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Versión completa: ETA, una historia de nunca acabar.
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No sé qué harán. Tal vez se irán con Bildu. El asunto es que es más independentismo, y aunque los vascos en general no están tristes con su autonomía ahora, las ideas peuden cambiar y para eso es la política.
Los «santos inocentes» de la historia de ETA
Desde María Begoña Urroz Ibarrola, la niña de 18 meses muerta en junio de 1960 por una explosión en la estación de Amara, en San Sebastián, la banda terrorista asesinó a 23 niños
[Imagen: resizer.php?imagen=http%3A%2F%2Fwww.abc....&medio=abc]Israel Viana
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MadridActualizado:20/04/2018 09:14h2

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La primera víctima de los 857 asesinatos perpetrados por ETA a lo largo de su historia sangrienta fue una niña de tan sólo 18 meses. Ocurrió el 27 de junio de 1960, cuando hizo explosión una maleta bomba colocada en la consigna de la estación de Amara, en San Sebastián, a causa de la cual María Begoña Urroz Ibarrola –así se llamaba el bebé de un año y medio–, sufrió quemaduras en el 90% de su pequeño cuerpo, que no pudo soportar… pocas horas después fallecía en la clínica del Perpetuo Socorro.

Desde entonces, hace ahora poco más de medio siglo, ETA ha acabado con la vida de otros 22 menores de edad, todos ellos mediante artefactos explosivos colocados mayoritariamente en coches, pero también en supermercados o, como en el caso de María Begoña, en estaciones repletas de personas en plena hora punta.
Aquel primer atentado apenas tuvo repercusión social, pues la banda terrorista era aún una desconocida que ni siquiera quiso reivindicar la muerte del bebé. No hubo manifestaciones públicas, ni acciones de repulsa, ni concentraciones ciudadanas… nada de nada.

De hecho, tuvieron que pasar ocho años para que los etarras volvieran a mancharse las manos de sangre, con el asesinato, en 1968, del guardia civil de tráfico José Pardines –erróneamente considerado la primera víctima mortal de ETA–, y 20 para que las víctimas fueran de nuevo menores.
El 29 de marzo de 1980, José María Piris Carballo, de 13 años, y dos amigos suyos regresaban contentos de jugar un partido de fútbol de Azpeitia, en compañía de su padre. José María vio un paquete en el suelo y le dio una patada. El paquete era una bomba que debía haber matado a un joven guardia civil, pero que acabo con el niño.

No habían pasado ni cuatro meses cuando, el 23 de julio, otro artefacto con 7.000 kilos de goma-2 hizo explosión en Bilbao, causando la muerte a Antonio Contreras, de 11 años, y María Contreras, de 17, ambas de etnia gitana. María, además, estaba embarazada y «a punto de dar a luz», dijo ABC.
Alfredo Aguirre, el siguiente menor que ETA asesinó, era «un niño rubio de 13 años y con un complexión que anunciaba un cuerpo musculoso y fuerte» –cuenta el libro «Vidas rotas», sobre las víctimas de la banda terrorista vasca, presentado recientemente–, si la metralla de un artefacto no se le hubiera incrustado en el pecho, los brazos y la cabeza, el 30 de mayo de 1985, justo después de decirle a su madre que le abriera la puerta de casa. En aquella ocasión, la bomba también mató al policía nacional Francisco Miguel Sánchez.

Dos años después, en el que sería el cuarto año más sangriento del terrorismo vasco, con un total de 52 muertos (después de 1978, con 68; 1979, con 80, y 1980, con 98) se produjo el atentando más devastador de ETA. Un total de 21 personas perdieron la vida aquel 19 de junio de 1987 en el Hipercor de Barcelona, entre las que se encontraban cuatro niños a los que alcanzó la onda expansiva de un coche bomba cargado con varios kilos de explosivos que habían aparcado en el sótano del aparcamiento.
Ese mismo año, el 11 de diciembre de 1987, los terroristas tuvieron la sangre fría de colocar otro coche bomba frente a la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. Cinco niñas murieron ese día de entre 4 y 12 años.

«Luis Delgado Villalonga, de tres años, estaba siendo operado en el Hospital Clínico tres horas después de producirse la explosión. Como consecuencia de esta, el niño sufrió un derrame cerebral y pérdida de masa encefálica», contaba ABC el 23 de noviembre de 1988. Luis acabó muriendo a causa del coche bomba que estalló en las inmediaciones de la Dirección General de la Guardia Civil. Sus padres, gravemente heridos, tuvieron que permanecer en el hospital durante el entierro de su hijo.
El 15 de abril de 1991, una bomba colocada en el coche en el coche del policía Jesús Villamudia, en San Sebastián, mató a su hija de 17 años, María del Koro, mientras que sus tres hermanos resultaron heridos. «Les dije a mis hijos que no se metieran en el coche, que iba a mirar debajo por si había algo. Siempre lo hacía, pero no me dio tiempo. La bomba estalló al cerrar Koro la puerta», cuenta Villamudia en «Vidas rotas».

Otros cinco niños fueron asesinados en el atentado contra el cuartel de la Guardia Civil de Vic, el 29 de mayo de 1991, que ABC titulaba «Terrible atentado de ETA, con ataúdes blancos», en una portada en la que se podía ver el edificio en ruinas.

«Los “valientes gudaris” de ETA destrozan a un niño de dos años», Fabio Moreno, la penúltima víctima de ETA, a causa de la bomba que los terroristas pusieron en los bajos del coche de su padre en noviembre de 1991, antes de que Silvia Martínez, de seis años, cerrara la lista de «santos inocentes» de ETA el 4 de agosto de 2002, mientras jugaba en su habitación en Santa Pola… hasta donde llegó la onda expansiva del coche bomba colocado por ETA.
23 niños desde el 60. En 58 años. Ellos se defenderán con los niños muertos de Franco etc. Y es irrisorio con los números de México y centroamérica actuales. De todos modos, si terminan el proceso de paz seguro está negociado lo que quepa de reparaciones, juicios etc.
(04-23-2018, 06:00 AM)jhr cronos escribió: [ -> ]23 niños desde el 60. En 58 años. Ellos se defenderán con los niños muertos de Franco etc. Y es irrisorio con los números de México y centroamérica actuales. De todos modos, si terminan el proceso de paz seguro está negociado lo que quepa de reparaciones, juicios etc.

Le falto comparalos con los niños del holocausto o los de Siria o Rwanda............¿Me da la impresion a mi o a usted la muerte de estos niños le parecen menos malos?

Big Grin Big Grin Big Grin
(04-23-2018, 12:51 PM)Terminus escribió: [ -> ]
(04-23-2018, 06:00 AM)jhr cronos escribió: [ -> ]23 niños desde el 60. En 58 años. Ellos se defenderán con los niños muertos de Franco etc. Y es irrisorio con los números de México y centroamérica actuales. De todos modos, si terminan el proceso de paz seguro está negociado lo que quepa de reparaciones, juicios etc.

Le falto comparalos con los niños del holocausto o los de Siria o Rwanda............¿Me da la impresion a mi o a usted la muerte de estos niños le parecen menos malos?

Big Grin Big Grin Big Grin

Pueden poner los de Siria o Ruanda.

Pero a mi me gusta llamar la atención sobre los de la región. Porque está muriendo mucha gente en la región y para mi no se le pone atención. Por ahí leí la noticia que en el gobierno de Peña Nieto han muerto ya más de 100,000 personas.

En la media isla que habito por ahora muere esa cantidad de niños en los hospitales cada pocos meses, la mayoría por negligencia.
Unas muertes no hacen menos relevantes las otras. Lo que se destaca es la saña de ETA que nunca vacilo en matar niños y personas inocentes en sus atentados.
Una historia de una policia seria y profesional, que a pesar de pasar mas de 30 años no solto el hueso y persiguio a un fantasma hasta capturarlo finalmente para que se haga justicia.

Treinta años tras las huellas de una sombra: el asesino de la inspectora García
Tellería vivía como un mendigo. Trabajaba y dormía en una ebanistería a cambio de cama y plato
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Pablo Muñoz
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[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Cruz Morcillo
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MadridActualizado:19/08/2018 16:55h5

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Es casi de noche en León, en el estado mexicano de Guanajuato. Un agente de paisano se acerca por la espalda a un hombre que camina encogido. Acaba de salir de una pequeña ebanistería y parece un mendigo. «¿Angel Tellería?», le pregunta. El interpelado se da la vuelta y no parpadea: «Sí, soy yo», responde, pese a que lleva más de 30 años sin oír su nombre y ha tenido tantos falsos que quizá ya no pueda recordarlos. Unos minutos después, un grupo de policías españoles se abraza en el coche en el que están camuflados junto a sus colegas: «Jefe, lo tenemos», escucha un mando al teléfono en su despacho de Madrid. Es 22 de febrero de 2017 y falta menos de un mes para que prescriba el asesinato por el que varias generaciones de policías han perseguido la sombra del etarra, reconvertido en un cuasi pordiosero.

Se llamaba María Josefa García Sánchez. Tenía 23 años y llevaba 16 días en la Brigada Central de Información cuando Tellería, Dienteputo y Txapela, miembros de un comando ilegal, la asesinaron en Zarautz (Guipúzcoa). Fue la primera mujer policía a la que mató ETA. Pertenecía a la primera promoción de inspectoras que tuvo el Cuerpo, mujeres de «sangre azul», que la derramaron como uno más. Era 15 de junio de 1981. Habían dado con el piso franco de los terroristas.
María Josefa subió por las escaleras mientras sus colegas tomaban el ascensor. Se cruzó con la muerte en la primera planta. Un tiro en la cabeza, disparado por José Luis Eciolaza Galán, «Dienteputo», según recoge la sentencia dictada hace solo unas semanas. Los tres etarras huyeron. Solo se pudo condenar a dos colaboradores. Txapela, uno de los tres, fue asesinado por los GAL en 1984; Dienteputo estaría refugiado en Venezuela y a Tellería se le situaba en México. Jamás se le había localizado.


Una foto ampliada de la inspectora García cuelga en el despacho de los jefes de la Unidad Central de Información Interior desde entonces. Cada mando que se ha sentado ahí en las tres últimas décadas se ha propuesto detener a los asesinos de esa policía. «Sabíamos que Tellería era importantísimo pero hasta que lo trajimos de vuelta y vimos llorar a alguno de los jefes no fuimos conscientes de todo lo que representaba», cuenta uno de los policías que lo capturó en México.

En 2012, tras el cese de los asesinatos de ETA, los agentes de la lucha antiterrorista empezaron a trabajar en casos no resueltos. Desde ese año y hasta febrero de 2017 un grupo de agentes ha viajado y perseguido de forma intermitente a Ángel Tellería, los seis últimos meses viviendo allí y jugándose el tipo en territorio narco.

Huyó con su mujer etarra
Ángel María Tellería Uriarte carga con un currículum de muerte desde antes de los 20 años. Ingresó en ETA en 1972 y dos años después ya integraba el comando de legales Txabi Echevarrieta. En 1980 tras la caída del talde, pasa a la clandestinidad en Francia. Durante los años siguientes vuelve al País Vasco para matar a cuatro guardias civiles y a la inspectora García, entre otros. Le da tiempo mientras a casarse en Hendaya con otra etarra, María Jesús Arana Bado, con la que tuvo dos hijos, y a trabajar como guarda de seguridad en la estación de tren. Cuando los GAL matan a Txapela, su compañero de comando, Tellería huye a México con su familia creyendo que va a ser el siguiente (1987). En treinta años no había vuelto a tener contacto con España.

«Lo acoge el colectivo de refugiados de México al que la organización aporta recursos. Gente que ya no tiene causas pendientes crea allí empresas y eso proporciona cobertura a muchos», explican a ABC tres de los policías que persiguieron sobre el terreno a Tellería o más bien a su sombra entre octubre de 2016 y febrero de 2017. «Pasamos allí las Navidades y el Año Nuevo. Las dificultades crecían, no lo situábamos y la prescripción del asesinato se acercaba», relatan con la emoción de aquellas semanas de infarto rescatada de su memoria.

[Imagen: etarra-angel-telleria-kDkC--510x349@abc.jpg]
Ángel Tellería en 1970 (izd.) y en 2017 (dcha.) - ABC

Tellería, eso se supo mucho después, y con una de las identidades falsas que le proporcionó ETA, aprendió el oficio de carpintero en la empresa de madera «Monte Albán» de un miembro del colectivo vasco. En los noventa proporcionó infraestuctura a los miembros de ETA Mikel Arrieta y Esteban Murillo y formó parte del talde «Proyectos en terceros países-Bikingoak», dedicado a buscar santuarios etarras en Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Belize o República Dominicana.

Pese a los esfuerzos policiales en aquellos años nunca fue localizado. Y con el paso del tiempo las investigaciones se complicaron. «No se sabe bien en qué momento, Tellería tuvo varios desencuentros con miembros de la organización y decidió buscarse la vida por su cuenta, al margen del colectivo de refugiados y de la propia ETA», detallan los investigadores.
«La actividad orgánica siempre deja algún rastro, pero él se convirtió en una sombra al romper con todo». El etarra adopta entonces un perfil muy bajo, que le ha permitido esa vida de prófugo sin dejar huella. Se divorcia de su mujer, que regresa a España con sus hijos y se casa con una mexicana, de la que luego también se separó. Después de su detención y ya en el avión que lo traía de vuelta a España confesó a los policías que ni siquiera a ella le contó quién era. «Nunca he contado mi historia a nadie», les dijo.

A la poquísima gente con la que se relacionaba se presentaba como un carpintero de Burgos; trabajó como vigilante de seguridad y conserje, deambuló por varias ciudades y estados de México (Jalisco, Sinaloa, Guanajuato) y solo se paraba cuando encontraba un trabajo para subsistir. No tenía cuentas a su nombre ni propiedades ni amigos... en realidad no tenía nada ni identidad porque los papeles falsos también le habían caducado.

El abrazo de su hermana
Desde los años 70 no existían fotos suyas. «Perseguíamos a un fantasma, cuando lográbamos alguna referencia al final nunca estaba». El trabajo fue codo con codo con equipos de los servicios secretos mexicanos. En Guanajuato apareció una imagen a finales de febrero de 2017, de un vagabundo con gorra, encogido y huidizo. Salía de una pequeña ebanistería, compraba bocadillos cerca y recogía las colillas del suelo para fumárselas

Había que arriesgarse o nunca se le haría justicia a María Ángeles. «¿Ángel Tellería? Sí, soy yo». La respuesta fue su ruina. Sus huellas lo confirmaron. El pistolero vivía en la carpintería, en un camastro detrás de una cortina. Trabajaba a cambio de cama y plato.
«No se arrepentía de nada ni quería saber nada de ETA. No ha vuelto a tener contacto con sus hijos. Estaba pasando hambre. Yo creo que le hemos hecho un favor», dicen los policías que lo trajeron a una cárcel española. La pisó por primera vez a los 61 años. Acaba de ser condenado a 42 por el asesinato de la inspectora García.

Poco después de la detención, hubo un acto para agredecer al Cisen su ayuda. «Solo quería conoceros, ver la cara de quienes habían cogido al asesino de mi hermana», les dijo Almudena, también compañera de los agentes abrazándolos. Estaban todos los jefes y el ministro Zoido. Ellos se quedan con ese abrazo. «Supimos más que nunca que había merecido la pena».
Los etarras que no llevaban pistola
La Comisaría General de Información de la Policía diseñó una estrategia que fue clave para el fin del terrorismo
[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Pablo Muñoz
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[Imagen: resizer.php?imagen=https%3A%2F%2Fwww.abc...&medio=abc]Cruz Morcillo
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MadridActualizado:02/09/2018 02:57h[/url]

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«Esa noche -15 de julio de 1998, hace 20 años- había mucha tensión. Un compañero y yo estábamos en un despacho de la Comisaría de San Sebastián para coordinar la operación. Recibíamos las novedades de los compañeros y les transmitíamos las instrucciones que recibíamos de los mandos», relata a ABC una inspectora de la Unidad Central de Inteligencia (UCI) de la Comisaría General de Información.

«En otro despacho permanecían reunidos nuestros jefes con el juez Garzón. Eran cerca de las 11 de la noche, la hora marcada para entrar en la nave de Hernani donde [url=https://www.abc.es/hemeroteca/historico-20-12-2007/abc/Nacional/la-sentencia-del-caso-ekin-destapa-la-eta-asentada-en-espa%c3%b1a-desde-hace-30-a%c3%b1os_1641505566422.html]Egin tenía su redacción
, administración y talleres... También íbamos a cerrar la emisora de radio Egin Irratia y la editora Orain S.A. Las Unidades de Intervención estaban escondidas cerca del polígono, esperando la orden de entrar»...

Operación muy delicada
La operación de cierre del Egin y del resto de medios de comunicación al servicio de ETA era de una delicadeza extrema. Se trataba de herramientas al servicio de la banda, pero había que sopesar también derechos fundamentales como es el de la información. Por otra parte, la reacción de la sociedad vasca era imprevisible, pues se atacaba uno de los focos que aglutinaba y alimentaba a todo el entramado del llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV).


«La secretaria judicial de Garzón fue de mucha utilidad. Cuando alguno de los pocos trabajadores del periódico que había dentro a esas horas ponía pegas le advertía que tendría que avisar al magistrado de su actitud. La fama que precedía al juez de no dudar en tomar decisiones contundentes era el mejor antídoto ante cualquier intento de poner dificultades a los registros».

Como en cada operación, surgió la anécdota. Garzón ordenó parar las rotativas para impedir que el periódico saliera a la calle: «Los trabajadores aseguraron que no sabían cómo hacerlo; el director, lo mismo, y era algo lógico, y por supuesto los policías ni idea. La solución fue llamar al mecánico del helicóptero de la Policía que daba cobertura a la operación, que consiguió el objetivo. 

Pero a continuación se planteó otro problema: qué hacer con esa maquinaria. Decidimos llevarla a Madrid, parte en el helicóptero y el resto en una furgoneta que mandó la Comisaría de San Sebastián». Esa rotativa histórica, que también imprimió carteles de Jarrai, permanece hoy en una dependencia de la zona de calabozos de la Comisaría General de Información de Madrid, donde el olor a tinta aún se puede percibir con claridad. Nadie la ha reclamado.

[Imagen: egin-policia-efe-kB--510x349@abc.jpg]
La Policía entra en las instalaciones del diario Egin en una imagen de archivo - EFE

«Juan Cotino, entonces director general de la Policía, entró en el despacho en el que estábamos en mangas de camisa y con unos sandwiches. Garzón había ordenado el cierre, pero seguía con dudas. Cotino se quedó un momento con nosotros y nos dijo que él no podía opinar de la operación, pero que por su formación de empresario sí tenía muy clara una cosa: que había un alzamiento de bienes por parte del periódico y que además había recibido fondos de ETA, unos 120 millones de pesetas, acreditado documentalmente. Y eso era suficiente para cerrar al margen de otras consideraciones».

La investigación tuvo su origen en documentación intervenida en 1993 a los etarras José María Doronsorro y José Ignacio Herrán, si bien ya en 1987, en los famosos papeles de Sokoa confiscados a Santiago Arróspide Sarasola, se intervino el acta de una reunión en la que se discute sobre a quién nombrar director de Egin Irratia.

Nombraba al director
En 1992 otro documento confiscado a la cúpula de ETA en Bidart precisa que la banda veía «infravalorado» el papel de los medios «que están a nuestra disposición». En el resto de la documentación confiscada a Francisco Múgica Garmendia, Pakito; José María Arregui Erostarbe, Fiti, y José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, hay otro acta, «Reunión de responsables de proyectos Udaletxe», donde se explica la elección del responsable empresarial y el director de Egin, Ramón Uranga y Xabier Maria Salutregi, respectivamente, este último auxiliado por Teresa Toda. La de Sokoa y Bidart fueron dos magníficas operaciones del Servicio de Información de la Guardia Civil.

En la investigación quedó demostrado que Egin, su sucesor Gara y el resto de medios afines, como la radio Egir Irratia, la revista Ardi Beltza o la editorial Txalaparta, formaban el «frente mediático-cultural». El rotativo debía mantener la cohesión interna del MLNV; era un instrumento de coacción e intimidación contra los «enemigos» y hacía una «pedagogía de la violencia» para que fuese vista por los afines como natural y legítima.

Desde esas páginas se alertaba de operaciones contra ETA y las secciones de anuncios por palabras -Merkatu Txiquia («pequeño mercado» y Agurriak (saludos)- eran utilizada para comunicaciones entre etarras. Así lo admitieron muchos terroristas al ser detenidos, como Juan José Aramburu, del comando Katamotz, quien confesó: «Utilicé la sección del Merkatu Txikia del Egin para cosas urgentes y sin tener la seguridad que este este mensaje fuera captado por Anboto (Soledad Iparagirre), ya que teníamos establecido previamente una forma de entendimiento». Otros etarras arrestados también lo confirmaron.

[Imagen: policia-egin-efe-kB--510x349@abc.jpg]
La Policía entra en las instalaciones del diario Egin en una imagen de archivo - EFE

A la operación de Egin siguió otra contra la red Sarea, el «equipo de investigación» del periódico dirigido por Pepe Rei y que, según se demostró, trabajaba para la banda captando información para atentados, actos de kale borroka y hostigamiento de los cachorros y satanización de objetivos.
El golpe a Egin formaba parte de la estrategia puesta en marcha por la Policía en 1997 para acabar con el entramado del MLNV. La idea era acabar con la otra ETA, la que no llevaba pistolas pero que era imprescindible para la banda. La recién creada UCI -con las plantillas del País Vasco y Navarra- jugó un papel decisivo, porque de ella salieron los informes que convencieron a los fiscales y jueces de la Audiencia Nacional de que había que atacar a todas las organizaciones.

Golpe a golpe
Golpe a golpe, informe a informe, tras miles de horas de análisis de cada documento intervenido a ETA, cada declaración de los detenidos, cada información publicada, se conseguía ilegalizar al entramado. Primero Xaki, tras las tregua trampa del 2000; ese mismo año EKIN, sucesora de KAS en la codirección del MLNV junto a los pistoleros; en 2001, Jarrai, los cachorros de ETA, su sucesora Kaika y más tarde Segi, ésta en 2002; también en ese ejercicio se ataca el entramado financiero de la banda, con el cierre de su red de herriko tabernas y sociedades y en 2006 se ilegaliza Batasuna...
«Estas organizaciones cogían poder a medida que Francia colaboraba más en la lucha contra ETA», explica un veterano investigador de la UCI. «Y según las desmantelábamos, el resto tenía que ocuparse de su trabajo y asumir el de la ilegalizada. En los 90 Herri Batasuna sólo era responsable de la línea política; con los golpes sucesivos acabó quedándose con todo, siempre sometida a la organización... Así llegamos hasta la operación de Segura, que determina el final del sistema» tal como estaba concebido».
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