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Fortificaciones en nuestro territorio
#1
El sistema de Fortificaciones en la Banda Oriental: Montevideo, Santa Teresa, San Miguel y Santa Tecla: 1762-1777


*Juan C. Luzuriaga

Estrategia y geopolítica en la América del siglo XVIII
Las fuerzas militares en América tenían como objetivo principal la soberanía del territorio. Sus posiciones fortificadas eran en la segunda mitad del siglo XVIII parte relevante en esta estrategia que tenía características propias: una plaza que en este continente (Europa) se tendría con justo motivo por débil, estando expuesta a ser sitiada por numerosos ejércitos bien provistos, es muy defendible en América, donde los costos de las expediciones, la intemperie del clima, la facilidad con que los víveres se corrompen, los pocos recursos que proporciona el país para la subsistencia y las demás circunstancias locales dificultan mucho el buen éxito de una invasión.

La Banda Oriental tenía una posición geopolítica clave en el siglo XVIII, entre las posesiones portuguesas y españolas. Se presentaba como la extensión lógica del virreinato del Brasil por el sur, que se estaba asegurando la posesión de Río Grande. Los beneficios de su ocupación eran varios. En el ámbito regional ello habilitaba a los lusitanos el ingreso a las cuencas de los ríos Uruguay y Paraná, además de servirles de enlace con la Colonia del Sacramento.

La estrategia defensiva de la corona española en el Río de la Plata se aplicó desde 1763, con la mejora del fuerte de San Miguel, la construcción en piedra de las fortificaciones de Santa Teresa y la erección de Santa Tecla, además de reforzar a Montevideo con murallas y bastiones. Se complementaba con el establecimiento de regimientos veteranos fijos apoyados por milicias además de la presencia de la Real Armada con naves e instalaciones.

Las rutas estratégicas: La Angostura y la Cuchilla Grande
Desde el sur del Brasil hacia la Banda Oriental había tres puntos de pasaje obligado. Uno de ellos, al sur, atravesaba un sistema de pantanos y barras de arena costera. Era el camino conocido al principio como Castillos Grandes y más tarde como La Angostura, sobre el océano Atlántico. El informe de un contemporáneo, Joaquín del Pino, revela la importancia del lugar: llaman a este sitio la Angostura, tal vez por ser un paso estrecho, preciso para venir del Río Grande a Maldonado y Montevideo, y para ir de estos allá; por cuya circunstancia se contempló muy útil su conservación.

Del Pino abundaba en la explicación: siempre se vea el Enemigo obligado a venir por este paso preciso desde el Río Grande pues el dar la vuelta por las sierras, bien sea para tomar por la espalda este paraje, para ir a Maldonado o a Montevideo se tiene […] por moralmente imposible su ejecución; no solo por la considerable distancia, sino es que para el paso de carruajes, artillería y demás efectos precisos, dan por imposible su logro.
Es evidente la importancia estratégica del lugar. Quien lo dominase poseía el mejor camino a Río Grande y a la Banda Oriental. Otro de los pasajes obligados, al norte, era por la sierra del Tape, una continuación de la cuchilla Grande. Constituía el camino a los siete pueblos de las Misiones orientales. Estaba defendido por el puesto de San Martín y, en su momento, por los pueblos misioneros. Estaba en las cercanías de las fortificaciones de Río Pardo. Se conformaba por unas modestas construcciones y unas pocas piezas de artillería. El último punto se hallaba por el centro de la cuchilla Grande, a la altura de la naciente del río Negro. En esa posición estaba emplazado el fuerte de Santa Tecla.


Tácticas y estrategias del siglo XVIII
Durante el siglo XVIII la estrategia de la mayoría de los generales se basaba en el desplazamiento de sus ejércitos a efectos de conformar una superioridad táctica que obligase al enemigo a retirarse, o a rendirse si estaba ubicado en una plaza fortificada. Se procuraba evitar las batallas, que debían librarse a corta distancia, debido al poco alcance de los mosquetes de la época, y resultaban entonces con grandes bajas para ambos bandos.

El costo de mantenimiento de los ejércitos era muy alto, y se hacía muy difícil reponer las pérdidas tanto humanas como materiales. En cambio, un ejército operativo siempre era una amenaza. Normalmente se lo mantenía en acuartelamientos o en plazas fortificadas para emplearlo en el momento oportuno. En estas circunstancias buen número de los combates y batallas se producían entre fuerzas que mantenían el sitio a una plaza fuerte y los ejércitos que trataban de liberar a los asediados.

La guerra de asedio
Las fortificaciones que se erigían en el siglo XVIII seguían en líneas generales el llamado sistema Vaubán. El nombre alude a un prestigioso ingeniero militar francés, Sebastián Le Presté, señor de Vaubán (1633-1707). Vaubán había estudiado cómo construir obras defensivas eficaces ante las armas de fuego. Mientras el castillo medieval tenía altos muros y torres para dificultar el asalto de la infantería enemiga, Vaubán concibió fortificaciones de relativamente poca altura y muy resistentes al fuego de artillería.

[Imagen: 220px-Vauban_picture.jpg]
Sebastián Le Presté, señor de Vaubán

Los vértices de estos fuertes estaban defendidos por baluartes en los que se colocaba artillería. Los baluartes se protegían entre sí, al tiempo que podían cruzar sus fuegos. Estaban unidos por un muro de piedra denominado cortina. Algunas ciudades contaban también con un núcleo dentro de las fortificaciones: la ciudadela. Se ubicaba como un bastión de última resistencia. Desde mediados del siglo XVII generales y artilleros comenzaron a estudiar con detenimiento el ataque a las fortificaciones.

[Imagen: image1.jpg]

Vaubán había ganado también fama por su desarrollo de las técnicas de asedio. En principio, la primera medida que se tomaba era intimar la rendición y al mismo tiempo establecer trincheras en las cercanías de la ciudad asediada. Luego se establecerían nuevas posiciones protegidas, cada vez más cerca del objetivo. Uno de los elementos que se tomaban en cuenta era el agotamiento de víveres y pertrechos de los defensores, esperando su rendición. Así, en el siglo XVIII el ataque a una fortificación se había convertido en muchos sentidos una cuestión matemática. Siempre se podía estimar en días las posibilidades de defensa de una guarnición.

Los cuarteles y otros fuertes cercanos eran elementos clave para la construcción y la defensa de una posición. En la estrategia de asedio lo ideal era rendir la plaza fuerte enemiga con las menores bajas propias posibles. De esa forma, la última decisión era el asalto. En ese caso se debía combinar la psicología con la acción. Para doblegar la voluntad del comandante de la fortaleza enemiga se le debía asegurar que su proceder era en un todo honorable, que no resultaba indigno entregar su fortificación teniendo en cuenta las fuerzas con que contaba y la resistencia que había opuesto.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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Fortificaciones en nuestro territorio - Artiguista - 03-14-2016, 09:43 PM

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