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Batallas y protagonistas de nuestro Ejercito.
#51
[Imagen: El%20Grito%20de%20Asencio%20-%20Enrique%...purro..jpg]

GRITO DE ASENCIO, 28 DE FEBRERO DE 1811

El 27 de febrero el contingente de revolucionarios comandado por Pedro Jose Viera y Venancio Benavidez quienes decididieron emprender las primeras acciones. Al día siguiente tomaron la cercana población de Mercedes en la madrugada y luego Santo Domingo de Soriano.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#52
17 de marzo de 1897

Batalla de Tres Arboles




En el amanecer del 97, patriotas blancos exiliados en Buenos Aires se organizaron para cruzar el río y sumarse a la Revolución del “vecino alzado” como le gustaba llamarse a Aparicio Saravia.
Se venía de una derrota fiera como había sido la batalla de Arbolito donde había caído nada menos que Chiquito, el heroico hermano del “Aguila del Cordobés”. Eran 22 hombres que partían en armas hacia la patria con el fin de ir sumando en cada pueblo o rancho a los gauchos que “engolillados” con la divisa “Defensores de las Leyes” engrosaban filas para librar su tierra del vasallaje infame. Se eligió como jefe al coronel Diego Lamas.
Militar de carrera en escuelas militares argentinas, ayudante de campo de la Comandancia General en la campaña del desierto, donde adquirió experiencia y prestigio por su coraje y dones de mando expuestos. Seguro que de proseguir en filas argentinas, tenía un muy próximo generalato. Prefirió en cambio pedir la “baja” para integrar en su patria la gesta libertadora.

Junto a Luis A. de Herrera, Duvimioso Terra, Luis Pastoriza, Juan Loaces, G. Funes y otros grandes pensaba cruzar el territorio en donde el grueso del ejército patrio nacionalista presumiblemente los esperaban. Nunca faltan traidores y un caudillito norteño Manuel Núñez, celoso de los mandos elegidos, presumiblemente los denunció al gobierno colorado. Batlle de inmediato mandó al general Villar y al coronel Segundo Flores (hijo del general Añamembuí) en su persecución y exterminio. Era una tropa profesionalmente entrenada y fuertemente armada.

Los inspiraba la más absoluta confianza de triunfo a sabiendas de las limitaciones de “medios” bélicos que los blancos tenían y hasta una marcha triunfal para festejos a la vuelta, con bombos y fanfarrias llevaban.
La que sería “Tres Arboles”. Esto, sin perjuicio del número mayor ostensible de hombres de “línea” sobre gente de campo cuya fuerza y experiencia sólo se basaba en el amor a la patria y a la libertad, como fueron los hombres con los que contaba Diego Lamas.

Es obvio que subestimaron a Lamas. Eligió el sitio apropiado, un “paso” por donde se cruzaba el arroyo Tres Arboles, en un lugar donde la espesura del monte facilitaba la ubicación correcta y eficaz del ejército nacionalista que, aunque mucho más limitado en número, lo suplía con la sorpresa. De soberbios presuntos triunfadores, el “savalaje” colorado se transformó en derrotados ignominiosos.

[Imagen: 022-la-batalla-de-tres-arboles.png]

El triunfo de Diego Lamas fue avasallante siendo famosa la carta del general Villar a Batlle, donde caballerosamente, justo es consignar, admite que de ir a buscar la gloria y el triunfo fue sorprendido por los blancos y hasta buscó la muerte a la que tampoco pudo acceder como era su deseo para evitar la vergüenza. Pero lo más significativo, sin perjuicio del éxito y gloria militar, en sí, Tres Arboles representó el coraje, sacrificio y entrega de los hombre de un Partido que basaron sus luchas y ambiciones en el logro de libertades, vigencia de la Ley y la moral administrativa acabando con los despojos y arbitrariedades electorales de uso común colorado de la época.

[Imagen: 88982564_59766947.jpg]
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#53
202 aniversario de la Accion del Pintado Viejo

Con motivo de la conmemoración del 202º Aniversario de la Acción del Pintado Viejo, se realizó este sabado pasado el acto conmemorativo y recreación del combate en el lugar historico de los hechos. 
La “Acción del Pintado Viejo” tuvo lugar el 23 de marzo de 1817 en la zona de Villa Vieja y ocurrió durante la segunda invasión portuguesa, escalada militar que involucró a los Reinos Unidos de Portugal, Brasil y Algarve contra la Liga Confederada de los Pueblos Libres, liderada por su "Protector", José Artigas.
En el lugar se enfrentaron las fuerzas artiguistas al mando del Gral. Fructuoso Rivera y las fuerzas invasoras luso brasileñas obteniendo los orientales una resonante victoria lo que obligó al enemigo a retroceder dejando sin efecto su plan original.

[Imagen: cicl2hC.jpg]

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Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#54
Personalidad y entorno de Pablo Galarza


 [Imagen: P-33-560x462.jpg]
Viaje a un tiempo en que niños de ocho años podían ser capitanes de escuadrones. Una mirada desde un presente en que blancos y colorados parece que están restañando heridas. En buena hora.

 
Por Alberto Moroy
La historia de hoy comienza con una humorada del escritor uruguayo Mario Benedetti en “Recuerdo de los Galarza” Sin duda refleja lo que fue este general olvidado, pero de vital importancia durante la revolución de 1904.
Decia Mario Benedetti
“Hoy no puedo, viejo. vinieron los de Galarza”. Para mí esa respuesta era un enigma, porque yo había estado toda la mañana en casa y nadie había venido: ni los de Galarza ni los de ninguna otra familia. Además, yo no conocía a nadie que se llamara así. Sólo varios años después supe que Galarza era el nombre de un jefe colorado*, durante los años de guerra civil, y según la leyenda, cuando sus hombres pasaban por algún poblado, los derramamientos de sangre eran inevitables. O sea que lo que mi madre le avisaba a mi padre (en clave, claro, debido a mi indiscreta presencia) era que estaba con la regla y en consecuencia no se hallaba en disponibilidad erótica”.


Pablo Galarza (Caras y caretas)
Pablo Galarza y sus 3500 hombres constituyeron uno de los principales objetos de atencion en la Republica Oriental del Uruguay.  Una de las figuras que mas se destacaron en la revolución uruguaya, fue el general Pablo Galarza. Su apellido y su ejercito fueron, de lo mas mentado  por aquel entonces ” ¿Galarza se ha movido”? ¿No se ha movido Galarza? ¿Galarza esta resentido con el presidente Claudio Williman? ¿Galarza tiene verdaderos motivos de disgusto con el presidente Claudio Williman?  (Presidente de la República, 1907 a 1911).
Galarza como casi todos los generales uruguayos, tenía  un singular predicamento en campaña, tanto de político como de general.  No era solo un militar que obedecía a su gobierno, sino tambien un partidario que se bate por el color de sus afectos. Hasta que cabe preguntarse ya que Galarza era colorado, si seria posible un general Galarza bajo un gobierno nacionalista. Y desde luego, a nadie se le ocurriría admitir que Galarza defendiese a los poderes constituidos.


[Imagen: F1-OK-6-560x328.jpg]
Claudio Antolín Williman González / Pàblo Galarza. Libro “Los Galarza W Lockhart”


[Imagen: F2OK-1-560x340.jpg]
Galarza / Presidente Batlle con el coronel Galarza (estación Peñarol 21 de agosto de 1904)
Libro raro y agotado
Vida De 2 Caudillos: Los Galarza, De W. Lockhart
http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-...ckhart-_JM


Su padre
El General Gervasio Galarza nació en 1817.  Sirvió a las órdenes del General Oribe en 1839, como subalterno del Capitán Liborio Acosta. Hizo las campañas de la Guerra Grande a las órdenes del General Rivera. En esa guerra prestó grandes servicios a las familias de Colonia y Soriano, que se habían refugiado en la Isla de Martín García.-Mas tarde fue oficial a las órdenes de Máximo Pérez. Fue parte activa en la Batalla de San Antonio a órdenes del General Garibaldi.-Se distinguió en la Batalla de Manantiales durante la guerra de Aparicio, como asimismo en Perseverano. Salvó al Ejército del General Caraballo en “Corralito” en la memorable acción del “Rincón de la Higuera”.-


Fue Oficial a órdenes del General Flores en la Cruzada. Actuó en todos los movimientos armados hasta 1897. Recibió los despachos de Sargento Mayor efectivo el 19 de abril de 1870. Ascendió a Teniente Coronel, el 6 de octubre de 1870.  A coronel Graduado el 1º de diciembre de 1875.  A Coronel efectivo el 1º de febrero de 1882.  A General de Brigada, el 8 de febrero de 1886.  A General de División el 22 de marzo de 1890. En varias ocasiones desempeñó la Comandancia  Militar de Soriano y el mando de la División del mismo Departamento.


Curriculum  militar de Pablo Galarza Fleitas
Nació en Soriano el 16 de enero de 1851, hijo del General Gervasio Galarza y de María Fleitas- Se casa con Otilia Schultz.-
El 05.0.1870 es Ayudante Mayor (Div.Soriano)
El 20 de diciembre de 1875 lo nombran Capitán (Comandancia Soriano)
El 26.04.1880, es nombra Mayor (Ministerio de Guerra y Marina)
El 14.10.1880, es Mayor Jefe del Regimiento 2do.de Caballería
El 18.05.1881, es nombrado Teniente Cnel. Graduado y el 24.02.1883, Teniente Coronel.
El 09.02.1886 es nombrado Coronel.


En 1897 estuvo presente en la acción de Tarariras del 21 de agosto y en las acciones subsiguientes como Jefe de Vanguardia a órdenes del general Juan J. Díaz, General Santos y Manuel Benavente como Coronel con retención del mando del Regimiento 2do.de Caballería.
El día 4 de enero de 1904 se halló presente en la Acción del Paso Calatayud (Flores) y el 14 del mismo mes en Mansavillagra, el 15 en Illescas, el 16 en Paso de Juan Antonio del Yi, el 17 en las Palmas, 18 Pablo Páez, 22 y 23 en Arroyo Conventos.
El 12 de marzo en Paso del Parque, 20 de mayo Paso de los Carros (Treinta y Tres), como Coronel, Jefe de la Extrema Vanguardia bajo el Comando del General Muñiz hasta su relevo siendo designado como Comandante en Jefe del Ejército del Sur.-
El 22 y 23 de junio de 1904, libró la Batalla de Tupambaé como Comandante en Jefe del Ejército del Sur. General de Brigada con antigüedad 22 de junio de 1904.-
El 9 de octubre de 1905 se le asciende a General de División. El 11 de febrero de 1911 a Teniente General. El 24 de febrero 1915 Jefe de la Región  Militar Nro.3, el 1 de marzo de 1934, y el 31 de enero de 1935 fue Comandante Militar en Flores y Durazno.


Durazno; los pagos de Pablo Galarza
En el cuartel del Regimiento de Caballería Blindado No. 2, existe la casa, hoy museo, que fuera del Teniente general Pablo Galarza, fundador y primer jefe del regimiento. Se radicó en Durazno en 1898.


[Imagen: F3-17-560x290.jpg]
Su casa dentro del regimiento / Patio trasero / Cuerpo antiguo del cuartel, busto de Galarza
Más info. del cuartel
http://www.uruguaymilitaria.com/Foro/vie...&start=300


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Galarza y su escolta llegando a Durazno


[Imagen: F5-15-560x275.jpg]
La cabeza de la división Durazno al mando del comandante Florentino Segueira


Almacén y billar 6 de mazo
Los pagos de Galarza fueron el departamento de Durazno Alli residía y  gozaba de una popularidad extraordinaria. Si se necesitara una prueba de ella, diríamos que en Durazno habia una escuadrón infantil llamado “Gloria o Muerte”, cuyos miembros eran ahijados del general, casi podríamos decir que eran  hijos adoptivos, pues todos son huerfanos a quienes Galarza protege. El comandante de ese escuadrón es Ireneo Vargas de 8 años.


Los niños de la guerra
Al Coronel Pablo Galarza lo acompaña un niño de 10 años, nieto suyo. Le preguntan si el niño ha hecho toda la campaña con Galarza: “Todita. Figúrese que, en ocasiones, he querido hacer ir en la carreta de las provisiones, pero no hay forma; el va en su petiso y trota a la par que el ejército, es incansable, y hay que ver que muchos días hemos hecho leguas y leguas” ¿Seria Irineo Vargas?
¡Un capitan de 8 años!
[Imagen: F6-111-560x309.jpg]
Escuadrón “Gloria o Muerte” al frente el capitan Ireneo Vargas de 8 años. La esposa de don Pablo Galarza es la señora Otilia Schultze.  Es una dama ilustrada, “intelectual”, como suele decirse y la que marcha a la cabeza del feminismo uruguayo. Goza tambien de renombre de escritora, y es presidenta de la asociación de Damas liberales del Durazno.


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Galarza montado en su caballo preferido / Su esposa Otilia Shultze de Galarza


[Imagen: F8-3-560x331.jpg]
La pajarera
Pablo Galarza fallecio el 15 de octubre de 1937


Observaciones
La finalidad de este articulo es ofrecerles un documento testimonial de la epoca con fotos inéditas, y  mostrarles el habitat donde residía este general, mas algunas referencias de sus actividades. El entorno tiene afinidad política con el partido Colorado, pero entiende que los hechos históricos dejan de ser partidarios y pertenecen al acervo cultural del pueblo. Por eso hemos publicado varias notas referidas a caudillos blancos y colorados. Valga esta aclaración para quienes via facebook tratan de defender sus ideologías, mediante descalificaciones que no aportan nada y si exacerban  las divisiones entre uruguayos


http://viajes.elpais.com.uy/2014/07/29/p...o-galarza/
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#55
Aniversario de la Batalla de Sarandi

12 de octubre de 1825



[Imagen: 6%29_12_de_Octubre_de_1825_-_Batalla_de_Sarandi.jpg]




Parte mandado por el General D. Juan Antonio Lavalleja al Comisionado del Gobierno Oriental en Buenos Aires:
Cita:"Ya no es posible que el déspota del Brasil espere de la esclavitud de esta provincia en engrandecimiento de su imperio. Los Orientales acaban de dar al mundo un testimonio indudable del aprecio en que estiman su libertad. Dos mil soldados escogidos de caballería brasilera, comandados por el Coronel Ventos Manuel, han sido completamente derrotados el día de ayer en la Costa del Sarandí, por igual fuerza de estos valientes patriotas, que tuve el honor de mandar. Aquella división tan orgullosa como su jefe, tuvo la audacia de presentarse en campo descubierto, ignorando sin duda la bravura del Ejército que insultaban. Vernos, y encontrarnos fue obra del momento. En una y otra línea no precedió otra maniobra que la carga; y ella fue ciertamente la más formidable que puede imaginarse. Los enemigos dieron la suya a vivo fuego, el cual despreciaron los míos y a sable en mano y carabina en la espalda, según mis órdenes encontraron, arrollaron y sablearon, persiguiéndolos más de dos leguas, hasta ponerlos en la fuga y dispersión más completa; siendo el resultado quedar en el campo de batalla de la fuerza enemiga más de cuatrocientos muertos, cuatrocientos setenta prisioneros de tropas, y cincuenta y dos oficiales, sin contar con los heridos que aún se están recogiendo, y dispersos que ya se han encontrado y tomado en diferentes aportes; más de dos mil armas de todas clases, diez cajones de municiones, y todas las caballadas. Nuestra pérdida ha consistido en un oficial muerto, trece de la misma clase heridos, treinta soldados muertos, setenta heridos. Los señores jefes, Oficiales y tropas son muy dignos del renombre de valientes. El bravo y benemérito Brigadier Inspector, después de haberse desempeñado con la mayor bizarría en el todo de la acción corre sobre una fuerza pequeña que ha escapado del filo de nuestras espadas. En primera ocasión, detallaré circunstanciadamente esta memorable acción pues ahora mis muchas atenciones no me lo permiten. El sargento Mayor encargado de detalle de este Ejército y conductor de éste, informará a Ud. de los otros pormenores que apetezca instruirse.
Dios guarde á V. muchos años.
Cuartel General en el Durazno, Octubre 13 de 1825.
JUAN ANTONIO LAVALLEJA
Al Sr. Comisionado del Gobierno Oriental."

Big Grin Big Grin Big Grin
 
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#56
10 de enero de 1815
Batalla de Guayabos
Maestro Ramón Ariel Rosconi.

[Imagen: batalla-de-guayabos.jpg]

La batalla de Guayabos se llevó a cabo en nuestro actual departamento de Salto, cerca del límite con Paysandú y Tacuarembó, un 10 de enero de 1815. Fue un combate entre las fuerzas federales del oriental José Artigas dirigidas por Fructuoso Rivera y las del Directorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata al mando de Manuel Dorrego. La victoria fue de las fuerzas orientales.



El 23 de octubre de 1814 Artigas y sus hombres se separaron del sitio de la ciudad de Montevideo (dominada hasta entonces por los realistas españoles), indignados por el trato que el gobierno unitario y centralista de Buenos Aires daba a las demás provincias. Cuando la ciudad de Montevideo cayó en poder del Directorio el general Carlos María de Alvear se negó a entregarla a los orientales. Ya desde antes, las fuerzas de Artigas se enfrentaron con las del gobierno central en varias batallas menores, que les permitieron a estos controlar Entre Ríos y Corrientes.

Varias pequeñas divisiones del ejército centralista intentaron derrotar a los federales en la Banda Oriental, y el 4 de octubre el coronel Manuel Dorrego derrotó a la fuerza más importante de los federales en la batalla de Marmarajá, cerca de la frontera norte, obligando a su jefe, Fernando Otorgués, a huir hacia el Brasil. Alvear creyó que había terminado con la insurrección y ordenó que sus fuerzas se trasladaran hacia Buenos Aires.

Pero pronto Otorgués regresó y Artigas todavía era fuerte en el noroeste de la Banda Oriental. Dorrego tuvo que hacer varias campañas por el interior de la provincia, hasta que, en los primeros días de enero, marchó hacia el campamento central de Artigas en el arroyo Arerunguá, en el este de nuestro actual departamento de Salto. Estando en camino, exigió al jefe de las fuerzas de Entre Ríos, Juan José Viamonte, que le enviara refuerzos; pero éste estaba tan amenazado por los federales que no se los pudo enviar.

La batalla sucedió muy próxima al arroyo Guayabos, afluente del Arerunguá, entre los 800 hombres de Dorrego y los alrededor de 1500 de Artigas, cuyas fuerzas eran mandadas por Fructuoso Rivera.
Al iniciar las acciones, el ala derecha del ejército centralista, soldados del Regimiento de Granaderos a Caballo al mando de Juan Lavalle, lograron alguna ventaja sobre los orientales. Pero varias de las unidades de Dorrego se pasaron a los federales, y así estos lograron resistir el ataque. La mayor parte de las fuerzas del Directorio huyeron, salvo los granaderos y la escolta de Dorrego.

Poco después, también los unitarios de Entre Ríos fueron derrotados, y el director supremo Alvear ordenó abandonar la Banda Oriental. Estas fuerzas antes del retiro saquearon Montevideo, llevándose todo el armamento y dinero de la ciudad, además de su imprenta, dejando a Otorgués entrar en la ciudad. Durante el mencionado saqueo, los soldados volaron el polvorín de la capital oriental, provocando la muerte de un centenar de civiles.

Poco después, Alvear ofreció a Artigas la independencia de su provincia, que el jefe federal rechazó indignado.
La batalla de Guayabos significó la liberación de la Banda Oriental de la dominación centralista e inició el período de máximo poder de Artigas. Fue el germen de la independencia de Uruguay, que se concretaría en realidad años después.
Pero, al no haber solucionado la cuestión federal, fue un eslabón más en las interminables guerras civiles que dividieron a la región del Río de la Plata en el siglo XIX.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#57
(09-19-2015, 03:51 AM)Mauricio Canabal escribió:
(09-17-2015, 11:39 PM)Terminus escribió: Abro este tema para que aquellos que se sientan interesados por la historia y particularmente la militar, puedan encontrar aqui el lugar para subir sus opiniones y comentarios y que el resto de nosotros podamos ampliar nuestros conocimientos.

Big Grin Big Grin Big Grin

La Batalla de Guayabos, 10 de Enero de 1815.

¿ Quién condujo las fuerzas orientales  en la Batalla de Guayabos, el 10 de Enero de 1815 ?

Según Larrañaga,  y buena parte de los historiadores nacionales recogen esta postura, fue Fructuoso Rivera. 

Según Francisco Bauzá fue su padre, Rufino Bauzá, por orden de Artigas.

Según J. Pelfort fue Artigas mismo en persona el conductor y según algun historiador argentino los caudillos orientales que participaron, y cita a Rivera, Lavalleja y Bauzá, lo hicieron sin que existiera una conducción única.   Bauzá por otra parte , afirma que existió un parte de la batalla hecho por Rufino Bauzá dirigido a Artigas pero no lo   transcribe. 

Al no existir o no haberse encontrado hasta ahora el parte oriental de esta batalla, la duda persiste.

El historiador Francisco Bauzá en su libro Historia de la dominación española en el  Uruguay Tomo III pags 218 y 219 atribuye la jefatura de las fuerzas orientales a Rufino Bauzá ( su padre) por orden de Artigas.

Archivo Artigas Tomo XVII doc 323 pag 293 ver tambien doc 366 y 348

El evento histórico es el resultado de la ruptura entre  Artigas y el gobierno de Buenos Aires (1814). 

Un cuerpo al mando del Cnel. Manuel Dorrego avanza hacia el Cuartel General de Artigas en Arerunguá con el objetivo de dispersar sus fuerzas. 

El plan artiguista, por otro lado, atrae al enemigo y lo hostiga de forma continua por medio de las fuerzas  al mando del Capitán Juan Antonio Lavalleja. Por otra parte, las fuerzas charrúas al mando de Manuel Artigas se encargan de cortar las comunicaciones con el litoral del Río Uruguay y al sur del Río Negro. 

Las fuerzas bonaerenses son atraídas hacia el arroyo Guayabos y el 10 de enero se gesta la batalla, que dura desde el mediodía hasta la noche. Triunfa el bando oriental. 

Esta victoria  y la posterior liberación de Montevideo por Alvear, tras practicamente saquearla, marcarán el fin del dominio porteño en la entonces Provincia Oriental, dando paso a la incipiente Liga de los Pueblos Libres y al apogeo de Artigas.

En el Cuartel General de Arerunguá, el 13 de enero de 1815, tres días después de la  Batalla de Guayabos,  se iza y jura la Bandera de los Pueblos Libres. 

El Ejército Nacional, a través del Regimiento Guayabos, rindió homenaje en el Campo de Batalla, al General Artigas y a las tropas orientales.

Análisis de Lorenzo Barbagelata.

Montevideo Setiembre de 1905.

 A la memoria de Carlos M. Ramírez

En octubre de 1814, el general Alvear dejó el mando de las fuerzas que ocupaban la Banda Oriental, retirándose a Buenos Aires a preparar su exaltación al poder, auxiliado por la Logia Lautaro, en donde era omnipotente, y por la Asamblea Constituyente, sometida a la influencia decisiva de aquélla. Nombróse al coronel Miguel Estanislao Soler, capitán general del ejército y gobernador intendente de Montevideo. Deplorable era la situación de la provincia, agravada por la acción funesta de la oligarquía militar, cuya silueta asomaba descaradamente en el horizonte político del Estado. Un año hacía que se peleaba con sombrío empecinamiento en el suelo uruguayo, absorbiendo la guerra civil la sangre ahorrada por las armas de la madre patria. Jornadas sangrientas se sucedían sin interrupción, diezmando y arruinando a los partidos que libraban a la fuerza la solución de sus enconadas querellas. La prolongación de la lucha, lejos de aplacar el furor de los ánimos, lo enardecía cada vez más, por los desaciertos y las iras implacables de los que la dirigían. Los que desempeñaban el gobierno no oían otras inspiraciones que las de su egoísmo, procurando sacar todas las ventajas personales posibles, del caos en que habían sumergido al país. Ninguno tenía desinterés suficiente para elevarse a la altura de las circunstancias, haciendo los sacrificios indispensables para apagar el incendio, desarmando la oposición y acallando los resentimientos que dividían la opinión pública. Se había llegado al punto en que la brutalidad de las facciones imposibilita todo acercamiento, considerando la venganza un deber, el odio una bandera, la licencia y el pillaje un derecho. Diríase que más bien que una cuestión transitoria, liquidaban entre ellas viejos agravios o seculares rencores. Mientras los españoles permanecieron en Montevideo, el peligro común aunó todos los esfuerzos y voluntades, pero vencido este obstáculo con la capitulación de Vigodet, se concentraron en la riña interna las energías despertadas por la revolución, embraveciendo intensamente las disensiones partidarias, revistiéndolas de una tendencia intransigente y sanguinaria que hasta entonces no habían exteriorizado. 

Alvear contribuyó poderosamente a avivar las pasiones con sus violentos excesos, con sus ardides mezquinos, con su ambición desbordante, con su opresora política, con su diplomacia de engaños, con los procedimientos desleales empleados con los jefes artiguistas. En cuanto llegó a Buenos Aires, en lugar de actos de tolerancia o de concordia, aconsejó a su tío el Director Supremo, medidas de agresión y de exterminio, ordenándose a Soler que tratase "a los orientales como asesinos e incendiarios" y fusilase sin consideración "a todos los oficiales, sargentos, cabos y jefes de partidas que aprehendiese con las armas en la mano". Cuéntase que Artigas mandaba leer el decreto de Posadas a los oficiales porteños que caían prisioneros, sin ejecutarlo jamás, desdeñando aplicar a los rendidos tan inhumana represalia. Soler comunicó a sus subalternos la decisión superior, dictando varias providencias complementarias, en las cuales se condenaba a la pena capital, después de cuatro horas de aprehendidos, a los individuos que, directa o indirectamente, auxiliasen a las partidas o a los descubridores del enemigo; a los que teniendo noticias del acercamiento de un grupo insurgente, no lo comunicasen inmediatamente a la más próxima autoridad; a los que condujeran pliegos de los sublevados o les indicasen la posición, el número o la dirección de las fuerzas del Estado; con las de confiscación y de destierro a los que mantuvieran correspondencia "de palabra o por escrito" con el general Artigas o los jefes de sus divisiones; a los que ocultasen caballos propios o ajenos, o desamparasen sus haciendas para seguir el partido de los rebeldes; si el reo era una mujer, se le castigaba con un año de reclusión en el hospital de la capital de la provincia. Como se ve, los que no se sometían no tenían otra perspectiva que la miseria, la proscripción o el cadalso. A esto hay que sumar los vejámenes y extorsiones cometidos en Montevideo, en donde se impuso una subidísima contribución extraordinaria al vecindario y a su desvencijado comercio, para cuyo cobro se vendieron en subasta pública el mobiliario de las casas y los instrumentos de la industria, amén del sinnúmero de despojos y sustracciones que sufrió la propiedad pública y privada. Fue tal la irritación que estas medidas produjeron, que don Nicolás Herrera, delegado del Director Supremo, solicitó se suspendieran, porque desprestigiaban al Gobierno, aumentaban los motivos de la guerra, y crecían la popularidad de Artigas, a quien, añadía, "no pueden oponerse las armas, por causas de que supongo a V. S. informado, ni el concepto ni el amor del pueblo, porque no trabajamos para ganarlo".

 

El descontento era general, acentuándose diariamente la animadversión al nombre y al ejército porteños. Bien lo echaron de ver los jefes que operaban en campaña, donde abundaban los enemigos como las margaritas bajo los primeros rayos del sol de estío. No encontraban simpatías ni protección en parte alguna, sino señales evidentes de hostilidad y gritos de venganza. Cuando se aproximaban a las poblaciones, huían sus moradores: unos se refugiaban en los montes, otros atravesaban el río Negro para incorporarse a las divisiones de Artigas, y los que quedaban se encerraban en sus casas rehusando tener contacto con el invasor. Los hacendados se ausentaban de sus propiedades, llevando consigo los caballos, el ganado, las carretas, todo lo que pudiera aprovechar o utilizar el enemigo. Incendiaban grandes extensiones de campo para privar de forraje a sus caballerías o dificultar las marchas del ejército. A veces andaba éste días y días por llanuras desoladas sin descubrir una res con qué alimentarse, ni un habitante de quien indagar la posición del adversario. Por el contrario, todo el vecindario, incluso las mujeres, era espía voluntario de Artigas, poniéndole en conocimiento de los movimientos o evoluciones de las tropas porteñas. Si no podían prestar directamente este servicio, se brindaban a dirigir al invasor, pero para extraviarlo o llevarlo a una emboscada convenida de antemano; así que las sorpresas se hacían imposibles, ineficaces las marchas nocturnas y las retiradas verdaderos desastres. A diferencia de otros períodos de la revolución, en éste, los jefes y soldados de Artigas eran orientales, existiendo armonía completa entre los sentimientos del pueblo y de su ejército. El alma uruguaya latía a impulso de las mismas esperanzas, de los mismos anhelos, de los mismos dolores. Todos los habitantes, sin distinción de clases sociales, fraternizaban en entusiasmo y decisión por el triunfo de las aspiraciones provinciales, sobrellevando con espartana resignación las privaciones, las penurias, los sufrimientos y la desnudez a que los redujo una brega de tres años. Deseaban sacudir a todo trance el yugo de un poder que no había querido o no había sabido hacerse amar. Soler, en un momento de desaliento y de sinceridad, escribía al Director Supremo: "Nada podemos contra un enemigo protegido por toda la población, que mira a nuestra tropa como extranjera". Desertaban no sólo los soldados, sino también los tenientes, los capitanes y hasta los sargentos mayores; las partidas exploradoras no volvían, y trozos de tropas se pasaban en el momento del combate. Los mismos europeos simpatizaban más con los orientales que con sus perseguidores. Días antes de Guayabos, propuso Dorrego al Comandante Pico, que se hallaba en Entre Ríos, la sustitución de cien españoles que militaban en sus filas, por otros tantos ciudadanos, dudando de su fidelidad; las circunstancias impidieron el cambio, y en las primeras escaramuzas de la batalla, muchos de aquéllos desampararon sus puestos, trocando la bandera argentina por la bandera de Artigas. En tales condiciones era fácil prever de qué lado se inclinaría la victoria.

 

Durante la pequeña tregua que produjo la traslación del mando en el ejército enemigo, procuró Artigas unir sus fuerzas, que estaban muy diseminadas. Ordenó, en consecuencia, a Rivera, que se hallaba en el Paso de los Toros, al frente de cuatrocientos hombres de caballería, observando a Dorrego, acampado en la Capilla del Durazno, que lo atacase en cuanto se le incorporara el refuerzo que le enviaba, y marchase después hasta el río Santa Lucía a ponerse en comunicación con Otorgués, el cual, de regreso del Brasil, en donde se refugió luego de su desastre de Marmarajá, reunía en aquel río los contingentes de Minas, Rocha y Maldonado. El Comandante Gadea, con las milicias de Soriano y Mercedes, debía apoderarse de la Colonia, y el capitán Faustino Tejeda, con su partida, encaminarse desde Porongos a San José, a fin de concentrar alrededor el mayor número de tropas disponibles.

 

Mientras estas disposiciones se cumplían, Artigas permanecía con su cuartel general en Arerunguá, atendiendo el desarrollo de las operaciones encomendadas a Blas Basualdo, a Ramírez y a otros jefes en Corrientes y Entre Ríos. El 25 de noviembre, Dorrego reanudó el duelo momentáneamente interrumpido, pasando a nado, en seis horas, con toda su división, el río Negro, bien que estaba desbordado por una lluvia torrencial caída el día anterior. Supo por dos carneadores tomados prisioneros, que Rivera se había movido a un cardal frente al paso de las Piedras, y quiso sorprenderlo cayendo sobre él con ciento cincuenta soldados elegidos; pero prevenido aquél por los demás carneadores, evitó con habilidad la embestida, retirándose en orden al norte, no sin disputar al contrario el vado de los arroyos, sosteniendo guerrillas encarnizadas, principalmente en el paso de Tres Arboles y en los brazos del Salsipuedes; en el atardecer, después de una marcha de doce leguas, bajo incesantes escaramuzas, suspendió Dorrego la persecución, por el cansancio de la tropa y de la caballada. Rivera continuó en la noche su retirada, amaneciendo en el Queguay, a varias leguas de distancia de su activo adversario.

La sorpresa iniciada con tanta audacia por el coronel argentino, había fracasado, trocándose de aquí en adelante el rol de los actores de esta tragedia, pues que el perseguidor se convirtió en perseguido. Con efecto, al campamento de Dorrego llegó la noticia de la ocupación de Mercedes por Gadea con trescientos hombres, de la existencia de partidas en Paysandú bajo el mando de Paredes, y de que Artigas disponía en Arerunguá de más tropas de lo que se suponía. No pudiendo entonces avanzar sin dejar amenazado su flanco izquierdo y su retaguardia, ni aventurar una acción con fuerzas superiores a las suyas, se desvió hacia el palmar de Santa Ana, destacando de trasnochada a Cortinas con cincuenta hombres a embestir a Paysandú, con orden de reunírsele esta gente en Yapeyú, una vez tomada la plaza y que él pasase a Entre Ríos para traer doscientos granaderos de su división, que tenía el comandante Pico, porque sin este auxilio no creía poder resistir al enemigo, ni mantener despejada su retaguardia; envió, además, desde el arroyo de don Esteban cien hombres a desalojar de Mercedes a Gadea, pero éstos se extraviaron, engañados por los vecinos, y a pesar de haber caminado tres días consecutivos, no lograron alcanzar al comandante artiguista, que había evacuado ya el pueblo buscando incorporarse a Rivera. El jefe argentino esperó inútilmente en Yapeyú el regreso de la partida de Cortinas, y enterado de que su adversario había sido reforzado con trescientos hombres, entre ellos doscientos blandengues del mejor batallón de Artigas, con una pieza de artillería y también con la incorporación de las milicias de Gadea, encontrándose débil para aceptar combate, se retiró a Mercedes, en donde entró el 2 de diciembre. Rivera había recibido en realidad el 28 de Noviembre los contingentes expresados, moviéndose en seguida en pos del enemigo, poniéndose a las pocas marchas en contacto con sus avanzadas, las cuales fueron dobladas por sus guerrillas, vigorosamente dirigidas por Lavalleja y por Bauza, empujándolas hasta Mercedes, a cuya vista llegaron en la madrugada del 4, viéndose Dorrego en la necesidad de abandonar el pueblo a las diez de la mañana, replegándose a Soriano para reunir sus tropas dispersas; pero el contrario avanzó con tal celeridad, que no le quedó otro recurso que atravesar a duras penas el Bizcocho por un vado falso, porque los artiguistas se habían apoderado del paso, mezclándose ambas fuerzas a punto que Dorrego estuvo en riesgo de caer prisionero. No pudo sostenerse en San Salvador como pensaba, corriéndose entonces hasta las Vacas, posición que disputó con encarnizamiento durante tres horas a los artiguistas; mas habiendo hecho jugar éstos el cañón que llevaban, la desamparó precipitadamente, encerrándose el 6 en la Colonia. El primer acto del drama terminaba, pues, con marcada desventaja para la causa del Director Supremo.

 

Rivera dejó a Lavalleja con doscientos hombres en observación de Dorrego, dirigiéndose a Mercedes con el resto de sus fuerzas, para comunicar a Artigas el triunfo y tomar nuevas disposiciones. A su llegada se produjo un suceso gravísimo, que consternó todos los ánimos. Los blandengues, impulsados por sus oficiales, se sublevaron, acometiendo a los milicianos, saqueando el pueblo de Mercedes, realizando todo linaje de desmanes. Queriendo Rivera sofocar la insurrección, fue agredido con furor por los rebeldes, que atentaron contra su vida, la cual salvó milagrosamente, según su propia expresión, con el auxilio de las fuerzas de Lavalleja, que mandó venir de las Vacas, y con las milicias, logró restablecer el orden, retirándose la mayor parte de aquéllos al cuartel general. A diferentes causas se ha atribuido esta sublevación. El general Echandia la explica en su "Diario" de esta campaña, por rivalidades entre milicianos y blandengues, o, como diríamos hoy, entre guardias nacionales y tropas de línea, muy frecuentes en aquella época, no sólo en los subalternos, sino que también en los superiores; y en este caso, las memorias de Rivera y de Bauzá no dejan duda de que las había entre los últimos. Por otra parte, se hace más probable la razón que da el ayudante de Soler, recordando que las milicias eran de Soriano y de Mercedes, las que, quizá, reprocharon a los blandengues algún desmán cometido por éstos, o que quisieran cometer contra sus respectivos pueblos, ocasionando este altercado el tumulto. El historiador Bauzá lo atribuye a la irritación que produjo en la oficialidad de ese cuerpo, un bofetón dado por Rivera a uno de sus compañeros. A primera vista, esta opinión tiene en su favor la actitud agresiva que contra éste asumieron los amotinados; sin embargo, ese incidente se explica perfectamente por los esfuerzos personales que hizo Rivera como jefe superior para sofocar la insurrección desde el momento en que estalló: si hubiera sido él el culpable, no se comprenden los términos magnánimos y favorables con que Artigas contesta sus notas narrándole los sucesos. "Acaso, escribe, un golpe del enemigo no habría arrancado de mi corazón las lágrimas que he derramado en tres días continuados por el primer impulso que recibió con el inesperado desastre de Mercedes. Ya algún tanto he serenado mi ánimo con sus dos favorecidas. Serene usted el suyo, siquiera para aliviarme del gran peso de cuidados que cae sobre mi cabeza". "Tome de mí ejemplo, añadía; calle y obre, que al fin nuestras operaciones se guiarán por el cálculo de los prudentes... Entretanto, ordeno a Bauzá deje a usted toda su gente. Ya anticipadamente le oficié para que dejasen en Mercedes y Santo Domingo todas las milicias de esos lugares. Usted hágase cargo de todas ellas y con todas las suyas cuide de esas costas." Esta carta, que publicó el hijo del general Bauzá por primera vez, queriendo justificar la rebelión del cuerpo que mandó su padre, en lugar de una recriminación, importa una satisfacción a Rivera, porque Artigas le pide paciencia y moderación como ofendido, en homenaje a lo delicado de la situación; le ruega que se serene y no aumente con quejas o desalientos sus contrariedades y sus trabajos; lejos de castigarle, lo confirma en su posición, ensanchando su mando, apartando de su lado los elementos que le hostilizan y anarquizan sus fuerzas. Si el capitán Acosta Agredano había perdido su puesto por castigar con la espada a un blandengue, según asegura Bauzá, no se concibe que siendo Rivera culpable, se le haya premiado y tratado con tantos miramientos. Esto demuestra que el suceso no tuvo otro origen que las enemistades de la tropa, avivadas por el engreimiento de los blandengues, que se consideraban superiores a sus conmilitones por haber servido en su cuerpo el general Artigas.

 

Entretanto, Soler, delegando en el coronel French la intendencia de Montevideo, se había dirigido a Florida para observar el desarrollo de las operaciones de Dorrego, o acudir en su auxilio si fuere necesario. Allí recibió el 8 de diciembre un oficio de éste, comunicándole su desastrosa retirada a la Colonia. Retrocedió inmediatamente a Canelones a esperar la incorporación de Hortiguera, que andaba por el valle del Iguá con 230 hombres. Se reunieron el 12, mandándosele también de Montevideo 270 infantes a caballo, 160 granaderos de infantería, 60 soldados del número 10 y 50 artilleros. Con estas fuerzas marcharon a San José, donde entraron el 15; a los cuatro días llegó Dorrego, y al siguiente su división, aprovechando la desaparición de Lavalleja, que, como hemos visto, fue llamado con motivo de los sucesos de Mercedes. Hubo consejo de jefes, resolviéndose que Dorrego con la primera división se encaminase al Arroyo Grande y de allí a Yapeyú, a vigilar los movimientos de Artigas; a Hortiguera, con la segunda, se le dio igual misión sobre Rivera y Tejera, que se les creía en Porongos, mientras que Soler, con la tercera, que mandaba el teniente coronel José María Rodríguez, quedaba en observación de Otorgués. Estas disposiciones fueron modificadas antes de principiarse a ejecutar, porque el Director Supremo dictó un decreto poniendo a las órdenes de Soler las fuerzas de Corrientes y Entre Ríos, y por haber sabido éste que Rivera y Tejera no estaban en Porongos, sino al otro lado del río Negro. Entonces mandó a Dorrego que atacase a Artigas donde quiera que lo encontrase, pidiendo auxilio a Viamont y Valdenegro, si lo consideraba del caso; a Hortiguera, que se situase en el Durazno, sobre el Yí, y remitiese cien hombres a Dorrego una vez que llegase a su destino; él, con la tercera división, se reservaba batir a Otorgués en el Paso de la Arena, y "evitar que Montevideo padeciera". Artigas, efectivamente, se vio obligado, por los acontecimientos que se desarrollaban en la banda occidental del Uruguay, a hacer pasar sus fuerzas al norte del río Negro, dejando sólo al sur pequeñas avanzadas. Valdenegro, nombrado gobernador de Corrientes, marchaba a tomar posesión de su cargo y a proteger a Perugorria, que se había rebelado contra Artigas reconociendo al gobierno nacional. El 14 de diciembre encontró a Blas Basualdo en el Pospós, en Entre Ríos, y lo derrotó completamente, tomándole toda la artillería. Cuando Artigas tuvo noticia del desastre, temiendo que aquél entrara en Corrientes y atravesando el Uruguay lo atacara por la espalda, conforme al plan que se había combinado en Buenos Aires, se movió del Arerunguá hacia el norte, ordenando a Basualdo, que se había recostado al Mocoretá después de su derrota, se plegase a Méndez, Casco y otros jefes de Corrientes, para batir a Perugorria, que se había fortificado sobre el Vatel, en el edificio y los corrales del establecimiento de campo de Colodrero; y si fracasaba la empresa debían cruzar el Uruguay, tratando de reunírsele más arriba de Belén. Basualdo cayó sobre Perugorria el 17 de diciembre. Este se defendió valerosamente, haciendo salidas continuas que eran rechazadas por los atacantes. Basualdo se limitó a sitiarlo, por carecer de cañones para hacer un ataque formal, esperando a que el cansancio y la falta de municiones y de víveres lo obligasen a rendirse, lo que sucedió a los ocho días del sitio, entregándose Perugorria y toda su gente. Con este triunfo se restauraba en Corrientes la situación artiguista, derrotada meses antes por la traición de Perugorria, permitiendo a Artigas atender desahogadamente a la situación de su provincia, que lo necesitaba porque se iban a producir acontecimientos que decidirían de su porvenir.

 

Dorrego, de acuerdo con las instrucciones que se le dieron, se encaminó a Yapeyú, sobre el río Negro, destacando ciento cincuenta hombres a forzar el paso; pero fueron rechazados por las milicias de Mercedes y Soriano, después de cinco horas de combate. El jefe argentino, con el resto de su división, atacó a los que defendían el paso de Vera, consiguiendo desalojarlos, lo que promovió la retirada de los de Yapeyú, que dejaron libre el vado. Tomó en seguida para los potreros del Queguay, donde permaneció ocho días esperando los refuerzos pedidos a Viamont; como éstos no llegaran y Valdenegro le ofreciera ciento cincuenta hombres y una pieza de artillería, avanzó para que se le unieran por el Salto, así que cruzaran el Uruguay, acampando a los tres días en las caídas del Arerunguá, a media legua del paso de Guayabos. En la mañana del 10 de enero se oyó un tiroteo en dirección a los descubridores, y al poco tiempo apareció Viera, que los mandaba, noticiando que una partida de cincuenta enemigos se hallaba de este lado del paso. Dorrego hizo aprontar la tropa, se adelantó con las guardias de prevención, subió a un cerro contiguo con Viera y Vargas, descubriendo las fuerzas del adversario. Con la tropa que tenía a mano hizo replegar a la partida, la que no opuso resistencia, porque trataba de atraerlo sobre aquéllas; pasó después el vado con toda su gente, la cual, así que entró a la llanura, vio formada, en una pequeña elevación, a cuatro cuadras de distancia, a las divisiones artiguistas.

Era la hora solemne; los contendientes se hallaban frente a frente, armados con sus cóleras y sus profundos rencores; iban a librar su suerte a los azares de una justa decisiva, de tiempo atrás anhelada; así que cada cual procuró agotar todos los recursos que tenía a mano, para atraer a sus filas la victoria. Artigas envió toda la gente de que podía disponer y siete carretas de munición, que Barreiro había traído de Río Grande. Rivera afirma que Dorrego le llevaba más de quinientos hombres de ventaja; éste dice, a su vez, que sus fuerzas eran inferiores, pues sólo contaba con ochocientos cincuenta hombres, inclusos los que cuidaban 'la caballada y municiones, mientras que los de Rivera eran mil. Haciendo las restas y sumas indispensables en esta clase de cómputos, podemos calcular que se batían fuerzas iguales compuestas de mil a mil doscientos hombres cada una.

En los últimos años se ha querido quitar a Rivera el honor de haber dirigido esta batalla. "Esta es la hora, escribe el hijo del general Rufino Bauzá, en que sobre el testimonio de un documento anónimo, se pretende disputarle a éste la mejor de sus victorias!" Se refiere a las memorias de Rivera. Esto no obstante, lo que en ellas se expresa lo ratifica Dorrego en su parte, considerando a aquél, jefe de las fuerzas con quien combatió, sin nombrar siquiera a Bauzá, a pesar de ser bastante extenso y detallado. Lo mismo sucede con las notas de Artigas, relacionadas con este hecho: aparece siempre Rivera dirigiendo las fuerzas que pelearon en Guayabos. Por otra parte, se comprende fácilmente que don Rufino Bauzá no podía ser jefe de división en esa época, recordando que tres años después, en el año 1817 durante la invasión portuguesa, comandaba el Batallón de Libertos, que constituía una de las unidades del ejército de la derecha, del cual era general don Fructuoso Rivera. No es presumible que con el prestigio de una victoria tan importante como Guayabos, quedara reducido a ser jefe de batallón, bajo las órdenes de quien tres años antes había sido su subalterno. Bauzá no tenía todavía veintitrés años; era un oficial meritorio por su bravura, por su instrucción y por su honradez, pero que no se había distinguido aún por ninguna acción extraordinaria, de esas que hacen confiar a un joven los destinos de un pueblo, prescindiendo de la experiencia y de la madurez que producen los años.

Sigamos la narración de la batalla. Rivera formó su línea, colocando la infantería al centro en ala, detrás de una pieza de cañón servida por sesenta negros, en los flancos la caballería en columnas de batalla; en el izquierdo los blandengues y algunas milicias apoyadas en una zanja, teniendo a su frente un corral de piedras; en el derecho las milicias de Soriano, Mercedes y Paysandú, y el escuadrón de Lavalleja. Dorrego desplegó la suya poniendo a la derecha a los granaderos a caballo, en el centro el número 3, una pieza de artillería y los granaderos de infantería; en el costado izquierdo a los dragones, destinando cincuenta hombres a caballo para reserva. Hizo desmontar a la infantería, mandando al capitán Julianes, del número 3, con cuarenta hombres, que desalojara al adversario del corral, lo que consiguió después de varios ataques, aunque con sensibles pérdidas; aquél quiso recuperarlo, pero desistió de su empresa, porque Dorrego mandó en su protección a los granaderos a caballo. Teniendo despejado su frente, y con el apoyo del corral, mandó avanzar toda la línea, destacando una guerrilla de dragones en protección de su flanco, pues que la línea de Rivera era más extensa que la suya y temía ser rodeado. Los artiguistas hicieron funcionar su cañón para detener el avance; el adversario contestó con un fuego de igual clase, pero por poco tiempo, porque a los primeros disparos se inutilizó la pieza, rompiéndose la cañería; sin embargo, no interrumpió su marcha; cuando se acercaron, el enemigo les hizo una descarga cerrada que les obligó a detenerse para replicar, iniciándose un duelo de fusilería que duró varias horas. Algunos europeos, encabezados por un sargento del 3, se pasaron en este momento. Luego amagó Rivera una carga simulada a la caballería argentina; la atacó, retirándose enseguida como si hubiese sido doblado; creyéndolo, aquélla lo siguió; mas el caudillo dio media vuelta, echándola sobre un bajo que había al pie de la colina, donde los sablearon los blandengues de Bauzá, empujándolos hasta poca distancia del paso; Dorrego acude solícito a reanimar a sus vencidos escuadrones para que renovasen el ataque, pero éstos no obedecen, logrando apenas que formen en el sitio donde han hecho alto; en ese instante, la caballería uruguaya se lanza contra la infantería argentina, que había quedado en descubierto, penetra por sus flancos, donde hace grandes destrozos, no quedándole otro curso que retroceder, buscando el amparo de los escuadrones cuyo valor trataba de retemplar Dorrego. Allí la acosan las milicias de Rivera, trabándose una lucha cuerpo a cuerpo; un trozo de caballería de éste entró en el claro que en la infantería dejaron los pasados, lanceando y derribando todo lo que encuentran por delante. Dorrego envía a su reserva a detenerlos, pero en vano, porque también es rechazada. Entonces el desbande se hace general: todos buscan refugio en el paso, aterrorizados. "En el momento que nuestras tropas dieron vuelta, nota aquél, los enemigos se mezclaron en nuestras filas, y como por lo general venían desnudos, la tropa los conceptuaba indios, habiendo cobrado, aunque sin motivo, un gran temor". A las 6 de la tarde, teniendo Rivera asegurada la victoria, manda volver a su gente a la primera posición para ordenarla y comenzar la persecución, no sin dejar fuertes guerrillas sobre el enemigo para que lo molestasen y le impidieran rehacerse. Esta disposición fue útil, porque Dorrego quiso aprovechar la oportunidad para avanzar, mas sus soldados tiraban las armas, resistiéndose a ejecutar dicho avance. Viendo que no era posible subsanar el desastre, procuró aminorarlo y retirarse en la noche para replegarse al socorro tantas veces reclamado. Mas la fortuna no le sonreía ya, complaciéndose en frustrar sus fatigas y sus mejores combinaciones. Colocó en el paso de Guayabos y dos picadas laterales al 3º y granaderos de infantería, a fin de que lo sostuvieran; desplegó después sus guerrillas, apoyadas por los dragones y granaderos a caballo, con orden de ir conteniendo al adversario y retirarse lentamente. Este llegó a las 7 a la orilla misma del arroyo haciendo un vivo fuego de fusilería y de artillería sobre el paso y picadas. Poco antes de oscurecer logró Rivera apoderarse del paso, desalojando a su adversario, que fugaba en todas direcciones lo que a sus caballerías divisó; Dorrego manda a los comandantes Viera y Vargas a detenerlos y reunirlos para que se situaran en un cerro que estaba una legua a retaguardia, para proteger la retirada; pero llegó a un punto el terror, que descargaban sus armas contra los oficiales que querían contenerlos. "Era tal el pavor, dice Dorrego, que se había apoderado de la tropa, que de la algazara sólo del enemigo disparaba. Yo mismo he visto cerca de sesenta hombres corridos por sólo cinco, quienes los acuchillaban sin que siquiera se defendieran". En vista de esto, el jefe argentino, considerándolo todo perdido y temiendo caer prisionero, porque los enemigos estaban cerca y lo buscaban con empeño, se retiró a los potreros del Queguay, y el día siguiente a Paysandú, donde encontró los refuerzos que le mandaba Valdenegro, los cuales volvieron a los pocos días a repasar el Uruguay. Los artiguistas tomaron dos carros de munición, el cañón y hasta el manuscrito del Diario de Dorrego. Este tuvo una pérdida de más de doscientos muertos y heridos, y cuatrocientos prisioneros o dispersos. Algunos de estos últimos llegaron el 18 a Mercedes, donde estaba Soler, y lo enteraron de la derrota. Su estado mayor no lo quería creer, "porque con setecientos hombres de línea (fuera de las milicias), provistos de todo lo necesario, exclamaban, es dificultoso que los derrote Artigas". Más tarde se confirmó la noticia por otro conducto, emprendiendo Soler una marcha desastrosa hacia Montevideo.

Tal fue la famosa batalla, pequeña por el número de combatientes, aunque grande por sus consecuencias, que fueron importantísimas: llevó al apogeo el poder y la influencia de Artigas; provocó la caída de Alvear, elegido el día antes del combate Director Supremo, y echó las bases de nuestra independencia. Los que se inquietan o se lamentan de no encontrar en nuestro pasado tradiciones genuinamente nacionales, son injustos, porque las tenemos en el grito de gloria de Guayabos, Sarandí, Rincón e Ituzaingó fueron el coronamiento del edificio, cuyos cimientos se establecieron en los campos que acaricia el Arerunguá. Desde entonces fuimos libres de hecho, gobernándonos y dirigiéndonos a nosotros mismos por primera vez. Allí se venció al único pueblo que tenía algún derecho sobre nuestro suelo, como provincia del antiguo virreinato del Río de la Plata. La ocupación luso-brasileña no podía ser sino precaria, porque chocaba con nuestras más arraigadas aspiraciones. Comenzó con la fuerza y la fuerza la destruyó. Los que se apartaron de la comunidad argentina, no podían aceptar el yugo monárquico y reaccionario del Imperio.

Una palabra antes de concluir. Hemos narrado sin odios ni prevenciones los sucesos, respetando en todo la verdad histórica, no olvidando un momento que nuestros adversarios de 1814, años después, nos rindieron el inmenso desagravio de Ituzaingó.

Lorenzo Barbagelata

Montevideo, Setiembre de 1905.

Análisis de Jorge Pelfort.

Montevideo 15 de Octubre de 2004.

Creo no equivocarme al afirmar que es la falacia decana de nuestra historia. Me refiero al contumaz intento de birlarle a Artigas su trascendental triunfo militar en la horqueta del Guayabo (10 de Enero de 1815) sobre el ejército del Directorio unitario, para adjudicárselo a Rivera, uno de los lugartenientes en la acción. La maniobra, carente del más mínimo atisbo de veracidad, es un acto tan pequeño como insustentable. Soslayando la contundente documentación asequible, se apela a un par de argucias o medias verdades.

Una de ellas aduce que Artigas no pudo estar en el momento de la batalla porque se había separado momentáneamente de sus fuerzas, pernoctando el día 9 en el corral de piedras de Sopas.  Y callan zorrunamente que ambos lugares distan  solamente poco más de veinte quilómetros, es decir, dos horas de galope. En esa fecha el sol está afuera a las seis de la mañana, y como la batalla dio comienzo a las doce, según Bauzá, o a las trece según el jefe enemigo, Manuel Dorrego, absolutamente nada pudo haberle impedido estar desde el comienzo de la misma. De todos modos, la batalla se definió a media tarde con la conocidísima orden de Artigas a Bauzá, transmitida por medio de su Ayudante Faustino Tejera (luego coronel), que rezaba:

“Ataque V. de firme, no entretenga el tiempo con guerrillas pues. V. sabe lo escaso que estamos de pólvora” (Arch. Artigas XVII, doc. 366, Rev. Museo Histór. XLII, pág 534, “Hist. de la Domin. Españ. en el Urug.” VI, pág 171).

La derrota de Dorrego fue completa, al extremo que debió escapar sin pausa alguna con los restos de su ejército hasta Paysandú –más de 30 leguas al suroeste-, para pasar a Entre Ríos. Para su sorpresa, la persecución a cargo de Rivera, fue realizada displicentemente y sólo abarcó dos leguas.

El parte de Dorrego a su superior, el gobernador Soler, traduce su alivio y su asombro al informar que “…hasta nuestra llegada a Paysandú, un solo hombre no nos ha seguido, no obstante saber que conmigo traía doscientos hombres que por falta de cabalgaduras marchaban a pie…” (Arch. Artigas tomo XVII, doc.348).

¿Cómo puede siquiera insinuarse que quien no supo sacar provecho de una persecución tan fácil –piénsese al menos en el armamento que se podía haber cosechado- pudo haber dirigido exitosamente la batalla? A efectos de continuar meneando alegremente la “guayaba” del Guayabo, se ha llegado a adulterar la conocida carta (11.01.815) de Artigas a Baltasar Ojeda, cuya copia se encuentra en el Museo Histórico de Porto Alegre (Arch. Artigas tomo XVII. Doc. 323), que comienza con “Mi Victoria, Victoria, Victoria…”, pluralizándola distraídamente como “Nuestra Victoria, Victoria, Victoria…”. La maniobra, evidentemente, tiende a sugerir que no sería el firmante de la carta el artífice del triunfo. Renombrado historiador hubo que sostenía que así, en plural, existía el documento en el Museo Histórico de Santiago del Estero –sin insinuar cómo pudo ir a dar allí- y que ¡Oh, contrariedad!, se incendió totalmente años atrás. De la copia que sí existe según el Archivo Artigas, ni media palabra.

Por si alguna duda quedare acerca de quién comandó la batalla de la horqueta o paso de Guayabo, apélese a la muy detallada obra “Historia del Ejército” (1999) – editada por el Departamento de Estudios Históricos del Estado Mayor-, respecto del tema (p.52): “La decisión se obtiene por medio de un contra ataque ordenado por el Gral. Artigas y realizado por parte de la 1ª Div. de Infantería Oriental, compuesta por el Reg. de Blandengues y comandada por el Tte. Cnel. Bauzá”. Ilustrativos mapas con las posiciones de los ejércitos de “Dorrego” y de “Artigas”, complementan la prolija información.

Y si alguien piensa que éste es un tema traído de los pelos –al no tratar temas políticos ni económicos- opino que no es así y diré por qué. En el año 2003, dentro del desolador panorama de nuestra TV abierta en materia de entretenimientos –generalmente pendulando entre la guarangada y la procacidad- , descolló nítidamente un programa nacional realizado con la participación de liceales de todo el país. Pues bien, las dos chicas representantes del departamento de Rivera fueron eliminadas de la competencia por contestar que el triunfador del Guayabo fue “… ¡Artigas!”

Ante mi protesta telefónica, el responsable del programa contestó amablemente que en la materia ellos se basan en los textos oficiales, lo que parecería razonable. Lo que pasa es que si la República Oriental del Uruguay hubiese sido creada antes de Copérnico, seguro estoy que nuestros textos oficiales aún sostendrían que la Tierra tiene la forma de un plato, alrededor del cual gira el Sol.

Jorge Pelfort

“BÚSQUEDA”

15 de Octubre 2004.
 
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#58
Muy buena nota!!, si habra que estudiar la historia patria y aprender cuanto costo tener lo que hoy tenemos y que muchos deben de pensar que se hizo por generacion espontanea.

Big Grin Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#59
Batalla de Tacuarembo
Jorge Fabeiro
Publicado en El País

[Imagen: 668_RI_1.jpg]

Se cumplen 200 años de la Batalla de Tacuarembó, acontecida el día 22 de enero de 1820 en las nacientes del Río Tacuarembó, a unos cientos de metros de donde hoy se encuentra la Estación Ataques, en el Departamento de Rivera.

El Ejército Artiguista comandado por el Coronel Andrés Latorre fue derrotado por el ejército invasor portugués al mando del Conde de Figueiras. La batalla se libró dentro de una abismal diferencia de fuerzas, tanto por la cantidad de soldados, que los portugueses duplicaban en número, como por el armamento, sumado a la sorpresa de ataque, ejecutado sobre el amanecer. El día anterior había llovido copiosamente, lo cual había producido una rápida crecida del cauce, separando al ejército de Latorre, que había acampado en ambas márgenes.
Más de cuatro mil hombres fuertemente armados cayeron intempestivamente sobre los
 soldados que ni siquiera tuvieron tiempo de calzar sus botas y empuñar armas, y menos aún de reunir caballos y montar. El resultado fue desastroso para las fuerzas patriotas, la derrota fue total. Muchos debieron huir tirándose al agua o escapando a pie a través del barro, la mayoría descalzos. 

Los números de muertos y heridos surgen del parte portugués, que da una cifra de 800 muertos en el Ejército Patriota (5 Oficiales, entre ellos Pantaleón Sotelo, y 795 soldados), y solamente un muerto en el ejército portugués. Menciona también 15 heridos y 490 prisioneros, aunque luego no se sabe qué suerte sufrieron. La impresionante cantidad de muertos, contra una sola baja del atacante, supone que más que una batalla, fue, más que eso, una feroz degollina, sin el menor atisbo de clemencia ni de honor, ante soldados que ni siquiera tuvieron oportunidad de una defensa.

La Batalla de Tacuarembó resultó ser la última de los Ejércitos Patriotas al mando del General José Artigas en territorio Oriental, pues luego debió cruzar el Río Uruguay buscando apoyo, aunque finalmente no tuvo más opción de cruzar al Paraguay el 5 de setiembre de ese año, en un último intento, infructuoso, de lograr ayuda.
En las nacientes del Río Tacuarembó, muy cerca de donde hoy es Estación Ataques, 800 Heroicos Patriotas dejaron su vida, impregnado con su valiente sangre aquellas tierras del norte uruguayo.

A 200 años de esa mañana sangrienta, es momento de reflexionar. Pensemos en el coraje de todos aquellos soldados se iban al combate sin miedo alguno, a matar o morir por su Patria, por el suelo al que defendían. Hagamos un minuto de silencio, de respetuoso silencio en homenaje a quienes dedicaron su vida a lograr la libertad e independencia de este Suelo Oriental.

Pues, quienes cayeron en el campo aquél 22 de enero, como los que sobrevivieron a las tantas batallas para luego continuar la lucha, todos aquellos fieles Patriotas, desde Artigas hasta el soldado más desconocido, todos, HEROICOS, SUPIERON CUMPLIR!
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#60
(01-23-2020, 12:37 AM)Artiguista escribió: Batalla de Tacuarembo
Jorge Fabeiro
Publicado en El País

[Imagen: 668_RI_1.jpg]

Se cumplen 200 años de la Batalla de Tacuarembó, acontecida el día 22 de enero de 1820 en las nacientes del Río Tacuarembó, a unos cientos de metros de donde hoy se encuentra la Estación Ataques, en el Departamento de Rivera.

E
Muy buen articulo, agrego algo que encontre en la red:
22 de enero: La derrota de Artigas y el Federalismo en Tacuarembó
Revista La Ciudad > Notas > Interés General > Cultura > 22 de enero: La derrota de Artigas y el Federalismo en Tacuarembó



[Imagen: batalla-de-Tacuarembo-ene-2018.jpg?resize=940%2C705]
Artigas derrotado en Tacuarembó.
La derrota de Artigas en Tacuarembó a manos de los portugueses permite que sus antiguos subordinados lleguen a un acuerdo con el gobierno de Buenos Aires sin la intervención del Protector de los Pueblos Libres. En este sentido, tanto Estanislao López, gobernador de Santa Fe, como Francisco Ramírez y Manuel de Sarratea, gobernador de Buenos Aires a la caída del directorio, ven en la derrota de Artigas la oportunidad de desprenderse de su liderazgo. Cada uno tiene sus propios motivos para auspiciar la declinación del prestigio político del Protector. De allí que coinciden poco después en signar un pacto que excluye ostensiblemente a Artigas, impensable en otro momento. Los portugueses, convocados por Buenos Aires, derrotan definitivamente a las tropas artiguistas, ocasión que los caudillos aliados aprovechan para firmar el 23 de febrero de ese año el Pacto del Pilar desconociendo la autoridad del líder.
Después de la derrota Artigas busca refugio y establece su campamento en las costas del Mandisoví, el 12 de febrero del mismo año.

El verdadero escenario se conoce hace medio siglo, cuando en 1958 el historiador Ariosto Fernández publicó un Plano de la Batalla de Tacuarembó, que encontró en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. Siempre recuerdo mis viajes al solar de la batalla -ubicado en el Departamento de Rivera- y de nuevo quiero volver para evitar la derrota de las fuerzas de Artigas y que los portugueses dominen el territorio oriental. Sólo diría que, entre tantas cuestiones que no vienen al caso mencionar, la disolución del sistema artiguista es consecuencia, también, como todos sabemos, de esta batalla imposible de ganar ante la sorpresa en el campamento artiguista del (anunciado pero) repentino ataque lusitano y dada la lluvia torrencial que se abatía sobre la horqueta que el río Tacuarembó Grande posee con la confluencia del arroyo Aurora y con el arroyo Valiente.
En el solar se ubicó un Monolito de granito rosado donde se lee: “La Nación en el 150 aniversario de la Revolución Oriental. TACUAREMBO – 22 de enero de 1820” (foto).

(fuente de texto: Archivo Entre Rios – foto y comentario final: Eduardo Nocera)


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"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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