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El muro de Berlin 1961 1989
#1
Secretos y vergüenzas de la construcción del Muro de Berlín
En Occidente fue conocido como el «Muro de la vergüenza», en Oriente, «Muro de Protección Antifascistas». Sin embargo, y más allá de su nombre, esta tapia fue levantada en menos de una noche por la RDA sin contar con el beneplácito de Moscú
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fstatic1...&medio=abc]César Cervera
Actualizado:09/11/2019 02:26hhttps://www.abc.es/internacional/abci-se...qus_thread

[Imagen: muroberlin-secretos-kq1H--1240x698@abc.jpg]
Los berlineses observan el pavimento levantado por los soldados de la RDA en agosto de 1961 - ABC

«Nadie tiene intención de construir un muro en Berlín», afirmó ante la prensa Walter Ulbricht, el jefe de Estado de la República Democrática Alemana, exactamente un mes y medio antes de que los berlineses se despertaran, un caluroso domingo de agosto de 1961, delante de lo que se llamó en Occidente «el Muro de la vergüenza» y en Oriente, «Muro de Protección Antifascista». Aquel secreto guardado detrás de todo un telón de acero, la conocida como «Operación Rosa», se ejecutó a la desesperada para evitar el colapso de la Alemania socialista.
A principios de los años cincuenta, miles de personas trabajaban por el día al oeste de la ciudad, que albergaba empresas más numerosas y modernas, y regresaban al anochecer a los barrios orientales donde los alquileres eran más bajos. Conforme aumentaba la brecha entre ambos mundos, muchos de estos trabajadores se afincaron en el lado rico de Berlín. Entre 1949 agosto de 1961, cerca de 2,7 millones de alemanes orientales, lo que representaba el 15% de su población, huyeron del paraíso en la tierra que, así lo juraban los soviéticos, era el socialismo. La mayoría eran trabajadores cualificados, estudiantes recién graduados y agricultores que temían la colectivización de la producción agrícola. La situación se volvió insostenible en abril de 1961, cuando treinta mil personas cruzaron la frontera en un solo mes.


Walter Ulbricht pidió ayuda al jefe de la URSS en el momento más caliente de la Guerra Fría, Nikita Kruschev, que se limitó a prometer más dinero al mandatario para compensar la fuga migratoria. Ulbricht lo consideró insuficiente y, en una de las muchas veces que disintió del ruso, ordenó iniciar la «Operación Rosa» sin esperar autorización alguna del sucesor de Stalin, al que no le quedó más remedio que sumarse al plan cuando ya estaba en marcha. «Aunque, con el tiempo, Kruschov se atribuyera la radical resolución para Berlín, el soviético dio su plácet a la planificación de Ulbricht», recuerda el catedrático Ricardo Martín de la Guardia en su libro «La caída del Muro de Berlín» (La Esfera de los libros, 2019).


[Imagen: construccion-muro-kq1H--510x349@abc.jpg]
Construcción del Muro en 1961

Una de las operaciones secretas mejor guardadas de la Historia corrió sobre el terreno a cargo de Erich Honecker, secretario del Consejo de Defensa Nacional, y de Erich Mielke, jefe de la Stasi. Solo medio centenar de funcionarios llegaron a estar al tanto de la operación en Alemania Oriental, entre ellos el teniente general Willi Seifert, prisionero durante la guerra en el campo de concentración de Buchenwald y, por ello, buen conocedor de las medidas de seguridad extremas.
La noche del 12 al 13 de agosto de 1961 Ulbricht convocó en su residencia de Wandlitz, a pocos kilómetros de Berlín, a los gerifaltes del Partido-Estado y les comunicó repentinamente el cierre de la frontera. Los políticos socialistas comprobaron que no era ninguna broma cuando de vuelta a sus casas se cruzaron con cientos de camiones y de tanques soviéticos ocupando las calles.
Millares de albañiles, policías y soldados, muchos reclutados a la fuerza, participaron esa noche en la instalación de alambradas de púas y barreras fabricadas con farolas y vías de tranvía para separar Berlín en dos. Se eligió un sábado por la noche para evitar que, a la luz del día, se produjera una estampida hacia el oeste o que se repitieran los disturbios obreros de 1953. Familias y amigos quedaron de forma súbita apartados por un obstáculo que, así lo pensaron algunos con ingenuidad, solo iba a estar allí de forma provisional. 28 años les convencieron de lo contrario.

Obra de ingeniería
Nueve horas después de iniciarse las obras, la barrera estaba ya operativa. La única radio que se emitía en el sector oriental explicó, en nombre de las autoridades, que el Muro se había levantado «para impedir las actividades agresivas de las fuerzas militares y revanchistas de Alemania Occidental».
Los líderes occidentales protestaron, sí, pero de forma tibia y dando por aceptable aquella vergüenza. Nada escenificó mejor su doblez que la frase de John F. Kennedy: «No es una solución buena, pero un muro es muchísimo mejor que una guerra». Ian Kershaw, el gran biógrafo de Hitler, reconoce en su libro «Ascenso y crisis: Europa 1950-2017» (Crítica, 2019), que «el Muro, aun siendo cínico e inhumano, trajo calma no solo a Alemania, sino a toda Europa central».

Lo que en los primeros días era una simple alambrada tomó la forma de un muro de cuatro metros de altura. La maquinaria de Honecker requirió solo una semana para tener listos cuarenta kilómetros de muralla alrededor del sector occidental, lo que un senador berlinés definió como similar a «la pared de un campo de concentración». Con el paso de los años, la barricada provisional evolucionó en una magna obra de ingeniería, que incluyó el uso de planchas de hormigón con cables de acero incrustado y rejas de contacto que producían una descarga eléctrica al que se acercaba a ellas. También contó con 131 búnkeres, 272 áreas con perros policía y una «franja de control» («franja de la muerte») perfectamente iluminada y vigilada las veinticuatro horas del día por 289 torres. Sus campos estaban además sembrados de minas antipersona.
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#2
Las defensas del Muro de Berlín: la franja del infierno que ahogó a millones de personas
No era una mera tapia, sino un complejo formado por paredes, vallas electrificadas, trampas anticarro y guardias armados
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fstatic4...&medio=abc]Manuel P. Villatoro
09/11/2019 02:37h

[Imagen: defensas-ksbF--1240x698@abc.jpg]


Hablar del Muro de Berlín puede llevar a engaños. Aunque el concepto evoque una única tapia maciza, la realidad es que consistía en una compleja estructura que, además, evolucionó con el paso de los años. En la práctica, estaba formado por dos paredes de hormigón de entre 3,5 y 5 metros de altura separadas por un espacio que recibió el nombre, poco halagüeño, de «franja de la muerte» (vigilada por los agentes de la República Democrática Alemana -RDA-).
La zona orientada al este estaba decorada con grandes rectángulos blancos para que nadie se llevara a engaños y supiera (como bien explica la arquitecta Marta Rabazo en «El Muro de Berlín. Una infraestructura excepcional») que allí estaba el límite con la zona capitalista, la República Federal Alemana (RFA).


Estas dos primeras tapias variaron mucho a lo largo de las cuatro evoluciones que sufrió el Muro de Berlín desde 1961. Valga como ejemplo que, en principio, las paredes (formadas por abruptos bloques de cemento) apenas superaban los 2 metros de altura y estaban coronadas por una viga metálica en forma de «Y» con alambre de púas. Esta tosquedad inicial se abandonó poco a poco y se implementaron mejoras como emplazar, para reforzar la estructura original, planchas de hormigón armado que contaban (en el caso de la pared que limitaba con la República Federal Alemana) con un canal circular que impedía que los fugitivos se aferraran a su parte superior.

Aquel valiente que quisiera saltar desde la zona de la RDA a la de la RFA tenía que hacer frente a una cruel yincana de obstáculos en la que lo más fácil era que muriera o, como mínimo, acabase herido por una bala.
[Imagen: muro-berlin11-ksbF--510x349@abc.jpg]
Si conseguía superar la primera tapia se encontraba con un estrecho pasillo que separaba el muro exterior de una valla interior electrificada y conectada a una alarma. Esta era muy elástica con el objetivo de que, si fallaba el sistema que la nutría de energía, fuese imposible de escalar. En palabras de Rabazo, la distancia entre ambas barreras variaba «desde los 4 hasta los 250 metros» e incluía «perros atados a una cadena».

Tras la valla fueron instaladas trampas antitanque cuyo objetivo era detener a los vehículos que atravesaran las primeras defensas. Por si fuera poco, también había alfombras metálicas con puntas de acero de hasta 14 centímetros. A continuación, unas 300 torres de vigilancia coordinadas por un centro común de mando observaban todo lo que ocurría.
Después de ellas, el desafortunado se topaba con un «camino de patrullaje» de hormigón que permitía a los guardias soviéticos moverse por la zona. Este contaba con focos elevados que ayudaban en su tarea a los agentes. Muchos escuadrones estaban motorizados para acudir, si así se requería, en socorro de sus compañeros. Para terminar, y antes del muro que lindaba con la RFA, el fugitivo debía superar una zanja (destinada a entorpecer a los vehículos que sobrepasaran todos los obstáculos anteriores) y una zona con arena en la que las huellas de los fugitivos delataban su posición.

Según una orden del Ministerio de Defensa de la RDA de octubre de 1961, se podía hacer uso de las armas de fuego «para detener a personas que no acatasen las órdenes de los guardias fronterizos que se habían identificado como tales, es decir, que no se detuviesen tras los avisos verbales o los disparos de aviso de los guardias, sino que claramente intentasen pasar la frontera de la RDA» y «cuando no existía otra alternativa para detener al fugitivo».
“Dulce et decorum est pro patria mori”
 
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#3
Se cumplieron 80 años del discurso de Churchill en el que denunció el Telón de Acero.

Para entender la magnitud del discurso hay que entender el estado de ánimo de ese momento. El mundo acababa de salir de la guerra más devastadora de la historia. Decenas de millones de muertos. Ciudades enteras borradas del mapa. Una generación marcada por el trauma y la pérdida. En ese contexto, la paz no era sólo un deseo político: era una necesidad psicológica urgente, casi desesperada. Nadie quería escuchar que el problema no había terminado.

Y la Unión Soviética era, para el gran imaginario del occidente recién salido de la guerra, un aliado. Había peleado del lado correcto. Había sufrido enormemente, con diferencia más que cualquier otro país beligerante porque el frente del este fue infinitamente más brutal que el del oeste, en bajas, en destrucción, en crueldad. Cuando terminó la guerra, Stalin era para muchos una figura respetable, incluso heroica para grandes porciones del mundo libre.

En ese clima, ver con claridad requería dos cosas que pocas personas tenían en simultáneo: información directa sobre el comportamiento real de la cúpula soviética, y la disposición psicológica (y política) de actuar en consecuencia. Churchill tenía ambas cosas. Había negociado en persona con Stalin en Yalta y en Potsdam. Lo había mirado a los ojos. Sabía cómo funcionaba su lógica. Ya en mayo de 1945, en un telegrama enviado al propio Truman semanas después del fin de la guerra en Europa, Churchill usó por primera vez la expresión que después haría famosa: escribió que era imposible saber qué estaba pasando al otro lado de la línea del Ejército Rojo porque había caído entre ellos y los soviéticos un “iron curtain”, una cortina de hierro. La metáfora describía lo que Winston estaba observando.

Pero no todo el mundo quería escucharlo y, cuando en Fulton lo dijo en público, la reacción fue en muchos casos indignada. Diputados laboristas británicos presentaron una moción de censura con más de cien firmas, declarando que el discurso era “contrario a la causa de la paz mundial”. Senadores estadounidenses acusaron a Churchill de querer involucrar a Estados Unidos en sus intereses belicistas.

Churchill sabía también que las fronteras que habían resultado del Tratado de Brest-Litovsk pesaban como una herida abierta en la memoria rusa. Firmado el 3 de marzo de 1918 entre el nuevo gobierno bolchevique y las Potencias Centrales (Alemania, Austria-Hungría, el Imperio otomano y Bulgaria) el tratado puso fin a la participación rusa en la Primera Guerra Mundial a un precio humillante: Rusia cedió Finlandia, Polonia, Ucrania, Estonia, Letonia, Lituania y Bielorrusia, perdiendo territorios donde vivía un tercio de su población prebélica y tres cuartas partes de sus zonas industriales.

Lenin lo impulsó convencido de que era el precio necesario para salvar la revolución. Para Stalin fue un error histórico imperdonable que había acercado demasiado las fronteras enemigas a Moscú y a San Petersburgo. La posguerra de 1945 era, desde su perspectiva, la oportunidad histórica de corregirlo. No sería el último líder ruso en resentir los acuerdos firmados por su patria.


https://x.com/KarinaLMariani/status/2052...98/photo/1

[Imagen: HHtpbtwWsAELmuv?format=jpg&name=large]
 
"Mas vale ser aguila un minuto que sapo la vida entera".
 
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