdo de la cara hasta tal punto que se llegó a decir que «le habían volado medio rostro». Por suerte, y a pesar de la cantidad de sangre que perdió, sus compañeros pudieron evacuarle de la zona y llevarle hasta un hospital cercano, donde permaneció en coma hasta el día 13. Poco después, Finlandia firmó la paz con la URSS a cambio de cederle una parte de su país.

[Imagen: muerte3-kaP--510x286@abc.jpg]
La «Muerte blanca», tras el disparo- ABC

Ya como un héroe, Häyhä fue expulsado de su casa debido a que esta se encontraba en el territorio conquistado por la URSS. No lo quedó más remedio que trasladarse a la granja de un familiar. Necesitó la friolera de 10 operaciones quirúrgicas para recuperar parte de su rostro, severamente desfigurado después del disparo. Con todo, logró vivir en paz criando animales y alejado de la guerra hasta el 1 de abril del año 2002, cuando dejó este mundo.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#95
  Hospitales de Campaña Romanos

Debido a que en las batallas abundan los enfermos y los muertos, la medicina militar avanzó mucho durante las grandes y largas campañas del Imperio Romano.

En principio, no existía en Roma un criterio bien definido respecto a la Medicina militar; consideraban que curaba más la palabra del jefe que cualquier medicamento, y valía más el ejercicio que la actuación del médico para mantener la salud. En los primeros tiempos no había organizado ningún servicio de asistencia sanitaria en campaña. Acompañaban a los ejércitos combatientes curanderos, ungüentarios y esclavos que hacían las veces de médicos. Los soldados se curaban unos a otros con apósitos medicamentosos que formaban parte de su equipo. Pero los jefes y generales se hacían acompañar de médicos griegos, esclavos o libres. De forma espontánea se fue creando un “cuerpo médico” con aficionados a la cirugía que acompañaban voluntariamente a los ejércitos. Fue la preocupación e interés de los emperadores, al observar que morían más soldados por falta de cuidados que los que morían en la batalla, lo que impulsó la creación de una organización sanitaria militar.

Se dotaron las unidades de médicos militares y auxiliares médicos, y se asignó a cada legión una ambulancia, un pequeño hospital, muy simple, destinado a seguir los movimientos de las tropas a fin de prestar los primeros servicios a los heridos.



[Imagen: fa3fc3d60ef4b46665068e425271d327.jpg]
Se crearon unos hospitales de campaña móviles, constituidos en principio por una tiendas de campaña instaladas cerca de la línea de combate, pero en sitios resguardados y seguros, que Vegecio denomina “aegri contubernales” (compañeros enfermos) .

Los heridos y enfermos reposaban  en lechos de hojas secas o sacos de paja, y recibían los cuidados médicos en espera de ser evacuados o incorporados de nuevo a las unidades.

Los aegri se fueron perfeccionando y dieron lugar, con el paso del tiempo a los “VALETUDINARIA” móvil y fijo. En cada campamento había también un “VETERINARIUM” para tratamiento del ganado.

En los cuarteles incluso en algunos campamentos había hospitales de tamaño considerable construidos con tiendas de campaña. Normalmente, se disponían en forma de cuadrado en torno a un cuadrado abierto central: este diseño se mantuvo en gran medida en los edificios permanentes de las fortalezas.

La arquitectura de los valetudinaria era siempre la misma: un corredor central e hileras a ambos lados de pequeñas salas, cada una con capacidad para 4 o 5 personas. Estos hospitales fueron las primeras instituciones diseñadas para atender heridos y enfermos.

Había  un hospital militar (Valetudinarium) en cada campamento permanente de la Legión. Es de destacar el de la base legionaria de Vetera Castra, cuyos parámetros de ingeniería sanitaria, comodidad e higiene no fueron alcanzados por los hospitales militares hasta muy avanzado el siglo XIX. Contaban con habitaciones para los heridos, y disponían de farmacia y cocina, y una excelente provisión de agua, además de un quirófano en el que intervenir a los soldados en plena contienda.

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El campo de la cirugía fue en el que más profundizaron. Los médicos romanos tenían métodos quirúrgicos  militares
sorprendentemente avanzados para el tratamiento de las heridas. Esto queda reflejado en su amplia variedad de instrumentos quirúrgicos. 

Incluyen fórceps para extraer proyectiles tales como flechas, sondas, espátulas para aplicar ungüentos, pequeñas palas con una cuchilla en el extremo, horcas para separar el tejido muscular, pinzas, agujas tanto curvas como rectas, y tablillas para piernas.

Todos ellos sabían cómo usar los torniquetes, los clampajes arteriales y las ligaduras para parar la pérdida de sangre, y también amputaban para prevenir gangrenas mortales.
En las amputaciones la carne sobre la herida se cortaba sobre el hueso con un escalpelo, pero no sobre articulaciones, y entonces el hueso era serrado, dejando suficiente piel colgando, para después alisar el hueso, doblar la piel encima y coser para cubrir el hueso.
En las legiones había personal de apoyo que atendía  a los enfermos y heridos puntuales en el mismo campamento. El más importante era el doctor medicus cuyo prestigio parece haber sido equivalente al de centurión. Gran número de médicos procedían de Grecia. Estos médicos poseían elevados conocimientos de medicina.
El primer cuerpo profesional de médicos militares los estableció el emperador Augusto, hasta entonces la suerte de los soldados heridos dependía de lo que cada general decidiera. Julio Cesar, tenía médicos de campaña, otros no llevaban ningún médico, dejando a los heridos al cuidado de sus compañeros.

Para  Augusto era muy importante la alta moral de sus tropas, y por consiguiente era importante que los soldados supieran que un grupo de médicos les aplicarían los cuidados necesarios para salvar sus vidas.
Para atraer a médicos al ejército, Augusto confirió el staus équite y los derechos de ciudadanía completa a todo médico que se enrolase en el ejército. Les ofreció los mismos beneficios monetarios y las mismas cantidades de tierra cuando se retiraran, y estaban exentos de algunos impuestos.
Los primeros auxilios se suministraban en el mismo campo de campaña por el médico que praefectus castrorum, que era el tercer oficial en orden de importancia de la legión, el medicus primus era el médico entrenado que cumplía su servicio en la legión el tiempo de servicio unos 25 años. 

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Un médico militar Pedanius Dioscurides, escribió Materia médica, un texto que citado por Galeno, fue utilizado durante mucho tiempo. Antigono elaboro un remedio para el dolor de cabeza que contó con la aprobación d Galeno, Axius un oculista de la flota británica classis britannica elaboro un bálsamo ocular que incluía sulfuro de mercurio.

Estos hombres fueron grandes médicos. El nivel del medicus medio podía ser mucho más bajo Celsus otro autor que escribe sobre medicina nos cuenta que los doctores militares al igual que los cirujanos de las escuelas de gladiadores tenían mucha más oportunidades de estudiar anatomía que sus compañeros que se ocupaban de los pacientes civiles.

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Por debajo de los médicos había otro personal por  ejemplo el optio valetudínarii que se encargaba de la supervisión y administración del hospital.

Los capsarii encargados del botiquín de primeros auxilios la  capsa, ofrecían un tratamiento básico y menos especializado que el de los médicos. Posiblemente el capsarii atendía a los heridos en el campo de batalla ofreciendo unos primeros auxilios, se trataba de curar rápidamente a los heridos menos graves para que volvieran al campo de batalla lo antes posible.   Parece que había al menos dos o tres de ellos en cada una de las cohortes y que no se trataría propiamente de personal médico sino de legionarios especialmente adiestrados para ofrecer un tratamiento básico y rápido, sobre todo, en los momentos inmediatamente posteriores a los del choque con el enemigo.

Agrícola, tuvo que entrar en combate en una ocasión sin ellos ya que una de las legiones carecía temporalmente de ese personal. El general ordenó a varios de sus servidores que, en dos días, aprendieran lo que pudieran y les entregó botiquines con la orden de acompañar a las tropas. Cuando uno de sus lugartenientes lo vio, cuestionó la utilidad de ese remiendo ante lo que Agrícola espetó... “...hay que ofrecer a todo hombre una esperanza”.

Los  más graves eran transportados en las “arceras”  las ambulancias de los romanos (carros tirados por animales). Como ambulancia, es presumible que se empleara un carro ligero de dos ruedas por cada cohorte, también las había de cuatro ruedas que disponía de suspensión, una verdadera innovación tecnológica de aquellos tiempos que consistía en suspender la caja mediante correas de cuero.
Este  vehículo era utilizado  para trasladar a sus enfermos y  heridos a los hospitales de campaña donde eran atendidos  por los médicos que permanecían  en el campamento para tratar al resto de soldados y enfermos.

Para los médicos era muy importante minimizar las bajas por enfermedad, tanto en tiempo de paz como de guerra, por lo que se ponía mucho énfasis en la higiene, cloacas alcantarilla suministro de agua limpia dieta saludable y variada, inspecciones médicas aceites para protegerse del sol y repelentes de insectos. En el ejército  solo se permitía el ingreso de reclutas sanos y se les   exigía limpieza personal, de ropa y equipamiento.


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Fuente :
“Las grandes batallas en la historia de la cirugía militar” Rev. “Medicina Militar ”
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#96
Las tropas auxiliares del “Corps Expéditionnaire Français d’Extrême-Orient” en Indochina

[Imagen: 1er-Muong--de-Lattre.jpg]

Hablamos brevemente del uso de tropas indígenas durante la guerra de Indochina, si cambiásemos las fechas a 15 años después comprobaríamos que sucedió algo similar durante la guerra de Vietnam.
Incorporación de tropas locales.
Desde el comienzo de la guerra de Indochina surgió un doble problema: hacer frente a la falta de efectivos militares e implicar a la población para, entre otros motivos, beneficiarse de sus conocimientos. Por todo ello, en 1946 el general Leclerc solicitó la incorporación de los indochinos en el cuadro del CEFEO (“Corps Expéditionnaire Français d’Extrême-Orient”.)

Así, miles de hombres, principalmente de la minorías étnicas de las montañas de Tonkin, hostiles a los que denominaban partisanos comunistas se alistaron al ejército francés formando las “Compagnies de Supplétifs Militaires”, lo que venían a ser tropas auxiliares. Los indochinos no serían las únicas tropas coloniales, ya que también se contaría con argelinos, marroquíes y senegaleses.
A finales de 1950 el general Jean de Lattre teorizó el concepto y de acuerdo con las autoridades locales creó un ejército vietnamita en todas las armas para así apoyar al CEFEO y dotar al país de una fuerza propia.

[Imagen: 1er-muong-51-2d141bb.jpg]

Las gentes de la montaña
Los Muong son la más grande de las 53 minorías étnicas reconocidas hoy en día en Vietnam, formada por alrededor de 1,2 millones de personas. Viven en las zonas montañosas del norte de Vietnam, al oeste de Hanoi, en las provincias de Hoa Binh y Than Hoa.
Si bien se cree que los Muong están emparentados con los vietnamitas, algunos etnólogos teorizan que los Muong permanecieron aislados en las montañas mientras que los vietnamitas se trasladaron a las llanuras y a la costa, viéndose allí al alcance de las invasiones chinas y de su cultura.

Por contra, los Muong y los Thai tuvieron una influencia mutua en sus culturas, tanto así que hoy los Muong están étnicamente y lingüísticamente más cercanos a los vietnamitas, pero cultural y socialmente a los Thai.
En los años de la guerra, y actualmente es a menudo el caso, estas minorías eran excluidas de los centros de tomas de decisiones y negocios del país, y no especialmente por los europeos sino por el propio pueblo vietnamita, fruto de un odio que se había ido desarrollado a través de los siglos.
A pesar de estas posibles tiranteces, fue facilitada su incorporación junto a las tropas francesas.

Los batallones Muong.
Tomando las ideas del general Leclerc, el general Alessandri, comandante en jefe de las fuerzas en “Extrême-Orient”, ofreció un primer estatuto de autonomía para los Muong, basado en el modelo mantenido para los Thais, los otros habitantes de las montañas de Tonkin.
Con un costo inferior en comparación con los soldados de la metrópoli y de los demás hombres que llegaban de otras colonias, ahora se contaría con el importante beneficio del conocimiento de un terreno con el que los Muong estaban totalmente familiarizados.

[Imagen: d22fd0ef2fbd1cac2d15eefd83f0f42b.jpg]

El 1 de marzo de 1950 el general Vanuxen, que pronto sería un estrecho colobaorador del general de Lattre de Tassigni, creó el batallón Muong. Un año después la unidad se convirtió en el 1er Batallón Muong, creándose el 6 de abril de 1952 un segundo batallón.
El 1er batallón operó en Xom-Giam, Doa-Tu y especialmente en la importante victoria de Vinh-Yen (13-17 de enero de 1951), donde las tropas del general de Lattre en una inferioridad de 2 a 1 derrotaron a los hombres del general Giap. Allí la unidad atacó una población a bayoneta calada y tras duros combates regresó a las líneas francesas tras recuperar el cuerpo de uno de los comandantes de la compañía. Posteriormente intervinieron en la región de Hoa Binh y liberaron la de Bich-Du, en Tonkin. Después de la caída del campamento atrincherado de Dien Bien Phu, el batallón se disolvió el 11 de agosto de 1954.

El 2º batallón se distinguió en Phat Diem, Tri Le y también en Bich Du. El 24 de diciembre de 1952, la unidad atacó el pueblo de Nghi Xa, luchando constantemente día y noche y llegando a combates cuerpo a cuerpo, pasando al día siguiente a la retaguardia. En el Estado Mayor concluyeron que por sí mismos detuvieron y luego destruyeron al equivalente a un batallón VietMinh.
Posteriormente, ya con una fuerte reputación, el 2º batallón se disolvió para convertirse el el 73º Batallón del Ejército Nacional Vietnamita.

Los soldados Muong fueron especialmente eficaces en su región de origen, donde conocían cada centímetro de Hoa Binn, lo que a menudo les permitía detectar antes que nadie la presencia de fuerzas Vietminh. Eran exploradores de primera clase y sabían cómo aproximarse al enemigo sin ser detectados. Estas ventajas no se daban cuando se trataba de hacer la guerra lejos de su territorio y bajo las reglas impuestas por algunos oficiales, para quien “¡es la guerra que se enseña en Saint -Cyr!

[Imagen: scan7.jpg]
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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