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Para reflexionar
#51
Prometer la bandera
21 de junio de 2019 | Escribe: Juan Pedro Mir en Posturas


¿Cuál es el sentido de generar una movida familiar (muchas veces próxima al estrés) que permita a nuestros niños ser vestidos como hombres del Montevideo antiguo y las niñas (ataviadas de pañuelo, pollera y peinetón), representar a adustas señoras coloniales?
¿Para qué se insiste en presentar, año a año, pregones más o menos repetidos y bailes tradicionales que ya no se practican en ningún espacio privado, y cantar canciones que no se van a escuchar en las emisoras más populares?


¿Qué significa que un niño, una niña o un o una adolescente prometa o jure “honrar y respetar” el Pabellón Nacional? ¿Para qué hablar del ideario artiguista, convocar a las familias, organizar la fiesta que año a año se repite a sí misma?
Básicamente por una razón: porque desde que somos una especie basada en la cultura y vivimos en sociedad, los humanos construimos ritos que nos llaman a estar y sentirnos más juntos y ser parte de algo más grande y trascendente que los avatares cotidianos.
No importa dónde estemos, ya sea en las democracias nórdicas (que hasta reyes siguen teniendo hoy en día) o en las tiranías más totalitarias, la bandera, el himno y la nación son representaciones que siguen viviendo (y hasta acentuándose) en esta globalización.
El rito del 19 de junio sin duda podría ser un mero trámite administrativo o una escenificación de corte marcial o fascista. 


Pero no lo es. Afirmar eso es una profunda subestimación de las miles de maestras y profesoras que año a año, hasta en los momentos más duros del país, generaron y generan la convocatoria al acto patrio como una instancia para seguir apostando a un Nosotros.
En Artigas se encarnó el proyecto político republicano más radical de las revoluciones anticoloniales del siglo XIX. Con luces y sombras, llegó a concretarse como un personaje democrático y promotor de la soberanía de los pueblos. Abogó por una vida pacífica y confederada con las provincias hermanas. Terminó su vida política en la absoluta austeridad.


Nuestro pabellón nació trabajosamente en un siglo atravesado por guerras civiles entre hermanos. Corrió la sangre de nuestros tatarabuelos en el siglo XIX, pero fuimos capaces de ir construyendo un país moderno, educado, laico e integrador. Es cierto que nuestra bandera la empuñaron tiranos. Pero también es cierto que bajo su manto se cubrieron quienes lucharon por los derechos, la democracia y la justicia social. 



Hoy no está solamente en el estadio: ondea donde se cura, se educa, se investiga y se cuida.
¿Cuánto pierden nuestros niños y jóvenes si como adultos no asumimos la tarea de señalar estos conceptos e intentar formar a “los nuevos”, al decir de Hanna Arendt, en los principios que vale la pena mantener y sostener?
El rito laico y republicano de homenaje a los símbolos patrios es una oportunidad para estar más juntos, pensarnos en clave de derechos, recordar nuestras obligaciones y honrar lo mejor de nuestra herencia. ¿Qué mejor lugar que el patio de nuestros centros educativos para encontrarnos y recordarnos como un proyecto que puede y debe contemplarnos a todos?


Ese es el sentido por el que para muchos de nosotros, educadores en tiempos de complejidad y cierto desconcierto, concebimos que celebrar el 19 de junio es una gran oportunidad y una irrenunciable responsabilidad.
Juan Pedro Mir es maestro.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#52
¿Quién es fascista?
Julio Ma. Sanguinetti

ADES, el sindicato de profesores montevideano, acaba de emitir una declaración reclamando la derogación del tradicional juramento a la bandera nacional, dando cuenta de que no entienden el profundo sentido cívico del mismo.
En la declaración, los gremialistas hacen una larga historia del origen de la disposición, de la época de la 2ª. Guerra Mundial, y califican de “militarista” y “fascista” exigirle a niños y adolescentes con escaso discernimiento un juramento de esa naturaleza.

Pues bien, la Constitucional establece que “en todas las instituciones docentes se atenderá especialmente la formación del carácter moral y cívico de los alumnos” (art. 71°).
A esos niños y adolescentes hay que ofrecerle los medios para su formal “moral” y “cívica”. Es impensable que no aprenda el Himno Nacional, que no sepan la formación independiente del país o sus principios constitutivos. Esa es justamente la formación “cívica”.

Como decía José Pedro Varela, “para instituir la República, lo primero es formar republicanos” y ello supone, desde la niñez, ofrecer una educación que, además del lenguaje y la aritmética, socialice en un sentido genérico, difundiendo hábitos de comportamiento y la pertenencia a la comunidad nacional en que han nacido.
Invocar la minoría de edad es realmente un sinsentido. De eso se trata, justamente. Que la primera formación incluya ese aspecto esencial. ¿Tenemos que esperar a los 18 años para explicarle que somos una democracia y una republica independiente y que ellas suponen definiciones jurídicas , historias y políticas fundamentales?

Las fechas patrias, el calendario cívico, no constituyen un ritual vacío. Es parte sustantiva de la formación republicana. Cuando celebramos el 18 de julio, es la ocasión para que se hable de la Constitución. Cuando lo hacemos del 25 de agosto, lo es para reflexionar sobre nuestra independencia, tan trabajosamente conseguida entre las ambiciones luso-brasileña y bonaerense de la época fundacional. Es una imprescindible pedagogía la que sustenta la democracia, la que nos da identidad, la que forma ciudadanos conscientes de la comunidad que integran y de sus valores esenciales de convivencia.

En ese contexto, el juramento a la bandera, en la fecha del nacimiento del héroe fundador de la nacionalidad, se carga de sentido. No es reverenciar un paño coloreado. Es asumir lo que se es como ciudadano. Es la ocasión también para que se recuerde a Artigas. La bandera es el símbolo que todas las naciones del mundo, desde siempre, asumen como identificación.

¿Existe un Estado soberano sin bandera?
En los EE.UU., primera de las republicas modernas, es tradición diaria en la mayoría de las escuelas (allí no hay autoridad nacional de educación) izar la bandera recitando una alocución, que ha sido discutida por algunos por su referencia religiosa pero no por su valor cívico.

Ocurre en nuestro país que los feriados se han hecho móviles y que se ha ido diluyendo la práctica del acto evocativo, del trabajo formativo que haga de las recordaciones históricas valores del presente. Se añade a ello un obvio debilitamiento de valores sociales, que comienzan con la degradación pública del lenguaje y sigue con la desvalorización de las autoridades, sean la maestra, el director del liceo o el comisario.
En ese contexto, se hace particularmente grave prohibir “la jura”, que podría llamarse quizás —con mayor precisión— “promesa de fidelidad”, pero que es una tradición nacional asumida con orgullo por la mayoría de la población. En general es un recuerdo grato, que se evoca con emoción.

Esta organización sindical que reclama arbitrariamente esta medida, no reacciona, en cambio, cuando en instituciones oficiales se han puesto pancartas cuestionando una reforma constitucional que está en debate y a consideración de la ciudadanía mediante plebiscito. Esto sí es que es fascista por violar la necesaria neutralidad de los espacios públicos e ignorar el principio de laicidad que nos impone a todos respetar la diversidad de opiniones y creencias.

Honrar la bandera no es fascista. Es asumir la condición de ciudadano de una nación a la que se pertenece. No es patrioterismo demagógico, de exaltación nacionalista por oposición a otras nacionaes. Nada tiene de agresivo o autoritario. Es, por el contrario, lo primero y esencial para “formar” ese “republicano” del que hablaba José Pedro Varela.

Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#53
Queres saber cuales son algunas de las cosas que hacen grande a un país?????

El viernes 4 de agosto de 2017 el Marine Cody Harley falleció en un trágico accidente durante un entrenamiento en Camp Pendleton (California), el video muestra el viaje final de sus restos a traves de USA hasta su hogar en Iowa.






Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#54
El ejército del trabajo
La Mañana 

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 sanciona en su artículo 23 que "toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo". El comité de las Naciones Unidas que se encargó de su redacción estaba liderado por Eleonor Roosevelt, quien fuera instrumental en la definición de las medidas del New Deal implementadas por su esposo Franklin D. Roosevelt. La experiencia de la Gran Depresión había sido traumática para los Estados Unidos, y esto se ve reflejado en la impronta de la Sra. Roosevelt: el artículo comienza garantizando el derecho al trabajo.

Pero lo del matrimonio Roosevelt no era declarativo, y Eleonor no necesitaba cosechar aplausos o correr detrás de títulos honoris causa u otras pomposas condecoraciones. Eleonor se había ganado el derecho de dirigir ese comité de la ONU por su continuo esfuerzo de quince años apoyando a los más castigados por la Gran Depresión. Siempre al pie del cañón al lado de los humildes.

Concretamente, entre las varias medidas implementadas para fomentar el trabajo dentro del New Deal, se destaca una iniciativa dirigida a mitigar el problema del desempleo juvenil. Se trata del Cuerpo de Conservación Civil (Civilian Conservation Corps), un programa federal que puso a trabajar a millones durante la Gran Depresión en proyectos dirigidos a mejorar el medio ambiente. Cuando fue electo en 1932, el presidente Roosevelt declaró que "un gobierno que se merezca su nombre debe dar una respuesta adecuada" al sufrimiento de los desempleados. A su vez, el programa contribuyó a mejorar el medio ambiente en forma tangible, plantando bosques que permitieran mejorar la calidad del aire.

El programa, que era conocido también como "El Ejército de Arboles de Roosevelt", estaba abierto para jóvenes solteros y desempleados de entre 18 y 26 años. Los participantes debían gozar de buena salud y estar preparados para realizar trabajo físico. Durante el transcurso del programa, los reclutas recibían capacitación en diferentes áreas que los preparaba para una vida futura de trabajo. Bajo supervisión de los departamentos del Interior y Agricultura, plantaron árboles, combatieron incendios forestales, abrieron campos para que pasaran rutas, resembraron campos de engorde e implementaron controles contra la erosión de los suelos. Entre 1933 y 1942 participaron del programa 3 millones de hombres, y el programa solo fue interrumpido cuando Estados Unidos entró en la guerra.

Entre tantos derechos a garantizar, nuestro país ha perdido de su foco este derecho esencial y universalmente reconocido. En su desenfrenada carrera en búsqueda de reconocimiento internacional y cocardas de todo tipo y color, olvidó que la reputación histórica del país no es consecuencia de un boom en el precio de la soja o de haber atraído una multinacional para que haga una planta de celulosa.

Se aprecia de hecho cierta confusión sobre cómo se genera riqueza y lo estamos pagando caro en la década que comienza. La verdadera riqueza de un país se encuentra en sus trabajadores, y llegó el momento de que el Estado sustituya el asistencialismo por programas que contribuyan a convertir jóvenes en ciudadanos hábiles para trabajar, y no seguir alimentando las legiones de criminalidad que asolan nuestro territorio. Con una medida de este tipo se estaría contribuyendo de un plumazo a garantizar el derecho al trabajo, a la educación y a la seguridad.

Big Grin Big Grin Big Grin
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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#55
Ningún gobierno necesita que los ciudadanos sean demasiado inteligentes y puedan afectar los planes de los diputados y del presidente.
 
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#56
Muy buena la reflexión.
 
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