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Noticias varias/curiosidades
HISTORIA DEL SALUDO MILITAR. RESPETO, DISCIPLINA Y UNIÓN. General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez
[Imagen: 8d0e33ce24c8180dee153f487caca22e?s=24&d=identicon&r=g] generaldavila
19 horas ago
[Imagen: bn6tvkdiqaarygq.jpg?w=660]
El saludo militar constituye expresión de respeto mutuo, disciplina y unión entre todos los miembros de las Fuerzas Armadas…
Se efectuará por el de menor jerarquía y será correspondido por el superior. Entre los de igual empleo el saludo se practicará de acuerdo con las reglas dictadas por el compañerismo y la buena educación”.


Esto dicen nuestras Reales Ordenanzas. Se cumple con gusto y se imita con frecuencia. No es un gesto de subordinación que se realice para dejar claro quién manda. El saludo es mucho más. Encierra hermandad, compañerismo, disciplina y unidad.
Sus orígenes son conocidos, aunque hay distintas versiones.
Como signo de amistad y paz que se manifestaban los hombres de armas al encontrarse levantando la mano derecha indicando no portar arma en ella.
[Imagen: descarga1.jpg?w=660]

Como signo de cortesía y de estima cuando los caballeros se descubrían antes del combate  llevándose la mano derecha a la altura del yelmo mostrando la cara al adversario.
Hay otro antecedente más cercano a nosotros. En el siglo XVII existía la costumbre de recordarse, entre oficial y soldado siempre que se encontraban, la obligación que habían contraído de fidelidad y lealtad al monarca y a la fe católica. Se expresaba volviendo a hacer el gesto cristiano del juramento que habían hecho sobre los colores del Regimiento: levantar la mano derecha hacia el cielo, índice, pulgar y corazón (representando las tres personas de la Santísima Trinidad) ampliamente separados.
Era una forma de recordarse mutuamente su común ideal, sin ser, en aquella época, signo de respeto o subordinación. Este es, a mi juicio, el origen del saludo actual. De ahí también la forma de ejecutarlo, “consiste en llevar la mano derecha a la prenda de cabeza” ya que al levantar la mano hacia el cielo los dedos rozaban el borde de la prenda de cabeza y no solían pasar de ahí. El ejército polaco es el único que todavía conserva este modo de saludar con los dedos.


[Imagen: veterans_day12_2012_ap_605_605.jpg?w=300&h=162]
Ese es el sentido del saludo, el recuerdo de la misión y del ideal común, del juramento que los une a la bandera a la cual sirven.
Decía nuestro reglamento: “Es la mirada lo que da al saludo su valor real; el inferior debe mirar francamente a su superior a los ojos”. Estoy aquí, fiel, dicen los ojos del soldado. Cuenta conmigo, responden los del oficial.
Unidad, hermandad, poder contar uno con el otro; ser lo mismo y estar dispuesto a morir por la misma causa. Ese es el verdadero sentir del saludo militar y por tanto grave falta no realizarlo o no responder al mismo.
Todos los ejércitos lo imponen con firmeza y entre ellos se respeta e intercambia. Es el culto a la caballerosidad y al honor militar de cualquier soldado.
En la Legión se dice con sentido del humor que “a todo lo que se mueve se le saluda y lo que está quieto se pinta de blanco”. Mejor pasarse que quedarse corto.


[Imagen: legion_espanola.jpg?w=300&h=290]

Y es en la Legión donde he encontrado la mejor expresión del saludo militar:
El saludo del legionario es el más enérgico, el más airoso y más marcial que pueda
desearse. Espera impaciente a que llegue el Jefe a su altura, y en el momento debido
levanta la mano, que clava en la gorra, mirándole al mismo tiempo.
La mirada brilla con fiebre, es fija y recta a los ojos del mirado. Es también de
ofrecimiento interrogante para su Jefe; dice: “Mándeme”.
Algo más que un gesto de cortesía. Es un austero gesto que encierra la regla fundamental de esta hermandad militar, guerrera y heroica: la unión entre todos sus miembros en la entrega al servicio de la Patria.
Con ese hondo significado les envío mi más enérgico saludo.
General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez
Blog: generaldavila.com
"Dormía y soñaba que la vida era alegria, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegria."
Rabindranath Tagore
 
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Portaaviones de hielo
Descubren los secretos del letal portaaviones de hielo, el arma secreta para aplastar submarinos nazis
Sale a la luz una carta escrita por Churchill donde se desvelan los pormenores de una curiosa reunión en la que, entre otras cosas, se probó la resistencia de los materiales con los que se pensaba construir una gigantesca mole de agua helada
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Manuel P. Villatoro
@ABC_HistoriaSeguir
Actualizado:28/09/2018 21:51h9


[Imagen: eb87ef4buvhghs8jc3d3.jpg]

Agosto de 1943. En mitad de Quebec, Winston Churchill acude a una reunión secreta en la que se dirimen temas de vital importancia como el lugar en el que desembarcará la flota aliada para entrar en Europa. Al encuentro acude también el extravagante oficial británico Lord Mountbatten. Según dice, sus científicos han creado un extraño material que permitirá a los ingleses no depender del acero para construir sus vitales portaaviones. El ingenio se denomina Pykrete, y está elaborado mediante agua salada congelada y serrín. Está tan convencido de la resistencia del invento que desenfunda su revólver y dispara a un cubo hecho con esta sustancia. En efecto, la bala rebota. Pero, para sorpresa de todos, está a punto de volar la cabeza de uno de los presentes.

Esta llamativa curiosidad es solo una de las anécdotas que han salido a la luz en las últimas horas gracias a una carta escrita por el mismísimoChurchill. Una misiva hasta ahora oculta y que ha sido subastada, según explican varios diarios británicos como la versión en línea del «Daily Mail», por Nate D Sanders. El documento supone el descubrimiento de un testimonio de primera mano de la Conferencia de Quebec, la misma en la que canadiensesbritánicos americanos sentaron las bases del futuro Desembarco de Normandía. Sin embargo, parece que lo que más llamó la atención al premier británico no fue la decisión de asaltar la fortaleza europea de Hitler a través del Canal de la Mancha, sino las locas pruebas para demostrar la resistencia del Pykrete.

«Primero disparó al hielo ordinario, que se hizo añicos. Luego disparó al Pykrete, que era tan fuerte que la bala rebotó. Por poco dio aCharles Portal [jefe del Estado Mayor del Aire]. Los oficiales que esperaban fuera se horrorizaron con los disparos de revólver e irrumpieron en la habitación entre gritos», escribió el propio Churchill. Con todo, al premier le pareció gracioso el suceso. O, al menos, así lo dejó escrito. A pesar de que la resistencia del material quedó probada, la idea de fabricar un portaaviones de hielo no terminó de consolidarse después de que se construyera un prototipo en Canadá. Suponía demasiados costes para el gobierno.


La carta, hasta ahora perdida, ha sido encontrada en el rancho del comodoro Gordon Allen, quien ayudó a Churchill a escribir parte de uno de sus libros de memorias sobre la Segunda Guerra Mundial. Este documento, no obstante, no se publicó junto al texto principal en 1951.

Manadas de lobos
Para entender por qué los aliados plantearon una idea en principio tan absurda como fabricar un portaaviones de hielo es necesario retroceder en el tiempo hasta 1942. Año en que, tal y como afirma el periodista e Historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su libro «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», los submarinos alemanes se habían convertido en una verdadera pesadilla para los convoys repletos de mercancías, vituallas y armamento que viajaban desde Estados Unidos hasta Gran Bretaña. ¿Qué podían hacer ante esta silenciosa amenaza?
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]
Pyke

La solución se encontraba en los portaaviones. «Aunque los ingleses disponían de una excelente fuerza aérea, que había demostrado su valía combatiendo con éxito a la Luftwaffe en la batalla de Inglaterra, la falta de portaaviones hacía casi imposible la localización y el hundimiento de los U-Boote germanos en las áreas centrales del océano Atlántico, que así quedaban desprotegidas. La aviación era sin duda el arma más efectiva contra los submarinos, ya que estos eran atacados en superficie, cuando resultaban más vulnerables, antes de que tuvieran tiempo para sumergirse. Pero para poder atacar a los submarinos desde el aire hacían falta portaaviones; de este modo, las rutas atlánticas quedarían protegidas», explica el autor en su obra.

La decisión de reforzar los convoys con portaaviones beneficiaba sin duda a Gran Bretaña. No en vano, el mismísimo Churchill llegó a afirmar que solo había tenido miedo de una cosa durante la lucha: la fuerza submarina germana. Sin embargo, desde el principio de la contienda los Estados Unidos prefirieron enviar estos bajeles a un escenario que les preocupaba mucho más debido a su cercanía: el Pacífico. Eso dejó a los ingleses solos ante el peligro de los sumergibles teutones. Por si fuera poco, el país tampoco contaba con hierro y acero en exceso, materiales que eran enviados de forma primordial a la fuerza aérea.

Agua y arena
La solución llegó de la mano de Geoffrey Pyke. Nacido en 1893, este científico planteó a Churchill la posibilidad de fabricar el casco del bajel con hielo ya que, de esta forma, el hierro y el acero podría destinarse a otros menesteres. La idea fue acogida con escepticismo pero, en apenas unos meses (allá por diciembre de 1942) el mismo mandamás británico ordenó iniciar los estudios preliminares bajo el nombre de Operación Habakkuk. En palabras de Hernández, en principio se recurrió al agua helada conseguida de los icebergs del Atlántico Norte para los primeros prototipos. Por desgracia, todo fue un desastre.
Pero la casualidad quiso que, esas mismas semanas, se publicara un estudio que confirmaba que se podía endurecer el hielo añadiéndole un 14% de arena. «Los científicos británicos no podían creer que la solución a todos sus problemas fuera un simple puñado de serrín, pero así lo hicieron y quedaron gratamente sorprendidos del resultado. A ese nuevo material de construcción decidieron bautizarlo con el nombre de Pykrete , en honor de Pyke, el inspirador de todo el proyecto, y jugando con la palabra que designa el hormigón en inglés, concrete», desvela el historiador español en la mencionada obra.
[Imagen: lord-k7dD--510x349@abc.jpg]
Lord Mountbatten

Los científicos e ingenieros navales británicos se trasladaron a partir de entonces a Comer Brook, en Terranova, donde se construyeron los primeros prototipos de este portaaviones en un lago cercano. El objetivo era conseguir una mole con paredes de doce metros de grosor que pudiera desplazar dos millones de toneladas y cuya pista de aterrizaje tuviera, aproximadamente, 600 metros de extensión (el doble que la mayoría de los buques de este tipo de la época). Es decir, que el ingenio inglés se convertiría en un auténtico coloso de los mares capaz de aplastar a los temibles submarinos germanos.

Todo y nada
Las pruebas iniciales permitieron a Churchill acudir a la Conferencia de Quebec con los planos del portaaviones de hielo bajo el brazo. De hecho, los diseños de este aparato no tardaron en cobrar un papel protagonista en una reunión destinada en principio a organizar el futuro Desembarco de Normandía. «Tras las discusiones relativas a este último punto, Lord Mountbatten presentó a los norteamericanos el proyecto del portaaviones de hielo. La reacción de sus aliados fue la esperada: se quedaron perplejos ante la propuesta y dieron evidentes muestras de escepticismo», añade el experto.
No obstante, y tal y como ha desvelado la misiva, Mountbatten contaba con un arma secreta para hacer que los presentes se tomaran en serio aquella idea. El oficial ordenó que llevaran a la sala un carrito de té sobre el que había dos grandes cubos de hielo. Uno normal y otro de Pykrete. A partir de ese momento comenzó la función. El almirante, deseoso de poner a prueba el nuevo material, sacó un hacha y pidió un voluntario dispuesto a partir los dos gigantescos bloques de agua helada. Henry Arnold, el jefe de la Fuerza Aérea norteamericana, fue quien dio un paso al frente.

Así explicó Churchill lo ocurrido en la carta:
«Mountbatten hizo señas a uno de sus empleados, que apartó una manta y mostró dos bloques de hielo de un metro de altura. Luego invitó al hombre más fuerte que hubiera a romper cada bloque de hielo por la mitad con un hacha especial que había traído. Todos los presentes votaron al general (Henry) Arnold porque era trabajo para un “hombre fuerte”. [Arnold] se quitó el abrigo, se arremangó y agitó el hacha, partiendo el hielo común de un solo golpe. Se volvió, sonriendo y juntando sus manos sobre su cabeza en señal de victoria. Luego escupió en sus manos, tomó el hacha de nuevo, y avanzó sobre el bloque de Pykrete. Giró el hacha, y cuando la bajó, soltó un grito de dolor, ya que el Pykrete permanecía completamente intacto, mientras que sus codos habían sido sacudidos».

[Imagen: churchill-k7dD--510x349@abc.jpg]
Winston Churchill

Por si fuera poco, acto seguido sacó su revólver y se dispuso a llevar a cabo la prueba definitiva:
«Mountbatten sacó una pistola del bolsillo para demostrar la fuerza del Pykrete contra los disparos. Primero disparó al hielo ordinario, que se hizo añicos. Luego disparó al Pykrete, que era tan fuerte que la bala rebotó. Por poco dio a Charles Portal [jefe del Estado Mayor del Aire]. Los oficiales que esperaban fuera se horrorizaron con los disparos de revólver e irrumpieron en la habitación entre gritos».
Aunque la propuesta para crear este nuevo portaaviones recibió el apoyo de algunas figuras destacadas de los aliados, incluido el mismo Mountbatten, y se construyó un pequeño prototipo, al final su desarrollo fue dejado de lado. Todo ello, a pesar de que el proyecto (y las pruebas) llamaron la atención del propio Churchill, quien escribió con su característica máquina de escribir esta misiva.
En su libro, Hernández incide en que, pese al éxito de las pruebas, el proyecto Habacuc debería haber necesitado la friolera de dos años para finalizarse de forma exitosa. Y, para entonces, la guerra ya habría terminado. «Pero el argumento más sólido contra el gigantesco portaaviones era el económico; se concluyó que no era aconsejable continuar empleando más medios en el desarrollo de un proyecto tan incierto, cuando era mucho más sencillo y barato construir portaaviones convencionales en los astilleros norteamericanos, que funcionaban ya a pleno rendimiento», desvela el autor.

No les faltaba razón, pues el coste se dispararía hasta los setenta millones de dólares, según los cálculos británicos. «En abril de 1944, los técnicos que trabajaban en el desarrollo del gigante de hielo fueron asignados a otros centros de investigación, en los que se estudiaban las ideas destinadas a facilitar el Desembarco de Normandía, previsto para ese mismo año. Aun así, mantuvieron con vida al pequeño portaaviones experimental durante el verano, gracias a su eficaz sistema de refrigeración, pero el paso de los meses aconsejó dejarlo fundir», finaliza
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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El último Tigre PzKpfw VI

El último Tigre PzKpfw VI que luchó en Berlín, el Tigre N ° 323 de la División Panzer de Müncheberg, se encuentra abandonado en Unter den Linden Strasse, a unos cien metros de la Puerta de Brandenburgo. 
El Tiger 323 fue abandonado por su tripulación el 2 de mayo de 1945 luego de la transmisión de la rendición alemana por el General Helmuth Weidling, comandante de la defensa de Berlín. Como se dijo anteriormente, Tiger 323 fue el último de su tipo en pelear en Berlín.

[Imagen: 4e0990f59c6f5adf538f77320fc14e87.jpg]
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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¿Sabes por qué la velocidad de un barco se mide en nudos?

[Imagen: SENCILLA_MAESTRAF3_113317.jpg]



MUSEO NAVAL 
04/11/2018 11:34 H


¿Tiene usted miedo a caerse por los bordes de la Tierra? Seguramente no. Pues bien, en el pasado los marineros sí abrigaban dicho temor, y por tanto solían navegar cerca de la costa. Sin embargo, algunos valientes olvidaron sus recelos y se adentraron en alta mar.
¿Cómo encontraban su rumbo estos viajeros de la antigüedad? Pues dependían de un procedimiento denominado estima que requería conocer tres datos: el punto de partida del buque, su velocidad y su rumbo. Saber el primer dato era fácil, pero... ¿Y el resto?
En 1492, Cristóbal Colón se valió de una brújula. Sin embargo, este medio no estuvo al alcance de los europeos sino hasta el siglo XII. Los pilotos anteriores tuvieron que orientarse por el Sol y las estrellas y, si el cielo estaba nublado, por olas oceánicas de gran longitud producidas a intervalos regulares por vientos constantes. Anotaban la alineación de dichas olas con respecto al Sol naciente, el ocaso y las estrellas. Eso en lo que atañe al rumbo, pero ¿cómo calculaban la velocidad?

Un método consistía en medir el tiempo que tardaba el barco en sobrepasar un objeto lanzado desde la proa. Más tarde se ideó un sistema más preciso en el que se arrojaba por la borda un pedazo de madera atado a un cabo con un nudo cada cierto tramo. Al ir avanzando la nave, la madera flotante tiraba del cabo. Cuando se cumplía cierto plazo, se recogía y se contaban los nudos, de ahí que se calculase la velocidad mediante esa unidad de medida todavía vigente y que equivale a una milla náutica por hora o lo que es igual 1,852 kilómetros por hora. Ese artilugio empleado recibía el nombre de corredera y el cálculo de la velocidad se completaba con la medición del tiempo transcurrido mediante un reloj de arena.

Una vez conocida la velocidad, el navegante determinaba la distancia recorrida en un día y reflejaba el progreso realizado en dirección al punto de destino trazando una línea en la carta (mapa marino). Las corrientes oceánicas y los vientos laterales podían sacar de trayectoria al barco, por lo que periódicamente había que calcular y anotar las modificaciones de pilotaje requeridas para mantener el rumbo. Gracias al procedimiento de la estima, Colón logró ir y volver de España a América hace más de quinientos años, y sus detalladas cartas permiten que los marineros actuales reproduzcan su extraordinaria travesía
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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